Yo te inventé, primeros capítulos

De verdad no sirves para nada.

Definitivamente sí.

Me da gusto que estemos de acuerdo.

Si me portaba bien en el supermercado, me compraban una leche sabor chocolate. Si me portaba muy bien, me llevaban a ver las langostas.

Hoy me porté muy bien.

Mamá me dejó junto a la pecera de las langostas, en medio del pasillo principal, mientras iba a la sección de embutidos a comprar las chuletas de cerdo que pidió papá. Las langostas me fascinaban. Me gustaba todo de ellas: su nombre, sus tenazas y su increíble color rojo.

Mi cabello era del mismo tono, el tipo de rojo que se ve bien en todo menos en la gente, porque las personas no deberían tenerlo de ese color. Naranja, sí. Castaño, seguro.

Pero no rojo langosta.

Tomé mis dos trenzas, las presioné contra el cristal, y miré directamente a los ojos de la langosta más cercana a mí.

Papá decía que mi cabello era rojo langosta. Mamá decía que era rojo comunista. Yo no sabía lo que era un comunista, pero no parecía ser algo bueno. Tampoco pude comprobar si papá tenía razón, ni siquiera cuando puse mi cabello contra el cristal. Una parte de mí no quería que ninguno de ellos la tuviera.

—Déjame salir —dijo la langosta.

Siempre decía lo mismo. Froté mi cabello contra el cristal de la pecera, como si fuera una lámpara mágica y el contacto pudiera despertar la magia. Tal vez podría sacar a las langostas de algún modo. Se veían tan tristes, todas amontonadas una encima de otra, con las antenas retorcidas y sus tenazas amarradas con bandas elásticas.

—¿Vas a comprar una?

Vi el reflejo de Ojos Azules en el cristal de la pecera antes de que me hablara. Unos grandes ojos azules, como las moras. No, ese tono era muy oscuro. Azules como el océano. No, demasiado verde. Azules como todas mis crayolas derretidas en una sola.

El popote que había metido en el cuello de la botella de mi leche con chocolate colgaba de mis labios.

—¿Vas a comprar una? —preguntó otra vez.

Negué con la cabeza. Se acomodó los lentes sobre la nariz, empujándolos hasta que regresaron a sus mejillas llenas de pecas doradas. El sucio cuello de su playera se había deslizado hacia abajo dejando al descubierto un hombro lleno de pecas. Olía a pescado y agua podrida.

—¿Sabías que los fósiles de las langostas con tenazas se remontan al período Cretácico? —preguntó.

Volví a negar con la cabeza y le di un gran trago a mi leche. Tendría que preguntarle a papá lo que era un “Cretácico”.

Ojos Azules no estaba viendo a la langosta, sino a mí.

—Animalia Arthropoda Malacostraca Decapoda Nephropidae —dijo.

Se atoró un poco en la última palabra, pero no importó porque no había entendido nada de lo que dijo.

—Me gustan las nomenclaturas científicas —comentó.

—No sé qué significa eso —respondí.

Volvió a acomodarse los lentes.

    Plantae Sapindales Rutaceae Citrus.

—Tampoco sé qué significa.

—Hueles a limones. —Eso sí lo entendí.

Sentí una oleada de alegría delirante porque había dicho:

“hueles a limón” en lugar de “tu cabello es rojo”.

Ya sabía que mi cabello era rojo. Todo el mundo podía ver que era rojo. Pero no sabía que olía a frutas.

—Tú hueles a pescado —le dije.

—Ya sé. —su cara palideció y sus mejillas pecosas se pusieron rojas.

Miré alrededor buscando a mamá. Seguía formada en la fila de los embutidos y no parecía tener planes de regresar muy pronto. Lo tomé de la mano. Dio un brinco y se quedó mirando fijamente nuestras manos, como si acabara de pasar algo mágico y peligroso al mismo tiempo.

—¿Quieres ser mi amigo?

—Bueno. —levantó la vista y se volvió a acomodar los lentes.

—¿Quieres un poco de esto? —le ofrecí la bebida.

—¿Qué es?

Acerqué la leche un poco más a su cara, por si no la había visto bien. Tomó la botella e inspeccionó el popote.

—Mamá me dijo que no debía compartir bebidas con nadie. Es antihigiénico.

—Pero es leche con chocolate —respondí.

Estudió detalladamente la botella de leche antes de darle un débil sorbo y empujarla hacia mí. Se quedó quieto y en silencio por un segundo. Luego se inclinó para dar otro trago.

Resultó que Ojos Azules sabía mucho más que nomenclaturas científicas de plantas y animales. Sabía todo: los precios de lo que había en la tienda, cuánto dinero costaría comprar las langostas que había en la pecera (101.68 dólares, sin incluir el impuesto de venta), los nombres de los presidentes y el orden en que habían ocupado el cargo. Conocía todos los emperadores romanos, y eso me impresionó todavía más. Sabía que la circunferencia de la tierra mide cuarenta mil kilómetros, y que sólo el cardenal macho es de color rojo brillante.

Pero lo que más sabía eran palabras.

Ojos Azules tenía una palabra para todo.

Palabras como dactylion, brontide y petrichor. Palabras con significados que se escapaban de mi comprensión como agua entre los dedos.

No entendí casi nada de lo que dijo, pero no me importó. Era el primer amigo que tenía. El primer amigo real.

Además, me gustaba mucho tomarlo de la mano.

—¿Por qué hueles a pescado?

Empezamos a caminar lentamente mientras hablábamos, dando vueltas por el pasillo central en largos círculos.

—Estaba en un estanque.

—¿Por qué?

—Alguien me aventó.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros y se agachó para rascarse las piernas, que estaban llenas de banditas adhesivas.

—¿Por qué tienes heridas?

Era mi primer amigo y quería saber todo de él.

—Animalia Annelida Hirudinea.

Las palabras sonaron como una grosería. Sus mejillas se pusieron muy rojas mientras se rascaba las piernas con más fuerza y los ojos se le pusieron llorosos. Nos detuvimos junto a la pecera.

Uno de los empleados de la tienda salió de atrás del mostrador de los mariscos e, ignorándonos, abrió la tapa de la pecera. Metió una mano enguantada y sacó al Señor Langosta. Cerró la tapa y se llevó al crustáceo.

Y entonces se me ocurrió una idea.

—Ven conmigo. —Jalé a Ojos Azules hacia la parte trasera de la pecera. Se secó los ojos. Lo miré fijamente hasta que me devolvió la mirada—. ¿Me ayudas a sacar a las langostas de la pecera?

Se sorbió la nariz, y asintió con un movimiento de cabeza.

Puse mi botella de leche en el suelo y alcé los brazos.

—¿Puedes cargarme?

Puso sus brazos alrededor de mi cintura y me levantó. Mi cabeza pasó por encima de la pecera y mis hombros quedaron al nivel de la tapa. Yo era una niña regordeta, y Ojos Azules pudo haberse partido a la mitad, pero sólo gruñó y tambaleó un poco.

—No te muevas —le dije.

La tapa tenía una manija cerca del borde. Tomé la manija y la abrí, temblando por la helada ráfaga de aire que salió de la pecera.

—¿Qué haces? —preguntó Ojos Azules. Su voz sonaba ahogada por el esfuerzo y por mi playera.

—¡Cállate! —me apresuré a mirar alrededor. Nadie nos había visto.

Las langostas estaban apiladas justo debajo de la tapa de la pecera. Metí la mano, y un escalofrío me recorrió la espalda. Mis dedos tomaron la langosta más cercana.

Pensé que iba a sacudir sus tenazas y a enrollar y desenrollar su cola. Pero no hizo nada. Sentí como si estuviera sosteniendo un caparazón pesado. La saqué del agua.

—Gracias —dijo la langosta.

—De nada —respondí, poniéndola en el piso.   

Ojos Azules volvió a tambalearse, pero no me soltó. La langosta se quedó quieta por un instante, y luego empezó a arrastrarse por el piso de azulejos.

Metí la mano y saqué otra. Y otra. Y otra. Y muy pronto, todas las langostas de la pecera estaban arrastrándose por el piso del supermercado Meijer. No sabía a dónde irían, pero ellas parecían estar muy seguras. Ojos Azules me bajó, y los dos aterrizamos en un charco de agua fría. Me miró fijamente, con sus lentes casi en la punta de la nariz.

—¿Siempre haces cosas así?

—No. Sólo hoy.

Sonrió.

Entonces comenzaron los gritos. Unas manos me tomaron por los brazos y me alzaron. Mamá estaba gritándome mientras me alejaba de la pecera. Miré hacia el otro lado y vi que las langostas ya se habían ido. Gotas de agua helada caían por mi brazo.

Ojos Azules seguía parado en medio del charco. Tomó del suelo mi botella de leche con chocolate y se despidió con la mano. Traté de hacer que mamá se detuviera, para regresar y preguntarle su nombre.

Pero empezó a caminar más rápido.

Algunas veces creo que la gente no aprecia realmente la realidad.

O sea, es que, ¿cómo se puede saber la diferencia entre un sueño y la vida real? Tal vez no sepas que estás soñando, pero en cuanto despiertas, sabes que tan solo  era un sueño y que lo pasado en él, bueno o malo, no era real. Este mundo es real, a menos que estemos en Matrix, y lo que haces en él también lo es, y eso es básicamente todo lo que necesitas saber en la vida.

Pero la gente no le da mucha importancia.

Dos años después de ese fatídico día en el supermercado, yo seguía pensando que realmente había liberado a las langostas. Creía que se habían arrastrado hasta llegar al mar y que habían vivido felices para siempre. Cuando cumplí diez años, mamá se enteró de que yo me consideraba una especie de “salvadora de langostas”.

También se enteró de que para mí todas las langostas eran rojo brillante.

Primero me dijo que yo no había liberado a ninguna langosta. Según su versión: yo había metido el brazo en la pecera cuando ella llegó, muy avergonzada, para quitarme de ahí. Luego me explicó que las langostas sólo se ponen rojas y brillantes después de haberlas hervido. No le creí, porque yo nunca las había visto de otro color. Nunca dijo nada de Ojos Azules, pero no tuve que preguntar. Mi primer amigo había sido una alucinación: una brillante anotación en mi nuevo currículum de persona loca.

Después de ese episodio, mamá me llevó con un terapeuta infantil, y ahí tuve mi primer encuentro con la palabra demente.

Supuestamente, la esquizofrenia se manifiesta en las personas a partir de los últimos años de la adolescencia, aunque, por lo general es más tarde, pero yo la había probado cuando tenía sólo siete años. Fui diagnosticada a los trece. La paranoia se sumó a la lista como un año después, cuando ataqué verbalmente a una bibliotecaria por tratar de darme folletos de propaganda de una organización comunista clandestina que operaba fuera del sótano de la biblioteca pública. (Siempre me había parecido una bibliotecaria muy sospechosa; me niego a creer que usar guantes de plástico para tocar los libros es una práctica normal y aceptada, y no me importa lo que digan los demás).

Los medicamentos ayudaban algunas veces. Sabía que estaban funcionando cuando el mundo dejaba de ser tan colorido e interesante como normalmente lo veía, y las langostas en la pecera ya no eran rojo brillante. O cuando me daba cuenta de que buscar rastreadores de personas en mi comida era ridículo (pero lo hacía de todos modos porque así se tranquilizaba la comezón en la nuca ocasionada por la paranoia). También sabía que estaban funcionando cuando no podía recordar las cosas claramente, o sentía que no había dormido en días y trataba de ponerme los zapatos al revés.

La mayoría de las veces, los doctores ni siquiera estaban seguros de los efectos de la medicina. Decían cosas como: “Bueno, deberían reducir la paranoia, los delirios y las alucinaciones, pero tendremos que esperar para ver qué pasa. Ah, y a lo mejor te sientes cansada algunos días. Tienes que beber muchos líquidos, porque podrías deshidratarte con facilidad. Y tu peso podría fluctuar mucho. La verdad, es un volado”.

Los doctores y nada era lo mismo, así que elaboré mi propio sistema para poder saber qué era real y qué no. Tomaba fotografías. Con el tiempo, las cosas reales permanecían en la foto, mientras que las alucinaciones no. Descubrí el tipo de cosas que le gustaba inventar a mi mente. Como carteles con personas usando máscaras de gas, que les recordaban a los pasajeros que los gases tóxicos de la Alemania nazi de Hitler seguían siendo una amenaza muy real.

Yo no me podía dar el lujo de tomar la realidad como un hecho. Y tampoco odiaba a las personas que lo hacían, porque son prácticamente todas. No las odiaba, porque no vivían en mi mundo.

Pero eso nunca impidió que yo deseara vivir en el suyo.

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