Este día importa

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ESTE DÍA IMPORTA contiene los conceptos poderosos y aplicables de una metodología que nos enseñará a hacer de cada día un gran día, luchando con estrategia para recuperarnos de las adversidades más devastadoras.

240 páginas

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El mundo es sorprendido por una pandemia. Los centros de salud colapsan, el sistema educativo se ve amenazado y la estabilidad económica mundial cae. Todos intentan dar una respuesta a esta realidad que implica, no solo una recesión sino un cambio drástico en el corazón de las personas. Amaia está desesperada. Perdió a su abuelo a causa del virus. Su padre quedó varado en el dolor; y la vida de su hermano tambalea entre el alcohol y las drogas. Cuando todo lo que ama está a punto de desaparecer, encuentra un aliado. Junto a él emprende una pelea feroz por rescatar a su familia, y en esa lucha, descubrirse a sí misma y reinventarse.

1

 

Querido José Carlos:

Mi abuelo falleció por el virus sars-cov2. Era un artista plástico excepcional. Sus pinturas y esculturas han dado la vuelta al planeta. A pesar de ser una persona pública famosa, tuvo un sepelio desierto y una cremación rápida, como si el mundo entero quisiera deshacerse cuanto antes de su cuerpo.

No pudimos estar con él en sus últimos momentos, no pudimos abrazarlo ni darle el consuelo, ni el amor, ni el apoyo espiritual que merecía, y que él siempre nos dio.

Este virus es así. Con algunos convive pacíficamente y a otros les arranca no solo la vida, sino la dignidad de la muerte.

Ahora, en la casa de mi abuelo vivimos solo tres personas: mi padre, mi hermano menor y yo. La finca es enorme y cada uno está procesando el duelo de forma aislada. Eso hace que el sitio se sienta todavía más grande y frío.

Ayer entré a la habitación de mi papá a llevarle su cena. Lo encontré debajo del escritorio. ¡Estaba hecho un ovillo con la cabeza pegada al suelo, metido en el hueco para las piernas! Me asusté. Le pregunté qué le pasaba y me di cuenta de que estaba llorando; no quiso hablar, ni moverse. Se encontraba sin energías… Nunca lo había visto desmoronarse así. Ni siquiera cuando murieron mi madre y mi hermano mayor. En aquella ocasión también a mi papá lo perseguía la culpa de no haber estado ahí; decía que él pudo haber evitado el accidente. Pero a pesar del remordimiento, logró recuperar la fuerza y levantarse.

Ahora es distinto. Peor. De nuevo la culpa lo ahoga como si tuviese una losa de concreto encima, aunque esta vez, a su entender, él fue quien causó el accidente. No para de decir: “Yo traje el virus a la casa y contagié a mi propio padre”.

Dejé su cena sobre la mesa y salí del cuarto mareada, confundida. Contagiada de un agotamiento físico y emocional que me llevó a los linderos del desmayo.

Fui a buscar a mi hermano menor y me di cuenta de que no estaba. Tal vez había escapado de nuevo para emborracharse o drogarse. Entonces me desplomé en el sillón de la sala, sin poder llorar, pero ahogada por una profunda congoja. Apenas tuve fuerzas para tomar mi computadora y te busqué en internet.

He leído varias veces tu libro en el que hablas de Sheccid y Ariadne. Sé de memoria cada detalle. Crecí enamorada del personaje principal, pero también enojada con él, porque se dejó despreciar por Sheccid y nunca le hizo caso a Ariadne (quien de verdad lo amaba). Aunque la historia sucedió hace más de cuarenta años, la forma como planteas el amor ideal entre los jóvenes sigue vigente. Tú has sido mi guía y mi inspiración durante mucho tiempo. Al igual que Ariadne, te amé en secreto y al igual que Ariadne, aprendí a olvidarte. Ahora, no sé por qué, me acordé de ti. Estoy viviendo una situación de extremo dolor.

Entré a tu grupo de redes que llamas club “creadores de días grandiosos”. Había una reunión por Zoom. Me uní y me quedé quieta, escuchando, nutriéndome con lo que le decías a tus amigos y con lo que ellos te decían a ti. Me gustó el ejercicio de apoyarse mutuamente y de enfocarse en el día a día para lograr salir de la crisis.

Soñé con la fábula de aquel hombre que estaba a punto de morir y encontraba una bolsa de piedras en la orilla del río. El concepto de aprovechar cada día al máximo, porque eso es lo único en lo que tenemos control, me retumbó durante el sueño. En esta casa, mi padre, mi hermano y yo estamos tirando, como esas piedras al río, nuestros días a la basura, uno a uno, desde que murió mi abuelo.

Hoy en la mañana fui a ver a mi papá y lo hallé dormido. Lo invité a salir del cuarto. No quiso. Giró sobre su cuerpo y se tapó con las cobijas. Le dije:

—Tienes que reponerte, papá; cada día importa y estás desperdiciando tus días.

Me contestó con voz muy baja:

—Ya nada tiene sentido. Perdí mi trabajo y perdí a mi familia.

Me quedé fría al escuchar esas palabras. ¿Y yo qué soy para él? ¿Su mascota? ¿Su sirvienta? ¿Un fantasma? ¿Y mi hermano menor no cuenta? Le di la oportunidad de corregir y le pregunté:

—¿No nos consideras tu familia? ¿Ni a mí ni a Chava? Hasta donde sé, todavía te quedan dos hijos, que, por cierto, se sienten muy solos y te necesitan.

Pero no contestó.

¿Por qué un hombre como él, que siempre fue ejemplo de trabajo y fuerza, ahora está tan disminuido? Parece un muñeco mecánico al que le quitaron las baterías.

José Carlos. Te escribo esta carta para pedirte un favor enorme. Sé que tal vez te parezca descabellado. Sin embargo, estoy desesperada y no te lo pediría si no fuera importante. Quiero que vengas a la casa, que hables con mi padre, que platiques con mi hermano y conmigo. Mi papá te conoce. Te conoce muy bien; y tú a él. Se llama Salvador. Estudiaron juntos la secundaria y el bachillerato. ¿Lo recuerdas? Salvador, tu amigo.

Por cierto, se me olvidó decírtelo: mi madre era Ariadne.

Atte.

Amaia

2

 

 

La lectura de los últimos párrafos de la carta me provocó un escalofrío lento y profundo que recorrió mi piel desde la punta de los pies hasta la coronilla. Después me quedé quieto, respirando con rapidez. Tardé en razonar.

¿La hija de Ariadne me había escrito?

¿Y dijo que su madre había muerto? ¿Eso entendí?

Repasé los párrafos con mucho cuidado.

Sí. Eso decía. Al parecer, Ariadne murió en un accidente junto a su hijo mayor. Le sobrevivían su hija intermedia, su hijo menor, quien por lo visto se había vuelto drogadicto, y su esposo, Salvador, mi viejo amigo.

Al repasar la carta, atrajo mi atención que la hija de Ariadne se hubiese animado a escribirme solo después de escuchar la reunión del club “creadores de días grandiosos” en la que hablamos de una fábula, una bolsa de piedras a la orilla del río, y el concepto apremiante de aprovechar cada día.

Estaba tan impactado, que fui a mis apuntes y repasé lo que había movido a la chica a contactarme.

LA PERLA DE ESTE DÍA

Un hombre caminaba por la ribera de un caudaloso río. Estaba preocupado porque le habían diagnosticado una enfermedad incurable y no tenía dinero para dejarle a su familia. Si él moría, su esposa y sus cinco hijos quedarían desprotegidos. Entonces se sentó frente al río y rogó:

—Dios, tú sabes que he tenido una vida difícil e intensa; años buenos y malos, pero sobre todo malos; he cometido aciertos y errores, sobre todo errores; un largo historial de éxitos y fracasos, sobre todo fracasos. A pesar de eso, también sabes que soy un hombre que ama a sus hijos y a su esposa. Ahora que voy a morir, ayúdame a dejarles algo para mantenerse.

Se hizo de noche; el hombre caminó encorvado y desanimado. Pensó que el Creador estaba demasiado ocupado para escuchar su oración.

En la oscuridad de la noche halló una bolsa de piedras de río. Algún niño la habría dejado ahí. Entonces comenzó a pedirle un milagro a las piedras, como hacen los supersticiosos cuando arrojan monedas a las fuentes. Aventó una a una, pidiendo deseos. Cuando le quedaba la última, antes de arrojarla, se dio cuenta de que era demasiado tersa; la miró de reojo y descubrió que se trataba de una perla de gran valor. En su sorpresa la dejó caer, y el río profundo y caudaloso se la llevó.

Volvió a sentarse para mirar la vertiente; asustado, enfadado, asombrado; cerró los ojos y pudo percibir en su interior la voz de Dios que lo amonestaba:

—Te regalé una bolsa con perlas. Cada perla representaba uno de los días extraordinarios que has creado en los últimos años. Era tu legado.

El hombre estalló en llanto y se desmoronó.

—Perdóname, Señor… Ahora entiendo que cada día que hice bien las cosas se convirtió en una perla, y esa era la herencia para mu familia. Déjame tenerla de vuelta por favor.

Caminó de regreso a su casa; encontró otra bolsa similar. La abrió esperanzado, y se dio cuenta de que solo tenía piedras. Aun así, la anudó y la llevó a su casa.

A la mañana siguiente su esposa lo despertó.

—Amor, ¿qué es esto? Anoche cuando llegaste dejaste una bolsa sobre la mesa. Dijiste que eran piedras. ¡Pero son perlas! ¿De dónde salieron?

El hombre, llorando de alegría, abrazó a su mujer y le dijo:

—Se me ha dado una segunda oportunidad. En esta bolsa está mi legado. No es mucho, pero todo lo bueno que he hecho en la vida se encuentra contenido aquí. Te lo obsequio, amor. Es el resumen de todos mis días.

Nuestra vida es una colección de días. Cada día puede (o no) ser una perla, dependiendo de lo que hagamos con él. Si en veinticuatro horas logramos ser productivos, constructivos, benéficos, positivos, convertiremos ese día en una perla. Podemos coleccionar cada perla engarzándola en un collar que representará nuestra vida.

Se dice que, al morir, veremos nuestro resumen. Un compendio de lo que hicimos en imágenes presentadas de manera rápida, como una sucesión de fotografías. De ser así, estaremos en presencia de los momentos más importantes (buenos y malos, pero importantes); de los días más remarcables de nuestra vida.

El “todo” está conformado por pequeños elementos. Y un “todo” fabuloso se conforma de pequeños elementos fabulosos. Un gran libro es una colección de grandes capítulos. Una gran obra de teatro es una colección de grandes escenas. Una gran amistad es una colección de grandes convivencias.

La vida es una colección de días. Una vida extraordinaria es una colección de días extraordinarios. Una vida miserable es una colección de días miserables. ¿Queremos tener una vida extraordinaria? Pues comencemos creando una colección de días extraordinarios. ¿Cuál es la diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario? ¡El extra!, ese algo más que no tiene lo ordinario.

Somos creadores de grandes días. Por definición, el líder enfocado deja huella y trasciende porque se concentra en hacer de cada día un gran día. Hagamos que este día importe. No mañana ni pasado mañana. ¡Este preciso día! Porque es el único que tenemos, y el único que podemos moldear. Hagamos de nuestra vida una gran vida enfocándonos en hacer de cada día un gran día.

3

 

Después de leer la carta de Amaia y repasar los conceptos que la motivaron a escribirme, puse atención en el número debajo de su nombre. Eran diez dígitos de un celular.

No lo pensé dos veces. Le marqué.

Escuché una voz de mujer joven, con timbre peculiar, más grave de lo normal, como si hubiese enronquecido de tanto llorar.

—Hola —me identifiqué—. Soy José Carlos. El escritor.

Guardó silencio. Después de varios segundos corroboró:

—¿De veras eres tú?

—Sí, Amaia. Acabo de leer tu carta. Es increíble todo lo que me dices. La última vez que vi a tus papás fue cuando se casaron.

—Lo sé. No quise importunarte, pero de verdad necesito ayuda —aunque su voz era pausada y de dicción perfecta, dejaba entrever una clara mortificación—. Como te expliqué en la carta, mi papá está tan deprimido que no puede levantarse de la cama; parece, como te dije, un muñeco al que le han quitado las baterías. Vivimos en una especie de rancho, en una mansión campestre que siempre fue el sitio más alegre y lleno de paz, pero hoy está envuelto en una sombra de muerte. La energía negativa es tan evidente, que pienso que mi padre podría suicidarse en cualquier momento.

—¿Dónde viven, Amaia? Dame tu dirección.

Comenzó a dictar.

—Espera —corrí por lápiz y papel. Anoté el domicilio; no me pareció conocido.

—Y eso, ¿dónde está?

—Es un fraccionamiento a las afueras de la ciudad. En el norte. Colinda con el bosque. Se llama Fincas de Sayavedra.

—Mañana voy. A las diez, ¿te parece bien?

—Sí. Perfecto.

¡Era la hija de Ariadne! Sentía como si mi propia amiga me estuviese pidiendo ayuda para su familia. Me dolía mucho que Ariadne ya no viviera, pero me asombraba la forma increíble en que este mundo redondo siempre nos regresa a los orígenes, y nos da la oportunidad de devolver el bien que recibimos.

—Gracias, José Carlos —dijo la joven—. Nunca pensé que me contestarías el e-mail. Mucho menos que me llamarías.

—Al contrario, Amaia. Gracias a ti por haberme buscado.

—¿Sabes? Me gustaría mucho empaparme de lo que hablan en ese grupo de lectores con quienes te reúnes en línea. En mi casa hay una debilidad crónica. Quisiera aprender a tener más energía. Y transmitírselo a mi papá y a mi hermano.

Todo el mundo tenía acceso a los videos que grabé durante la pandemia, pero nadie, hasta ese momento, tenía el material escrito con las ideas ordenadas. Pensé que, si organizaba mis apuntes del año y se los daba como un obsequio especial, lo apreciaría.

—A propósito, qué curioso —agregó antes de despedirse—. Justo en estos momentos, pensaba escribirte una segunda carta. Pero ya no voy a hacerlo. Mejor mañana platicamos.

—Hazlo. Me encanta tu forma de escribir; deberías ser escritora.

—Tengo una novela a la mitad.

—Pues termínala.

La imaginé sonriendo, con una combinación de esperanza y tristeza.

—Claro —contestó—. Algún día.

Después de la llamada, escribí un texto que copio a continuación. Luego me dediqué varias horas a organizar mis apuntes del club “creadores de días grandiosos” y a imprimirlos. Se los llevaría como regalo.

Estamos en el primer trimestre de 2021; se habla de una vacuna que no llega y el mundo sigue adaptándose a una nueva normalidad.

Los noticieros de diciembre fueron escalofriantes. Vimos en el resumen del año escenas de calles vacías, negocios cerrados, hospitales del mundo atestados de enfermos, coliseos llenos de cadáveres, personas aplaudiendo por la ventana para saludarse de un edificio a otro, niños y jóvenes estudiando a distancia, pegados a un monitor. Recordamos la forma en que estuvimos encerrados, y nuestros propósitos fueron amputados. Nos dijeron “quédate en casa”, “no trabajes”, “no vayas a la escuela”, “deja de ponerte metas”, “no hay dinero”, “no vas a ganar dinero”, “el comercio está en pausa”, “las finanzas a la baja”.

El año que pasó nos dimos cuenta de cuán vulnerables somos y de lo frágil que es nuestra existencia. Comprendimos que el mundo real puede cambiar de un momento a otro, pero que nuestra verdadera batalla está en el mundo mental. Porque es ahí, en la mente, después de perder dinero, trabajo, crecimiento; después de ver nuestros planes y proyectos truncados; después de perder a un amigo o a un familiar por el virus, donde comienza el infierno.

En el cerebro, los pensamientos de culpa o preocupación pueden ser muy angustiosos. Además, estudiando en línea, hablando en línea, teniendo reuniones sociales en línea, conectados a dos o a tres pantallas a la vez, nuestra mente se ha vuelto un caos de confusión en el que reinan las emociones negativas.

Más que nunca debemos enfocarnos en el presente. Porque cualquiera que sea la problemática, por muy imponente que parezca la crisis, podemos enfrentarla y superarla si la desglosamos en pequeñas partes concretas de acciones por emprender.

Suena simple, pero es contundente: con enfoque y atención no hay nada que no podamos resolver.

Peso 0.500 kg
Dimensiones 1 × 15 × 23 cm

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