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Primeros capítulos el Feo

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Capítulo 1

 

Estoy terminando de impartir el seminario de tesis cuando llega uno de los vigilantes a tocar la puerta del aula.

        —Profesor, el Grupo Revolucionario Estudiantil cerró la facultad; le recomiendo que ni usted ni sus alumnos salgan hasta que pase el alboroto.

        Le doy las gracias, vuelvo a mi escritorio, reniego, hojeo el libro buscando otro ejercicio para alargar la clase; no lo encuentro, opto por usar uno de los recursos más viejos de los maestros: propiciar un debate.

—¿Qué opinan del Grupo Revolucionario Estudiantil?

De inmediato llueven sentencias.

—¡Son una pandilla de camorristas descerebrados!

—¡Es vergonzoso que se digan estudiantes!

—¡Están llenos de frustraciones; todo lo arreglan a golpes!

—Sus siglas GRE, parecen un gruñido.

        —Sin embargo —alguien los defiende—, tienen derecho a expresarse; debemos ser tolerantes con ellos; usan medidas extremas porque no han sido escuchados por las vías legales.

        —¡Pero qué idiotez! —responden otros—, los del GRE son alborotadores destructivos, ¡la policía antimotines debería barrerlos con agua a presión!

        En ese instante aparece Kidori, la graciosa alumna de origen japonés que ha ganado varios premios académicos.

—¡Profesor!, venga; haga algo.

—¿Qué sucede?

—¡Rápido! Por favor. Están golpeando a Óscar; lo van a matar.

—¿Qué dices? —salgo del aula—. Debe de ser  algún error.

—Sígame. ¡Es una masacre!

        Reacciono con movimientos torpes, intimidado ante la perplejidad. ¿Por qué iban a querer golpear a mi sobrino? Óscar es un muchacho discreto, estudioso, nunca se mete en problemas…

        Como me desplazo pesadamente, Kidori me toma del brazo para jalarme.

—Venga, ¡pronto!

        Me dejo llevar por la chica hasta la puerta de la universidad; hay mucha gente empujándose, gritando; el tumulto me impide ver más allá de la primera barrera humana.

La japonesita se abre paso sin soltarme.

        Si se tratara de otra chica, no me arriesgaría a meterme ahí, pero Kidori es una persona digna de confianza. Fue cuatro años novia de Óscar, y por lo que sé, aún lo quiere.

        Coordino un departamento universitario; procuro mantenerme alejado de los problemas personales de los estudiantes, pero hace tiempo mi cuñada llegó a verme para pedirme que asesorara a su hijo, quien estaba a punto de inscribirse en la facultad donde yo trabajaba; acepté gustoso, porque deseaba apoyar tanto a mi sobrino como a la hermana de mi esposa.

        —¡Kidori!, es peligroso venir aquí —los ánimos están enardecidos; recibimos pisotones y empellones—, ¿segura de que Óscar tiene problemas?

        Kidori voltea a verme con el rostro enrojecido. Se desgarra la garganta al gritarme con una mezcla de llanto y reclamo.

        —¡Óscar se enamoró de Tábata!, ¡usted conoce a Tábata!, anda con el dirigente del GRE…

        Claro que conozco a Tábata; ¿quién no?, es famosa: trabajó como modelo; alta, morena, de ojos verdes y cuerpo escultural; ha tenido varios pretendientes y todos saben que ahora sale con Luciano el Loco, el perdonavidas más desgraciado del grupo revolucionario.

        No concibo que Óscar se haya atrevido a desafiar a ese sujeto tratando de quitarle a la novia. Esto no me gusta nada.

        Seguimos abriéndonos paso entre la turba. De pronto, los alborotadores comienzan a alejarse como si estuvieran asustados por algo que no podemos ver; las personas corren en direcciones opuestas. Mendel aparece frente a mí, está sangrando, lo han golpeado también.

—¿Qué te pasa, muchacho?

—¡Óscar!; lo picaron…

—¿Cómo?

        Mendel se toma de los cabellos y lanza un grito de coraje; baja las manos como garras de la cabeza hasta la cara y se rasguña las mejillas.

        —¡Lo picaron, lo picaron! —exclama con una mezcla de rabia y terror.

        Mendel Yépez es el mejor amigo de mi sobrino; aun diría que son como hermanos porque Óscar le ha dado hospedaje en su casa y mis cuñados los tratan a ambos como a dos hijos. Sigue gritando. Está fuera de sí. Lo tomo por los hombros y lo sacudo.

—Mendel, ¿qué te pasa? ¿Dónde está Óscar?

Apenas puede articular palabra.

—Allá… ¡fue con un picahielos! Le dieron en el corazón.

        La gente que tenemos frente a nosotros acaba de disiparse. Sólo quedan algunos curiosos listos para huir también. Al fin veo a mi sobrino. Está tirado en el pavimento. Tiene la boca abierta y ambas manos sobre el pecho. Ha dejado de moverse.

A unos metros, pálida, intimidada, paralizada, se encuentra Tábata, la chica que ocasionó todo…

        Mi visión se nubla, da vueltas. Creo que estoy soñando. Mendel camina cojeando hasta Óscar; hace un esfuerzo por levantarlo.

Los jóvenes siguen dispersándose.

La sirena de una ambulancia trepana nuestros tímpanos.

Mendel llora y abraza el cuerpo de su mejor amigo.

        A un lado, Kidori, la chica que acaba de perder al único amor de su vida, emite horrísonos alaridos; detrás de ellos, con los ojos muy abiertos y los labios apretados, como si guardara la respiración, sin poder moverse, está la modelo, Tábata.

 

 

Capítulo 2

 

El rector de la universidad me ha mandado llamar; su secretaria le avisa y paso casi de inmediato. Me alegro de la celeridad; odio hacer antesala.

—Tome asiento, profesor —me invita—, ¿gusta un vaso de agua?

—No, gracias.

—¿Cómo está?

        —Mal —contesto—, muy mal; no me acostumbro a lo que pasó; desde hace varias semanas mi vida es un infierno.

—Lo imagino; pero el tiempo cura todas las heridas. ¿Hay alguna forma en que pueda ayudarlo?

        Permanezco callado; no esperaba que mi jefe me preguntara eso. La universidad mandó flores y una carta de pésame a mi familia. ¿Qué más podía hacer? Sugiero con voz melancólica:

        —Usted, como rector de esta importante casa de estudios, puede presionar a las autoridades para que no vayan a dejar libre al tipo que…

        Me cuesta trabajo decirlo; el concepto es casi imposible de creer; como cuando ves las noticias y piensas eso nunca me sucederá a mí.

        —Luciano, al que le dicen el Loco, no saldrá libre en años, hubo muchos testigos del crimen.

        Saber eso debería al menos causarme un poco de consuelo. No es así. Por mucho que castiguen al homicida, mi sobrino no recobrará la vida.

        —Qué estupidez —digo con pena—, ¿no le parece? Óscar era un joven entusiasta, de gran potencial; no debió morir.

        —Opino lo mismo, profesor. Es un absurdo, un sinsentido amargo. Por otro lado, desde que ocurrió la tragedia de su sobrino y encarcelaron a Luciano, se deshizo el GRE.

        La universidad se ha librado de esos sediciosos. Incluso rescatamos a algunos muchachos que pertenecían al grupo y estamos ayudándolos a volver al buen camino; por ejemplo Narciso Rizo. ¿Lo recuerda? Es todo un caso. Narciso fue un estudiante que se unió al GRE y ahora ha regresado a las aulas.

        —Ah, qué bien, felicidades. Seguro que eso justifica la muerte de Óscar.

        —Nada la justifica, profesor; pero los crímenes pasionales son ancestrales. Problemas “de faldas” han sido motivos de pleitos entre hombres desde hace miles de años.

        Frunzo los labios. Su comentario me parece imprudente y hasta sarcástico. ¿Cómo se atreve a filosofar sobre el tema y aun decir que gracias a la muerte de Óscar, un delincuente como Narciso Rizo, el musculoso descerebrado golpeador del GRE, ha decidido estudiar ortografía? Agacho la cara y aprieto los párpados. Tengo una herida tan profunda en el alma que me niego a discutir el asunto como si se tratara de los planes para la próxima ceremonia cívica. Mi jefe se da cuenta.

        —Disculpe por abordar esta cuestión con tanta franqueza —me dice—, pero en el sepelio estuve observando a su familia. Me percaté  de que son fuertes y saben tomar las tragedias con estoicismo. Los admiro…

No soporto más.

—Señor rector, perdone mi impaciencia, pero tengo mucho trabajo. ¿Para qué me mandó llamar?

        El hombre se pone de pie y señala orgullosamente un cuadro de fotografías colgado a la diestra de su escritorio.

—Acérquese, por favor. Vea estos retratos.

        Fueron tomados en nuestro campamento de personalidad. Los muchachos se sometieron a un entrenamiento exhaustivo para mejorar la imagen que proyectan. La fotografía me encanta —ríe de manera forzada—; los chicos enfrentaron retos, se llenaron de tierra, hicieron excursiones, nadaron en un río de la selva, escucharon conferencias y se reunieron por las noches alrededor de una fogata para reflexionar. Observe: así llegaron al campamento. ¡Vea sus rostros!; parecían cenizos, reflejaban apatía (aunque se habían peinado y arreglado para ingresar), tenían un gesto desagradable. Ahora, vea estas fotos después de la experiencia: sucios, sudorosos ¡pero con una chispa de gracia en su mirada!, se notaban alegres, entusiastas, bien parecidos —vuelve a su sillón de piel y me indica con la mano que regrese también a mi silla frente a él—. ¿Qué le parece?

        Arqueo las cejas; estoy en ascuas; en este momento los campamentos escolares me interesan tanto como los gases cósmicos expelidos por la galaxia de Andrómeda. Por otro lado, no tengo fuerzas para mantenerme a la ofensiva. Cargo sobre mis hombros una terrible losa que hasta me corta la respiración por las noches cuando trato de dormir. Con frecuencia me embarga el deseo de llorar y salir corriendo. La tristeza me hace perderme en pensamientos aciagos. Se suponía que yo debía cuidar y asesorar a Óscar, pero no lo hice; ni siquiera me di cuenta de que andaba en problemas “de faldas (aunque me cueste trabajo reconocerlo). Siento que le fallé a mi cuñada, a mi esposa, a toda la familia, a mí mismo, pero sobre todo a mi sobrino.

El rector mueve una mano frente a mí, como hacen los hipnotistas para despertar a sus pacientes.

—Profesor Pablo, ¿está usted aquí?

—Sí, disculpe; últimamente me distraigo con facilidad.

—Lo entiendo; imagino el estrés que siente.

—Con todo respeto, señor, no creo que pueda imaginarlo.

Me observa circunspecto, luego acota con su peculiar voz agrietada:

        —Vayamos al grano, profesor; lo he mandado llamar para informarle que he decidido enviarlo como representante directivo a nuestro próximo campamento.

—¿Qué? —intento protestar—, ¡yo soy coordinador de literatura, nunca he…!

        —Lo sé, lo sé —me impide terminar la frase—, usted está ajeno a este tipo de actividades al aire libre, pero hay dos razones muy concretas por las que he decidido asignarlo. Como acabo de mostrarle, los asistentes se someten a ejercicios que influyen en la imagen que proyectan, porque ¿sabe usted?, todo lo que reflejamos en nuestra apariencia obedece a una compleja enramada de ideas y recuerdos. La dinámica del campamento les permite reflexionar sobre hechos pasados y futuros de su vida; es ideal para personas que han sufrido daños emocionales.

—¿Como yo?

        —Sí, profesor, como usted y como varios de los compañeros y amigos más cercanos de su sobrino. Ésa es la segunda razón por la que quiero que vaya. Entre los condiscípulos de Óscar hay pesimismo, desánimo, temor, confusión. Hemos identificado a cuatro jóvenes especialmente lastimados por la muerte de Óscar. Quiero que usted sea el asesor de los cuatro.

—¿Para qué?

—Ayudándolos a ellos se ayudará usted mismo.

—Mejor hábleme claro; me quiere alejar de la oficina, ¿verdad?

—En parte sí, pero ése no es mi interés principal.

        Quiero sacarlo del hoyo en el que está. Usted enseñará temas nuevos y, como lo ha comprobado a lo largo de muchos años, quienes enseñan son quienes más aprenden.

—¿“Imagen y personalidad”? —me río—, ¡por favor!; yo no necesito eso.

        —Claro que lo necesita; mírese al espejo; su forma de vestir, asearse (o mejor dicho, no asearse), caminar y hablar, discrepan de las propias de un coordinador en nuestro claustro profesoral.

Sonrío con irritación.

        —¿Le molesta mi atuendo? Aunque no visto de negro, estoy de luto, por si no se ha dado cuenta.

        —Sí, señor, lo he notado. Ha estado de luto por varias semanas, igual que los cuatro alumnos a quienes usted se dedicará a ayudar en el próximo campamento. Éstos son sus nombres, fotografías e historial. Seguro que los conoce…

        Bufo tratando de controlarme. Tomo el paquete que me entrega. Son como cien hojas engargoladas; las reviso de manera rápida, me detengo en los retratos de los cuatro jóvenes a quienes supuestamente deberé asesorar. De inmediato percibo un vacío en el estómago; me inclino un poco, ¡es increíble!, ¡yo no puedo guiar a esos cuatro muchachos! ¡No a ellos!

        Kidori, Mendel, Tábata y Narciso.

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