Ser feliz es la meta, primeros capítulos

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INTRODUCCIÓN

Un pacto de felicidad
Era de noche. Estaba solo en la pequeña habitación, acompañado de un ser humano diminuto. Me apoyé en la superficie acristalada de la incubadora y contemplé a mi primera hija. Pesaba sólo un kilo novecientos gramos y los médicos no estaban seguros de que sobreviviera. Me aflojé la corbata y suspiré. Mi exhalación empañó un poco el acrílico.

Dormía boca abajo. La pequeñez de su cuerpo era impresionante.

Despertó; estiró sus bracitos, levantó la cabeza y pareció mirarme unos segundos. Comenzó a girar el cuello muy despacio de un lado a otro, luego se dejó caer de bruces y tomó aire unos minutos para empezar los ejercicios de nuevo. Cada vez que empujaba su pequeño tronco con los brazos, como quien hace planchas o lagartijas, me echaba un vistazo de reojo y seguía ejercitándose; arriba, abajo, arriba, abajo. Parecía saber, por instinto, que necesitaba moverse para ganar fuerza. Sus oscilaciones me fascinaron. ¿Qué estaba haciendo? Imaginé que en cualquier momento se levantaría a hacer sentadillas o abdominales y pediría unas mancuernas para fortalecer los bíceps.

Alguna vez vi un documental en el que se mostraban los enormes esfuerzos de una mariposa por romper su duro capullo. ¡Eso exactamente estaba sucediendo frente a mí!, pero no se trataba de una mariposa sino de mi propia hija.

¡Cómo la disfruté! ¡Era una luchadora! Verla moverse así me hizo entender que sobreviviría. Cuando al fin se cansó de su rutina cardiovascular, quedó inmóvil con los ojos abiertos.
—Hija… Hola… Soy yo. Tu papá.
Levantó un poquito la cabeza como para ponerme atención; tragué saliva; ¡qué niña más extraña!, ¿no sería una extraterrestre?
—¿Sabes por qué traigo este traje y esta corbata? Porque después de que tú naciste me fui a trabajar, desaforado. No sé estar tranquilo. No tengo paz… Toda mi vida he sufrido estrés. Desde niño estudiaba más que mis compañeros y peleaba por ganar en todo. Siempre me enfoqué en sobresalir. He alcanzado metas altas. Pero ¿para qué? Estoy muy cansado. A los veinticinco años ya me siento viejo. ¿Lo puedes creer? Soy muy infeliz. Tengo demasiada angustia acumulada… No sé si pueda ser un buen papá…
La nena se aburrió de mi discurso y cerró sus ojos. Me quedé callado. Aquella noche, en el pequeño hospital, contemplando a mi hija a través de la incubadora, entendí el sentido de la vida. Toqué la superficie transparente con los nudillos.
—Hey, nena, no te duermas. Quiero aprender a ser feliz y a ayudarte a serlo.
A los padres de familia de una escuela se les preguntó cuál era el principal deseo que tenían para la vida de sus hijos. ¿Amor?, ¿riquezas?, ¿fama?, ¿prestigio?, ¿salud?, ¿premios? Como sólo podían elegir una opción, la aplastante mayoría marcó la casilla “FELICIDAD”. Claro, porque la felicidad lo resume todo. ¿Para qué querrá una persona tener la lista completa de privilegios si NO ES FELIZ?
Jorge Luis Borges lo dijo cerca de su lecho de muerte: “He cometido EL PEOR DE LOS PECADOS / que un hombre puede cometer: NO HE SIDO FELIZ”.
En esta vida, la felicidad es la meta.

Supe que algún día escribiría un libro con ese título. Cuando se lo comenté a un compatriota, me corrigió: “Compa, mejor ponle LA FELICIDAD ES LA NETA”.

Así que la felicidad es la meta y la neta, pero no de la vida, sino de CADA DÍA… Me lo enseñó un amigo deprimido, algunos meses después, al confesarme:

Siendo estudiante, decía: Cuando termine la carrera seré feliz. La terminé y me convertí en un desempleado. Así que dije: Cuando tenga trabajo seré feliz. Conseguí trabajo y me di cuenta de que ganaba poco dinero. Así que dije: Cuando sea rico, seré feliz. Me volví millonario y me di cuenta de que estaba solo. Así que dije: Cuando me case seré feliz. Lo hice y vi que mi esposa y yo discutíamos por todo. Así que dije: Cuando tenga hijos seré feliz. Tuve dos y me percaté de que era muy difícil educarlos. Así que me dije: Lo mejor es divorciarme para ser feliz. Ahora estoy en el proceso. ¡Cada día tuve la felicidad a mi alcance, pero la saqué de mi realidad y la puse como un objetivo lejano!

Jamás lo olvidé:

La felicidad NO es la meta de la vida. Es la meta de cada día.
¿De qué está hecha la felicidad DIARIA? ¿Qué la conforma?
A las personas felices Eric Fromm las llamó personas autónomas; Abraham Maslow, seres humanos autoactualizados; Carl Rogers, individuos que funcionan plenamente; David Riesman, individuos internamente dirigidos; Carl Jung, personas individualizadas; Wyne Dyer, personas sin límites.
Los grandes analíticos de la psicología humana han dirigido sus estudios a la gran meta de la vida: ¿CÓMO PUEDE EL SER HUMANO SER FELIZ? En los resultados de todos ellos existen muchas coincidencias. Éstas son las dos más trascendentes:
La persona feliz tiene control de sus pensamientos y por lo tanto de sus emociones; es capaz de generar ESTADOS DE ALEGRÍA CONTINUA, procesando positivamente los hechos y circunstancias que le rodean. De igual manera, la persona feliz busca, en todo momento, elementos para su CRECIMIENTO PERSONAL, pues encuentra el bienestar más concluyente en EL GOZO QUE LE PRODUCEN SU DESARROLLO Y REALIZACIÓN.

MÁS SIMPLE. La persona feliz:

Sabe estar contenta la mayor parte del tiempo.

Crece, aprende y se realiza todos los días.

Cinco años después de que nació mi primera hija, le escribí esta carta.

La copio textual.

Amor: Acabo de hablar a la casa y mamá me dijo que ya te habías dormido. Estoy en medio de una gira en Sudamérica y siento que me asfixio. Mi familia me hace falta como el aire que respiro. Mamá me dijo que te veía triste; le comentaste que no podías disfrutar ninguna actividad porque estabas contando los días para volver a verme; que me extrañabas muchísimo. Yo también te extraño, preciosa, pero procuro que la lejanía no me amargue el momento. ¿Sabes? Eres mi estrella. Cuando te vi por primera vez, te hice una promesa: ser feliz y luchar por hacerte feliz. Así que no importa lo que pase, quiero que recuerdes las máximas prioridades que tenemos en la vida. Son dos: ESTAR CONTENTOS SIEMPRE. APRENDER COSAS NUEVAS CADA DÍA. Eso es la felicidad. ¿Y si tienes problemas? No importa. Sigue la misma vía: podrás estar contenta, aunque te vaya mal, pues es cuando más aprenderás (y el aprender lleva implícito un gozo enorme). Aun estando lejos, ambos buscaremos cada día aprender algo y estar contentos. Voy a repetírtelo: ¡hoy, en este momento, en este minuto, en cada presente que vivimos aprende y decide estar alegre! Si algo te sale mal, aprende; que el aprender justifique el mal momento y mantente contenta. Si no ganaste una competencia, aprende y que el aprender te dé alegría… Si estás sola, disfruta la soledad y reflexiona. Cada noche, antes de dormir haz un repaso del día; busca en qué progresaste (QUÉ APRENDISTE) y qué motivos tienes para ESTAR CONTENTA. Si encuentras esas dos cosas, tu día valió la pena. Hija, hoy quiero darle formalidad a nuestro pacto de felicidad: AUN SI YO MURIERA O TÚ MURIERAS, EL QUE QUEDE VIVO SE ADAPTARÁ A LAS NUEVAS CIRCUNSTANCIAS, Y VOLVERÁ RÁPIDAMENTE A SU ENFOQUE DE APRENDER ALGO CADA DÍA Y ESTAR SIEMPRE CONTENTO, ¿de acuerdo? Durante este viaje he leído y releído la carta que pusiste en mi equipaje. Me ha hecho sonreír y sentirme el hombre más feliz del mundo. Me recomiendas en ella que la lleve conmigo siempre para que no me sienta triste. Y eso he hecho. ¡Ha funcionado! Si alguna vez te va mal, lee esta carta también, y recuerda que TENEMOS UN PACTO DE FELICIDAD POR SIEMPRE.

Atte., tu padre que te adora

2

ALTO A LAS EMOCIONES
AUTÓNOMAS AGRESIVAS

¡Dominemos al dragón!

Soy un faquir matutino. No siento hambre durante las primeras horas de la jornada. Muchas veces, contraviniendo las recomendaciones de los sabios en nutrición, omito la primera comida del día. Pero mi esposa es diferente. En cuanto abre los ojos necesita comer.

Nuestro hijo menor lo explicó muy bien hace años:
—Mamá tiene un dragón interior al que hay que alimentar temprano. A los treinta minutos después de que ella ha abierto los ojos, si no come algo, su dragoncito se estira y bosteza; a los cuarenta minutos, se mueve sobre las alas y se talla los párpados; a los cincuenta minutos, se levanta y comienza a bufar sacando vapor; a los sesenta, se sacude y lanza un primer rugido; a partir de ese momento comienza a echar fuego quemando al que se atraviesa.
Hace poco, en el Parque Nacional y Reserva Denali, en Alaska, planeamos una caminata de tres horas, partiendo a las seis de la mañana. Nos levantamos rozando la hora; apenas llegamos a tiempo a la cita en el bosque. Había varios entusiastas deportistas esperándonos. El plan era escalar por un sendero panorámico, llegar a un pequeño poblado en la cima del monte y volver. Acordamos que nos desayunaríamos después (a las nueve de la mañana). Pero no contábamos con el extraño fenómeno que le ocurre a María si no come temprano. Primero empezó a trotar, todos aceleramos el paso, después se echó a correr, como si los pies le quemaran; el grupo se alargó. De repente, se desvió hasta el borde del sendero. Los corredores siguieron de frente. La alcancé. —¿Qué pasa, mi amor? ¿Te sientes bien? —Claro que no. Tú organizaste este viaje ridículo. Nos has traído corriendo, escalando, remando, sufriendo la intemperie de bosques boreales todos los días. Y no he visto alces, ni nutrias, ni osos, ni ballenas como me prometiste. ¡Estoy harta! Quiero que canceles todo. Mañana mismo me regreso a casa con mis hijos. ¡Ellos se sienten igual que yo! ¡Pobrecitos!, míralos, tan flaquitos. No te dicen nada porque quieren parecer muy atletas, pero también están hartos. Te lo puedo apostar. Es más, de seguro, a varios de los que vienen en ese grupo de dizque deportistas les pasa lo mismo. Pero son unos hipócritas. ¿A quién quieren impresionar? Están aquí para evadir las frustraciones de su vida estéril. Pero yo no soy de ésos. Yo sí tengo plenitud y no necesito este tipo de escapes ridículos. Uno de los guías del hiking nos alcanzó. —¿Sucede algo? —preguntó al vernos al borde del desfiladero—, este lugar es un poco peligroso. Regresemos al sendero. —Mi esposa tiene hambre —respondí. Ella me miró con los ojos de furia; pude ver las flamitas en sus pupilas. El guía le ofreció una barra energética pero ella se negó a tomarla. —Claro que no tengo hambre. Lo que quiero es arrojar a mi marido por el precipicio. —Tiene hambre —insistí—. Cariño, cómete esta barra, te va a gustar. —¡Ya estoy harta de comer preparados químicos empaquetados! Acabemos con este suplicio. Echó a correr. El guía me miró, preocupado. —¿Ella está bien? —Sí, pero espero que encontremos un restaurante pronto o este bosque se puede incendiar.
Todos los animales han sido equipados con un sistema de defensa que, cuando es activado por ciertas circunstancias externas de peligro, energiza el circuito de emociones autónomas agresivas. Sólo bajo ese influjo, por ejemplo, un animal manso atacará a su amo. Los seres humanos, por nuestra parte, también tenemos ese sistema de emociones autónomas agresivas que pueden llevarnos a cometer actos irracionales de los que después nos arrepentimos: hay padres que golpean a sus hijos de forma sanguinaria; hay quienes se emberrinchan, palmotean en las mesas, azotan puertas, se retan a golpes, insultan, amenazan, hacen señas obscenas, urden venganzas, se ponen histéricos, lastiman los sentimientos de sus seres queridos, se separan, se dejan de hablar, levantan muros de división y llegan incluso a extremos que salen en las noticias.
Lo grave del tema es que la activación del CIRCUITO EMOCIONAL AUTÓNOMO en los seres humanos obedece a registros subconscientes del pasado muy particulares de cada persona. Sólo los psicoterapeutas, tras años de analizar los recuerdos de sus pacientes, pueden llegar a comprender por qué algunos reaccionan con tanta vehemencia ante determinados estímulos.
Para decirlo simple: todos tenemos un dragón interno.
El dragón de mi esposa es simpático, porque puedo calmarlo con unas galletas. Claro, siempre que no sean de dieta o ultranutritivas (la comida sana la irrita aún más). Pero si le das de comer lo adecuado, se puede tranquilizar.
Cada persona tiene como un botón de alarma que despierta a su dragón. El mío se despierta cuando alguien toma mis cosas (libros, papeles, discos, aparatos electrónicos) y los cambia de lugar. El de Betty, cuando alguien la acusa de haber cometido un error que no cometió. El de Juanito, cuando le niegas un permiso que pidió. El de Paty, cuando le levantas la voz. El de Imelda, cuando no le das las gracias por la comida que preparó. En la película Volver al futuro, Marty McFly soportaba cualquier cosa: podía conducir su patineta entre los autos, saltar, volar y viajar en el tiempo con estoicismo heroico; pero si alguien le decía gallina, la sangre le subía a la cabeza, enloquecía de rabia y casi se hacía el haraquiri. Hay voluntarios piadosos capaces de salvar la vida a las tortuguitas recién nacidas de las playas más lejanas, pero que montan en cólera si alguien los acusa de buscar protagonismo. Existen videntes y astrólogos que adivinan la suerte con una sonrisa, pero que se vuelven verdaderas fieras si su cliente no trae suficiente dinero para pagarles.
Vale la pena ser analíticos e identificar las nimiedades que oprimen el botón de alarma de nuestro dragón y el de las personas cercanas. Una vez identificadas esas nimiedades, si son propias, procuremos tomar el control. Por ejemplo: EN CUANTO NUESTRO DRAGÓN DÉ LOS PRIMEROS INDICIOS DE ESTIRAMIENTO, APLIQUÉMOSLE UNA LLAVE DE JUDO MENTAL Y MANTENGÁMOSLO INMÓVIL hasta que se vuelva a dormir. Por ningún motivo le permitamos dirigir nuestros actos y palabras. Si de todas formas se levanta, ENFRENTÉMOSLO A SOLAS; de ser posible, apartémonos unos minutos de la gente. Un experto DOMADOR de su dragón se identifica porque cuando éste se despierta, permanece callado, quieto, ruborizado, sudando, temblando, y después respira hondo y cambia el tema. El mundo califica a ese individuo como prudente, maduro, y sabio. Por otro lado, quien se deja llevar por las emociones autónomas agresivas es conocido como histérico, exagerado, pendenciero, ofensivo, colérico, impulsivo y loco.
Así que, en lo que a nosotros respecta, tomemos el control.
Ahora, ¿qué hacer en relación a los demás? Muy simple. Mantengámonos alejados del botón que los trastorna. Y si ya se trastornaron, en la medida de lo posible ayudémoslos a salir de su trance y abramos la distancia emocional suficiente para que con sus locuras no aprieten nuestro propio botón.
Cuando yo veo las chispitas que salen por las pestañas de mi preciosa esposa, de inmediato miro el reloj y me doy cuenta, casi siempre, de que tenemos un retraso considerable en nuestros horarios alimentarios. Así que, aunque estemos en medio de un hermoso concierto o en una excelente obra de teatro, me levanto sin importar las incomodidades que cause alrededor y voy por algo de comer. Mientras más pronto lo haga menos malo será el resultado del día y ella podrá concentrarse de nuevo en la belleza del momento.
Algo así sucedió en Denali.
Al llegar a la cima del monte, encontramos el pequeño poblado. María se metió a la única tiendita. La acompañé. Me pidió mi cartera, se la di sin protestar. Entonces compró víveres. Muchos. ¡Demasiados! No sólo para ella, sino para todo el grupo. Sándwiches fríos, chips, galletas, jugos, yogures. Salió con una bolsa enorme. Les ofreció comida a todos; algunos aceptaron tomar algo por cortesía. Nuestros hijos, por prudencia, también aceptaron; no querían volver a hacer enojar al dragón de su mamá. En menos de tres minutos María se había despachado dos emparedados y medio litro de leche descremada. La bolsa que compró era tan abundante que casi se quedó llena; a mí me tocó cargarla de regreso. Lo bueno fue que ella recuperó casi de inmediato su hermosa sonrisa y la luz escarlata de sus ojos volvió a brillar. Iba feliz, tomando fotos y admirando el paisaje. En varias ocasiones me abrazó y me dio un beso agradeciéndome por organizar esos hermosos paseos.

Mis hijos y yo intercambiamos miradas y sonreímos.

Para ser felices, dominemos las emociones autónomas agresivas.

O mejor dicho:
mantengamos bajo control al dragón.

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