Los fantasmas del espejo

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1

LA SIRENITA

Hoy cumplo quince años.

Hace un par de horas mamá me ayudó a ponerme este vestido asfixiante. Tiene largas cintas cruzadas en la espalda. Precisó jalar con mucha fuerza para cerrarlo. Lo logró; no pude creerlo cuando me miré al espejo. ¡Tenía una cintura diminuta! Mamá me felicitó y yo sentí una mezcla de alegría y odio.

Desde pequeña fui una niña llenita, pero ¿qué bebé rolliza no es hermosa? Nunca adelgacé, y al llegar a la pubertad mi madre me criticaba por estar un poco ancha; a mí no me importaba, sin embargo, cuando se acercó la fecha de mis quince años me convenció de que este día yo debía ser la más hermosa y delgada de la fiesta. Me compró un vestido de talla menor a la mía y lo colgó en el pasillo para motivarme a adelgazar. Ahora estoy aquí, sentada en medio del salón, respirando despacio y tratando de relajarme para disminuir mi consumo de oxígeno; no puedo entrar en pánico.

—Queridos invitados, ésta es una noche mágica. Bibiana la ha esperado ansiosamente. Siempre soñó con mostrar al mundo su belleza y gracia. La tienen aquí. ¡Véanla! Antes era gordita, pero ha bajado de peso. Se ha puesto muy linda, ¿no lo creen? Frente a ustedes, amigos y familiares, ¡una niña se está convirtiendo en mujer! ¡Una flor se está abriendo y hoy nos llena con su fragancia!

Aprieto los dientes y sonrío. ¿Qué rayos le pasa a mamá? ¿Cómo se atreve a decir esa sarta de cursilerías ante el micrófono? Cuando me quite la camisa de fuerza, todos se darán cuenta de que sigo siendo fofa.

—Ahora —prosigue—, mi exesposo, el padre de Bibiana, va a decir unas palabras.

¿Es mezquina o estúpida? ¿Para qué hace aclaraciones innecesarias? La mayoría de los invitados saben que ellos se divorciaron, pero a los demás ¿qué les importa?

Baja del estrado con los compases de aristocracia que la caracterizan mientras su exesposo sube por el lado opuesto.

Los altavoces emiten un chillido desagradable.

Papá no se inmuta.

Tiene una personalidad imponente.

Comienza a hablar. Sus palabras resuenan emergiendo de un amplificador ecualizado para la rumba y no para la oratoria. Aun así, las frases se entienden con claridad.

—Bibiana —trato de mirarlo a los ojos para concentrarme—, cuando eras chiquita le tenías miedo a la oscuridad. Me despertabas a medianoche y yo trataba de calmarte, ¿te acuerdas? Sólo podías dormirte si veías una película. Siempre pedías la misma. Con el paso del tiempo, en tus crisis nocturnas, ya ni siquiera te preguntaba. Encendía las luces, íbamos al cuarto de televisión y te ponía La sirenita. Sabías los diálogos de memoria. Entonces dejé de decirte Bibiana y te convertiste en mi sirenita. Hoy, Sirenita, linda, quiero decirte que siempre te tengo en mi memoria y en mis oraciones. Frente a toda esta gente te digo que te quiero. Ahora que ya no vivo contigo, he aprendido a valorar lo que significas para mí.

Agacho la cabeza. Pasa por mi mente la idea de correr a hacia él, pero ¿qué dirán los invitados? Por fortuna papá baja del estrado. Lo abrazo. Se escuchan aplausos.

El cantante de la orquesta, un hombrecillo extraño, se comide para fungir como maestro de ceremonias; modula con voz gangosa.

—¡Qué conmovedora escena! Sigamos nuestro programa y aprovechemos el momento para que la Sirenita baile el tradicional vals con su padre, el rey Tritón —risas del público, el locutor se disculpa con papá—. Perdón por el atrevimiento, ¿podemos decirle Sirenita a la quinceañera? Nos suena más original…

Papá asiente como quien da su consentimiento para el uso de un nombre registrado. Me desagrada la anuencia. Ese apodo es privado. Sólo nuestro.

Se escucha el vals.

Es un collage que yo misma hice combinando la música de películas clásicas que me gustan: Titanic, El guardaespaldas, Pide al tiempo que vuelva y Un amor para recordar.

Papá me conduce con suavidad hacia el centro de la pista. Mi movilidad es escasa. Aun así, procuro bailar con gracia.

Muy a pesar de la forma en que mamá lo dijo, es verdad: he esperado esta noche durante años. Me encanta sentirme admirada. Me fascina abrazar a papá y soñar que ha vuelto.

—Te ves muy hermosa hoy. Hice un largo viaje para estar a tu lado.

—Gracias —no digo más, sólo pienso: “Heme aquí bailando con un hombre alto, apuesto y corpulento que dice ser mi padre. La última vez que lo vi yo tenía sólo seis años de edad. Ya ni siquiera recordaba su rostro, pero ¡cómo he pensado en él! ¿Por qué tuvo que irse? ¿Éste es mi papá? Vean todos. ¡Tengo papá!”.

—¿En qué piensas, Sirenita?

—En nada.

El maestro de ceremonias emprende la lectura de nombres para que los invitados más cercanos bailen conmigo.

—Solicitamos la presencia del señor Rufino Pérez.

Papá cede su puesto a mi tío abuelo. Comienza el desfile de ancianos expertos en danzón y chachachá. Son anticuados pero elegantes y buenos bailarines de vals. Después pasan mis primos, tiesos, arrítmicos y punketos, vestidos con corbatas mal anudadas y trajes zancones que sólo usan en los velorios.

Aparece Aurelio.

El esposo actual de mi madre.

¿Pretende bailar conmigo? ¡Yo no lo puse en la lista! Nadie lo requirió. ¿Viene por su propia cuenta? Me toma de la cintura y comienza a oscilar como campana en el mismo sitio. No mueve los pies. Las manos le sudan.

—¿Por qué estás tensa, hija?

—No me digas “hija”. Ya conociste a mi verdadero padre.

—Veo que pudiste entrar en tu vestido. Te felicito.

Giro la cabeza para mirar hacia otro lado.

—Ahora, queridos amigos —dice el tipo del micrófono—, los invitamos a tomar sus asientos para presenciar dos bailes modernos preparados por la Sirenita.

Suelto a mi padrastro y camino hacia los sanitarios. Mamá va detrás de mí. En el trayecto me topo con Magali, la chica más popular de la secundaria. Viene peinada con un chongo ridículo.

—Que bien te ves, “Sirenita”. Luces espectacular.

—No te burles.

—Estoy hablando en serio. ¿Te pusiste a dieta? Cuéntame.

—Luego.

Paso de largo. Entro al baño. Mamá me sigue. Desata las agujetas de mi vestido y siento cómo mi tórax se ensancha.

Al fin puedo respirar.

—¿Qué van a decir los invitados ahora que descubran mis lonjas?

—No te preocupes. Tu vestido moderno también las disimula.

—¿Tienes un chocolate? Me estoy muriendo de hambre.

—Ni se te ocurra.

Durante dos semanas he llevado una dieta de emergencia. Mamá dice que funciona de maravilla. Cuando se iba a casar con mi padre tenía miedo de verse gorda en la ceremonia, así que siguió ese régimen y bajó dos tallas. También la usa cada año antes de las vacaciones de verano para poder lucir bikinis. Dice que cargamos el sobrepeso en los genes. Es nuestra maldición. Mis tías y abuelas son gordas. Mamá no. Yo tampoco. Por lo menos no hoy.

Me pongo el atuendo para el baile moderno. Aunque también ha sido confeccionado de forma estrecha, al menos no tiene cintas en la espalda. Salgo a la pista. Mis chambelanes están listos. El nerviosismo nos traiciona. Perdemos el ritmo y nos equivocamos varias veces. Al final, de todos modos la gente aplaude. Corro al baño a cambiarme otra vez. Estoy extenuada. El corazón me late en las sienes. Ahora usaré una muda de mezclilla. Me deshago del vestido y alcanzo los pantalones. Trato de ponérmelos. Se me atoran en la cadera. Hago un esfuerzo para subirlos. No lo logro.

—Tranquilízate. Tal vez si te sientas…

Obedezco. Comienzo debatiéndome sobre la banca y termino acostada. Me contoneo. Pujo. Grito. ¡Un calambre en la pierna derecha! Mamá se desespera.

—¡No más comida grasosa, hija! ¡Mira, qué vergüenza!

—Estoy débil.

—Es por el nerviosismo. Se te quitará en cuanto bailes.

Al fin logro vestirme. Voy al espejo. Me veo pálida. Tengo la boca seca. El corazón sigue latiéndome en las orejas. Me falta el aire. ¿Qué sucede? La gente espera. ¡Ánimo! Salgo hacia el corredor y entro al escenario de nuevo. Se escucha la música. Comienzo a bailar. Estoy mareada. Redoblo el esfuerzo, pero mi sonrisa se congela al momento en que escucho el golpe
de mi cráneo chocando contra el piso.

2

HOMBRES DE NEGRO

—¡Estúpida! ¡Ve lo que estás provocando!

—No me hables así. Yo no hice nada.

—¡Pusiste a dieta a Bibiana!

—Ella quiso. Además, ¿a ti, qué? Ya no vives con nosotras. Nos abandonaste.

—¡Soy padre de esta niña! El doctor dice que quizá está anémica por tu culpa.

—¡Ese señor no es doctor! Es un tonto enfermero.

—Como siempre, insultando a la gente. Todos aquí se están dando cuenta de por qué te dejé. ¡Pobre de tu marido actual!

—¡Tú no me dejaste! Huiste de la policía, que es muy diferente. De seguro todavía te buscan.

—¡La policía es mi amiga! Demostré mi inocencia. Soy una persona de bien. Si estás matando de hambre a Bibiana, voy a demandarte. Conseguiré la sentencia de un juez para que ella viva conmigo.

Veo borrosamente.

Hay un enorme grupo de personas a mi alrededor. En primer plano, dos jóvenes vestidos con bata blanca. Detrás de ellos, mis padres contendiendo. Reconozco los candelabros suspendidos sobre nosotros. Todavía estoy en el salón. Mi fiesta de quince años ha dado un giro desafortunado.

—Tranquilícense, señores. Por favor. La niña se está despertando.

Mi padre, del lado izquierdo. Alzo los brazos para detenerme de su cuello. Estoy aturdida.

—Chiquita. Sirenita…

Quisiera decirle que no debe culpar a mamá de mi desmayo, pues yo fui quien me puse a dieta; he luchado por no seguir siendo la obesa de la escuela. Pero también quisiera susurrarle al oído que escuché la discusión y anhelo con toda el alma irme con él a su casa.

—Papá, no me dejes.

—Yo vivo en otro país, pe… pero… —tartamudea—. Si quieres te llevo conmigo. Puedo arreglarlo.

Detecto su indecisión.

¿No lo dijo en serio? ¿Sólo estaba rivalizando con mi madre?, ¿luciéndose frente a los entrometidos? Cierro los ojos. Cómo quisiera explicarle que Aurelio es un morboso haragán que no pierde la oportunidad de mirarme el trasero. Una vez lo escuché cantar que las gordas tienen todo y un poquito de más, y que él disfruta ese poquito extra. Es un vulgar, manipulador y mantenido. Yo no necesito un padrastro. Por lo menos no a ése. Quiero a un padre. A mi padre…

—Sirenita, de verdad, sólo dímelo y veré la forma de llevarte conmigo a Estados Unidos. Te conseguiré escuela y juntos formaremos una familia…

Mamá se acerca y le grita.

—¡La estás martirizando! ¡Déjala! ¡Es su fiesta de quince años! ¿Qué recuerdos le van a quedar?

Reconozco entre la masa a varios amigos. También a Magali; la presumida. Unos están afligidos. Otros, contentos.

Papá lanza un ultimátum.

—Ya lo dije: ¡quiero que le hagan un examen de salud a Bibiana! Si está desnutrida, alguien tendrá serios problemas legales.

Lo suelto. ¡Ya ha sido suficiente!

—Necesito ir al baño.

Camino tambaleándome. Entro a un privado con inodoro. Pongo el seguro. Escucho los pasos de mi madre, que llega corriendo.

—¿Estás bien?

—Sí. ¡Déjame en paz!

Después de varios minutos, salgo. No hay nadie cerca. Me lavo la cara. Rechazo la idea de regresar a la “fiesta”. Avanzo sigilosamente hacia la calle. Los vigilantes, desconcertados, me observan pasar junto a ellos. Llego a la acera y me apoyo en un automóvil que está frente al salón. Escucho que se abren las portezuelas. Levanto la vista. Cuatro sujetos vestidos con traje negro se acercan a mí por ambos costados.

Retrocedo. Aunque es de noche, ridículamente dos de ellos usan lentes oscuros.

—¿Tú eres Bibiana?, ¿la quinceañera?

—Sí…

—¿Ya terminó el evento? ¿Dónde están tus papás?

Esto no me gusta. Trato de volver al salón. Los vigilantes han dado aviso a los invitados sobre mi furtiva escapadita. Llegan varios primos y tíos seguidos de mis padres.

Los cuatro sujetos de traje oscuro van directo hacia papá. Él se pone tenso. Mira hacia los costados como pensando en cambiar de ruta. No puede. Le muestran unos documentos.

Los invitados me conducen de vuelta al salón, como protegiéndome. Papá se queda hablando con esos señores.

Me invade el pánico.

—¿Papá? ¡Ven conmigo!

—Dame un minuto, hija. Ahora te alcanzo.

Todo parece volver a la normalidad. Mi fiesta continúa. La orquesta sigue tocando. Permanezco inmóvil. Papá ha dejado su saco sobre una silla. Espero que regrese. No lo hace. Mis primos me invitan a bailar. Les digo que tengo dolor de cabeza. Es verdad.

Tomo el saco abandonado y lo doblo para meterlo en la bolsa de mi vestuario.

Los invitados comienzan a despedirse. Hay demasiados murmullos alrededor. Percibo cómo la gente se compadece de mí. Ha sido una fiesta deslucida. Todos la recordarán por mi desmayo, la discusión enconada de los divorciados y la nueva desaparición del padre advenedizo.

Camino a casa, sollozo.

Mamá trata de consolarme. No la escucho. En cuanto llegamos, corro a mi habitación.

En la bolsa interior del saco de mi padre hay una cartera y un sobre abultado.

Apenas me encierro, pongo todo en la cama. El sobre contiene dólares. Los veo a contraluz. En la cartera hay una licencia de manejo y dos tarjetas de crédito a nombre de un norteamericano. Luego descubro lo más impresionante. Tardo en digerirlo. ¿Qué significa esto? ¿Mi papá se hace pasar por otra persona? ¡La licencia de conducir tiene su fotografía y el mismo nombre anglosajón de las tarjetas! ¿Usa una identidad falsa? ¿Cómo lo logró? ¿Y para qué?

Son las cuatro de la mañana. Suena el teléfono. Aún estoy enajenada frente a los documentos apócrifos cuando mamá toca la puerta.

—Bibiana lo tiene —la escucho decir como defendiéndose—, ella tomó el saco —vuelve a tocar—. ¡Abre! Te llama tu padre.

Giro la llave y arrebato el teléfono.

—¿Sí? ¿Papá? ¿Dónde estás?

—Hija, me detuvieron. Es una confusión. Tratan de imputarme cargos por el accidente de tránsito que tuvimos hace nueve años. ¡Pero eso ya está arreglado!

—Tengo tu cartera. Encontré una licencia y tarjetas de crédito muy extrañas.

—¡Guarda todo eso, por tu vida! Luego me las das. Ya te explicaré. Sirenita, sé que he sido un mal padre, porque ni siquiera te he mandado dinero. Pero he estado ahorrando durante mucho tiempo y te traje algo. En el saco había un sobre. ¿Lo tienes?

—Sí.

—¡Qué alivio! Mira. Contiene cinco mil dólares y una nota de felicitación. Es tu regalo de cumpleaños. No suple mi ausencia, lo sé, pero quise darte una pequeña muestra de cuánto te quiero. Eres mi única hija y pienso mucho en ti.

—Papá, ¿dónde estás? Déjame ayudarte.

—No te preocupes. Voy a resolver este asunto en un par de días. Entonces iré a verte. Pero, linda, perdóname por lo
que te voy a decir. ¡Vas a tener que prestarme tu dinero! ¡Luego te lo repongo!

—¡Por supuesto! ¿A quién se lo doy?

—A mi abogado. Se llama Lince Lara. Mañana va a pasar a verte. Amor, tengo que colgar. Cuídate mucho. Y come, por favor. No quiero saber que estás anémica.

Se escucha el tono de la comunicación interrumpida.

Mis movimientos siguientes son torpes y pausados. Abro el sobre con el dinero. En efecto, hay cincuenta billetes de a cien dólares y una nota en papel púrpura:

Para Bibiana, mi princesa encantada a quien tanto amo.

Sin que pueda controlarlo, el llanto se apodera de mí.

3

LA LEYENDA DE LAS BALLENAS

Veo el auto de mi padrastro.

Está frente a la escuela. Camino hacia él.

—Hola, Bibiana —sale a mi encuentro.

—¿Y mamá?

—Trabajando, como siempre. Me pidió que pasara por ti.

—Qué raro.

—Bueno —trata de congeniar—, la verdad es que necesito hablar contigo. Recogí tus exámenes de sangre. Saliste mal. Tienes anemia.

—¿Se puede estar desnutrida y gorda a la vez?

—Tú no estás gorda, mijita —me acaricia la cara—. Eres una mujer muy bella.

—¿Qué quieres?

—Sube al coche. Te voy a explicar.

Obedezco. El auto avanza.

—Tu papá está detenido —expresa de improviso—. Necesita el dinero que tienes para salir bajo fianza.

—¿Cómo sabes?

—Lince Lara fue a la casa esta mañana. Tú estabas en la escuela. Me explicó todo. Dijo que le hiciera llegar el sobre a los juzgados cuanto antes.

—Llévame con él. Yo se lo daré.

—Eres menor de edad. No puedes entrar a ese sitio. Déjame ayudarte. Se trata de un asunto muy delicado, de hombres. Confía en mí. Debemos movernos rápido. Además, tengo que decirte otra cosa. Platicando con el abogado Lara salió el tema de tus análisis de sangre y él comentó que levantarán cargos en contra de tu madre.

—¿Por qué le dijiste?

—Se me escapó. Lo siento. Puedo arreglarlo.

Llegando a casa le entrego los cinco mil dólares. Aurelio sonríe como si acabara de cerrar un gran negocio. De inmediato percibo que cometí un grave error.

Vuelve a acariciarme la cara, pero esta vez, como motivado por una euforia inusitada, baja la mano y toma el dije de oro que llevo colgando al cuello desde niña.

—Qué bella pieza artesanal —me roza un seno. Lo hace disimuladamente. Tengo ganas de escupirle, pero me quedo quieta. Sigue rozándome con el dorso mientras finge que admira mi dije.

—Bibiana, tu cuerpo es precioso. Recupera la salud sin engordar. No te vuelvas obesa.

Doy media vuelta y corro a mi cuarto.

Esa noche le digo a mamá:

—Aurelio me hace insinuaciones morbosas.

—Así son todos los hombres. Date a respetar y él se mantendrá alejado.

—¿Sólo eso? ¿No vas a regañarlo?

—Hija, las mujeres ponemos la pauta de las cosas…

Muevo la cabeza. ¡Cómo quisiera irme con mi padre! ¿Por qué se alejó de nosotras? ¿Qué ocurrió hace nueve años? Retengo ligeros vestigios de una noche lluviosa llena de automóviles atravesados en la vía rápida. Gente corriendo. Luces de patrullas y ambulancias.

—Mamá, ¿cuando yo tenía seis años chocamos en el auto?

—Sí, y hubo lesionados.

—¿Pero fue sólo un accidente?

—Así es —cambia el tema—. Hija, el doctor te recetó vitaminas. Necesitas fortalecerte.

—¿Por qué papá huyó a otro país y se puso otro nombre?

—Deja de atormentarte. Te compré nuevas películas para tu colección. Come bien y reponte.

La observo. No tiene sentido tratar de hablar más con ella.

Me dedico a ver televisión.

El cine es mi mayor pasatiempo. He visto cientos de películas. Sobre todo clásicas. Soy una verdadera cinéfila, conocida en todos los videoclubes de la zona.

Dejo de hacer ejercicio por completo y comienzo a ingerir comida chatarra.

Cuando estoy frente a mi padrastro devoro rebanadas de pastel y mastico con la boca abierta. Aurelio lanza una maldición y se va… Mamá también se pone furiosa, pero ya no me dice nada porque sabe que estuve anémica.

Poco a poco vuelvo a ser la niña rechoncha y cachetona de antaño. Procuro aceptar mi cuerpo.

—Todos somos diferentes —le digo a mi primo Lalo—. Yo soy gordita y punto.

—No digas eso, Bibiana. En tus quince años parecías una muñeca de porcelana. Tenías una cinturita así.

—Era mentira. Mírame bien, primo. Ésta soy yo.

—¡No! ¿Qué te pasó? Siempre has dicho que eres una triunfadora.

—Y lo soy.

—¿Cuándo has visto a una mujer exitosa gorda? No puedo creer que te rindas así. ¡Sólo haz ejercicio y mejora tus hábitos alimentarios! Es más fácil de lo que crees.

Lalo me ha decepcionado.

Estoy muy confundida. Por una parte, me gustaría dejar de preocuparme por mi peso y ser yo misma; pero por otra, a la gente le importa mucho este tema.

Me deprimo.

Debido a mi “cuerpo de uva” soy objeto de burlas; la gente me pone apodos y se ríe de mí. En la escuela me llaman la Sirenita obesa.

Entonces comprendo una verdad dolorosa: soy rolliza pero no debería serlo. Estoy mal. Mi cuerpo está mal. Ser gorda es como haber cometido un crimen. Todos me miran con lástima e incluso aversión. Pero yo no puedo dejar de comer. La comida me proporciona un placer inusitado. Todo el día ingiero chocolates, dulces, panes, frituras y refrescos. Únicamente comiendo y viendo películas puedo llenar el vacío de mi alma. Mas, por otro lado, sólo escucho hablar del sobrepeso.

Hacia donde volteo todo es light.

Prolifera gente comiendo ensaladas, tomando agua natural y yendo a gimnasios. De un día para otro cualquier persona alrededor está a dieta y quiere conseguir un cuerpo perfecto; la comida baja en grasas y el ejercicio son el tema central de las conversaciones.

Los medios de comunicación me bombardean con la idea de que si deseo triunfar, debo estar delgada; ya no hay pretextos para el sobrepeso, pues se han inventado aretes, cremas, parches, aparatos, píldoras milagrosas y cientos de productos más que nos permiten reducir tallas.

Lo comprendo bien: para el mundo, estar gordo es sinónimo de ser holgazán, sedentario o apático. (A nadie se le ocurre decir que las personas tenemos diferentes herencias genéticas). ¡Y los demás me dan recomendaciones a tiempo y destiempo! ¿Por qué viven fastidiándome? ¿Por qué se afanan tanto en cambiarme?, ¿por qué no dejan de criticarme? El tema es insultante. Escucho con la cabeza agachada y el corazón hecho pedazos. Las personas rollizas somos seres humanos de segunda categoría.

¿Me desprecian por tener unos kilos de más?

Hay gente que come sin remordimiento y no aumenta ni un solo gramo. Es injusto. Yo no tengo amigos ni pretendientes. ¡Odio mi cuerpo, me odio a mí misma, odio esas prendas de vestir en tallas diminutas, odio las modelos con cuerpos esqueléticos, odio usar ropa grande, odio los pantalones, blusas y ropa interior holgados!

Soy la más gorda de todas mis primas; y hasta algunas de mis tías, que tienen veinte años más que yo, lucen un cuerpo mejor que el mío y se visten más a la moda.

Ir a la escuela es una tragedia; mis compañeros suelen hacer chistes a costa mía. Otros, en cambio, se refieren a mí como “la gorda ésa”. No tengo amigas, porque no puedo confiar en nadie. Mis compañeras van al cine, de shopping, hacen fiestas y reuniones en sus casas, pero no me invitan. En la clase de natación todos se ríen de mí. Cuando me aviento a la piscina siempre escucho la misma broma. “Una tsunami”. “Se va a salir toda el agua de la alberca”.

Hay quienes a pesar de estar también gordos tienen la osadía de criticarme, en vez de preocuparse primero por sus propios cuerpos. Pero en cualquier conversación, en algún momento, siempre se habla de mi “problema”.

Estoy triste y la tristeza me da hambre… Pero también, si estoy sola, enojada, cansada o alegre (cualquier pretexto es bueno), me refugio en la comida. Incluso cuando me siento nerviosa, aunque no tenga apetito, me pongo a comer para calmar mi ansiedad.

Sé que esto es incorrecto, anormal, pero no puedo detenerlo. ¿Estaré enferma?

Cada mes engrueso un poco más.

Cumplo dieciséis años.

Mis primos y tíos organizan una fiestecita sorpresa. En medio de la cena sale a relucir (¡otra vez!) el tema de mi sobrepeso. Todos opinan al respecto y yo me siento agredida, lastimada, dolida. Los comentarios son humillantes.

La siguiente semana, le pregunto a mamá si no sabe nada de mi padre. Han pasado doce meses desde que lo vi por última vez.

—¡Deja de pensar en él! —me dice—. Echó a perder tu fiesta de quince años. También fue culpable de que cambiaras de alimentación, ¡te hizo creer que debías comer más! Ahora pareces una ballena varada. Mírate…

Hace poco vi un documental de ballenas varadas y La leyenda de las ballenas. Son animales enormes con una gran capa de grasa. Nunca nadie me había dicho algo tan horrible.

Esa noche lloro en secreto.

Al día siguiente, por la tarde, llega a la casa un hombre bajito, de abdomen sobresaliente y aspecto flemático. Lince Lara.

El abogado de mi padre.

Lo saludo con gran efusividad. Me dice:

—Gusto en conocerla, señorita Bibiana. ¿Cuándo regresó?

Frunzo las cejas.

—¿De dónde?

—Me dijeron que se había ido a vivir a otra ciudad.

—¡Jamás he vivido en otra ciudad!

El hombre se pone en pausa un par de segundos como vislumbrando lo que resulta obvio.

—Su padre estaba muy desconcertado. Nunca se explicó por qué usted no le envió el sobre que le solicitó. Con ese dinero hubiéramos podido hacer muchas cosas hace un año…

—¡Yo le mandé los cinco mil dólares, con Aurelio!

—Entiendo —mueve la cabeza—. El señor Aurelio me dijo que usted sólo le había dado mil quinientos y se había llevado el resto a su viaje.

—¡No…! —murmuro tapándome la boca.

—Sin recursos, me es imposible continuar defendiendo a su padre. Ahora las cosas se han complicado.

—Pero… —me quedo sin palabras. Agacho la cabeza. Después de un largo e incómodo silencio el hombre se despide.

—Bibiana, le dejo una tarjeta. Éste es mi celular. Si consigue dinero, llámeme.

—Espere, señor. Una pregunta: ¿usted le dijo a Aurelio que iba a demandar a mi mamá porque yo estaba anémica?

—No. En absoluto. Su papá y yo teníamos cosas mucho más importantes en qué pensar.

Siento la ira entumiéndome la quijada.

—Gr… a… cias.

Camino en círculos. Mamá y su marido no deben tardar en llegar. Me escondo junto a la vitrina del recibidor para esperarlos.