1

El terremoto

—¿Qué ocurre, hijo?  

—Es un temblor, mamá. Tranquila. 

Se quedaron quietos. Los movimientos disminuyeron y hubo un breve silencio.

—¿Lo ves? Ya está pasando.

Pero en ese momento la vibración reinició con más fuerza. Leonardo vio el espeluznante suceso en cámara lenta: La lámpara sobre el buró oscilando como movida por una mano invisible, las cortinas ondeando, el piso desplazándose cual balsa en altamar. 

—¡Dios mío! No para.

La atmósfera se había cargado de electricidad y las paredes rechinaban; parecía que el edificio entero estuviera respirando. Repentinamente, brotó como un enorme rugido. Leonardo advirtió el rostro desencajado de su madre, sus ojos aterrorizados y sus manos venosas agitándose sin control.

—¡Hijo! El edificio… se… se va a caer…

Quiso acercarse a ella, pero las sacudidas lo echaron hacia atrás. El estruendo de las paredes cimbrándose y el atroz crujido del techo se mezclaron con un fragor de cristales rompiéndose. Otra vibración  lo lanzó dos metros adelante y lo hizo caer de rodillas. Su madre enloqueció. Comenzó a gritar y echó a correr. Leonardo la perdió de vista. 

—¡Sal del depar..! —no pudo terminar la frase porque el pavor y la confusión le cerraron la garganta—. ¡Aisha! —balbuceó después—, ¡mi hermana está dormida! Tengo que despertarla.

Se puso en pie con movimientos torpes. Alcanzó a ver de reojo cómo se partía la pared a su izquierda. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró gritar:

—¡Mamá, sigue corriendo! ¡Sal de aquí! 

Un terrorífico tronido del techo le heló la sangre. 

Era el momento de saltar hacia afuera. Podía hacerlo. Tenía la habilidad y la fuerza para abrirse paso y llegar a la calle en unos segundos, pero su hermana estaba atrapada en la habitación. Regresó a ayudarla.  

Se había abierto una grieta que corría como serpiente. Justo detrás de donde había estado su madre, el techo cayó, y una nube de polvo se extendió con rapidez. 

—¡Esto no puede estar ocurriendo! ¡Aisha! —quiso abrir su puerta, pero estaba atorada por las piedras; la golpeó—. ¡Hermana, despierta! 

La segunda sección se vino abajo sobre la entrada del departamento cerrando el paso con escombros y tierra. 

—¡No! 

Las venas de su cuello se hincharon por el alarido, mas su voz se perdió entre las explosiones provocadas por los desgajamientos.

—¡Estoy soñando! ¡Es sólo una pesadilla!

Los escombros seguían cayendo. La nube de polvo lo envolvió. Perdió el equilibrio. Puso las manos contra el
trepidante piso para avanzar a gatas. Enormes y pesados trozos del techo caían a su alrededor. El instinto de supervivencia lo hizo volver a su recámara y refugiarse debajo del escritorio. Se encogió cuanto pudo, cubriéndose la cabeza con las manos. Fatalmente, el techo y las paredes cedieron. Sintió que el piso se hundía. Por un instante quedó suspendido en un colchón de aire y luego fue succionado al vacío por una descomunal fuerza. El suelo se desmoronó llevándose todo consigo, arrasando muebles y aparatos. En un instante descendió y fue arrojado entre escombros. Un golpe seco, terrible, detuvo su caída. Su fémur izquierdo se partió en dos y el dolor implacable le subió por el muslo al darse cuenta de que una especie de puntal le había atravesado la pierna. A cada respiración tragaba tierra. 

Entonces perdió el conocimiento. 

Estaba enterrado en una tumba de concreto.

Eran las 7:17 del 19 de septiembre de 1985 en la ciudad de México. Los conductores de medios interrumpían sus noticieros y programas de entretenimiento para anunciar, primero con asombro y después con temor lo que ellos mismos estaban sintiendo. 

El epicentro se localizaba en el Océano Pacífico frente a la desembocadura del Río Balsas en Michoacán, sin embargo la intensidad con que las ondas de choque se propagaban a una distancia de cuatrocientos kilómetros estaba superando las peores expectativas para un sismo de este tipo. 

La tremenda fuerza del terremoto derrumbaba todo a su paso. Elevadas construcciones aparentemente sólidas caían una detrás de otra como fichas de dominó. Los gruesos rieles de antiguos tranvías se retorcían separándose del piso; pesadas paredes se hacían añicos mientras los árboles levantaban sus raíces rompiendo el concreto con una fuerza feroz.

En los edificios del centro la gente salía de sus departamentos y corría por los pasillos empujándose frenéticamente en su desesperación por alcanzar las escaleras. Muchos caían al suelo mientras los demás pasaban sobre ellos. Hombres y mujeres aterrados, solos o con niños en brazos, se apretujaban en los elevadores. El ruido de los derrumbes ocasionaba una histeria colectiva. Todos actuaban sin juicio, buscando escapar. 

Quienes dormían no alcanzaron a salir de la cama. Algunos ni siquiera lograron darse cuenta cuando el edificio se desplomó.

El caos hizo presa de toda la ciudad. En los pasajes subterráneos del metro los vagones se detuvieron y la gente que viajaba dentro comenzó a llorar y a gritar en medio de la oscuridad. 

Una espesa nube gris se extendió por la metrópoli al tiempo que la electricidad, los teléfonos y los transportes dejaron de funcionar. Todas las calles se llenaron de personas desconcertadas, que aunque estaban a salvo, sentían pánico porque sabían que miles más habían quedado atrapadas.

Con asombrosa velocidad, las consecuencias del desastre se hicieron evidentes y comenzaron a escucharse gritos de auxilio.

—¡Por acá, por favor! ¡Toda mi familia está adentro!

Se oían los desgarradores lamentos de mujeres desquiciadas y los rumores colectivos que aseguraban cada vez con mayor fuerza las espeluznantes noticias:

—¡Se cayó el Centro Médico!

—¡Se vinieron abajo los edificios de Tlatelolco!

Y las voces llenas de urgencia de individuos que escarbaban en los escombros, destrozándose las uñas, moviendo los brazos como locos, llamando al aire:

—¡Acá, vengan acá! ¡Aquí hay gente viva!

Todas las estaciones de bomberos y policías comenzaron a trabajar con alarma roja tratando de organizarse para combatir los incendios que se propagaban y amenazaban con hacer explotar millones de cilindros de gas, pero el agua para apagar el fuego también faltaba y a los rescatistas se les veía como fantasmas, con los ojos hundidos y los semblantes impotentes. Nadie sabía qué hacer para acallar los estremecedores lamentos que se deslizaban por entre los vidrios rotos y edificios destruidos. 

Leonardo se movió un poco. 

Las vigas que habían sostenido las paredes se doblaban sobre él, acercándose milímetro a milímetro y haciendo su cárcel cada vez más estrecha. Los escombros le cubrían ambas piernas. Tenía la cabeza inclinada sobre su hombro izquierdo y, en conjunto, parecía una marioneta con los hilos sueltos. Toda su ropa estaba desgarrada. Junto a él, la lámpara del buró se encendía y se apagaba con breves intervalos.

Poco a poco, dolorosamente, recuperó la conciencia. Estaba acostado boca abajo. Al tratar de moverse, dejó escapar un gemido de dolor. Su pierna izquierda se había destrozado. Tardó varios minutos en poder abrir los ojos. A cada intento, minúsculas partículas de polvo se lo impedían. Sentía como agujas clavadas por todo el cuerpo, pero lo más terrible era la sensación de asfixia. Abrió la boca tratando de respirar profundo y eso le provocó un acceso de tos. 

Entonces comenzó a sentir claustrofobia. Nunca antes había experimentado una emoción tan pavorosa. Su corazón latió con rapidez y su presión arterial subió al límite. Se movió con desesperación tratando de escapar, pero el esfuerzo lo hizo perder el aliento. Vagamente comprendió que debía hacer aspiraciones cortas, pero la fobia a morir encerrado es una condición cercana a la locura en la que no es posible razonar con claridad y sólo existe el anhelo exasperado de salir a un espacio abierto y respirar aire limpio.

Todo estaba en penumbras. En sus frenéticos esfuerzos logró liberar la pierna derecha. Se le oscurecía la visión y las sienes le palpitaban como si fuera a perder otra vez el conocimiento. Cada espasmo muscular era un suplicio, pero cuando tensó los músculos de la pierna izquierda volvió a desvanecerse por un instante a causa del terrible aguijonazo. Después se quedó inmóvil. El pánico lo tenía sujeto por el cuello como un monstruo demoníaco a punto de matarlo. Gritó:

—¡Dios mío! ¡Ayúdame, por favor!

Su corazón latía con tanta fuerza que estaba cerca de sufrir un infarto. Comenzó a rezar.

—Padre nuestro que estás en el cielo… Pa… padre nues…tro… 

Pero su oración se convirtió en llanto. Llevó ambas manos hacia la cara e hizo un cuenco tratando de usarlo como filtro para el polvo, mientras gemía:

—Dios mío, dame aire. Necesito aire… No importa que no pueda moverme, pero déjame respirar.

Entonces notó la incongruente luz de la lámpara a unos centímetros de sus ojos. Seguía encendiendo y apagando como el brillo de una luciérnaga moribunda enterrada en un denso manto de polvo. Pensó que esa luz tintineante representaba el leve aliento de vida que le quedaba a él y tal vez a su madre… 

Mantuvo la vista fija en la luz hasta que se apagó por completo.

Tlatelolco

¡Quien hubiera pensado que su regreso a casa sería justo unas horas antes del terremoto más devastador que había ocurrido en esa región! 

Entre nubes recordó la forma en que había llegado a la ciudad de México la noche anterior. Se vio a sí mismo como en una película, bajando del avión. En el área de llegadas internacionales había poca gente. 

Giró la cabeza hacia todos lados con desconfianza. 

Temía ser descubierto en público. 

Quizá había cámaras escondidas y la vigilancia del aeropuerto lo estaba analizando. 

Corrió hacia el baño más cercano e irrumpió en él, jadeando. No había nadie adentro. Abrió una llave del lavabo y se mojó la cara. Vio su imagen reflejada en el espejo. Parecía un hombre joven todavía, no mayor de treinta años, pero con evidentes rasgos de tensión y cansancio. Cerró los puños para controlar el temblor de sus manos. Poco a poco fue tranquilizándose, hizo profundas aspiraciones y notó cómo el ritmo de su corazón volvía a la normalidad. 

—Ya relájate, ¿quieres? —se dijo—, huiste de aquí hace cuatro años. Quizá nadie recuerda lo que pasó, ni te están buscando, ni terminarás en la cárcel. ¡Sólo vas a pasar unos días con tu familia! Ellos merecen saber de ti y tú lo necesitas. 

Salió del baño; pasó los trámites de migración y aduana fingiendo naturalidad, pero sus manos sudaban. Después abordó un taxi y pidió que lo llevaran a un hotel. Dormiría un poco y aplazaría con el sueño el momento en que iba a enfrentarse con su pasado. 

Se acostó en la cama sin desvestirse; de inmediato sintió que las energías lo abandonaban. Un momento antes de perder la conciencia, como todas las noches desde hacía cuatro años, en su cabeza resonó una pregunta: “¿Cómo puede conciliar el sueño alguien que ha cometido un asesinato?”

No había sistemas de alarmas sísmicas en la ciudad. Nadie sospechaba del terremoto que estaba a punto de sobrevenir. 

Leonardo despertó muy temprano, se metió a bañar; el agua le devolvió la energía y lo llenó de esperanzas. Desayunó bien y salió del hotel con paso apresurado. Todavía estaba oscuro. Detuvo un taxi y le pidió al chofer que se dirigiera hacia Tlatelolco. 

Esa mañana de septiembre era como muchas otras, ligeramente fría. La ciudad comenzaba a despertar y se veían unos cuantos transeúntes casi corriendo para tomar el microbús. Volvió a sumirse en sus reflexiones. Anhelaba ver a su madre y abrazar a su hermana Aisha, a quien abandonó cuando ella apenas tenía dieciséis años. Respecto a su padre no sabía si deseaba verlo… Siempre fue un hombre enigmático de ideas ambivalentes. Lo recordaba como su entrenador de baseball, enseñándole y dándole ánimos, pero también como el hombre que lo puso en el camino de la degradación. 

Le pidió al chofer que se desviara. Deseaba ver el centro nocturno de su padre. ¿Todavía estaría en funcionamiento? ¿Aún sería de los sitios en los que trabajaban algunas de las prostitutas más selectas de la ciudad? 

El taxista se detuvo frente al edificio. Era una construcción vieja. En la fachada había un discreto anuncio luminoso que en esos momentos estaba apagado. 

—Oiga —cuestionó el chofer con vulgaridad—, ¿se acaba de levantar y ya quiere acostarse de nuevo? ¡A esta hora no creo que encuentre ninguna muchacha sobria!

Leonardo no contestó porque estaba perdido en sus ensoñaciones.

—¿Se va a bajar? —insistió el taxista con impaciencia. 

—No.

¡Cuántos recuerdos ingratos se agolpaban en su cerebro mientras contemplaba la fachada del antro! Mujeres bailando muy despacio, quitándose la ropa poco a poco y haciendo contorsiones alrededor de un tubo. Hombres fumando y bebiendo licor. Dinero. Mucho dinero y su padre sentado en el escritorio panorámico del lugar, charlando con amigos. Casi pudo revivir una de las conversaciones habituales de las que fue testigo. Los borrachos se arrebataban la palabra:

—Las mujeres son como los semáforos: después de las doce de la noche, nadie las respeta.

—O como la tierra, porque es de quienes las trabajan.

—O como los zapatos, porque si no aflojan con alcohol, aflojan con el tiempo. 

Las carcajadas, el ruido del table dance y los grotescos gritos de los beodos daban al lugar un ambiente dantesco.

—Es mejor ser hombre que mujer porque los hombres no somos tan indecisos, no menstruamos, podemos orinar de pie y donde sea, cuando otros platican con nosotros no se la pasan echando vistazos a nuestro pecho, podemos usar el mismo traje y no parecemos retrato, diferenciamos entre amor y sexo, y podemos tener uno sin el otro y, sobre todo, mientras más abultada es nuestra cartera, las mujeres dicen que tenemos mejores nalgas.

—Oiga, señor —protestó el taxista—. Si vamos a estar aquí estacionados, va a tener que pagarme el tiempo. 

—Sí, sí. 

Vio salir por la puerta lateral a Benito, el anciano que se ocupaba de la limpieza desde hacía muchos años. 

Abrió la ventana para saludarlo.

—¡Don Benito! —gritó—. Hola.

El hombre se acercó al taxi, entrecerrando los ojos para enfocar la mirada.

—¿Leonardo? ¿Es usted?

—Sí —se bajó del auto y abrazó al anciano—. Soy yo. Ya regresé. Dígame. ¿Cómo está todo por aquí?

—Mal, muy mal. El negocio se vino abajo. Casi no tenemos clientes. Las muchachas se fueron. Su papá vendió el local. El nuevo dueño está tratando de contratar más bailarinas, pero este sitio está salado…

—¡No me diga! ¿Y mi papá? ¿Dónde está? 

—Me dijeron que quiso poner otro centro nocturno, pero tampoco le fue bien.

El taxista intervino en la conversación sin bajarse del auto.

—Señor, me tengo que ir. Esta es la hora pico de trabajo para mí. No puedo estar parado. 

Leonardo se despidió de don Benito y se subió al taxi. El auto avanzó. 

En las esquinas había pequeños grupos de niños y adolescentes en uniforme; la gente cruzaba sorteando el tráfico. Había ruidos discordantes de motores y cláxones. A los pocos minutos se vio a lo lejos el perfil de la unidad habitacional Nonoalco-Tlatelolco. Era un complejo y apretado conjunto de edificios, todos tan parecidos entre sí que mucha gente se sentía perdida al caminar por sus pasillos interiores. 

—Deberían quitar esta plaza —opinó el taxista—, y convertirla en estacionamiento.

—¡Cómo puede decir eso! ¡Estamos en un sitio histórico!

—¿Qué importa? ¿Para qué sirve la historia cuando en la ciudad ya no caben los carros?

—¡Para recordar el dolor y valorar lo que tenemos! 

—¿El dolor? ¿Cuál dolor?

—Éste fue el centro comercial más importante del México prehispánico. Aquí mismo Cuauhtémoc resistió un sitio que duró ochenta largos días hasta que fue hecho prisionero por Hernán Cortés. Los indígenas que no murieron en esas batallas sirvieron después como esclavos de los españoles y construyeron la parte colonial de la zona. Las enormes paredes de la iglesia de Santiago que se ven desde aquí fueron levantadas con la sangre de esa gente desvalida. Muchos años después en octubre de 1968, centenares de estudiantes fueron asesinados en este lugar. ¡Cada etapa histórica de la plaza fue regada con sangre! 

—¡Órale! Usted sí sabe. ¿Es maestro o algo así?

—No. Pero crecí aquí. Luego me fui al extranjero y sólo estando lejos investigué y valoré todo eso. La Plaza de las tres culturas se llama así porque aquí se representan la prehispánica, la colonial y la contemporánea. ¿Ve los restos arqueológicos? Están rodeados de edificios modernos y coloniales. Es una maravilla. 

—Bueno, gracias por la clasecita, pero hay que chambear. ¿Me paga? 

Leonardo le dio dinero, bajó del taxi y caminó con paso vivo. Por un momento se olvidó de la paranoia que lo hizo huir. No pensó más en el riesgo de ser arrestado. ¡Ahora estaba frente a su casa! ¿Cómo lo recibirían? En esos cuatro años no se había vuelto una mejor persona, por el contrario; estaba más confundido y triste que nunca. Tuvo en sus manos todos los elementos para ser feliz, pero no supo aprovecharlos. Se sentía un fracasado. Deseaba encontrarse con su madre y su hermana para llorar con ellas su ruina y hacerles confidencias que jamás les hizo. ¡Deseaba sobre todo charlar con Aisha! Era muy joven cuando la vio por última vez, pero ahora tendría veinte años. 

Estaba seguro de que las encontraría ya despiertas, preparándose para salir, una al trabajo y la otra a la universidad. Su papá, por otro lado, estaría todavía dormido. Se desvelaba tanto que nunca despertaba antes de la una de la tarde. 

El departamento se hallaba en el segundo piso. Sólo había que subir veinte escalones. Lo hizo despacio.  

CITATORIO

Cuando volvió en sí levantó la vista. De entre las piedras se filtraba un pequeño rayo de luz perpendicular. Quiso buscar su reloj. No lo tenía. Si el sol estaba en el cenit serían como las doce del medio día. ¡Eso significaba que había estado desmayado más de cuatro horas! 

Aguzó sus sentidos y pudo percibir el reacomodo de las planchas de concreto. Vio una enorme mole de escombros suspendida por encima de su cabeza amenazando con aplastarlo. Quiso moverse, pero el dolor aguijoneante de la pierna lo paralizó.

Escuchó un leve crujido sobre su cabeza; advirtió la enmarañada red de vigas retorcidas formando una especie de jaula que lo protegía y lo amenazaba a la vez, meciéndose hacia él. A cada crujido la gran mole soportada por largueros cerraba más el espacio. Después el bloque se recargó contra los restos de una trabe y el rayo de luz se desvió hasta casi desaparecer. Debían haber toneladas de concreto sobre él. Vio que a su lado izquierdo, junto a la única pared erguida había una pequeña cavidad irregular como de dos metros cúbicos. Intentó arrastrarse hacia ella y lanzó un alarido de dolor. Al tratar de ayudarse con las rodillas, sintió que el jalón liberó su pierna, pero no pudo ir más allá. Comenzó a llorar y a gritar.

—No, por favor. No, Dios santo. Déjame despertar. No quiero estar aquí. No puedo estar aquí. ¡Esto no es cierto!

El polvo inundaba sus fosas nasales. Con ayuda de los codos volvió a incorporarse un poco y se arrastró hasta el sitio más amplio. El corazón le latía desbocadamente. Estaba sufriendo un nuevo shock; su cuerpo comenzó a sacudirse preso de temblores incontrolables.

—¡Ayuda!, ¡ayúdenme por favor!

Estuvo gritando hasta que se desgarró la garganta y le faltó el aliento. 

Descansó un poco, pero la angustia lo impulsaba a seguir clamando. Reunió las fuerzas y lanzó un bramido estremecedor. 

Entonces vomitó. Su estómago se contrajo varias veces. Se limpió la boca.

Era inútil. Estaba completamente solo. 

Comenzó a llorar. Un intenso terror se apoderó de él. La sensación de encierro en ese reducido espacio era insoportable. Se irguió unos centímetros y su espalda chocó contra los bordes de las vigas. La pierna lo aguijoneó de nuevo pero de una forma sorda, como si hubiera sido adormecida por anestesia. Se desplomó y volvió a perderse en una rara inconsciencia que lo transportaba al pasado. 

Se vio a sí mismo varios años atrás.

Las bailarinas desnudistas más voluptuosas y cotizadas de la ciudad trabajaban para su padre. Era un placer contemplarlas moviéndose sobre la tarima. Aunque su papá decía no sentir atracción por ellas, a Leonardo le extasiaba verlas. 

Él era un joven de veinticinco años. Acababa de terminar la carrera de licenciado en administración de empresas y nunca se imaginó que el restaurante bar de la familia que tanto soñó con administrar, acabaría dando ese giro. 

Cuando le avisaron que había supervisores en la puerta, se puso nervioso. Su papá no estaba en el negocio esa noche, quiso localizarlo por teléfono, pero no lo logró. Esforzándose por parecer enérgico salió a atenderlos. 

En esta ocasión los inspectores de la ciudad venían acompañados de tres mujeres.

—Traemos un citatorio —le dijo el de mayor rango—. Su negocio está siendo notificado por irregularidades graves. 

—¿Perdón? —preguntó Leonardo—, ¿qué dice?

El inspector principal presentó a sus acompañantes.

—Las licenciadas vienen a dar fe de la entrega del citatorio. Según parece, en este lugar se cometen actos de abuso físico y verbal, además de que se infringe de forma flagrante el uso del suelo. 

Leonardo tartamudeó.

—E… eso lo dice… ¿quién?

—Se lo explicarán en la comparecencia. 

—¿Cuál comparecencia? Yo no voy a ir a ninguna…

Leonardo se interrumpió para aguzar la vista. Con la luz mortecina del anuncio exterior acababa de distinguir algo que lo dejó boquiabierto. Entre la comparsa de fiscalizadores había una joven a quien él conocía. 

—¿Eres Denise? ¿Qué haces aquí?

La mujer dio un paso al frente con decisión para encarar a Leonardo.

—Efectivamente me llamo Denise Ciani. Soy abogada y asesora legal del grupo que me ha contratado. Llevo los casos de infracciones y excesos contra mujeres como en los que se inciden aquí.

—Denise… ¿qué te pasa? Soy Leonardo, ¿no me reconoces? 

—Sí, pero eso no importa. Estamos visitando muchos negocios como el de usted.

—¿Por qué me hablas de “usted”?

El inspector intervino.

—Por favor, déjese de juegos y firme aquí.

—¿Firmar? ¡Yo no acepto eso! ¡No tengo por qué firmar nada! 

—Con su firma sólo está indicando que recibió el documento. No significa que acepte los cargos en su contra.

Leonardo se quedó quieto unos segundos sin acabar de comprender. Después garabateó su rúbrica y entró al local. 

Llamó por teléfono a su padre. 

En cuanto el viejo escuchó la historia, se enfureció.

—¿Firmaste de recibido? No seas imbécil. Debiste negarte.  ¿Quiénes eran?

—Los inspectores de la ciudad.

—¿Don Quijote y Sancho Panza? ¡Pero si esos borrachos están en nuestra bolsa! ¿Por qué no hablaste con ellos a solas? ¿Por qué no los sentaste en una mesa para que vieran a las muchachas y les ofreciste un trago? 

—Esta vez no se pudo. Parecían tensos. Venían acompañados por tres mujeres. Una de ellas…

—¿Mujeres? ¡Esto es el colmo! ¿Para cuándo es la cita?

—Para la semana que entra. 

—¡De acuerdo, vamos a ir y te enseñaré cómo se arreglan estos asuntos! 

Leonardo no quiso hacer más aclaraciones a su padre, pero el día indicado lo acompañó a las oficinas de gobierno. 

Fueron pasados a la sala de juntas en donde se celebraría la comparecencia. Alrededor de una mesa rectangular estaba el jefe de licencias y dos damas bien arregladas. Una mayor de edad y la otra joven. En cuanto Leonardo la vio, sintió que su corazón comenzaba a latir con más fuerza. Era Denise. Otra vez estaba ahí. Lo más increíble fue que su padre no la reconoció. 

Todos tomaron asiento. 

—En el citatorio que recibieron —comenzó el director de la oficina—, se les requirió para que mostraran todas las licencias de su negocio. ¿Las traen consigo?

El señor Villa extendió los papeles.

—Aquí están. 

—Muy bien. Déjeme revisarlos.

Mientras el funcionario hacía su trabajo, el padre de Leonardo analizó a las mujeres. La mayor tendría unos sesenta años, era guapa, de aspecto ejecutivo y mirada de cazador. La otra, joven, de unos veinticinco años, vestida a la moda, con cabello negro lacio y mejillas ligeramente sonrosadas. Le pareció familiar, pero de inmediato quiso imaginársela desnuda. La joven se sintió incómoda por la mirada morbosa del hombre y se movió como si la silla quemara. 

—A ver —dijo el funcionario al fin—, señor Villa, iré al grano. Su negocio tiene decenas de condiciones inseguras y todas las licencias vencidas. Voy a tener que cerrarlo.

—¿Cerrarlo? ¡No me haga reír! 

—Además, el uso del suelo en esa zona no permite giros comerciales como el de usted.

—¿Perdón? ¿Oí bien? ¡Hay tres centros nocturnos más por ahí! 

—Todos van a ser clausurados. Mi trabajo es revisar las licencias, pero es sólo el principio del problema. Existe una querella levantada contra los negocios como el suyo, promovida por una asociación civil que vigila los derechos humanos de las mujeres. 

—Sí —mostró los dientes como sonriendo—. Dijeron que cometemos actos de abuso físico y verbal. ¿Nos pueden explicar eso? ¡Somos una fuente de trabajo! Protegemos a las mujeres que laboran con nosotros y les permitimos desarrollarse en la actividad que ellas eligieron. 

El funcionario presentó a las damas que estaban sentadas a la mesa:

—La señora Guadalupe Ferro es fundadora y directora de la asociación civil. La licenciada Denise Ciani es asesora legal del grupo. Ellas le van a explicar. 

Leonardo miró a su padre de reojo. ¡Era increíble que ni siquiera después de escuchar el nombre de Denise la reconociera! Es cierto que había cambiado. Se había vuelto toda una ejecutiva y no quedaban rastros de la niña juguetona y dulce que los visitó con frecuencia durante tantos años… ¡pero seguía teniendo esa fisonomía entre gitana y malagueña que la caracterizaba! 

Ambas mujeres pusieron sus tarjetas de presentación sobre la mesa. Leonardo se apresuró a tomarlas. 

—Nuestra agrupación —dijo la directora—, está dedicada a dar apoyo legal, psicológico, espiritual y financiero a las mujeres con problemas. Promovemos los principios éticos. Cuidamos que no se cometan actos de abuso o discriminación sexual. En negocios como el de usted se explota a las personas, se lucra con la genitalidad femenina, se rebaja a las mujeres tratándolas como mercancías.

—¡Momento! ¡Ya se lo dije! ¡Ellas lo hacen por voluntad propia! Nadie las obliga. Las que llegan a mi local ya se han rebajado a sí mismas. ¡Yo sólo las pongo a trabajar!

—Señor Villa. ¿Ha leído usted un poema clásico de Sor Juana Inés de la Cruz llamado “Hombres necios”? Todo el mundo lo conoce. Por favor, búsquelo en un libro y léalo palabra por palabra. Cuando una mujer se degrada a sí misma es porque ha sido etiquetada como objeto sexual por los sujetos con los que ha convivido. Ninguna de sus empleadas llegó siendo virginal ni ingenua, eso es cierto, pero seguramente cuando usted las conoció ya habían pasado por muchos ultrajes, llanto y humillaciones. Además, señor Villa, fuera de asuntos éticos, su negocio opera al margen de la ley. ¡Está dado de alta como restaurante! “Cocina casera”, para ser exacta, y se dedica a promover la prostitución.

—¡Claro! Es cocina porque damos comida, y es casera porque hay mujeres.

—No entiendo el chiste. 

—Sin que usted se ofenda, señora, voy a hablarle con transparencia. Las mujeres siempre han soñado con cambiar al mundo. Son idealistas, pero al final sólo acaban ejerciendo las funciones para las que fueron creadas. 

—¿De verdad? ¿Y cuáles son esas funciones, según usted? 

—Cuidar la casa, educar a sus hijos, cocinar, dar placer sexual a los hombres e ir a la iglesia —el señor Villa comenzó a sonreír por lo que le pareció un parlamento genial—, si lo analiza con cuidado en mi negocio tenemos todo, ambiente casero, educación de jovencitos, comida, placer sexual y la visita eventual de algunos religiosos.

—No estará hablando en serio. 

—Claro que sí. Ponga los pies en la tierra, señora y deje de crear problemas. Ustedes no van a poder contra mí ni lograrán cerrar los negocios como el mío. Tienen una inquietud legítima, la cual comprendo, pero es improcedente. Yo les sugiero que en vez de rescatar a las mujeres perdidas, traten de prevenir a las que no lo están. ¿Qué les parece? Yo no puedo desperdiciar mi tiempo. ¡Pongámonos de acuerdo! ¿Cuánto dinero quieren para dejarme en paz? 

Guadalupe movió la cabeza. El funcionario de gobierno opinó:

 —Me parece que ahora están hablando un lenguaje de conciliación. Acaben con esto y después, usted señor Villa tendrá que quedarse conmigo para arreglar el tema de sus licencias. 

—No lo puedo creer —intervino Denise—. Esta conversación apesta. 

Entonces el papá de Leonardo miró directo a los ojos de la joven abogada y se quedó estatizado unos segundos. 

Acababa de reconocerla. 

Siempre es un alivio despertar cuando los sueños son malos; Leonardo pensó que había tenido una pesadilla y sintió el alivio de volver poco a poco a la comodidad de su habitación en Cádiz. 

Amodorrado, estiró el pie para tocar la tersa piel desnuda de su esposa, pero al hacerlo sintió el aguijonazo. Entonces abrió los ojos abruptamente tratando de reconocer su alcoba. Quiso alcanzar la lámpara de mesa para encender la luz. ¡El apagador no estaba en su lugar! Había una penumbra densa cargada de partículas nauseabundas. El fantasma negro del pánico se posó sobre él. ¿Sería posible que la cruel pesadilla fuera esa? ¿La vida real?

Lanzó un alarido de desesperación.

—¡Noooooooooooooo! 

Deslizó su cuerpo en el piso para apoyarse en la pared y encontrar la mejor postura. Hizo muchas aspiraciones cortas por la boca queriendo controlar el terror.

—Tal vez haya una salida —murmuró—. Estoy bien. Me encuentro vivo…

Repitió las frases una y otra vez para darse ánimo, luego comenzó a hacer rechinar sus dientes. 

Los ataques de claustrofobia estaban evolucionando a una forma mucho más benigna de dolor.

Se encorvó en posición fetal y cerró los ojos para alejarse del espantoso presente. Como había dicho Denise en alguna ocasión, la mente humana es como una grabadora. Leonardo necesitaba usarla: Sólo debía oprimir el botón de “play” y un extraordinario mecanismo de defensa lo sacaría de su terrorífica tumba y lo haría viajar al pasado. 

4

DEBATE ENTRE SEXOS

—¡Yo te conozco, niña! Te llamas Denise Ciani. ¡Claro! Ya lo recuerdo. ¡Qué giros da la vida!, ¿no? ¡Cuántas veces te abrí la puerta de mi casa y te recibí como huésped de honor para que ahora trates de apuñalar por la espalda a tus amigos!

—Se equivoca, señor Villa —respondió con ecuanimidad de abogada—, si aludimos al pasado, fue usted quien traicionó no sólo mi confianza sino la de su esposa e hija. Sin embargo, no estoy aquí por eso. Mi labor es estrictamente profesional. Ahora trabajo para una organización que desea dignificar a las mujeres. Es cierto que negocios como el de usted siempre han existido y siempre existirán, pero en lo posible evitaremos que se fortalezcan y multipliquen. 

—¿Qué te pasa, Denise? —protestó el papá de Leonardo—. ¡En mi negocio damos un servicio social! ¿Te imaginas un mundo en el que los hombres no tuviéramos a dónde ir para desahogar nuestros instintos? ¡Piénsalo! Habría un caos. Aumentarían las violaciones, los incestos, las infidelidades. ¡Los hombres estaríamos como locos! Cuando un varón puede pagar por ver y tocar mujeres desnudas, se vuelve más equilibrado en la sociedad.

—¿Quién le dijo eso? 

—Es lógico.

—Pues está equivocado. Yo estudié criminalística. Los hombres que asisten a burdeles y prostíbulos son quienes más delitos sexuales cometen. Los registros no mienten. 

—Eso es teoría tonta. 

—Es psicología comprobada. El cerebro funciona como una grabadora de música que reproduce durante el día y la noche las melodías que grabamos en él. En sus neuronas usted tiene esa música horrenda discriminatoria para las mujeres, porque es la que ha grabado y regrabado. Pero entiéndalo. Es más fácil que un cliente habitual de burdeles llegue a una cita y me desnude con la mirada a que lo haga un hombre de familia que anoche estuvo en casa con su esposa e hijos. 

El señor Villa levantó ambas manos y sonrió cínicamente mientras le hablaba al director de la oficina.

—¿Lo ve?, las mujeres siempre acaban refiriéndose a lo mismo: la casa, los hijos, la iglesia, la cocina o el amor, pero no se dan cuenta que su verdadero servicio a la sociedad es el sexo… —se percató de haberse excedido y quiso suavizar el tono—. Lo cual no es algo tan perverso. 

Denise Ciani aprovechó el resbalón del señor Villa para acribillarlo:

 —¡Qué interesante comentario! Por lo que sé, su madre todavía vive. ¿No es así?

—¡No te metas con ella!

—¿Y cree que sólo ha servido para el sexo? 

—Mi madre es una anciana.

—¡Su madre, su esposa y su hija son mujeres! ¿Se atrevería a contratarlas para que se desnudaran delante de un grupo de borrachos?

—Esta conversación es absurda.  

—¿Y las mujeres médicos, ejecutivas, escritoras, abogadas? ¿También servimos sólo para el sexo?

—Tus argumentos son de parvulitos, Denise. ¿Eso te enseñaron en la escuela de abogados? 

—Señor Villa, yo poseo conocimiento de primera mano para el caso jurídico: Usted era dueño de un restaurante en el que trabajaba toda su familia. Su esposa dirigía a las cocineras y sus hijos ayudaban como meseros y en la caja. Yo misma cooperé varias veces ahí. Me consideraba parte de la familia. Hasta que usted comenzó a hacer negocios sucios y a contaminarnos a todos. Envileció a su hijo y humilló a su esposa. Yo fui testigo de cómo adulteró bebidas alcohólicas y prostituyó a las meseras…  

—Eso es mentira. Tendrías que probarlo. ¡Que le pregunten a mi hija! Ella atestiguará a mi favor. 

—Sí, señor Villa. Aisha tiene un velo en los ojos porque usted la apartó del restaurante a tiempo y le prohibió volver, pero tarde o temprano se enterará de que su padre, machista,  valora a la mujer sólo por su aspecto físico y se olvida de que también somos competentes, diestras y tenemos una capacidad intelectual igual a la de cualquier hombre. 

—¡Ahora caigo!, ustedes son de esas feministas; mujeres frígidas y frustradas llenas de rencor, que quieren tomar el poder político para dominar el mundo.

—No, señor Villa —intervino esta vez Guadalupe Ferro—. Yo fundé nuestra agrupación y voy a explicarle algo. No somos feministas. Somos mujeres simplemente, ¡con todas las letras! El reto de nosotras es, sí, conquistar el mundo, pero no para competir con los hombres o lograr el poder político o económico, sino para declarar la paz verdadera, el perdón entre las personas, la comprensión entre naciones, la comunión con el Creador y la victoria de los valores humanos. Las mujeres fuimos dotadas de habilidades distintas a las de los hombres: Espiritualidad, sensibilidad, intuición, resistencia física y emocional. Cuando usamos nuestros dones podemos reconquistar a un marido infiel, borracho o altanero y ayudarlo a convertirse en hombre de bien; podemos reconstruir familias fracturadas o países en crisis. Usted no se equivoca cuando dice que las mujeres pensamos mucho en nuestro hogar, nuestros hijos, la provisión de alimentos, la vida espiritual y el amor. Pero no hay nada de malo en ello. ¡Al contrario! Es lo que le da equilibrio y fuerza verdadera al mundo. Sin la labor poderosa, discreta y a veces desvalorada que las mujeres hacemos, las familias se derrumbarían y la sociedad acabaría siendo una jungla salvaje. Las funciones de las que usted habló, son vitales y me siento orgullosa de ayudar a mantenerlas fuertes. 

—No sueñe, señora… ya le dije que sus argumentos me suenan trillados e idealistas. ¡Este mundo es de hombres! ¿No se da cuenta? ¡De hom…bres!

—¡Lo sabemos! —contestó Guadalupe en un tono mucho más intelectual—. A la mujer, como género, se le condena por haber sido la tentadora “oficial” en el paraíso, y sus encantos se referencían como astucia diabólica; la frase voltairiana típica “las mujeres son seres de ideas cortas y cabellos largos” se cita  incluso por quienes no tienen el menor barniz cultural, y otros dichos autóctonos como “mujer que sabe latín ni consigue marido ni tiene buen fin” sólo manifiestan que existe una corriente de pensamiento casi inscrita en la información genética transmitida de generación en generación. ¡Pero no porque sea algo común estamos obligadas a aceptarla! Todas las corrientes nocivas se pueden romper. ¡Ése es el reto de la mujer! En mi organización hemos declarado que podemos hacer un cambio en el mundo si nos lo proponemos. ¡Y lo haremos conquistando primero nuestra propia familia y entorno! También hemos declarado que la ciudad estará limpia de drogas, vandalismo, prostitución y corrupción. Queremos un ambiente diferente y vamos a luchar por tenerlo. 

—¿Y están comenzando por clausurar negocios como el mío?

—Sí. 

—Señora Lupita. No le importa que la llame así ¿verdad?,  como a nuestra Virgencita. Mire. Mi esposa era igual de idealista que usted. Ella no estaba de acuerdo en el giro que fue tomando nuestro negocio, hasta que se dio cuenta que gracias a él podía vivir mejor y hasta darse ciertos lujos. ¡Ahora los dos comemos de la misma fuente y ella está feliz! ¡Si usted fuera mi mujer, por cierto que Dios me libre, sus conceptos cambiarían! La moral es relativa.

Guadalupe Ferro movió la cabeza y arremetió con más convicción. 

—Yo evito hablar con sujetos que piensan que la moral es relativa. Con esa frase acaba usted de cerrar toda posibilidad de negociación con nuestro grupo. 

—¿Por qué dice eso, Lupita? Ya me di cuenta de que toda su  argumentación es sólo para acabar quitándome más dinero. Pero sólo les voy a dar lo justo… 

—¿Y qué es la justicia para un hombre que piensa que la moral es relativa?

—¡No lo haga más difícil!

—Señor Villa, quienes piensan como usted son los típicos individuos capaces de secuestrar o matar por dinero, los que acomodan las leyes a su conveniencia, los que mienten o deforman la verdad para justificar sus perversiones, los que aseguran que el fin justifica los medios y usan medios deshonrosos para obtener sus fines. Lo siento, señor Villa, pero la moral es única. No puede acomodarse a las conveniencias de nadie. Es inmutable y atemporal. Funcionaba hace tres mil años, cuando Moisés recibió unas tablas en el monte Sinaí, y funcionará dentro de tres mil años cuando el ser humano viva en las galaxias. El verdadero hombre lo sabe, por eso respeta a las mujeres; no usa esa actitud de seductor barato para manipularlas y tampoco se refiere a ellas de manera despectiva.

—¿Despectiva? Sólo estábamos siendo sinceros. 

—¡Claro! Y la sinceridad, para usted, es su mejor forma de ser despectivo, porque sinceramente cree las patrañas que dice. 

—Oiga, señora. No me insulte. ¿Cuándo fue la última vez que usted tuvo sexo? ¿Por qué no se casa para que se les quite lo amargada? Todo el mundo sabe que a las mujeres solteras se les pone agrio el carácter. Por lo menos Denise, pobrecita, cuando yo la conocí era una joven simpática con posibilidades de un buen partido, pero ahora, mírela nada más encorsetada en un traje de abogada que no la deja ni respirar. ¡Es una solterona amargada!

Guadalupe no contestó de inmediato. Denise Ciani aprovechó la pausa para tomar la palabra. Esta vez lo hizo con una mayor vehemencia, sin preocuparse por moderar la voz.

—Señor Villa —comenzó como poniendo las cartas sobre la mesa—. Eso de que las solteras somos amargadas es otro mito machista. Quizá en el secreto de nuestro corazón anhelamos un compañero bondadoso y eso nos causa nostalgia a veces, pero no nos impide crecer, realizarnos, ser exitosas y felices. Ahora, analice esto: Hay muchas más mujeres casadas a quienes se les amarga el carácter, ¿y sabe por qué? ¡Porque el hombre con el que se casaron se dedica a insultarlas, denigrarlas, hacerlas sentir tontas e inútiles! El maltrato a la mujer es el crimen más numeroso sin denunciar. ¡No existe mayor crueldad en el mundo que la violencia doméstica! Las víctimas están atrapadas, sin salida, viviendo con un patán que las humilla. ¡Cuando vea una mujer casada alegre y realizada, felicite a su marido!, sin duda es un
hombre que ha reconocido el valor de su esposa y la ha exaltado e impulsado a convertirse en lo que ella merece y es capaz de ser. Por otro lado cuando vea a una señora insegura o con grandes frustraciones, dígale a su esposo: ¡Arrogante, grosero y patán, te esfuerzas por mantener una imagen de éxito ante el mundo, pero en la intimidad de tu matrimonio te has empeñado en aplastar a tu esposa! ¿Crees que ella es fea? ¿Y no será que tú no la motivas a ser hermosa? ¿Piensas que es sexualmente fría? ¿Y no crees que le falte un verdadero hombre capaz de seducirla y hacerla vibrar? ¡Mírate al espejo, altanero! Eres inseguro de ti mismo y temes perder tu liderazgo. Pero el verdadero líder es amado y admirado, primero que nada por su mujer.

—Por… por lo visto —objetó el padre de Leonardo titubeando un poco—, ahora a ti te… te gustan los afeminados.

—Está equivocado —respondió Denise—. No hay nada más triste que un hombre sin hombría. ¡Es maravillosa la fortaleza masculina!, pero la verdadera virilidad no domina ni manipula a las mujeres, sino las exalta y las defiende del mal. El hombre real es un conquistador que conquista a una sola mujer, participa del progreso de ella y está a su lado en los momentos difíciles. Cuando la mujer se embaraza, él se siente embarazado. Cuando ella tiene hijos, él los ve como parte de sí; guía a su familia con decisión hacia la cima, no le tiene miedo a los retos ni a las peleas contra los enemigos, porque sabe que en el mundo abunda la depravación y está dispuesto a dar la vida si es necesario por proteger a los suyos. 

Leonardo no había abierto la boca durante toda la sesión. Estuvo atento a los movimientos de su padre. Había ido a esa reunión dispuesto a aprender del gran sultán, pero sólo había captado que el jeque era un imbécil y el negocio del que vivían, era indigno y sucio. Cuando todos se levantaron para salir de la sala, Leonardo se quedó sentado por un largo rato. Las palabras de Guadalupe y Denise habían caído en su corazón como viruta de plomo. 

Leave a Comment

Your email address will not be published.

TOP

Selecionar divisa
EUREuro