Un grito desesperado, primeros capítulos

1

LA METAMORFOSIS

Amor:

He dado vueltas en la cama intentando abandonar la vigilia inútilmente. Hace unos minutos salí a rastras de entre las cobijas buscando pluma y papel. Escribirte es el último recurso que me queda en esta fiera lucha por controlar mi torbellino mental.

Ignoro a qué me dedicaré mañana, si tú seguirás siendo profesora, si tendremos el ánimo para continuar viviendo aquí, si alguna vez recuperaré la confianza en la gente como para volver a dar un consejo de amor. Lo único que sé es que mañana, cuando amanezca, no podré volver a ser el mismo…

Esta es la primera noche que pasamos en casa después de la tragedia. Es el punto final de una historia escrita en tres días de angustia, incertidumbre y llanto.

Sé que tú fuiste la protagonista del drama, pero, ¿te gustaría saber cómo se vio el espectáculo desde mi butaca?

Estaba impartiendo una charla de relaciones humanas cuando fui interrumpido por la secretaria.

—Señor Yolza —profirió antes de que me hubiese acercado lo suficiente a la puerta como para que los asistentes al curso no escucharan—, ¡su esposa! ¡Acaban de hablar del Hospital Metropolitano! Tuvo un accidente en el trabajo.

—¿Cómo? —pregunté azorado—. ¿No será una broma?

—No lo creo, licenciado. Llamó una compañera de ella. Me dijo que un alumno la atacó y es urgente que usted vaya…

Salí de la sala sin despedirme de mis oyentes. Subí al automóvil con movimientos torpes e inicié el precipitado viaje hacia el hospital. No vi al taxi con el que estuve a punto de chocar en un crucero, ni al autobús que se detuvo escandalosamente a unos milímetros de mi portezuela cuando efectué una maniobra prohibida.

¿Cómo era posible que un alumno te hubiese atacado? ¿No se suponía que eras profesora en una de las mejores escuelas de la ciudad?

Estacioné el automóvil en doble fila, bajé corriendo hacia la recepción del sanatorio.

Reconocí de inmediato a tres compañeras tuyas, sentadas en las butacas de espera. Al verme llegar se pusieron de pie.

—Fue un accidente —dijo una de ellas apresuradamente, como para eximir de responsabilidades a alguien.

—El joven que la golpeó ya fue expulsado —aclaró otra.

—¿La golpeó? ¿En dónde la golpeó?

Las profesoras se quedaron mudas sin atreverse a darme la información completa.

—En el vientre —dijo al fin una que no podía disimular su consternación.

Cerré los ojos tratando de controlar el indecible furor que despertaron en mí esas tres palabras. Por la preocupación que me produjo el hecho de saber que podías estar herida me había olvidado de lo más importante, ¡Dios mío!, ¡que estabas embarazada!

—¿Fue realmente un accidente? —pregunté sintiendo cómo la sangre me cegaba.

—Bueno… sí —titubeó una de tus amigas—. Aunque el muchacho la molestaba desde hace tiempo… De eso apenas nos enteramos hoy.

No quise escuchar más. Me abrí paso con brusquedad y fui directo al pabellón de urgencias. A lo lejos vi a tu ginecoobstetra.

—¡Doctor! —lo llamé alzando una mano mientras iba a su encuentro—. Espere, por favor… ¿Cómo está mi esposa?

—Delicada —contestó—. La intervendremos en unos minutos.

—¿Puedo verla?

—No —comenzó a alejarse.

—¿Y el niño? ¿Se salvará…?

Movió la cabeza.

—Lo siento, señor Yolza…

Me apoyé en la pared del pasillo.

¡Esto no podía estar pasando! ¡No era admisible! ¡No era creíble! Tu médico te había permitido que trabajaras medio tiempo con la condición de que lo hicieras cuidadosa y tranquilamente. ¡Yo mismo lo acepté sabiendo que se trataba de una gestación riesgosa! Pero, ¿quién iba a imaginar que un imbécil te golpearía faltando tres meses para el nacimiento?

Eché a caminar por los corredores entrando a zonas restringidas, como un ladrón. Conozco a la perfección el hospital porque en él nacieron nuestros otros dos hijos y yo participé en ambos partos, así que, con la esperanza de verte, me agazapé en un cubo de luz por el que puede vislumbrarse el interior del quirófano. No tuve que esperar mucho tiempo para presenciar cómo te introducían al lugar en una camilla… Fue una escena terrible. Estabas acostada boca arriba con el brazo derecho unido a la cánula del suero y una manguera de oxígeno en tu boca. Parecías muerta. Igual que ese “volumen”, antes rebosante de vida, horriblemente estático debajo de la aséptica sábana que te cubría el vientre. Me quedé pasmado, transido de dolor, rígido por la aflicción.

¿Qué te habían hecho? ¿Y por qué? Es verdad que los jóvenes de hoy son impulsivos, inmaduros, inconscientes; que hasta en las mejores escuelas se infiltran cretinos capaces de las peores atrocidades… Pero, ¿al grado de hacerte eso a ti… a nosotros?

Sentí que las lágrimas se agolpaban en mis párpados.

Mi vida… Viendo cómo te preparaban para la operación, juré que, de ser posible, cambiaría mi lugar por el tuyo…

—Disculpe, señor, pero no puede estar aquí —me dijo un enorme guardia de seguridad, quien amablemente pero con firmeza me encaminó hacia la sala de espera.

Y la espera en la sala fue un suplicio lento y desgarrador. No tuve noticias tuyas durante horas.

Salí varias veces a caminar, un poco para averiguar si el aire fresco era capaz de apagar las llamas de mi ansiedad y otro poco para evitar la proximidad de tus compañeros de trabajo.

Viví momentos inenarrables. Creí que te perdería. Fuiste intervenida dos veces y estuviste en observación más de quince horas.

Hoy en la tarde te dieron de alta.

Saliste del hospital tomada de mi brazo, pero con la cabeza baja, arrastrando el ánimo.

Además de haber perdido al bebé habías quedado estéril.

Durante el trayecto a la casa no hablaste nada. Yo tampoco. ¿Qué palabras podían servir para atenuar la aflicción producida por esa amarga experiencia? ¿Qué bálsamo era capaz de adormecer el suplicio de esa llaga supurante? No había ninguno. Quizá el silencio.

Abrimos la puerta de la casa y nos adentramos a su quietud absoluta. Los niños ya dormían. Encendimos las luces y los estáticos muebles parecieron darnos la bienvenida, compadecidos. Te llevé hasta la recámara casi cargándote. En el ambiente se sentía pena. Te ayudé a desvestirte y a ponerte cómoda.

—¿Quieres un poco de fruta? —te pregunté una vez que estuviste recostada en la cama.

—Puede ser.

No deseabas comer, pero era parte de la rutina requerida para volver a la normalidad.

Fui a la cocina, preparé yogurt con granola y trozos de melón. Volví con una charola.

—Gracias.

Al fin estábamos solos.

¡Nos resultaba muy difícil comunicarnos! En el hospital, cuando no se interpusieron doctores lo hicieron familiares o amigos…

—¿Qué fue lo que pasó exactamente? —pregunté.

—Lo que sabes, mi amor. Un alumno de mi clase de lengua extranjera me golpeó.

—Pero, ¿por qué? Me dijeron que desde hace tiempo te molestaba y no se lo dijiste a nadie. ¡Ni siquiera a mí!

—Es un joven tímido. Creí que necesitaba apoyo y comprensión. Quise ayudarlo… Jamás pensé que reaccionaría como lo hizo.

Me puse de pie y caminé de un lado a otro de la habitación, con las manos en la cabeza.

—¿Cómo pudo ser? Ambos deseábamos más que nada en el mundo la llegada de ese hijo. ¡Por ayudar a un lunático no mediste el peligro! ¿Por qué me mantuviste al margen del tema?

—No me lo reproches. Fue un accidente. ¿Quién iba a imaginar que el muchacho llegaría tan lejos? —y tu voz se quebró en una manifestación de enorme dolor.

Al verte afligida sentí un deseo enorme de consolarte. Tú fuiste quien padeció la tortura de la intervención quirúrgica. De tus entrañas, no de las mías, extrajeron ese pequeño ser que se nutría con tu sangre. En una palabra, tú eras la madre. No existe en la tierra persona más afectada física y emocionalmente por la pérdida de ese bebé, así que era injusto que te recriminara.

Volví a sentarme en el borde de la cama y te abracé. Te soltaste a llorar.

En mi mente desfilaban una tras otra las distintas formas de cómo podía vengarme. En primer lugar adquiriría un arma y te enseñaría a usarla; en segundo lugar, demandaría al muchacho por asesinato y no pararía hasta verlo refundido en prisión, purgando la condena más severa que pudiera dictarse por su falta; en tercer lugar, dejaría de dar estúpidos cursos sobre “pensamiento positivo” y cambiaría radicalmente el giro de mi negocio; en cuarto lugar…

Dejaste de abrazarme y controlaste tu congoja.

En cuarto lugar tenía que devolver el golpe a más granujas como él. No bastaba con desaparecer de la sociedad al culpable de esta desgracia, cuando pululaban millones de muchachos igualmente ruines por todas partes.

Me miraste, afligida, y es que a la consternación de tu reciente pérdida se le aunaba el dolor de adivinar en mí un peligroso rencor, un enfermizo deseo de venganza que nunca antes había tenido.

Encendí el televisor y te pregunté si deseabas ver algo en especial. Moviste la cabeza.

—No has comido.

—Ya lo voy a hacer.

Hiciste tu mejor esfuerzo por masticar. Después de un rato reclinaste la cabeza y cerraste los ojos. Te abrigué con cuidado y apagué el televisor. Miré mi rostro sin rasurar en el espejo y por primera vez me percaté de que llevaba puesta la misma ropa desde hacía tres días.

Fui directo a la regadera. Me introduje en el agua caliente y dejé que el líquido corriera por mi cabeza y mi cuerpo. Cerré los ojos y permanecí inmóvil como una estatua que se encoge al sentir la lluvia cayendo sobre sus hombros.

Permanecí varios minutos en esa posición, sin pensar en nada.

Entonces escuché la puerta del cuarto de baño y a través del acrílico blanco vi tu silueta entrando.

Deslicé el cancel corredizo y te miré de pie junto al lavabo. Seguías con tu bata de dormir.

—Gracias por la cena —dijiste.

—Creí que ya te habías dormido.

La nube de vapor comenzó a extenderse alrededor de ti. No cerré la llave del agua.

—Me preocupas, cariño —murmuraste.

—Yo estoy bien —contesté—. Pero tú…

Te quedaste callada, mirándome tiernamente. Sabías que eso no era verdad. Que yo no estaba bien. Me sentí descubierto.

—¡Maldición! —mascullé dando un fuerte puñetazo en la pared—. ¡Esto no debió haber pasado!

—¡Pero pasó! Ahora debemos reponernos para no perder más de lo que ya perdimos. ¡Tenemos dos hijos vivos! ¿Recuerdas?

Me froté la cara sintiéndome un desdichado.

—Nada volverá a ser como antes. Percibo la maldad corriendo por mis venas.

—No, no —rebatiste—. El joven que me atacó es producto de una sociedad corrupta que a la vez es el resultado de familias torcidas. Tú eres la cabeza de esta familia y si te dejas llevar por el deseo de venganza, ten la seguridad de que nuestros hijos también acabarán, tarde o temprano, hundidos en la degradación.

—Amor —susurré, sintiendo cómo las palabras se negaban a salir—. No puedo quedarme con los brazos cruzados después de que han matado a un hijo nuestro.

—Entiende que no fue intencional…

—Y tú entiende… —pero me quedé con la frase en el aire. ¿Entiende, qué? Dios mío. Tenía tantas ganas de llorar…

Entonces comprendí el gran error: he dedicado el trabajo de toda mi vida a brindar elementos de superación a empresarios, cuando son otras las personas que realmente necesitan de él.

—Vida —me dijiste—, en este momento no sé por qué estoy más triste: si por la muerte del bebé o por tu actitud.

Con ese comentario me aniquilaste. Sentí que perdía fuerzas y con las fuerzas, la ira. Quise abrazarte, pero tú estabas vestida y seca, mientras yo estaba desnudo y mojado, bajo la regadera.

—Perdóname —logré articular al fin—. No debo comportarme así, porque entre todo lo malo que ha pasado, hay algo de verdad hermoso: que ahora te amo muchísimo más…

Esta vez mi tono de voz sonó intensamente afligido. Una
lágrima se deslizó por mi mejilla confundiéndose de inmediato con el agua que caía sobre mí.

Te acercaste. El chorro, al golpear mi cuerpo, comenzó a salpicarte. No te importó.

—¿Sabes? —dije—, cuando estabas en el quirófano juré que si pudiera cambiaría mi lugar por el tuyo…

Tú no soportaste esas palabras y yo no soporté más tu dulce mirada.

Te extendí los brazos y, vestida como estabas, te refugiaste en ellos de inmediato.

El agua de la ducha cayó sobre ti empapándote por completo. Te acurrucaste en mi cuerpo buscando más calor. Acaricié tu cuello y tu espalda con un cariño casi desesperado; luego comencé a desabrochar tu bata, deslizándola suavemente hacia abajo mientras te besaba.

Estreché tu piel desnuda con delicadeza pero con mucha fuerza también, y tú volviste a llorar frotando tu cara en mi pecho. No había sensualidad alguna. Era algo superior. Algo que no habíamos experimentado jamás. Era el milagro de una dolorosísima pero extraordinaria metamorfosis.

En ese instante, disueltos el uno en el otro, me susurraste que no te importaba haber tenido un aborto, ni te importaba nada de lo que pudiera pasarte en el futuro si nos manteníamos juntos.

No necesité contestarte para que supieras que yo pensaba igual. Fundidos en un abrazo eterno éramos, tú y yo, una sola alma otra vez.

2

EL ROBO DEL PORTAFOLIOS

La caligrafía perfecta brillaba delante de mí. La observé con desconfianza. Su lectura me había dejado un extraño sabor metálico en el paladar. ¿Quién hubiera pensado que en ese portafolios robado iba a encontrar documentos tan personales?

¿Todos serían así…?

Tenía conocimiento de que el colegio al que asistía había sido originalmente un centro de capacitación para empresas. Incluso entonces aún se daban cursos de principios para el éxito, relaciones humanas y personalidad, pero desde hacía unos cinco años el motivo central del instituto no eran los cursos sino la preparatoria intensiva. ¿El cambio de giro tendría alguna relación con la penosa experiencia relatada por el autor de aquella carta? Podía ser… Sin embargo, eso no me conmovía. En realidad había muy pocas cosas que podían conmoverme. Quizá ninguna.

Estaba acostumbrado a reaccionar como la “carga social”, “el delincuente en potencia” que me habían convencido que era. Sin embargo, a veces mi papel me disgustaba. Sobre todo cuando, motivado por alguna circunstancia especial, percibía la sensación interna de no ser tan malo. Y la lectura de esa carta había despertado en mí una sensación así.

Sacudí la cabeza y arrojé los folios al guardarropa. De seguro todo lo escrito ahí no era más que una fantasía imaginada por ese hombre a quien yo detestaba sobremanera. En mi entendimiento no cabía la posibilidad de que alguien experimentara sentimientos tan nobles. Y menos él… Me consolé con razonamientos apropiados: si esa carta era verdad, el director de mi escuela era un fanático santurrón o un marica declarado.

Exactamente…

Para poder relatar cómo hurté ese portafolios, primero necesito hablar de un personaje importantísimo en aquella época de mi vida: mi hermano Saúl.

Saúl era un tipo impredecible. Se tomaba muy en serio su papel de hermano mayor, atribuyéndose el privilegio de amonestarnos a Laura y a mí a diario. Cuando lo desafiábamos se alteraba y no le hablaba a nadie durante días. Con frecuencia discutía con el tirano de papá y consolaba a la mártir de mamá, pero nada mejoraba en casa; no entendía mis consejos de que aceptara las cosas así. Realmente era un sujeto raro y, por ello, incluso se había ganado mi secreta admiración. Le gustaba tocar la guitarra hasta altas horas de la noche y también escribía poemas (mis amigos y yo nos burlábamos mucho de eso).

Pero Saúl tenía un defecto: estaba obsesionado con las mujeres. Quería a todas y a ninguna. Las amaba y las odiaba. Deseaba tener experiencias sexuales pronto (con cualquiera) y quería esperar en castidad a la dama de sus sueños. Las mujeres lo enloquecían.

Una mañana, sus compañeros de grupo le ayudaron a hacer una broma, que él mismo planeó y consintió, cuyas consecuencias llegaron a extremos inverosímiles: Lo encerraron en el baño con una chica; clausuraron las aldabas exteriores usando un enorme candado y tiraron la llave por la coladera.

La algarabía resonó en todos los pasillos. Hubo aplausos, cantos, gritos. A los pocos minutos la escuela entera estaba enterada de que Saúl y su nueva novia se hallaban solos en los sanitarios haciendo quién sabe qué suciedades.

Hubo que llamar a un cerrajero para que pudiera abrir y, en efecto, cuando lo hizo encontraron a los muchachos medio desvestidos. Fue fácil comprender que Saúl era el principal cómplice en la travesura, así que lo detuvieron.

Acudí a las oficinas para esperar que lo pusieran en libertad después de amonestarlo. Pero el asunto se complicó: llamaron por teléfono a mi padre. ¡Nunca lo hubieran hecho!

Lo vi entrar a la recepción del colegio con aire de prepotencia, sin siquiera haberse quitado la bata blanca que lo distinguía en su trabajo.

—Soy el doctor Hernández —le gritó a la secretaria—. Me llamaron con carácter de urgente. Tengo muchos pacientes y no puedo darme el lujo de hacer antesala, así que haga el favor de anunciarme de inmediato con el director.

El máximo censor salió a recibir al escandaloso visitante.

—Pase, por favor.

Me quedé fuera tratando de escuchar lo que se decía en el privado. No fue difícil. Papá recibió las quejas haciendo grandes aspavientos, preguntando cómo era posible todo aquello. Mi hermano alzó la voz para defenderse y fue abofeteado cruelmente frente al director y la chica. Después hubo un momento en el que no se escuchó nada. En ese silencio imaginé al administrador y a la muchacha como estatuas de hielo, incrédulos ante la agresividad que habían presenciado, y a mi hermano aguantando estoico el dolor de la humillación.

Unos minutos después se abrió la puerta del despacho y salió Saúl. Detrás, papá.

—¿Adónde crees que vas, muchachito? —y al decir esto lo sujetó por la oreja.

Saúl sudaba y tenía el rostro muy rojo. Se liberó de la mano opresora con un zarpazo y echó a caminar hacia afuera sin decir nada.

—¡Un momento! ¡Detente o te arrepentirás toda tu vida!

En la calle varios estudiantes observamos la penosa escena en la que el adulto trataba de sujetar al joven jalándolo de los cabellos mientras éste se defendía ágil y ferozmente para alejarse a pasos rápidos del lugar.

Saúl no volvió a casa. Nadie supo adónde fue.

Esa tarde papá se la pasó llamando por teléfono a todas las autoridades de la ciudad para reportar al fugitivo, mamá estuvo llorando inconsolable, y Laura y yo nos acostamos con la excitante novedad de que el primogénito había abandonado el nido. No podíamos creer que hubiera tenido tanto valor, y con el pensamiento le mandábamos nuestras más calurosas felicitaciones.

En la noche tardé mucho en conciliar el sueño. Me preguntaba a qué lugar iría un joven al escapar de casa. Deseaba saberlo para tener la opción de hacer lo mismo cuando mi familia me hartara. Y no faltaba mucho para ello.

Al día siguiente muy temprano, diríase de madrugada, papá entró a mi habitación haciendo mucho ruido y llamándome holgazán. Me destapó arrojando las cobijas al suelo y azuzándome para que me levantara.

—Desperézate, muchachito. Voy a ir contigo a la escuela para vigilar la entrada de los alumnos a ver si aparece tu hermano.

—¿De verdad crees que irá a clases después de escapar de casa? —me incorporé para recoger las sábanas y echármelas nuevamente encima—. Permíteme que me ría: jo, jo, jo.

Papá se puso verde, más porque se dio cuenta de que yo tenía la razón, que por mi insolencia (ante él tener la razón era un pecado mortal).

—De cualquier modo iremos a la escuela. Quiero hablar con el señor Yolza para ponerlo al tanto de que tu hermano se fue.

—Ese maldito director chismoso —susurré—. Por su culpa está pasando lo que está pasando.

Me levanté despacio y me vestí.

Estuvimos en el colegio justo antes de la hora de entrada. Al poco tiempo llegó el director. Papá lo interceptó para preguntarle de modo presuntuoso por qué se había propuesto echar a perder la vida de sus hijos.

Varios compañeros curiosos se detuvieron a escuchar la
inminente discusión, pero el licenciado Yolza nos invitó a pasar a su privado.

Ya dentro, los dos hombres se miraron fijamente como viejos enemigos. Mi padre se calmó un poco, pero no dejó de levantar la voz.

—Usted no ha sabido guiar a mis hijos. Uno viene aquí brindándole toda la confianza, paga puntualmente las colegiaturas, ¿y qué recibe a cambio? Unos muchachos tímidos y acomplejados. Saúl ha caído tan bajo por culpa de usted.

El señor Yolza se frotó la barbilla. Su trabajo consistía en atender vecinos quejosos, empleados irresponsables, inspectores corruptos, sindicalistas prepotentes, alumnos groseros (como yo) y padres de familia desequilibrados (como el mío). Sin embargo, no parecía haberse acostumbrado del todo.

Tomó asiento y con ademán cortés invitó a papá a hacer lo mismo frente a él. También a mí, con una mirada, me indicó que me sentara.

—¿Quiere explicarme cuál es su problema exacto, doctor Hernández?

—Ayer mi hijo Saúl se fue de la casa.

—¿De veras? —preguntó interesado—. ¿Y por qué supone que yo tuve la culpa?

—Pues porque no había necesidad de llamarme para darme la queja. Todos los jóvenes tienen sexo con sus novias.

El director abrió el cajón central de su escritorio para extraer una cajita con pastillas medicinales; tomó una y se la echó a la boca mientras movía la cabeza (¡vaya manera de empezar el día!). Acto seguido descolgó su intercomunicador para solicitar a su secretaria el expediente de Saúl y el mío. Sin quererlo salté de mi silla. ¿El mío? Yo sólo estaba mirando, no tenía vela en ese entierro.

Me volví a sentar. Hubo un silencio desagradable. La asistente entró con las carpetas. El licenciado comenzó a decir:

—Doctor Hernández, su hijo Saúl tiene antecedentes muy graves y fue admitido aquí de forma condicional. Aun así, su historial está lleno de irregularidades. Ayer no hubo tiempo de analizarlo, pero “fumar en clase”, “contestar altaneramente a los profesores”, “no cumplir con tareas” e “irse de pinta” son notas comunes y repetitivas en este registro. Además, ya había estado a punto de ser expulsado en otra ocasión  —mi padre alzó las cejas simulando estar indignado y me reí de él—. Se dio de golpes con otro joven que al parecer pretendía a su novia “en turno”. En esa oportunidad armó un gran alboroto. Vinieron patrullas y los vecinos me citaron para hacerme prometer que eso no volvería a suceder en esta calle. Lo tuve detenido en mi oficina durante casi una hora. Intentamos comunicarnos con usted, pero fue inútil. Tampoco su esposa pudo ser localizada. Así que llené su forma de expulsión y se la entregué. Entonces Saúl dijo que me odiaba, que odiaba este mundo, esta vida, esta escuela y a sus padres. Después de eso se echó a llorar y su llanto demostró una confusión enorme —el licenciado se levantó un poco apuntando con el índice—. Doctor Hernández, si no ha visto a su hijo llorar de esa manera últimamente, usted está muy lejos de él para poder ayudarle —volvió a sentarse y antes de continuar pareció escoger las palabras—: Ante una situación tan patética no pude dejar de darle otra oportunidad. Sentí que, en el fondo, Saúl no era culpable de sus yerros. Un joven que se desprecia tanto a sí mismo debe tener una pésima familia. El origen de la autovaloración de un individuo se halla en su familia. La gente se comporta en la calle como aprendió a hacerlo en su casa. Si Saúl está en malos pasos no hay más culpables que usted y su esposa…

Mi padre estaba petrificado. El matiz sanguíneo de sus mejillas me hizo percibir su cólera. Era tal que no podía hablar. El director, en cambio, se mostraba mucho más seguro e impertérrito que al principio. Después abrió mi expediente y comenzó a hojearlo con detenimiento.

—Su hijo Gerardo es otra muestra de lo que le estoy diciendo.

Para que se callara lo miré con todo el repudio que pude, pero al individuo pareció no importarle mi amenaza visual.

—Es impuntual, faltista, flojo. Los profesores lo reportan como un alumno negligente. Por si no lo sabía, él también ha estado a punto de ser expulsado. No por irregularidades graves sino por una infinidad de notas sobre indisciplina y apatía. Gerardo es un cabecilla para los malos actos. Incita a sus compañeros a cometer pillerías, encontrando siempre la forma de salir exculpado, pero los maestros y yo nos hemos dado cuenta de su juego. Detrás de las infracciones de sus amigos siempre está él. Reconozco que es muy inteligente y estoy casi seguro de que también en su casa aparenta ser un buen hijo, pero en secreto acumula un gran rencor que lo hace atentar contra todos cuando se siente resguardado.

Mi padre, mordiéndose el labio inferior, se volvió hacia mí con claras intenciones de matarme, pero yo me hice el disimulado clavándole la vista al directorzucho. Tarde o temprano me las pagaría.

Papá se puso de pie, listo para salir de allí.

El señor Tadeo Yolza levantó la voz con la firmeza de alguien que ha ganado un envite.

—Doctor Hernández, hacer rabietas no le ayudará en nada. Sus hijos son inteligentes pero infelices. Tanto Saúl como Gerardo necesitan recuperar en primer lugar su autoestima. ¿Entiende esto? ¿Cómo suele corregirlos? ¿Se acerca a ellos para tratar de entender sus razones y después los guía con mano fuerte pero amistosa, o sólo les grita, los insulta y abofetea, como hizo ayer con Saúl en esta oficina? ¿Permite que en su hogar se apliquen sobrenombres, se hagan burlas y críticas destructivas, se exalten las capacidades de unos para menospreciar las de otros, se invoquen deseos de que tal o cual hijo fuera distinto, o se admiren envidiosamente las condiciones de otras familias? Si así ha sido, usted ha creado en ellos una autovaloración muy pobre. Todo ser humano aprende a amarse en el lugar donde crece, ayudado de las personas con quienes convive. En la familia nacen las expectativas del individuo, su moral, su forma de sentir, su personalidad…

El director parecía ansioso de continuar hablando, como si hubiese esperado durante meses la oportunidad de decirle todo eso.

Mi padre se volvió hacia él con el rostro desencajado. Por un momento pensé que se le echaría encima.

—Ustedes, los ma… maestros —tartamudeó visiblemente afectado—, son demagogos y engreídos. Creen tener el derecho de meterse en la vida de los demás como si fuesen perfectos.

—Doctor Hernández, usted y yo ya nos conocíamos. Yo lo consideraba un hombre sensato, pero en estas dos últimas entrevistas me he percatado de que necesita una gran ayuda. Si sus hijos se pierden o fracasan no habrá otro responsable directo más que usted.

Vi cómo mi progenitor apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su siguiente objeción apenas fue inteligible:

—Ustedes los maestros se creen sabios… Le devuelven la responsabilidad a uno, pero son incapaces de hacer algo por los muchachos.

Dio la vuelta y sin despedirse salió del lugar.

Al verlo alejarse, por primera vez me percaté de que no era tan invulnerable como yo había pensado. Sentí lástima por él. Además, su estatura me pareció más baja de lo que siempre creí.

El director corrió para alcanzarlo. Quizá no deseaba que la desavenencia terminara de ese modo.

Me quedé en la oficina solo. Miré a mi alrededor buscando algo, algo… no sabía qué…

¡El portafolios personal del señor Tadeo Yolza estaba a un lado del escritorio!

Lo tomé y salí como relámpago para evitar ser detenido por la secretaria. En la calle los dos adultos aún discutían. No me detuve: no quería saber más nada del asunto.

Durante horas caminé por las avenidas abrazando con fuerza el portafolios robado. Sentía ganas de llorar, pero no comprendía la razón. Había escuchado conceptos muy serios en los que jamás había pensado. Uno en especial me taladraba las sienes: que mis hermanos y yo éramos inteligentes pero terriblemente infelices.

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