Olvida el mañana, primeros capítulos

1

La siguiente hoja que caiga será roja —anuncia Jessa, mi hermana de seis años.

Un instante después, una hoja de color carmesí flota a través del aire como la pluma de la cola de un cardenal. Jessa la toma y la guarda en el bolsillo de su uniforme escolar. La plaza está cubierta por un montón de hojas crujientes, convirtiéndose en el único destello de color en el paisaje de Ciudad Edén. Detrás de nuestro parque, trenes bala que corren disparados dentro de tubos electromagnéticos, y edificios de metal y cristal se disputan cada centímetro del pavimento. Sus relucientes espirales no sólo rascan el cielo: lo perforan completamente.

—Ahora será anaranjada —dice Jessa.

Una hoja del color de la calabaza madura cae del árbol.

—La próxima será café —efectivamente, café como el lodo e igual de muerta.

—¿Estás tratando de romper algún récord? —pregunto.

Jessa voltea a verme y sonríe. Entonces me olvido por completo de mañana y de lo que está a punto de suceder. Mis sentidos se llenan de mi hermana. Esa voz que resuena como música. El modo en que su cabello se dobla en su barbilla. Sus ojos tan cálidos e irresistibles como castañas asadas.

Casi puedo sentir la piel seca de sus codos, donde se niega a ponerse crema hidratante. Y luego, el momento pasa. El conocimiento se filtra en mi interior, del mismo modo en que se recupera la conciencia después de un sueño. Mañana cumplo diecisiete años. Según el decreto del ComA, me convertiré oficialmente en una adulta. Recibiré mi recuerdo del futuro.

Algunas veces siento como si llevara toda la vida esperando cumplir diecisiete años. Cuento los días no por mis experiencias, sino por el tiempo que falta para que reciba mi recuerdo, el recuerdo, que supuestamente le dará sentido a mi vida.

Me dicen que cuando suceda ya no me sentiré tan sola. Sabré, sin lugar a dudas, que en algún lugar de otro espacio-tiempo existe una versión futura de mí, que termina bien. Sabré quién se supone que debo ser. Y ya nunca más me sentiré perdida.

Qué mal que haya tenido que pasar primero diecisiete años de relleno.

—Amarilla —Jessa retoma su juego, y una hoja amarilla se desprende de una rama—. Naranja.

Diez, quince, veinte veces y no falla ni una sola vez en predecir el color de la siguiente hoja que caerá. Aplaudo alegremente, aunque ya he visto este espectáculo, o algo parecido, montones de veces.

Y entonces me fijo en él. Un chico que lleva puesto el uniforme de mi escuela, sentado sobre una banca curva de metal a unos diez metros de distancia. Observándonos.

Siento un cosquilleo en el cuello. Es imposible que nos escuche. Está demasiado lejos. Pero nos mira. ¿Por qué nos mira? Quizá tiene audición supersensible. A lo mejor el viento recogió nuestras palabras y las llevó hasta donde él está.

¿Cómo pude ser tan tonta? Nunca dejo que Jessa se entretenga en el parque. Siempre la llevo directamente a casa después de la escuela, tal y como mi madre lo ordena. Pero hoy, quería —necesitaba— un poco de sol, aunque sólo fuera unos minutos.

Pongo una mano sobre el brazo de mi hermana, y ella se queda inmóvil.

—Tenemos que irnos. Ahora —el tono de mi voz da a entender el resto de la frase—, antes de que ese tipo informe a las autoridades sobre tus habilidades psíquicas.

Jessa ni siquiera asiente. Ya sabe lo que hay que hacer. Se pone a mi lado y caminamos hacia la estación de trenes al otro lado de la plaza. Veo de reojo cómo el joven se levanta y comienza a seguirnos. Me muerdo tan fuerte el labio que puedo sentir la sangre. ¿Y ahora qué? ¿Corremos para escapar? ¿Hablamos con él para intentar controlar los daños?

Puedo ver su cara. Tiene cabello rubio extremadamente corto y una sonrisa ridículamente encantadora, pero no es por eso que me tiemblan las rodillas.

Es mi compañero de clase, Logan Russell, capitán del equipo de natación y dueño, según mi amiga Marisa, de los mejores pectorales de este espacio-tiempo. Es inofensivo. Aunque tiene el descaro de sonreírme después de cinco años de ignorarme, no es una amenaza para el bienestar de Jessa.

Cuando éramos niños, su hermano Mikey hizo flotar una pelota de frontón sobre la cancha, sin tocarla. El ComA se lo llevó lejos, y desde entonces nadie ha vuelto a verlo. Logan no reportará a mi hermana con nadie.

—Calla, espera —dice, como si hubieran pasado días, en vez de años, desde que nos sentáramos juntos en el salón de clases T-menos cinco.

Me detengo, y Jessa me aprieta la mano. Le doy tres apretones para hacerle saber que estamos a salvo.

—Mis amigos me llaman “Callie” —le digo a Logan—. Pero si no sabes eso, creo que mejor deberías llamarme por mi fecha de cumpleaños.

—De acuerdo —se detiene frente a nosotras y mete las manos en sus bolsillos—. Debes estar nerviosa, Veintiocho de Octubre. Por lo que pasará mañana.

Levanto la ceja.

—¿Cómo podrías siquiera tener la menor idea de lo que siento?

—Éramos amigos —dice.

—Cierto —respondo—, todavía me acuerdo de la vez que te hiciste pis en los pantalones de camino hacia la clase al aire libre.

Me sostiene la mirada directamente.

—Yo también me acuerdo que nos salpicaste a los dos con agua de la fuente para que nadie se diera cuenta —sonríe.

¿Se acuerda de eso? Desvío la mirada, pero es demasiado tarde. Puedo oler las píldoras de proteína que juramos no comer nunca, y sentir su mano sobre mi hombro cuando Amy Willows dijo que mi cabello parecía paja.

—No le hagas caso —me susurró el Logan de doce años, mientras aparecían los créditos del documental sobre métodos de cultivo previos al Auge de la Tecnología—. Los espantapájaros son la cosa más genial del mundo.

Me fui a casa y soñé despierta que había recibido el recuerdo de mi “yo futuro”, y en él Logan Russell era mi esposo. Claro que eso fue antes de saber que las chicas mayores esperaban hasta que el chico recibiera su recuerdo del futuro para decidir si era o no un buen partido. A final de cuentas, ¿qué importa si Logan tiene hoyuelos en las mejillas, si su futuro no muestra créditos suficientes para mantener a su familia? Tal vez hoy tenga el cuerpo de un nadador, pero todo eso bien podría convertirse en grasa dentro de veinte años.

Cuando descubrí que mi enamoramiento era prematuro, ya no importaba. El chico de mis sueños había dejado de hablarme.

Me cruzo de brazos.

—¿Qué quieres, Veintiséis de Octubre?

En vez de responder, se para detrás de Jessa, que juega con las hojas que tiene sobre su uniforme, trenzándolas entre sí para formar los pétalos de una flor. Logan se agacha a su lado, ayudándola a amarrar el “retoño” con un grueso tallo.

Jessa sonríe como si le hubiera regalado un arcoíris. ¿Y qué importa si hace sonreír a mi hermana? Va a necesitar mucho más que un insignificante pedazo de tallo para compensar cinco años de silencio.

Continúan jugando con las hojas, haciendo más “rosas”, y juntándolas en ramos, por lo que parece una eternidad.

—Ayer recibí mi recuerdo —al decirlo me enseña una de las rosas.

Mis brazos y boca caen al mismo tiempo. Por supuesto que lo recibió. Acabo de llamarlo por su nombre de escuela. ¿Cómo se me pudo haber olvidado?

El cumpleaños de Logan es dos días antes que el mío. Por eso nos sentamos juntos durante tantos años. Así es como lo ordena la escuela, no por apellido, altura o grados, sino por el tiempo que falta para que recibamos nuestro recuerdo del futuro.

Noto la insignia en forma de reloj de arena, de un centímetro y medio de ancho, tatuada en la parte interna de su muñeca. Todos los que han recibido su recuerdo del futuro tienen uno igual. Debajo del tatuaje, se implanta un chip que contiene tu recuerdo, y que puede ser escaneado por posibles jefes, oficinas de préstamos, e incluso por futuros suegros.

En Ciudad Edén, tu recuerdo del futuro es tu mejor referencia. Más que las calificaciones o el historial crediticio, porque tu recuerdo es más que un pronosticador. Es una garantía.

—Felicidades —le digo—. ¿Con quién estoy hablando? ¿Con un futuro oficial del ComA? ¿Un nadador profesional? Creo que debo pedirte un autógrafo, ahora que todavía puedo hacerlo.

Logan se levanta y se sacude la tierra de los pantalones.

—Sí, me vi como un nadador de medallas de oro. Pero también había otra cosa. Algo… inesperado.

—¿De qué hablas? —noto cómo se intensifica su mirada.

Se acerca un poco más. Había olvidado que tiene los ojos verdes, como el verde del pasto antes del verano, con un brillo que es vibrante y apagado al mismo tiempo, como si el color no pudiera decidir si florecer bajo el sol o marchitarse con su calor.

—No fue como nos enseñaron, Callie. Mi recuerdo no respondió mis preguntas. No me siento en paz ni en armonía con el mundo. Sólo me siento confundido.

Me paso la lengua por los labios.

—Tal vez no seguiste las reglas. O a lo mejor tu yo futuro metió la pata y envió el recuerdo equivocado.

No puedo creer que dije eso. Pasamos toda nuestra niñez aprendiendo a elegir el recuerdo correcto, el que nos ayudará en los momentos difíciles. Y aquí estoy, diciéndole a alguien que se equivocó en la única prueba que importa realmente. No me creía capaz de hacer algo así.

—Puede ser —responde—, pero tú y yo sabemos que no es cierto.

Logan es inteligente, tan inteligente que nunca pude ganarle en el concurso de deletreo T-menos siete, y demasiado inteligente como para haberse equivocado.

Y entonces lo entiendo.

—Estás bromeando. En el futuro eres el mejor nadador que el país ha visto, ¿no?

Algo que no puedo identificar se dibuja en su cara.

Y luego dice:

—Sí. Tengo tantas medallas, que necesito ampliar mi casa para poder exhibirlas.

No está bromeando, grita algo en mi interior. Está tratando de decirte algo.

Pero si Logan es uno de esos casos raros de los que he escuchado rumores —esos que reciben un mal recuerdo, o peor aún, no reciben absolutamente nada— no quiero saberlo. No hemos sido amigos desde hace cinco años. No voy a preocuparme por él sólo porque volvió a considerarme digna de su atención.

De pronto, siento muchas ganas de que la plática se termine. Busco la mano de Jessa y tocó su codo.

—Perdón —le digo a Logan—, pero tenemos que irnos.

Jessa le da el ramo de flores, y yo la jalo de un tirón. Ya estamos lejos de él cuando grita:

—¡Callie! Feliz Víspera del Día del Recuerdo. Que la alegría del futuro te ayude en los momentos difíciles del presente.

Es el saludo estándar, que se les dice a todos un día antes del cumpleaños número diecisiete. Antes, las palabras de Logan hubieran provocado una cálida sensación en mis mejillas, pero ahora sólo hacen que sienta un escalofrío que me recorre la espalda. 

Llegamos a casa y nos recibe el olor a pastel de chocolate. Mamá está en el área de comida, con su cabello café oscuro recogido en un chongo. Todavía lleva puesto su uniforme con la insignia del ComA cosida en el bolsillo. Es supervisora de androides en una de las agencias, pero quien le paga es el Comité de Agencias, o ComA, la organización que gobierna nuestro país.

Tiramos nuestras mochilas y corremos. Abrazo a mamá por detrás mientras Jessa la ataca por las piernas.

—¡Mamá! ¡Estás en casa!

Se da la vuelta. Tiene azúcar glas en la mejilla, y un poco de glaseado de chocolate le oscurece una ceja. La luz roja que normalmente parpadea en nuestro ensamblador de alimentos está apagada. Hay ingredientes reales: bolsas de harina, un pequeño envase de leche y huevos de verdad, esparcidos sobre la mesa.

Miro asombrada la escena.

—Mamá, ¿estás cocinando? ¿A mano?

—No todos los días mi hija cumple diecisiete años. Pensé en hacer un pastel, en honor de mi futura Chef Manual.

—Pero, ¿cómo?… —mi voz se desvanece cuando veo la pequeña máquina rectangular en el suelo. Tiene una puerta de vidrio con perillas a un lado, dos rejillas de metal y una bobina que se pone roja cuando está caliente.

Un horno. Mamá me compró un horno.

Me tapo la boca con la mano.

—¡Mamá, esto te debe de haber costado cien créditos! ¿Qué tal si… qué tal si mi recuerdo no me muestra como una chef exitosa? —realmente tengo miedo.

—No fue fácil encontrarlo, lo reconozco —se quita el trapo que tiene amarrado en la cintura y lo sacude. Una nube de harina llena el aire—. Pero confío plenamente en ti. ¡Feliz Víspera del Día del Recuerdo, querida mía!

Acerca a Jessa a su cadera y a mí me da un abrazo, quedando así rodeadas por sus brazos, como siempre hemos estado. Sólo nosotras tres.

Tengo muy pocos recuerdos de mi padre. No es que sea un agujero negro en mi vida, sino más bien es una sombra que acecha a la vuelta de la esquina, pero fuera del alcance. Antes, molestaba a mamá para saber más detalles sobre él, pero esta noche, en la víspera de mi cumpleaños diecisiete, lo que sé es suficiente.

Mamá comienza a quitar los ingredientes de la mesa. La piel desnuda y brillante de su muñeca atrapa la luz que proviene de las paredes. No tiene un tatuaje. Los recuerdos futuros no fueron algo sistemático siempre, sino desde hace algunos años, y mamá no tuvo la suerte de recibir uno.

Tal vez si mamá hubiera contado con esos recuerdos, no habría perdido su trabajo. Ella era asistente médica, pero cuando fueron llegando más y más candidatos con chips que mostraban sus futuros como médicos de diagnóstico competentes, sólo fue cuestión de tiempo para que fuera rebajada a supervisora de androides.

—No se les puede culpar —dijo mientras se encogía de hombros—. ¿Por qué arriesgarte cuando puedes ir a lo seguro?

Nos sentamos frente a una cena que normalmente se guarda para Año Nuevo. Todo tiene ese ligero sabor a plástico de la comida preparada en el ensamblador de alimentos, pero la variedad supera hasta los mejores establecimientos de cocina manual. Un pollo entero asado, con la piel crujiente y color castaño dorado. Esponjoso puré de papa con mantequilla. Chícharos dulces salteados con dientes de ajo.

Casi no hablamos durante la cena, porque tenemos la boca llena de comida. Jessa saborea los chícharos dulces como si fueran caramelos, mordisqueándolos por los extremos y pasándolos por su boca antes de tragarse las vainas enteras.

—Deberíamos haber invitado a cenar a ese chico —dice, mientras un chícharo cuelga de su boca—. Tenemos mucha comida.

La mano de mamá se queda inmóvil sobre la cuchara.

—¿Qué chico? —pregunta.

—Uno de mis compañeros de clase.

Siento que las mejillas se me están enrojeciendo, y luego me recuerdo que no tengo por qué sentirme avergonzada. Ya no me gusta Logan. Me sirvo otro pedazo de pierna.

—Nos lo encontramos en el parque. No fue nada importante.

—¿Qué estaban haciendo en el parque? —pregunta mamá.

De pronto, siento seco el pollo en mi boca. Cometí un error. Ya lo sé. Pero no podía quedarme encerrada hoy. Necesitaba sentir la calidez del sol en mi cara, ver las hojas de los árboles e imaginar mi futuro.

—Sólo hablamos un minuto con él, mamá. Jessa estaba adivinando el color de las hojas antes de que cayeran, y quería asegurarme de que no nos hubiera escuchado.

—Un momento. ¿Qué estaba haciendo Jessa?

Oh, oh. Respuesta equivocada.

—No es para tanto —intento suavizar su enojo.

—¿Cuántas veces?

—Como unas veinte.

Mamá saca el collar que tiene debajo de la blusa, donde normalmente lo lleva, y frota la cruz entre sus dedos. No deberíamos usar símbolos religiosos en público. No es que la religión sea ilegal. Simplemente es… innecesaria. Las tradiciones de la época pre-Auge brindaban alivio, esperanza y consuelo a los creyentes. En pocas palabras, todo lo que el recuerdo futuro nos proporciona ahora. La única diferencia es que tenemos pruebas reales de que el futuro existe. Cuando rezamos, no nos dirigimos a ningún dios, sino al Destino y al curso predeterminado que ha establecido.

Pero mamá está dispensada por aferrarse a una de las religiones antiguas. Después de todo, nunca pudo ver su futuro.

—Calla Ann Stone —dice mientras sujeta la cruz—. Dependo de ti para que mantengas a salvo a tu hermana. Eso significa que no debes permitir que hable con extraños. Que no debes detenerte en un parque de camino a casa. Y que no debes exhibir ante nadie sus habilidades.

Me miro las manos.

—Lo siento, mamá. Sólo fue esta vez. Jessa está a salvo, te lo prometo. El ComA se llevó al hermano de Logan. Él jamás la delataría.

Al menos, no creo que lo hiciera. ¿Por qué me habló hoy? A lo mejor, estaba espiando a Jessa. Tal vez ahora trabaja para el ComA, y su informe será el que envíe lejos a mi hermana.

O tal vez no tenga nada que ver con Jessa. Podría ser que el caer de las hojas le haya recordado otros tiempos, cuando éramos amigos. Mi mente se transporta a un viejo libro de poemas que mamá me regaló cuando cumplí doce años. Entre las páginas, junto a un poema escrito por Emily Brontë, hay una hoja roja hecha casi pedazos. La primera hoja que me dio Logan. Una pequeña parte de mi corazón, que no sabía que seguía existiendo, golpea en mi pecho.

—Tuviste suerte —mamá camina hacia la encimera y toma la base para pasteles—. Puede ser que la próxima vez las cosas no salgan tan bien.

Pone la base sobre la mesa para comer y levanta la tapa. El pastel de chocolate es más alto de un lado que del otro, el glaseado está derramándose y se ve grumoso. Todas las señales de la hechura a mano del pastel son un reproche. ¿Ves lo duro que trabajó tu madre? ¿Así es como le pagas?

—No habrá una próxima vez —digo—. Perdón.

—No te disculpes conmigo. Piensa en cómo te sentirías si no volvieras a ver a tu hermana.

El pastel de chocolate se desliza frente a mis ojos. Esto es muy injusto. Nunca permitiría que nos quitaran a Jessa. Mamá lo sabe. Sólo quería ver el sol. No es el fin del mundo.

—Eso no va a pasar —digo.

—No lo sabes.

—¡Sí lo sé! Ya verás. Mañana obtendré mi recuerdo, y en él seremos felices y estaremos juntas y a salvo para siempre. ¡Y entonces ya no podrás volver a gritarme!

Me levanto, y tiro con el brazo la base que cae al suelo, rompiendo el pastel en cientos de pedazos.

Jessa grita y sale corriendo de la habitación. Se me había olvidado que estaba ahí.

Mamá suspira y camina alrededor de la mesa para poner su mano sobre mi hombro. La tensión desaparece, dejando atrás nuestra culpa compartida por haber discutido frente a Jessa.

—¿Qué prefieres hacer? ¿Limpiar este desastre o hablar con tu hermana?

—Hablaré con Jessa —normalmente dejo que mamá se haga cargo de las cosas difíciles, pero no soportaría buscar entre el pastel los pocos pedazos rescatables.

Mamá aprieta mi hombro.

—Está bien.

Me doy la vuelta para marcharme y veo la mesa con sus platos vacíos, servilletas enrolladas y migajas cubriendo el suelo como una maceta volteada.

—Perdón por lo del pastel, mamá.

—Te amo, querida mía —dice, lo cual no es una respuesta pero contesta a todo lo que es importante.

Jessa está acurrucada en su cama con Princesa, su perra morada de peluche, metida bajo su barbilla. Sus paredes ya se oscurecieron, así que la única iluminación viene de la luna que se filtra por las persianas.

—Toc, toc —digo desde la puerta.

Balbucea algo y entro a su cuarto. Me siento en su cama y le acaricio la espalda. ¿Por dónde empiezo? Mamá es mucho mejor que yo en esto, pero desde que tomó un turno extra en el trabajo, he tenido que sustituirla cada vez más.

Antes me preocupaba no decir las palabras correctas. Cuando le dije esto a mamá, se quitó el fleco de la frente con un soplido y dijo:

—¿Crees que yo sé lo que estoy haciendo? Lo invento sobre la marcha.

Así fue como decidí darle un tazón de helado a mi hermana cuando Alice Bitterman le dijo que ya no serían amigas; y una pistola eléctrica de juguete cuando dijo que tenía miedo de los monstruos bajo su cama.

Probablemente no sea la mejor madre del mundo, pero no lo hago tan mal sin ser madre.

Jessa voltea la cabeza, y en el resplandor de las paredes, veo lágrimas en sus ojos. El corazón se me retuerce. Renunciaría a cada bocado de mi cena con tal de hacer que la tristeza se fuera. Pero es muy tarde. La comida ya está en mi estómago, pesada y densa.

—No quiero irme —dice—. Quiero quedarme aquí, contigo y con mamá.

La tomo entre mis brazos. Sus rodillas se me clavan en las costillas, y su cabeza no cabe muy bien debajo de mi barbilla. Princesa rueda y cae al suelo.

—No vas a ir a ningún lado. Lo prometo.

—Pero mamá dijo…

—Tiene miedo. La gente dice muchas cosas cuando tiene miedo —intento tranquilizarla.

Se mete uno de sus nudillos a la boca y lo mordisquea. Le quitamos la costumbre de chuparse el pulgar hace varios años, pero los viejos hábitos nunca mueren del todo.

—Tú no tienes miedo —afirma mi hermana.

Si tan sólo supiera que yo tengo miedo de todo. A las alturas. A los lugares pequeños y cerrados. Tengo miedo de que nadie me ame igual que mi papá amó a mamá. Tengo miedo de que mañana no obtenga las respuestas que he estado esperando.

—Eso no es cierto —digo en voz alta—. Tengo miedo de una cosa.

—¿De qué?

—¡Del monstruo de las cosquillas! —y ataco.

Grita y se retuerce intentando liberarse, mientras agita la cabeza. Me asusto cuando su cara casi golpea con la cabecera de metal. Pero eso es lo que quiero. Una risa que sacuda todo su cuerpo. Gritos que provengan desde el fondo de su estómago.

Después de unos veinte segundos, me detengo. Jessa se deja caer sobre su almohada, con los brazos colgando sobre el borde. Si tan sólo pudiera borrar el tema así de fácil.

—¿Para qué me quieren? —dice, cuando su respiración se tranquiliza—. Sólo tengo seis años.

Suspiro. Debería haberle hecho cosquillas más tiempo.

—No estoy segura. Los científicos creen que las habilidades psíquicas son lo más avanzado. Quieren estudiarlas para poder aprender de ellas.

Se sienta y columpia las piernas sobre la cama.

—¿Aprender qué?

—Aprender más, supongo.

Miro sus delgadas piernas, con las rodillas llenas de costras por las caídas de su aerodeslizador. Tiene razón. Es ridículo. El talento de Jessa es sólo un truco de magia, y nada más. Puede ver unos cuantos minutos del futuro, pero nunca me ha dicho nada realmente importante, por ejemplo, cómo me irá en un examen importante o cuándo me darán mi primer beso.

La frente de Jessa se relaja mientras abraza su almohada.

—Bueno, pues diles, ¿sí? Diles que yo no sé nada, y entonces nos dejarán en paz.

—Claro que lo haré, Jessa.

Cierra los ojos, y unos minutos después la escucho respirar lenta y constantemente. Me pongo de pie, y estoy a punto de irme cuando dice:

—¿Callie?

Me doy la vuelta.

—¿Sí?

—¿Puedes quedarte conmigo? No hasta que me duerma. ¿Puedes quedarte conmigo toda la noche?

Es la víspera de mi cumpleaños diecisiete. Necesito llamar por teléfono a Marisa para especular una última vez sobre cómo será mi recuerdo. Si me veré como una Chef Manual o tendré una profesión completamente distinta. 

Ha llegado a pasar. Por ejemplo a Rita Richards, que está un año más adelante que yo. Nunca había tocado un teclado en toda su vida, pero su recuerdo la mostró como una consumada concertista de piano. Ahora, está estudiando en el conservatorio, con todos los gastos pagados.

Y a principios de este año, Tiana Rae llegó a la escuela con los ojos enrojecidos cuando su recuerdo reveló una futura carrera como maestra en lugar de cantante profesional. Aun así, todos estuvimos de acuerdo en que era mejor descubrir algo que no estaba destinado a suceder, en vez de pasar toda la vida intentando y fallando.

Una cosa está clara, sin importar las posibilidades: esta noche necesito estar en mi propia cama, sola con mis pensamientos. Jessa no se dará cuenta si me voy diez minutos después de que se haya dormido. Y mañana no se acordará de que me pidió quedarme con ella.

—Está bien —digo, dando la vuelta y regresando a su cama.

—Prométeme que no te irás. Promete que te quedarás para siempre.

—Te lo prometo —es una pequeña mentira, tan blanca que prácticamente es transparente. No puedo preocuparme por esto. Ha llegado el momento. El momento que he estado esperando toda mi vida.

Mañana todo cambiará.

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