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Felipe estaba fastidiado de ayudar en casa. Odiaba que su mamá le pidiera favores. Así que un día quiso darle una lección. Hizo todo lo que ella le pidió, pero en la noche, antes de irse a dormir escribió una nota de cobro:

Mamá:
“Hoy no protesté cuando me pediste que hiciera trabajo extra. Pero me parecería justo que me pagaras por él. Así que te comunico lo siguiente: Por levantar los platos, me debes veinte pesos, por limpiar la recámara, me debes treinta pesos, por sacar la basura, me debes veinte pesos, por acompañar a mi hermana a sus clases de inglés me debes treinta pesos más. En total, me debes cien pesos. Espero tu respuesta responsable, sin más por el momento, se despide de ti, tu hijo, que te aprecia”.

Felipe le dejó la nota y se fue a dormir. Al día siguiente, cuando abrió los ojos encontró un billete de cien pesos en su mesa de lectura y una nota de su madre que decía.

“Hijo:
Yo también tengo una cuenta para ti; antes, tengo que explicarte:
Cuando ibas a nacer, los médicos detectaron que mi vida corría peligro. Me dijeron que la única forma de salvarme era sacrificando al bebé. Les dije que nunca haría eso. Firmé un documento en el que aceptaba los riesgos. Al final ocurrió un milagro y nos salvamos los dos. Bueno, pues esta es mi cuenta: por haber perdido casi la vida cuando naciste, por haber pasado muchas noches junto a tu cama cuando has estado enfermo, por haberte dado de comer cada día desde que naciste, por haberte enseñado todo lo que sé, y por estar pendiente a todas horas de que seas feliz, por todo eso, hijo mío, no me debes nada”. Felipe se levantó corriendo y fue a buscar a su madre. La abrazó, le devolvió el billete y le pidió perdón. Felipe es el protagonista de mi novela Sangre de Campeón. Cuenta la historia de un joven que aprendió de la forma más dura a valorar a sus padres y demostrarles el amor a través del servicio.

Tú, amigo lector, también tienes Sangre de Campeón.
Demuéstralo dando amor, servicio y ayuda a tus seres queridos. Los grandes hombres trabajan, estudian y suman valor al mundo sin esperar una recompensa. De esa forma se convierten en seres excepcionales, a quienes todos aman y retribuyen. Al final reciben más de lo que esperan, porque dan más de lo que deben.
Hagamos de nuestra vida un acto continuo de obsequio a los demás. La ley de causa y efecto asegura que todo lo que demos, nos será devuelto; y todo lo que quitemos, nos será quitado. Como decía Calderón de la Barca refiriéndose a lo que él pedía y quería obtener de alguien a quien amaba con todo el corazón:
“Quiero olvidarlo todo y conocerte, quiero dejarlo todo por buscarte, quiero perderlo todo para hallarte, quiero ignorarlo todo por saberte”.
Esa es la característica de quien tiene Sangre de Campeón. Cuando se trata de amar, simplemente “quiere cuánto hay de sí, del todo dar, sin tener más placer que el adorar, sin tener más temor que el ofender”…

Busquemos vivir a ese nivel.