+5255 55650333

Sheccid. Cuando el amor duele

Compártelo en:

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Primera parte

TIEMPOS ALTERNADOS

1978-1980

 


 

 

Hace frío. Mucho frío. Frío artificial, seco; como el de una habitación no supervisada con el aire acondicionado al máximo.

Escucho el bip pertinaz de un monitor médico a mis espaldas.

Abro los ojos con dificultad. El muro blanco frente a mí se acerca despacio amenazando con aplastarme. Luego se hace oblicuo y se aleja formando un túnel.

¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy? ¿Quién soy?

Susurro apenas:

—Me llamo Lorenna Deghemteri. Algunos me dicen Sheccid.

Aunque el agotamiento extremo me empuja a la somnolencia, la conciencia, espabilada ya, me reclama averiguar qué está pasando. Trato de sentarme. No puedo. Mis extremidades no responden. Ni siquiera las siento. Tengo vendado el tórax; el brazo y la pierna del lado derecho. Ambas extremidades sostenidas con tirantes por una estructura aparatosa.

¿Estoy en un hospital? ¿En terapia intensiva? ¿Cómo llegué hasta aquí?

Ordeno al cerebro mover los dedos. Apenas percibo una leve respuesta.

Inhalo y exhalo con rapidez. Me sofoco.

Alguna vez aprendí que el miedo se percibe casi siempre como falta de aire; que el pánico ocasiona sensación de asfixia, por eso, en los momentos críticos debemos acordarnos de respirar. Así que respiro. Respiro despacio.

A ver. De nuevo: me llamo Lorenna Deghemteri, pero me gusta que me digan Sheccid. No recuerdo el origen de ese nombre. Sheccid. Significa “princesa”. Creo.

Vienen a mi mente versos enigmáticos.

Sheccid, yo te conozco antes de verte.

¡Desde hace muchos años te he soñado!

Tengo vastas razones para amarte:

¡en visiones también te he contemplado!

Intento apoyarme sobre el codo para incorporarme un poco. Duele. Tengo las articulaciones anquilosadas. Desisto. Logro llevar la mano libre a mi nuca. La cabeza me punza. Descubro una herida. Me han rapado parcialmente. Acaricio los pelillos pegados a mi cuero cabelludo y el borde de una sutura diagonal en mi parietal derecho.

Hago un esfuerzo por recordar. Es inútil. La angustia me roba el aliento otra vez. Vuelvo a respirar en pausas.

Cálmate; sabes cómo te llamas. Sheccid Deghemteri; sufriste un accidente; te abriste la cabeza, te rompiste las costillas, el brazo y la pierna derechos. Pero estás viva, estás bien; vas a estar bien.

Me angustia no saber qué me pasó, dónde estoy, cómo llegué hasta aquí. Lo único claro es el poema que suena en mi cabeza.

Tu hermosura sin par causa sonrojos

pero tu alma es más bella para verte.

Por eso quiero conquistar tus ojos:

¡entrar por tus ventanas y tenerte!

Paro de luchar contra lo que no entiendo y me dejo llevar por la somnolencia. Sin darme cuenta me quedo dormida.

 

 

Mi respiración se detiene. Abro los ojos de forma repentina en un reflejo imperioso de supervivencia. Inhalo con fuerza; jalo la manguera del suero y los electrodos adheridos a mi cuerpo. Una alarma comienza a sonar.

Se enciende la luz de la habitación.

—¡Doctor! —alguien se acerca, gritando. Enfoco borrosamente. Es una mujer voluminosa con cofia blanca—. ¡Venga, doctor! ¡Venga! Dios mío. ¡Despertó! ¡La paciente despertó!

Trato de arrancarme los cables que me aprisionan.

—Tranquila, hija. Tranquila —la mujerona me detiene con sus brazos carnosos. En ese momento llega otra enfermera, diminuta, para tratar de ayudar. La robusta le grita:

—¡Susana, tráeme un calmante! Pronto.

—¿Dónde estoy? —miro hacia todos lados.

—En un hospital privado, en el sur de la ciudad.

—¿Qué me pasó?

—Tuviste un accidente.

Mi temor se convierte en angustia.

—¿Cuándo? ¿Qué tipo de accidente?

—En un vehículo.

—¿Por qué no me acuerdo de nada? ¿Cómo llegué hasta aquí?

Forcejeo con los cables. Aunque tengo las extremidades derechas enyesadas y un aparato que me sujeta los hombros, esta vez percibo que los dedos me obedecen, puedo moverlos. No estoy paralítica. Al menos.

Susana, la enfermera pequeña, llega con el calmante. Entre luchando por contenerme y diciendo interjecciones, la más corpulenta inyecta en la manguera del suero una sustancia que me roba las pocas fuerzas que aún tengo.

El doctor entra a la habitación haciendo exclamaciones grandilocuentes.

—¡Lorenna! ¡Preciosa! ¡Mira nada más! ¡Qué bien! Despertaste. ¡Cuánta alegría! ¡Bienvenida!

Me toma el brazo sano para revisar mi pulso y presión. Habla con la enfermera:

—¿La sedaron?

—Sí, doctor, tuve que hacerlo. Estaba muy nerviosa.

—¡La prefiero nerviosa! Caray. Tenemos que ayudarla a volver a la vida. No al revés.

—Lo siento.

—A ver, hija. Mírame. Qué bonitos ojos. Voy a revisar tus reflejos. ¿Te duele algo?

—La espalda.

—Es por las llagas. Has estado mucho tiempo acostada.

Abren las cortinas. Levantan el respaldo del colchón hasta dejarme sentada. Alguien me acerca un popote para que succione agua. Alguien más me pasa una toalla húmeda por la frente.

El médico revisa mis pupilas con una lamparita, luego continúa flexionando mis articulaciones y apretándome varias partes del cuerpo.

—Tienes buenos reflejos y sensibilidad en los dedos. Te vas a recuperar.

—¿Qué me pasó?

—Lorenna, dímelo tú. ¿De qué te acuerdas?

—De nada.

Se sienta a mi lado. Me toma de la mano.

—¿Cómo te apellidas?

—Sheccid.

—Mmh. ¿Cuándo naciste?

Me encojo de hombros.

—¿Cómo se llaman tus papás?

—No sé.

Sigue preguntando; las tablas de multiplicar, las capitales del mundo, los nombres de mis profesores, mi domicilio. Por lo que leo en el rostro del doctor, no respondo muy bien.

—A ver. Concéntrate en lo más reciente que recuerdes. Dime todo lo que te venga a la mente.

Recito:

—Sheccid, yo te conozco antes de verte. ¡Desde hace muchos años te he soñado! Tengo vastas razones para amarte: ¡en visiones también te he contemplado! Ayer te visité en tu habitación. Llorabas, sufrías en tu expresión. Aun pudiendo volverte y abrazarme, ¡tus ojos no alcanzaron a mirarme!

—¿Dónde te aprendiste ese poema?

—Supongo que en mi escuela.

—¿Cómo se llama tu escuela?

—Escuela Tecnológica Industrial ciento veinticinco.

—¿Qué más?

—Soy campeona de declamación. Mi mejor amiga se llama Ariadne. Le dicen la Pecosa. Es jefa de mi grupo.

—Bien… bien. Continúa.

No quiero. No puedo. Es como si mi intelecto se topara con un callejón sin salida.

—Me siento agotada.

—Ni hablar. Descansa, pero haz un ejercicio. Mientras estés dormitando busca tus recuerdos más antiguos y ve hilando uno con otro.

—¿Qué me pasa, doctor?

—Tienes amnesia postraumática. Es un padecimiento reversible en la mayoría de los casos, pero debes ir generando sinapsis poco a poco. Mi teoría como neurólogo es que a alguien en tu estado no se le deben decir las cosas que no sea capaz de recordar por sí solo. He visto que cuando a un paciente como tú se le dice “mira, te presentamos a tu esposa, a tus hijos y a tu perro”, se le causa un gran estrés, porque lo que no existe en la mente, no significa nada en la realidad. Así que, Lorenna, no te desesperes —me acaricia el brazo sano—. La buena noticia es que ya estás consciente.

Para él es buena noticia; para mí es espeluznante.

—¿Tienen a mi marido y a mi perro escondidos detrás de la puerta?

—No —sonríe y se pone de pie—. Era un ejemplo. Paso a verte al rato.

—Dígame una cosa. Mi herida de la cabeza ¿qué tan profunda es? ¿Tuve fractura?

Vuelve a sentarse.

—Sí. Sufriste una hemorragia extradural a causa de un traumatismo grave. El hematoma interno te causó una severa presión intercraneal que puso en peligro tu vida. Fue necesario operarte de emergencia para aliviar la presión del cerebro. Eso ocurrió hace casi seis semanas. Hoy volviste en ti… Por eso estamos de fiesta.

—¡Seis semanas!

—Así es. El límite para un pronóstico de buena recuperación. Si no hubieras despertado ahora, tal vez nunca lo hubieras hecho.

—¿Y mi familia? ¿También está de fiesta?

—Sí. Ya le avisamos a tu papá. Viene para acá.

—¿Y mi mamá?

Omite responder. Se limita a taparme con la cobija.

—Descansa.

Aprieto los párpados, inhalo despacio y hago un esfuerzo por recordar. Mi cerebro transita por rutas remotas. Lo permito, esperanzada en que me lleve a algún sitio conocido.

 

 

 

Terminaba el verano de 1978.

Yo estaba en un avión, a punto de aterrizar.

Miré por la ventanilla. El tamaño de la ciudad era intimidante. Parecía que caeríamos sobre casas y edificios.

Tenía un sobre entre los dedos. Mi prima Tina me lo dio cuando nos despedimos en el aeropuerto. Contenía una fotografía de ella misma, semidesnuda, exponiendo ante la cámara sus senos marcados con rajaduras como de navaja, el rostro enrojecido, la boca rota y un ojo cerrado a causa de la hinchazón. Aunque la fotografía estaba sucia y desenfocada, sin duda era de ella. En el reverso había una nota escrita a mano, pidiendo auxilio.

Guardé el sobre.

Al fin aterrizamos.

Bajé del avión y saludé a mi guardiana asignada. Como menor de edad no podía salir sola del aeropuerto. La aerolínea era responsable de entregarme sana y salva a un adulto tutor. Caminé a toda prisa por los pasillos. La cuidadora iba detrás de mí. Me urgía ver a mis padres y hermano; los imaginaba afuera esperándome con un enorme ramo de rosas.

El aeropuerto estaba en remodelación y la zona de espera era tumultuosa. Pasamos migración por la fila preferencial. Vi mi maleta aproximarse sobre la banda; era inconfundible; mamá le había amarrado un ramillete de estambres en la empuñadura. La pesqué al vuelo y la jalé.

Mi acompañante y yo cruzamos los últimos filtros con rapidez. Franqueamos las puertas de cristal y busqué a mis padres.

Un hombre canoso levantó la mano entre el gentío.

—¡Señorita Lorenna!

Era Martín, el chofer de la familia. Se acercó.

—¿Dónde están mis papás?

—No pudieron venir. Pero aquí estoy yo. Siempre a la orden.

La azafata estaba apremiada por deshacerse de mí.

—Firme aquí, por favor.

Martín firmó el papel; luego caminamos rumbo al estacionamiento.

—¡Un mes en Europa, señorita! —jadeaba cargando la maleta—. ¡Usted debe tener mucho que contar! ¿Cómo le fue?

—Bien, Martín… Bien —no pude decir más porque una especie de nudo me había estrechado las cuerdas vocales.

—No se ponga así, señorita… Ya sabe que su papá tiene un trabajo muy absorbente.

Asentí. Papá fue funcionario de la embajada británica en Argentina y Colombia. Por desgracia se metió en problemas y perdió su categoría diplomática. Sin embargo, se levantó, puso un negocio transnacional en México y se convirtió en empresario.

—¿Y mi hermano?

—No lo he visto, señorita. Ya sabe. Siempre anda en su motocicleta.

—¿Y mamá? ¿Cómo está mamá?

—Más o menos. Tuvieron que internarla otra vez… Fui por ella al hospital antier. Se veía mal de su carita. En ese sitio le dan muchas medicinas…

Sentí una contracción en el vientre. El agobio comenzó a brotar de mis entrañas como un reflujo de autocompasión.

—¿Puede poner música, Martín?

—Claro, señorita.

Martín empujó una cinta de Glenn Miller. Era lo único que me faltaba. Quise protestar, pero se me había agotado la energía. Tapé mis oídos con discreción. Agaché la cara. Abrí el bolso de mano y volví a sacar el sobre de mi prima Justina. Era cinco años mayor que yo. Nunca conectamos como amigas, aunque genética y físicamente nos parecíamos demasiado, porque ella era hija del hermano de mi papá, casado con la hermana gemela de mi mamá; una combinación bizarra.

Volví a ver la fotografía en la que mi prima aparecía golpeada y sucia. Al reverso había una nota escrita a mano: “Lorenna, ayúdame. Tengo mucho miedo. Llévame a México. Sácame de aquí”.

Media hora después, el chofer estacionó el auto frente al portón de hierro que mi padre había mandado forjar con enseñas inglesas.

—Gracias por cuidarme siempre, Martín —me despedí—. Usted es como de mi familia.

—Y usted, señorita, también. Quiero decir, es como de la mía.

Busqué las llaves y abrí el zaguán. Cargó mi maleta hasta el recibidor. No se atrevió a entrar más.

—Ya sabe que estoy de base en la oficina, pero llámeme por teléfono cuando necesite cualquier cosa.

—Claro.

Se retiró haciendo reverencias innecesarias. Era un buen hombre.

Entré a mi casa. Estaba oscura, en silencio. Todo permanecía tal cual lo había dejado cuatro semanas atrás. Olía a eucalipto y medicamentos volátiles.

Llegué hasta el cuarto de mamá. Abrí la puerta con sigilo.

En la penumbra distinguí el cuerpo de una persona desconocida sentada en la cama, recargada sobre la cabecera, mirándome con ojos muy abiertos. Me sobresalté. La sangre se me heló. Encendí la luz.

—¿Mamá?… ¿Eres tú?

La mujer hizo una mueca que quiso ser alegre y acabó pareciendo macabra. Tenía las mejillas inflamadas, el cuello engrosado, los párpados abultados. Aunque seguía manteniendo el cuerpo extremadamente delgado, casi enjuto, su rostro era otro; esférico, como globo a punto de estallar.

Compártelo en:

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email