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Tiempo de ganar

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1

PRODUCTIVIDAD MEDIBLE

Ayer mi hijo me invitó a jugar con una aplicación interactiva. Desde el teléfono debía disparar a los blancos enemigos, pero no los identificaba fácilmente. Los ladinos se escondían. Fui acribillado una y otra vez. Mi hijo se rio. “¿Por qué no disparas, papá?”. Contesté: “Porque no sé qué rayos estoy buscando”.

¿Qué buscamos en este libro? ¿Los más altos niveles de rendimiento personal? ¿Nuestra productividad medible? Y ¿qué es eso?

Si habláramos de fabricación industrial, haríamos comparaciones como ésta: la “máquina X” elabora juguetes; hace un gran ruido, mueve engranes, empuja pistones, activa inyectores, consume combustible y produce DIEZ juguetes al día. Por otro lado, la “máquina Z”, no hace ruido, consume menos combustible y produce MIL juguetes diarios. ¿Cuál es más productiva?

Como aquí hablaremos de “personas”, pensemos por ejemplo: Pedro a los 30 años culminó su carrera profesional y dos maestrías; se casó, tiene un hijo y una esposa a quienes cuida con esmero; se ha convertido en líder de ventas y genera en promedio treinta negocios importantes al año. Ahora comparémoslo con Juan, de la misma edad: no terminó la universidad, está indeciso de casarse con su novia, ha cambiado de empleo cinco veces, actualmente no tiene trabajo, y no ha generado ningún negocio de importancia… ¿Quién es más productivo? ¿Pedro o Juan?

Todos tenemos la misma cantidad de días y horas en un  periodo de tiempo. Para medir el rendimiento personal debemos preguntarnos: ¿Quién hace más cosas buenas durante ese lapso? ¿Qué resultados medibles logran uno y otro?

¿Acaso se trata de una competencia? ¡Qué inconveniente! (protestarán algunos). Claro (habrá que contestarles): la vida es una competencia; con los demás y con nosotros mismos. De hecho, el resumen de la vida es éste: Se recuerda con mayor admiración y cariño a las personas altamente productivas porque siempre dejan un legado.

Anteriormente la gente soñaba con retirarse o jubilarse para no hacer nada. Hoy sabemos que sólo quien ama lo que hace y lo disfruta está retirado del trabajo, pero no deja de ser productivo jamás. Porque la productividad le da otro giro a nuestros actos. Convierte el agotamiento en satisfacción.

Hace dos años conocí a un hombre muy especial. Se llama Joch. Hizo las gestiones para contratarme a nombre de su empresa. Acordamos tener ocho sesiones (una por semana), para entrenar a los trabajadores y gerentes en el método timing. Como la empresa en la que Joch trabajaba se encontraba en Guadalajara y en aquel entonces yo radicaba en la Ciudad de México, iba a tener que tomar un avión de ida y vuelta cada lunes durante dos meses.

Esa tarde Joch me esperaba en la sala de llegadas del aeropuerto. Sostenía, tembloroso, un letrero con mi nombre. Iba enfundado en una especie de aparato ortopédico para piernas completas con dos bastones de apoyo. Me acerqué a él identificándome. Se aprestó a abrazarme poniéndose en problemas de equilibrio. Después acomodó sus bastones, tomó la empuñadura de mi maleta y la jaló. Cojeaba de la pierna izquierda y hacía un extraño movimiento semicircular con la derecha. Nos subimos a un taxi. De camino a las oficinas me confesó que había tenido un accidente de trabajo seis meses atrás. Relató contristado:

—Fue una tragedia, afectó a toda la empresa; después del accidente, el rendimiento de los trabajadores bajó; la productividad cayó; por eso estás aquí; convencí al director general para que te contratara, pero en realidad lo hice también con la esperanza de que me ayudaras a mí. Verás. Fui reasignado como encargado de presupuestos y cotizaciones, pero odio esa labor; soy malo para los números; además, estaba deprimido y lleno de pensamientos venenosos. Así que no trabajaba bien y la empresa perdió la licitación de tres concursos de los que yo estaba encargado. El GJ (así le decimos; significa “Gran Jefe”. Aunque después yo le agregué TS que quiere decir “Toro Sentado”. Sin intenciones de aludir al personaje histórico, sino por la risible similitud de su figura con un bovino que no se mueve de su silla) —sonrió—; el GJ-TS se puso furioso. Me dijo que yo estaba ahí por lástima; que el director general de la empresa me había permitido quedarme para evitarse problemas, pero que a mí no me gustaba el trabajo, por lo tanto  debía entregarle el departamento y la oficina; me mudaría al último rincón y ahí pasaría el día. Me pagarían mi sueldo, sin hacer nada. En esta empresa hay muchos trabajadores poco eficientes, pero yo soy el número uno. El rey de los improductivos. Así me conocen. Y, la verdad, ya me harté de eso.

Joch tenía razón en su hartazgo. Ninguna persona mentalmente sana puede ser feliz sabiéndose improductiva.

Por definición, el improductivo es estéril, carece de propósito en la vida, estorba, origina conflictos, pide favores y préstamos (se especializa en pedir), incluso limosna; y con frecuencia acaba en profunda depresión. De hecho, quien no se valora a sí mismo es improductivo: no hace bien su trabajo, no cumple sus promesas, no está presente cuando se le necesita, no tiene fuerza para enfrentar retos.

Nuestra productividad incluye generar dividendos económicos, pero va mucho más allá del dinero. Tiene que ver con nuestra influencia en el mundo y estima propia. Independientemente del trabajo, tú y yo vivimos para ser productivos. Ésa es nuestra razón de existir.

2

DIS-FRUTABLES

A pesar de su doble cojera, Joch se movía rápido. Caminando por las oficinas de su empresa, detrás de él, miré alrededor tratando de percibir “el ritmo” del lugar. La gente parecía impecable, uniformada, en silencio, pero noté que me espiaban con desconfianza. Algunos murmuraban al verme pasar. Había algo pesado en el ambiente. Iba a ser un reto interesante impartir ocho charlas a los empleados de esa compañía.

Para llegar al cubículo de Joch, fue necesario sortear un acceso obstruido por cajas de cartón y aparatos eléctricos descompuestos; su rincón tenía escasos dos metros cuadrados, con una silla y una mesa desvencijada. La luz era mortecina. Casi lúgubre. No había teléfono ni computadora.

—Te presento el calabozo de la ociosidad. Como te comenté, mi jefe me castigó. Aquí paso cuarenta horas a la semana haciendo nada. Pero en realidad no soy el único. Hay muchos que aparentan trabajar y pierden el tiempo.

El ritmo se percibe en el ambiente. Aunque Joch mantenía un puesto de bajo rendimiento “oficial”, algunos otros lo tenían a escondidas, dejaban pasar la jornada sin producir mucho. Para elevar nuestro rendimiento personal, no sólo en el trabajo, pero incluyéndolo, debemos considerar que todo es cuestión de ritmo.

El ritmo mental se manifiesta en nuestros movimientos. Cuando vas a un gimnasio, escuchas música intensa, que te pone en un ritmo adecuado para ejercitarte. El ritmo te hace moverte, pero no sólo se trata de rapidez, sino de intenciones y emociones. Imagina que caminas con tu pareja en un bosque; ambos escuchan el rumor de los árboles, las hojas rozándose a causa del viento, el lejano riachuelo emitiendo el eco del agua en movimiento, los pájaros gorjeando, los insectos frotando sus patas. Hay un beat musical que los envuelve. Tu pareja y tú van por el bosque tomados de la mano y construyen una conversación de amor. A veces guardan silencio y respiran hondo, forman parte de ese hermoso ritmo natural. Ahora imagina que en tal ambiente exquisito se escucha el ruido de un grupo de personas acercándose con sierras y antorchas para cortar árboles y quemar plantas; también cargan armas, disparan a los animales y profieren majaderías. ¿Qué sucedió? Los intrusos traen consigo un nuevo ritmo. Completamente asincrónico.

3

CUESTIÓN DE RITMO

Dar fruto es progresar para tu propio beneficio, pero brindando también a otros el beneficio de tu trabajo. Quien da fruto es alguien disfrutable. Dis-frutar viene de la palabra des-frutar; antes, por ejemplo, un niño le decía a su padre: “¿Puedo des-frutar el árbol de peras?”. Se des-fruta un árbol quitándole la fruta para comerla, venderla o sembrarla.

¿Conoces a alguien cuya compañía se disfruta? Es porque produce buen fruto: ¡sus palabras, su sabiduría, sus consejos, su riqueza material, o sus bromas! ¿Conoces a alguien cuya compañía prefieres evitar? Es porque no produce fruto (o el poco que produce es amargo). Ser productivo es sinónimo de dar buenos frutos. (Y por sus frutos los conoceréis).

Joch me platicó que esa sensación de improductividad lo estaba matando. Dijo: “Me separé de mi esposa después del accidente y ella se ha negado a hablar conmigo porque dice que contamino su estado de ánimo. A mis padres no les interesan mis charlas. Mi sobrino no quiere que le ayude a hacer sus tareas. Soy rechazado por todos. Hace poco, me miré al espejo y observé la imagen de una persona sin vida, invisible, que podría no existir y daría exactamente lo mismo”.

La medida es simple: puedes saber cuán productivo es un ser humano, evaluando qué tan disfrutable es; cuál es su grado de aportación al entorno y a sí mismo.

Todo lo que tenemos en la vida es prestado. El cuerpo, la familia, los talentos, el dinero, los bienes materiales. Nuestra obligación elemental es hacer que cuanto está bajo nuestro cargo se multiplique y mejore. Por el simple hecho de que tú toques algo o a alguien, debe valer más, no menos. Nuestra misión en la vida es sumar valor a aquello en lo que tenemos injerencia. Tu hijo no debería decir: “Por culpa de mis padres estoy traumado, lastimado y apocado”; debería decir: “Gracias a ellos soy una persona exitosa y feliz”.  Nuestra existencia tiene diferentes dimensiones. Las principales son: salud física, preparación mental, espiritualidad, pareja, familia, amistades, trabajo y creatividad. En todas ellas debemos sumar valor y dar fruto.

Ahora hablemos de trabajo. En ese ámbito, el tema de la productividad causa incomodidades, porque cuando alguien lo menciona creemos que tiene intenciones de hacernos trabajar más. Pero veamos las cosas en blanco y negro: el trabajo es una de las áreas vitales de toda persona sana. Quien no tiene trabajo se siente incompleto. Tú y yo somos personas de bien, por lo tanto trabajamos.

Si alguien nos contrata, lo hace por una sola razón: porque podemos dar fruto valioso. Al momento en que dejemos de generarlo, perderemos el empleo. Lo mismo aplica si ponemos un negocio: nuestros clientes nos buscan porque les damos un producto disfrutable a cambio de su dinero. Dejemos de darles ese producto y se irán con la competencia.

Cuando sólo “cumplimos”, llenamos un hueco. Pero si desbordamos nuestras habilidades en éxitos que exceden lo requerido, nos convertimos en personas altamente realizadas, distinguidas por un fruto de grandeza, con la satisfacción intrínseca de saber que, sin nosotros, nuestro pequeño mundo no sería lo que es; entonces nos amamos más porque la alta productividad personal eleva la autoestima.

Hace poco visité la casa de unos amigos, quienes no se explican por qué su hijo adolescente es tan rebelde. El muchacho estaba encerrado en el baño. Escuchaba a todo volumen una música desafinada, conformada sólo por percusiones; el vocalista, de voz grave y rasposa, repetía el estribillo reiterativo. Fuck you, fuck you, fuck you. Y el coro le contestaba Fuck your mother, una y otra vez. Me pregunté si nadie en esa casa se daba cuenta de que la música también contribuye a ponernos en ritmo para la vida. Que los seres humanos somos rítmicos. De manera automática todos tenemos un compás de desplazamiento diario, al trabajar, al charlar, al efectuar cada uno de nuestros quehaceres. Nos movemos conforme a ciertos beats mentales.

Este concepto es neurálgico, de importancia fundamental:

ENTRAMOS A UN RITMO PRODUCTIVO (+) cuando aprovechamos las horas al máximo, nos sentimos plenos y dejamos una estela de bienestar. RECUERDA ESOS DÍAS EN LOS QUE REALIZAS ACTIVIDADES EXITOSAS: haces cosas que construyen y levantan tu estima, entras en una cadencia mental que te lleva a alcanzar más metas constructivas, sientes entusiasmo y energía para lograr otra y otra más; a cada tarea que completas le pones una estrella mental y eso te anima a seguir adelante; nada parece detenerte; tu cadencia es rápida, eficiente; al terminar la jornada te das cuenta de que finalizaste trabajos pendientes, resolviste problemas, obtuviste ganancias, consolidaste relaciones, y la gente con la que conviviste terminó haciendo lo que sugeriste.

ENTRAMOS A UN RITMO NOCIVO (-) cuando el día se nos esfuma sin que hayamos hecho nada productivo y dejamos una estela de conflictos. RECUERDA ESAS JORNADAS EN LAS QUE SIENTES IRRITACIÓN Y FASTIDIO; cometes errores o las cosas te salen mal, te llenas de emociones negativas y percibes un beat asincrónico; discutes con la gente, te equivocas una y otra vez, haces cosas que molestan a los demás. Como no avanzas en el trabajo, decides posponer los pendientes. Tu cadencia es lenta, desafinada; te duele la espalda, la cabeza, la rodilla o la rabadilla, y al final del día sólo te apetece tirarte a ver la televisión o dormirte.

Todos hemos experimentado los dos tipos de días. Durante un periodo determinado de años, hay gente que vive más tiempo computable en ritmo productivo (+). Por lógica matemática, esa gente tiene más logros y mayor rendimiento. Simple, ¿no crees? Eso es parte del secreto de Juan, quien ha logrado tanto a sus treinta años de edad en comparación con Pedro, que parece tan estéril. El ritmo productivo (+) hay que buscarlo, provocarlo, crearlo y hacerlo fluir. el ritmo nocivo (-) hay que evitarlo, romperlo, revertirlo.

En el deporte esto se aplica todo el tiempo. Durante un partido en el que dos equipos o atletas compiten, con frecuencia uno de ellos tiene el control de las jugadas, es más rápido, más certero, más dominante. ¿Qué hace entonces el contrario? ¡Pedir tiempo fuera, distraer, fingir una lesión o simplemente cambiar el ritmo del partido! En el deporte todo es cuestión de ritmo. En la vida y en el trabajo, también. Si has perdido dinero, tiempo, posicionamiento, prestigio u oportunidades; es momento de pedir tiempo fuera y cambiar tu ritmo. Basta de perder. Es tiempo de ganar.

4

POTENCIADORES

Joch me llevó al departamento de Recursos Humanos. En las paredes del recinto colgaban, con marco de obsidiana, cuatro placas troqueladas: la Misión, la Visión, los Valores y la Cultura de la empresa. Leí los postulados. Tenían una composición gramatical rimbombante, como si hubieran sido redactados por algún comité académico. Contenían la misma palabrería de siempre: “atención al cliente, servicio, excelencia corporativa, cuidado ambiental, coadyuvantes del cambio”.

Joch me presentó a la gerente de Recursos Humanos. Era una ejecutiva delgada, de unos treinta y cinco años, vestida con traje sastre; tenía la mirada dulce pero desconfiada, de las mujeres que han luchado y sufrido mucho.

—Mi nombre es Isabel —me saludó de mano—. Quiero ponerte al tanto de cualquier detalle relevante, antes de que comiences la capacitación. Como sabrás, ésta es una empresa prestigiada. La más prominente de su ramo en la zona. Tenemos una imagen de éxito. Trabajar aquí es un verdadero privilegio.

—Sí, lo sé —dije, aunque yo había percibido un sutilísimo ritmo nocivo en el ambiente—, Isabel. Estoy interesado en estudiar los postulados que tienen enmarcados en la pared. ¿Habrá forma de que me des una copia?

—Por supuesto. Podemos imprimirlos —frente a nosotros estaba la mesa de un asistente que en apariencia había dejado su silla por un momento para ir al baño. Isabel abrió la laptop desatendida y escribió un código de acceso. De inmediato apareció un video pornográfico que había sido pausado a la mitad. Ella se puso nerviosa. No supo cómo quitarlo. Desconectó los cables, pero las imágenes tres equis continuaron, y ya sin audífonos, los gemidos histriónicos de los actores porno se escucharon en todo el recinto. Joch cerró la pantalla de la computadora. Todos los oficinistas cercanos sonreían.

El incidente fue una pequeña muestra de los muchos potenciadores de ese ritmo nocivo que flotaba en el ambiente.

SE LE LLAMA POTENCIADOR a todo pensamiento o acto que nos pone en ritmo (como cuando escuchas determinada melodía y tus pies se mueven por sí solos). Los potenciadores pueden ser positivos si te llevan a un ritmo productivo (RP+) y negativos si te llevan a un ritmo nocivo (RN-).

Para entrar en RP+, hay potenciadores positivos que debes crear. Algunas sugerencias: comienza desde un día antes. Visualiza tus pendientes, escríbelos y anticipa los horarios empezando con la hora en que planeas levantarte. Luego duérmete lo más temprano que puedas. Procura descansar ocho horas. En cuanto te levantes, haz ejercicio y ten unos minutos de meditación respecto a lo que vas a hacer en el día; desayúnate bien, báñate y conduce el auto escuchando cierto tipo de música que te ponga en buen ritmo. Al llegar a tu oficina saluda a todos con entusiasmo pero no te entretengas; aborda directa y agresivamente tus quehaceres más difíciles; no los sueltes hasta terminarlos. Ese día todo te saldrá bien.

¿Quieres que todo te salga mal? Haz esto: activa potenciadores negativos. Desvélate sin repasar ni saber en absoluto lo que vas a hacer al día siguiente. Duerme poco; levántate tarde, no hagas ejercicio, no medites, no desayunes; escucha en el auto las noticias alarmistas, llega a la oficina y charla largamente con tus compañeros en los pasillos; posterga todos los asuntos importantes. La cadena de potenciadores negativos hará que tengas un día improductivo.

También existen potenciadores que provienen de circunstancias externas. Imagina estos supuestos:

► Estás trabajando y avanzando, cuando de pronto recibes el correo electrónico de alguien con quien tuviste un romance hace muchos años; aunque ambos son casados y tienen hijos, esa persona te está invitando a salir. El juego te parece emocionante. Lo aceptas. Tus pensamientos y actos, no del todo dignos, te meten a una racha de distracciones y desaciertos. Un ritmo nocivo

► Otro ejemplo similar; navegando en Internet, te aparece un pop up invitándote a ver pornografía; dudas, miras alrededor, piensas: “¡Cuánto descaro; el mundo está muy mal!, caray, vamos a ver qué tan mal está”. Abres la página y te quedas contemplándola largamente. ¿Qué sucede con tu cadencia mental? ¿Generan RP+ o RN-?

► Tu jefe llega de mal humor. Te llama la atención por algo injusto. Recuerdas otras injusticias que él ha cometido; repasas, de una vez, todos los defectos de tu empresa y razonas cuán infeliz eres trabajando ahí. ¿Tus pensamientos se convierten en potenciadores de qué? ¿RP+ o RN-?

► Estás fuera de la ciudad. Hablas por teléfono a tu casa y te contesta tu hija de seis años. Te dice cuánto te ama y cuán orgullosa se siente de ti. Conversas con ella sin reprimir la emoción que te causa. Eso te genera nuevos beats para seguir trabajando en ese viaje. ¿Entras a una racha de RP+ o RN-?

Los potenciadores NO son las circunstancias externas (el e-mail que recibes, el pop up porno, el jefe gritón o la llamada de tu hija), sino los pensamientos y actos con los que respondes a esas circunstancias. Eres tú quien se mete en RP+ o RN-. TIENES EL CONTROL DE LOS POTENCIADORES (actos y reacciones) PORQUE TÚ LOS MANEJAS.

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