Mientras Respire

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Mientras Respire Capitulos

1

Mireya había amado mucho, pero se equivocó al amar. Fue lastimada en nombre del amor, y eso la mató un poco cada día.

Llevaba varios días sin alisarse el cabello que se le encrespaba ante el menor descuido. Era pelirroja, de piel rosada, pecosa; sus dos dientes frontales le daban una apariencia infantil cuando sonreía, pero hacía tiempo que no se aplacaba el pelo ni mostraba su dentadura al reír. El rostro de Mireya había perdido el brillo cándido que la caracterizaba. Estaba muy lejos de parecer esa niña de cara redonda y caireles anaranjados. Ahora se veía como una señora madura, más bien tosca, fatigada de penas que le quitaban el resuello y le invertían la sonrisa dibujándole en las comisuras profundas marcas de expresión.

¿Cómo podía una mujer como ella, tan dulce, tan romántica, tan capaz de brindar cariño, haber errado no una, sino tres veces? ¿Cómo pudo dejarse usar por dos hostigadores para después entregar su corazón al hombre equivocado? De las primeras caídas se levantó encallecida y hasta incitada a la revancha. Pero de la última, no. Jamás se recuperaría. Había marcado su fin. No se sentía capaz de seguir viviendo.

Tomó un frasco de calmantes, vertió el contenido completo sobre su mano y lo miró. Necesitaba acelerar las cosas.

Echó las pastillas a la boca y las tragó.

2

Zoe tenía esposo, pero nunca estuvo enamorada; tenía hijos, pero hacía mucho que perdió la inspiración maternal.

Ella conocía el rechazo.

Sin recibir golpes físicos, su cuerpo le dolía. Viviendo en ambientes educados, fue vilipendiada en silencio: ignorada por sus padres, burlada por sus amigos escolares, repudiada por el único novio que tuvo, y maltratada emocionalmente por su marido.

Esa tarde, Zoe parecía más delgada de lo que era (su esbeltez extrema causaba la impresión de un serio problema alimentario); tenía ojos ambarinos, piel blanca y cabello oscuro. En la adolescencia, sus hermanos le decían “la bruja de Salem”, comparándola con la hechicera de mirada intensa y cabello largo, negro, que protagonizó una famosa película. Por eso, desde joven se cortó el pelo al nivel de la barbilla y no volvió a dejárselo crecer.

Aunque estaba en apuros, evitaba buscar ayuda. Sabiéndose enferma, no le apetecía sanar. Sufría el agotamiento de la soledad nociva, la corrosiva, la que le guillotinó el corazón centímetro a centímetro en los últimos años.

Zoe solía manejar un auto viejo; un auto cansado; tanto como ella… ¿y si se estrellara en la carretera? Dicen que muchos accidentes automovilísticos fatales son producto de impulsos suicidas (al llegar a la curva, el conductor decide acelerar en vez de frenar)…

Esa tarde se animó. Tomó el volante con todas sus fuerzas y se precipitó hasta el fin.

3

Ana era rubia, de ojos claros y piel canela. Cuando caminaba, hacía girar la cabeza de los transeúntes al pasar. Pudo ser modelo o actriz, pero la vida la llevó por litorales muy distintos. A causa de su belleza, se le endosaron fantasmas despiadados que la acompañaron desde niña y estuvieron a punto de destrozarla varias veces.

Alguna vez escuchó a especialistas asegurar que cuando un individuo se quita la vida, el demonio del suicidio permanece rondando en su familia hasta que logra poseer el alma de otro inocente (un hijo, un hermano, un padre) y después otro y otro más… Eso le parecía un cuento de terror. Pero su abuela se suicidó. Y ahí estaba ella. Cuestionando la autenticidad del cuento y observando el cuchillo en sus manos; una hoja de acero inoxidable afilada como navaja de afeitar.

Imaginó haciéndose una incisión precisa, profunda, que no dejara duda de su cálculo. Se puso el cuchillo en el cuello. No. Iba a ser difícil llegar a la yugular; está muy profunda; detrás de la tráquea. Cambió de sitio. Puso la punta afilada en la boca del estómago y se preparó a empujar como hacían los japoneses ancestrales practicantes del harakiri. Temió no tener fuerzas suficientes. Revisó el filo de la navaja. Volvió a modificar su posición; abrió la palma de la mano izquierda y buscó sus venas.

¿Por qué si había pensado mucho en esto, le resultaba tan difícil? ¿Por qué, si ya estaba muerta en un cincuenta por ciento, no podía completar el asunto?

El cuchillo reflejó la luz de la lámpara en su rostro. Entonces lo supo. Tuvo una revelación. No podría quitarse la vida por ella misma. Si no tenía valor para existir, menos para arrancarse de tajo la existencia. Alguien tendría que empujarla. A eso podría nombrarle “tesis del arrojo”. Aunque un individuo crea tener el valor para ciertas prácticas extremas por primera vez (como arrojarse de un paracaídas, cometer actos vandálicos, o inyectarse una droga devastadora), en realidad no puede hacerlo solo; necesita el apoyo destructivo de otras personas. O dicho más simple: Para aventarse al abismo, siempre ayuda un empujón.

En ese momento sonó el celular. Ana movió la cabeza expeliendo un reclamo.

—¿De veras?

Era típico. En las telenovelas, el teléfono sonaba siempre que alguien se iba a suicidar, y del otro lado se escuchaba una canción religiosa o especie de murmullo divino que iluminaba el alma del suicida y lo disuadía de sus intenciones. Ana levantó las manos en un gesto de sátira. El celular seguía vibrando. Seguro no era un ángel. Y si lo era, quizá pretendía decirle que dejara de jugar y se cortara las venas de una buena vez.

Miró la pantalla. Su amiga Mireya.

Puso el cuchillo sobre el lavabo y contestó con tono de ultratumba.

—¿Sí?

Pero la voz que le respondió era peor todavía.

—Ana… estoy muy mal…

—Ajá… ¿qué tan mal?

—Desesperada. Sin ganas de nada —la voz de Mireya se atoraba, pastosa, con dicción ininteligible y ronca—, me tomé una botella entera de pastillas para dormir. Pero vomité.

Ana se sentó sobre la tapa del retrete y emitió una especie de llanto combinado con risas. ¿Mireya le había llamado para pedirle ayuda?, ¿para contarle su zozobra, y recibir frases de aliento?

—Te equivocaste de número.

—¿Qué?

—¿Me llamaste para que te motivara? ¿Para oír que todo mal es para bien? Ay, amiga… A mí me encontraste en el baño, frente a un cuchillo.

Mireya no respondió. Pasaron un par de minutos en silencio. Ambas sabían que seguían ahí, del otro lado de la línea, porque podían escuchar sus respiraciones entrecortadas.

El celular de Ana vibró de nuevo. Había un cuadro de texto. Lo leyó. Era el colmo. Luego preguntó:

—¿Mireya? ¿Sigues ahí?

—Ajá.

—Escucha. Es increíble. Acaba de llegarme un mensaje de Zoe… dice que hoy sufrió un accidente en el que casi se mata; está desmoralizada —hizo una pausa enfatizando la ironía—, esto es una epidemia.

—Me estalla la cabeza.

—A mí también.

Pero no era la cabeza. Era el alma… era la montaña de recuerdos ingratos y aplastantes. Era la falta de razones para seguir luchando, traducida en falta de aire… en asfixia lenta.

—¿Qué más dice Zoe?

—Que está en el Café Holandés, frente al parque, sola. Quiere vernos.

—No sé si pueda caminar hasta allá.

—Pide un taxi.

4

Hacía frío. Un extraño viento helado se paseaba por las calles apoderándose de la noche y ahuyentando a los peatones.

El farol de la esquina prendía y apagaba de forma intermitente, emitiendo crujidos de un chisporroteo gaseoso y clandestino.

Ana llegó a la cafetería holandesa en pantuflas, vestida con ropa de felpa y sin bolso, como si la hubiesen sacado de la cama. Abrió la puerta de cristal que hizo sonar una campanita.

Vio a Zoe. Era la única clienta. Tenía la cabeza agachada. Su cabello negro le cubría el rostro. Estaba en la mesita más lejana. Llegó hasta ella y la saludó con cariño.

—Así que tuviste un mal día… quiero decir —corrigió—, otro mal día.

—El peor —Zoe respondió sin levantar la cara—. Gracias por venir, Ana.

La puerta del establecimiento volvió a abrirse y la campanita sonó de nuevo.

—Mireya acaba de llegar también.

Zoe echó un vistazo de reojo hacia el pasillo. Su fleco se movió dejando entrever profundas raspaduras.

—¿Qué te pasó?

Negó en silencio. Ana le puso una mano en la barbilla y le levantó el rostro suavemente. Mireya llegó hasta ellas y se tapó la boca en señal de asombro. Zoe tenía varias cortadas y un parche de gasa que le cubría el ojo derecho.

—Choqué… —dijo sin rodeos.

—¿Cómo?

—¿Por qué no se sientan?

—Con razón no vimos tu auto en la calle.

—Fue pérdida total. El coche quedó hecho añicos, sin vidrios; los ejes se doblaron, las llantas reventaron y se salieron de su sitio —comenzó a reírse como si tuviera un ataque de histeria—, pero el motor siguió andando. ¡No se apagó! ¿Lo pueden creer?, sacaba humo, olía a quemado y continuaba en marcha. Tuvieron que girar la llave del encendido para que se apagara.

—Tienes suerte de estar viva.

—Exacto, mala suerte —sus amigas cruzaron una mirada culposa—. En realidad me quería morir.

Las tres se embotaron en un silencio pincelado de angustia, como el de sobrevivientes exánimes que despiertan pesarosas en la fosa común después de una catástrofe. Fue Mireya quien quiso romper la burbuja pegajosa del pesar que las había aprisionado y preguntó los detalles; aunque sabía muy bien que los detalles no importaban.

—Cuéntanos; desahógate; ¿cómo ocurrió el accidente?

—Ya les dije; no fue un accidente.

—Sí. Sí, ¿cómo decidiste chocar?

—Aceleré a fondo y cerré los ojos… eso es todo…

—Pero pudiste matar a alguien más.

—Sí… Lo sé y no me importó. Pasé varios cruceros a toda velocidad. Fue un arranque de locura.

—¿Por qué?

—Estoy cansada de ser una marioneta, de no tener voz ni voto, de existir atrapada en una rutina hermética y sin sentido.

—¡Pero tienes un marido y dos hijos! —protestó Ana—. La familia que ni Mireya ni yo pudimos tener…

—Sí… —sonrió con tristeza irónica—. Mis hijos se fueron a un campamento de verano; yo iba manejando de regreso; después de dejarlos en el aeropuerto, comprendí que estaba regresando a una casa vacía… Mi esposo salió de viaje también, no me dijo por cuanto tiempo; esta vez se llevó mucho equipaje; demasiado; como si pensara mudarse. Ni siquiera se despidió de mí. Nadie me mira a los ojos; he pasado por muchas decepciones y supe que no deseaba volver a esa vida. Así que pisé el acelerador y me escondí detrás del volante. Llegué al final de la calle y tomé la decisión de estrellarme en la pared, pero en el último segundo tuve un impulso inconsciente que me hizo girar. Entonces me volteé.

La única mesera del establecimiento se acercó llevando los menús impresos, pero al percibir el rostro apesadumbrado de las mujeres, optó por pasar de largo sin molestarlas. Solo se detuvo un breve instante dejando las cartas en la mesa adyacente.

—Zoe —dijo Ana con voz de ultratumba—. Míranos… Voy a decirte algo que no vas a poder creer —Zoe se esforzó por abrir el único ojo que tenía sano—. Las tres somos amigas. Desde niñas jugábamos en la misma calle. Hemos llorado juntas muchas veces por nuestras tristezas, nos hemos consolado y ayudado. Pero hoy ocurrió algo realmente extraño —hablaba con voz neutra, sin emoción, como hablan las personas deprimidas—. Las tres quisimos quitarnos la vida. Cada una por su lado.

—Y no pudimos… —completó Ana.

Zoe asintió; la noticia le pareció lógica. Después de todo, eran casi como hermanas; estaban espiritualmente conectadas.

—El que quiere, puede —acotó Zoe—, en realidad no quisimos.

—Es verdad —se habían acercado al borde del abismo tratando de dar el salto, porque no eran felices, porque no veían cómo podían llegar a serlo en el futuro, y porque les aterraba seguir viviendo con ese miedo que a veces se convertía en pánico.

¿Por qué llegaron a la orilla de tal acantilado del que parecía no haber retorno?

Mireya tomó aire y su rostro se contrajo como si estuviese a punto de atreverse (de una vez por todas) a lo peor. Sus compañeras sabían que algo muy grave estaba cruzando por su mente. Y lo dijo:

—Suicidémonos juntas…

5

Zoe se dejó caer en una silla del comedor.

Tomó el celular y pidió dos pizzas. Lo hizo con voz débil. Tuvo que repetir la orden varias veces para que el joven al teléfono le entendiera.

Después, tambaleándose, caminó a la cocina y se preparó café. Su último café. Bebió un sorbo. Le supo amargo… Pero no lo arregló. Se sentó de nuevo y pensó.

Suicidarnos juntas. Esto es una locura.

Recordó las razones que dio Mireya en la cafetería.

—Antes de morir contaremos al mundo nuestras experiencias. Miles de personas se identificarán. Tal vez propiciemos que deje de sucederle lo mismo a muchas otras almas atormentadas.

La mesera se acercó para indicar que la cocina había cerrado; fue no solo ignorada, sino ahuyentada por las miradas hostiles de las tres únicas clientas.

Ana giró la cabeza cerciorándose de que nadie más la escuchara.

—Continúa.

—Expondremos nuestros testimonios y echaremos a andar los mecanismos para difundirlos.

—¿Los mecanismos? —objetó Zoe con voz vehemente pero manteniendo un volumen bajo, como quien discute los planes de robar un banco—. ¿Quieres que vayamos a televisoras? ¿Que demos conferencias o escribamos libros? ¡No sabemos hacer nada de eso! ¡Ni podemos! ¡Ni tenemos la energía, ni la libertad, ni las ganas!

—Espera, claro —Mireya parecía irónicamente convencida—, imaginen que plasmamos un mensaje. No por escrito, sino de viva voz. Tal vez en video. Esa evidencia podría dar la vuelta al mundo en Internet y se convertiría en un mensaje viral de protesta contra la manipulación sexual y afectiva.

—De eso ya hay mucho —protestó Ana.

—Pero no expresado por alguien dispuesto a todo —enfatizó—, a todo, por difundirlo.

Ana negaba con la cabeza.

—La gente acabará teniéndonos lástima. Quitarse la vida es símbolo de cobardía.

—No si en vez de quitárnosla, la damos para despertar conciencias.

—Me parece de lo más absurdo.

—Al revés. Eso hizo Gandhi con su ayuno, o Nelson Mandela con su encarcelamiento, o la Madre Teresa besando a los enfermos infecciosos. Al morir las tres juntas, dejando ese testimonio grabado, nadie verá nuestra muerte como un acto de cobardía, sino todo lo contrario. Representaremos a las personas que teniendo un motivo para pelear, eligen la lucha pacífica.

La voz de Mireya flotó en el aire con la densidad de una nube venenosa. Ana se quedó sin argumentos y Zoe sintió que la piel de los brazos se le erizaba. De pronto, las profundas lastimaduras de sus almas parecían tener cierto valor comercial a los ojos de Mireya. Ella era la contadora, la que todo lo tasaba en valores cambiarios. En algo tenía razón. Nadie en su sano juicio desea ser borrado de la Tierra como una brizna de polvo que se la lleva el viento. Aunque murieran, se había despertado en ellas la vocecita interna invitándolas a dejar una huella indeleble.

Zoe por tradición (la única casada, esposa de un empresario famoso) aprobaba o desaprobaba los planes de las tres. Así que Ana y Mireya la voltearon a ver.

—En mi casa hay una cámara de video profesional —comentó muy despacio—; es de Yuan; la tomaremos prestada. Por otro lado, conozco a una periodista promotora de los derechos humanos. Se llama Pilar Burgos. Voy a pedirle que grabe nuestras historias… Pero nadie le dirá lo que haremos después.

 

Sonó el timbre de la puerta.

Era Mireya. Había llegado media hora antes de lo acordado.

—Hola, Zoe. ¿Estás lista?

—Más o menos.

—Tienes el ojo muy amoratado. Parece que te atizaron a puñetazos. ¿Por qué te quitaste el parche de la cara? ¿Quieres darle un efecto más dramático a tu testimonio?

—No. Lo hice porque tenía comezón. Voy a aclarar que mi esposo nunca me ha pegado, pero así como me ven por fuera, estoy por dentro.

—Genial —Mireya se apretó el estómago con ambas manos; al encogerse pareció más baja de estatura, aunque junto a Zoe, siempre se veía pequeña—. Yo también estoy mal internamente. Desde hace rato siento unos cólicos que me están enloqueciendo.

—¿Quieres un poco de agua?

—Sí, por favor.

Mientras Zoe le servía un vaso, Mireya se acercó a la alacena y buscó algo para comer también. Solo encontró nueces rancias. Las vertió en una bandeja de cristal cortado y las llevó al centro de la sala.

—No veo la videocámara —dijo Mireya—, ni el tripié. Dijiste que tenías equipo profesional.

—Me equivoqué. Yuan se lo llevó; yo solo tengo esto —sacó del bolsillo del pantalón una camarita portátil—, pero no te preocupes. Pilar traerá la suya. Ella es periodista.

—¿Por qué te noto tan desganada?

—¿Por qué será, amiga?

¡Ring!

Volvió a sonar el timbre de la puerta.

Era Ana. La rubia llamativa. Con blusa de tela elástica y pantalones pegados a las piernas. Hacía mucho que Ana había dejado de ocultar sus formas femeninas detrás de ropas holgadas y era, por naturaleza, la más sensual de las tres.

—Llegas puntual —la recibió Mireya— y siempre de buen aspecto.

—Hoy ni siquiera me peiné ni maquillé —Ana tenía la boca seca—. Necesito un poco de agua.

—Toma —le dijo Zoe.

Mireya se mostró socarrona.

—En la mesa hay nueces rancias. Es la única botana de la noche. Zoe pidió pizzas como vianda de despedida. Ella tampoco se arregló. Mira sus pantalones bombachos. Claro. Los usa porque en las bolsas guarda su equipo fotográfico.

Zoe desaprobó la chanza.

—¿Qué te pasa, Mireya?

—El nerviosismo causa distintos efectos en la gente —diagnosticó Ana.

Zoe retomó el liderazgo con laconismo.

—¿Trajeron sus cartas para deslindar responsabilidades?

—Sí

—Pónganlas aquí.

Zoe les alargó una charola en la que ella previamente había depositado una nota explicativa de su suicidio. Mireya y Ana colocaron sus cartas. Dejaron el platón sobre la mesa central en la sala, junto a las nueces. Así sería fácil para las autoridades encontrarlo.

—Ana. ¿Conseguiste la droga?

Asintió.

—A verla.

Sacó una bolsita con tres frascos de plástico transparente.

—Son anestésicos; se usa para el ganado. Es la droga depresora más fuerte que hay. Podemos tomarla. Lo ideal sería inyectarla. No sentiremos nada. Será un viaje placentero. Nos quedaremos dormidas y cruzaremos la línea. Eso sí, tal vez al momento indicado, necesitaré que alguien me ayude. Yo soy muy cobarde. A ver cómo le hacen para darme el impulso. Es mi “tesis del arrojo”. Para aventarse al abismo, siempre ayuda un empujón.

Zoe ladeó el rostro sin saber a lo que Ana se refería. ¿Estaba sugiriendo que le dieran la droga diluida en algún alimento? ¿O que le pusieran la inyección por sorpresa? ¿Cómo esperaba ser “empujada”?

—¿Dónde la conseguiste?

—La conseguí. Eso es todo. Tengo contactos —cambió el tema—. Háblanos de la periodista que va a venir. ¿Podemos confiar en ella?

—Sí. Se llama Pilar Burgos. Tiene un programa semanal de reportajes en la televisora nacional. Es famosa por su dureza al abordar ciertos temas.

—¿Sabe lo que queremos hacer?

—Claro que no.

Las amigas se sentían como extrañas. Muchas veces habían planeado actividades juntas, pero ahora era distinto. La pesadez del aire las atormentaba y les quitaba la naturalidad al hablar.

—Me aterra desnudar mi alma frente a la cámara de una periodista —confesó Ana—, sabiendo que, después, miles de personas verán la grabación.

—Millones —dijo Mireya.

—Pero ya estaremos muertas —recordó Zoe.

El comentario sonó macabro. Sin embargo, el rostro y la mirada de Zoe también lo eran.

Guardaron silencio distraídas con su lista de pendientes. Todo parecía en orden. Las cartas explicativas en la charola; la droga mortal sobre la mesa; Pilar, la periodista que haría el reportaje póstumo, a punto de llegar.

Ana rompió el mutismo con una referencia triste.

—Nosotras somos como una familia… Alguna vez supe que en la casa para desahuciados de la Madre Teresa, los voluntarios ven morir todos los días a una o dos personas. Pero tienen esta filosofía. Dicen: «No podemos ayudar a nuestros enfermos a sanar, porque están desahuciados; en cambio, hemos decidido convertirnos en sus familiares; ellos no tienen familia, por eso los apoyamos, los abrazamos, les damos el último adiós. Eso hacen las familias».

El timbre.

¡Ring!

Eran las pizzas.

Zoe las recibió.

—Así que cenaremos comida chatarra —insistió Mireya—, Zoe. Hoy debiste cocinar. Hacer tus mejores guisos. Aún podrías al menos preparar una botana.

—Ja. —Zoe no estaba con ánimos para bromear; puso las pizzas sobre la mesa del antecomedor y pensó en reclamarle a Mireya que si tanto quería celebrar, hiciera ella las cosas, pero el mismo desaliento que no le permitió cocinar, ahora le impedía polemizar.

Volvieron a sentarse en sillas aisladas; de pronto se les habían agotado los temas. Envueltas en las más oscuras tinieblas de melancolía se preguntaban secretamente. ¿En realidad estamos haciendo esto?

A la media hora se escuchó de nuevo el timbre de la puerta.

Era Pilar.