Cuando la presión interior estalla 

La epilepsia de nuestro hijo Daniel fue evolucionando poco a poco. Primero tuvo las llamadas crisis focales: constantemente decía oler o escuchar cosas que nosotros no percibíamos. Más tarde aparecieron las ausencias del pequeño mal: lapsos breves en los que suspendía toda actividad y permanecía con la mirada fija, como estatua, sin conocimiento y sin capacidad para responder a los estímulos. Por último, después de un largo periodo en el que no sufrió ataque alguno, padeció la primera crisis convulsiva tónico-clónica del gran mal

Aquella noche también hizo explosión la bomba familiar. Nos disponíamos a dormir cuando escuchamos la voz de Daniel que nos llamaba desde su recámara. Mi esposa acudió de inmediato. Yo tardé en reaccionar. 

—¡Guillermo, ven rápido, por favor! —la voz de Shaden sonó muy alarmada. 

Corrí al cuarto del niño. 

—Tiene alucinaciones… Otra vez. 

Mi pequeño lloraba, levantaba la mano derecha y señalaba a un ente monstruoso que sólo él veía. Su mirada angustiada y sus palabras incoherentes eran muestra inequívoca de la actividad eléctrica desordenada en su corteza cerebral. 

—Cálmate, mi vida —le decía tratando de abrazarlo—. No es nada… Cierra los ojos… 

Pero Daniel seguía gritando, lleno de un terror indecible.

—No quiero que se vayan —articulaba entre gemidos. 

—¿Qué dices? No nos vamos a ir… 

De momento se tranquilizó. 

—Los brazos me hormiguean —balbuceó—, tengo mucho miedo. 

—No pasará nada… —respondí al momento en que lo recostaba en su cama, anticipando lo que podría pasar… 

—Los quiero a los dos… juntos… 

Fue lo último que dijo antes de paralizarse. Entonces comenzaron las convulsiones. 

Shaden y yo habíamos leído respecto a las diferentes manifestaciones de la epilepsia, pero nunca, hasta esa noche, habíamos presenciado de cerca la fuerza de un ataque espasmódico del gran mal. Con torpeza, aflojé la ropa del pequeño para ayudarlo a respirar y puse almohadas a sus costados. La impotencia que me invadió era tanto más terrible cuanto más violentas las contracciones. Se recomendaba no tratar de inmovilizarlo, no introducir objetos en su boca ni darle medicamentos… Sólo esperar… 

Pasados algunos minutos, las sacudidas se fueron haciendo menos intensas hasta que desaparecieron. El niño recobró parcialmente el conocimiento, moviendo la cabeza y quejándose. 

Lo abracé y le susurré al oído que lo amábamos. Shaden también se acercó a acariciarlo. Era muy doloroso enfrentar el sufrimiento de un hijo y no poder hacer nada para ayudarlo. 

—No se divorcien… —articuló pastosamente, como si su mente se hubiese detenido en la misma idea anterior a la crisis. 

—Aquí estamos, mi vida —le dije con un nudo en la garganta—. Los dos, juntos. No te preocupes… Trata de descansar… Todo está bien. 

Ignoro cuánto tiempo pasamos contemplándolo. 

Después de un largo rato me incorporé e indiqué a mi esposa que debíamos dormir. No contestó. Me encogí de hombros. Si quería pasar la noche dándose de topes contra la pared, era asunto suyo. 

Salí del cuarto de mi hijo y me metí a la gélida cama matrimonial. Durante largo rato permanecí recostado con los ojos fijos en el techo. Cuando mi esposa entró a nuestra recámara, simulé dormir. Encendió la luz y se detuvo de pie junto a mí para observarme. 

—Sé que estás despierto. 

Permanecí inmóvil. ¡Qué infame se presentaba ante mi mente la cadena de preocupaciones! Sentía deseos de salir corriendo. ¿Cuánto tiempo hacía que no compartía con alguien mis sentimientos? 

Shaden comenzó a desvestirse. No entreabrí los ojos para admirar sus bellas formas, como lo hacía antaño. Se puso una bata y se acercó para decirme: 

—¿Qué nos está pasando, Guillermo? Me siento muy sola. 

Quise contestar “yo también”, pero mi boca permaneció cerrada. Trató de sentarse a mi lado y, como no halló espacio, se incorporó, confundida y triste. 

Se respiraba una atmósfera nostálgica, como si el aire hubiese multiplicado su densidad y tratara de aplastarnos… 

—¿Qué te ocurre? —insistió—. ¿Estás enojado conmigo? ¿Hice algo malo? ¡Dímelo! ¡Ya me cansé de tu silencio! 

—¡Déjame en paz! —espeté—. Estoy afligido por lo que acaba de suceder, ¿no te das cuenta? 

—¿Y tú crees que yo estoy feliz? ¿Por qué no podemos compartir nuestras ideas ni siquiera en momentos como éste? 

Miré el reloj.

—Van a dar las tres de la mañana. Tengo que levantarme a las seis. No es momento para compartir nada. 

—¡Siempre debes levantarte temprano! ¡Ahora trabajas más y tenemos menos dinero! ¿A qué se debe? ¿Por qué ya no vienes a comer? ¿Por qué llegas cada vez más tarde a casa? 

—¡Ya basta! ¡Déjame en paz! 

—¡No, no basta! Por favor, Guillermo. Explícame qué rayos está pasando. ¿Acaso hay otra mujer? 

—Sería bueno… 

Shaden se quedó quieta frente a mí, tratando de recuperar el aplomo. Un abismo infranqueable nos separaba. 

Recordé haber leído que cuando le preguntaron a cuatrocientos psiquiatras por qué realmente fracasaban los matrimonios, el cuarenta y cinco por ciento contestó que uno de los factores principales era la incapacidad de los maridos para expresar sus sentimientos. 

—Si tú y yo nos entendiéramos mejor, el más beneficiado sería nuestro hijo. 

Su último argumento me aplastó. Yo era capaz de hacer cualquier cosa por mi niño… 

Me senté en el borde de la cama frotándome la cabeza. ¡Cómo necesitaba dar escape a tanta presión interna, expulsar las penas, vomitar las toxinas de mi conciencia! La máscara que me caracterizaba era, en realidad, un mecanismo de defensa para ocultar mi naturaleza vulnerable. Ya no podía llevar más tiempo a cuestas esa carga de preocupaciones, miedos y conflictos irresolutos. ¿Cómo escaparía del laberinto? En el mundo competitivo de los negocios o de la política sólo se triunfa siendo diplomático, suspicaz y frío. Yo era así. Me resultaba muy difícil desahogarme porque estaba demasiado acostumbrado a callar…

—Hace tiempo que dejaste de luchar por nuestro matrimonio —remarcó mi esposa al verme enmudecido—, y Daniel no se merece eso. 

—¡Otra vez lo mismo! —contesté cayendo en la cuenta de que intentaba chantajearme—. ¿Quieres apartarte de mi vista? 

—Mira, Guillermo, yo también me estoy cansando de ti… He hablado con otras personas y todos están de acuerdo en que no puedes seguir tratándome de esa forma. 

—¿Todos están de acuerdo? ¡Vaya! Y de seguro tu madre es la primera en estarlo… ¿Cuándo aprenderá esa señora a no meter la nariz en lo que no le importa? 

—Pues, independientemente de lo que otros opinen, me estoy cansando, y debo decirte que si las cosas no cambian, vas a perderlo todo… 

Me puse de pie, sintiendo cómo la ira comenzaba a calentarme las manos. 

—¿Estás amenazándome? 

Tardó en contestar. Le costó trabajo cruzar ese puente y sincerarse. Al fin lo hizo: 

—Sólo quiero hacerte saber que ya no estoy dispuesta a dejarme tratar como basura… He comenzado a buscar asesoría legal. 

La miré con los ojos muy abiertos. 

—¡Pues pongamos manos a la obra! Diles a tus abogados mañana que envíen los papeles del divorcio a mi oficina. Yo me voy de una vez y para siempre.  

Caminé hasta el armario y comencé a arrojar mi ropa al suelo sin ton ni son. En realidad no deseaba divorciarme ni irme de la casa, pero tampoco podía mostrarme débil ante su desafío. 

Comencé a hacer mi maleta en espera de que se retractara, lo cual solía ocurrir: podíamos alegar durante horas sin llegar a ningún lado, pero en el momento en que yo usaba el recurso de esfumarme, ella cambiaba de actitud, se ponía en medio, me pedía que no me fuera y yo aprovechaba para lanzar blasfemias e insultos superlativos. Era una forma de recuperar mi autoridad. No era la mejor, pero a veces me sentía tan infeliz y devaluado que precisaba echar mano de cualquier recurso para lograr respeto. En la empresa, la gente me trataba con gran deferencia: los empleados me adulaban, las secretarias me brindaban un trato delicado, los proveedores me llevaban regalos y nadie podía entrar a mi oficina sin previa cita. En mi hogar, en cambio, yo era “el viejo”, “el ogro”, “el gruñón”, “el panzón”; cuando llegaba, las risas se apagaban y las conversaciones entusiastas entre mi esposa y mi hijo se desvanecían.

—Tú debiste ser hombre —dije metiendo la ropa sin cuidado en la valija—. Quieres llevar las riendas, pero a mí no me vas a manejar.

—¡Claro que me hubiera venido bien ser hombre para tener derecho a gritar, igual que tú!

—De todas formas lo haces. ¿O es que no te has oído, bruja histérica? Te gusta mandar y disponer, pero lo absurdo es que también quieres que te mantengan.

—¡Lárgate de esta casa!

—Claro que me voy. Ése siempre fue tu deseo, ¿verdad? ¿Por qué no lo dijiste antes?

—Porque te tenía miedo, pero ya no, ¿me oyes?

—Así que ése es tu plan. ¿Y desde cuándo? ¿Las feministas te lavaron el cerebro? ¿Te dijeron que debes estar en la moda de la liberación? Te advierto que si salgo por la puerta ahora, no volverás a verme.

—Ya no amenaces. Inspiras lástima. Vete. ¡Te estás tardando!

Me volví de espaldas y seguí haciendo mi maleta.

Mi esposa me tomó del brazo haciendo un último intento.

—Quiero que cuando estés lejos recuerdes la enfermedad de tu hijo —remató—. Ya viste cómo le afectó la idea de nuestra separación.

Me sacudí su mano.

—¿Le dijiste que estás consultando abogados?

—Sí. Para prevenirlo.

Pateé el equipaje y comencé a dar vueltas por el cuarto.

—¡Maldición! —mascullé—. ¿Sabes que haberle dicho eso pudo ser la gota que derramó el vaso en su sistema nervioso? ¡Maldición, maldición! —repetí dando dos, tres, cuatro puñetazos con todas mis fuerzas en la pared, hasta que un intenso dolor en los nudillos me detuvo.

Esta vez nuestra familia parecía a punto de sufrir un colapso radical. Salí del cuarto. Mi esposa me siguió hasta la sala.

—No podemos ocultarle a Daniel la realidad —dijo—. ¿Crees que es tonto? ¡Se da cuenta de todo! Además, no fue por eso que sufrió el ataque. Hace dos semanas le suspendimos el medicamento, porque los síntomas habían desaparecido, ¿ya no te acuerdas? ¡Por eso pasó lo que pasó!

—¿Dejaste de darle…? —me aproximé a ella respirando agitadamente. Dio un paso atrás.

—Sí. Acuérdate que te lo comenté.

—¡Nunca me dijiste nada!

—Lo hice, pero tienes la costumbre de no escucharme. Cuando hablo, piensas en otras cosas y me contestas a todo que sí.

El organismo de los animales, ante la ira o el miedo, deja de irrigar sangre al cerebro para tonificar los músculos y disponerse a huir o atacar. Algo parecido me ocurrió.

—Vaya. ¡Le suspendiste la medicina al niño y le produjiste angustia diciéndole que quizá sus padres se divorciarían! No cabe duda de que eres una real y reverenda estúpida.

—Y tú eres un cobarde. Como marido dejas mucho que desear.

—¡Cállate!

—¡Nunca has madurado! ¡Te crees muy listo, pero la verdad es que eres un cerdo que se escuda en el trabajo para no cumplir en su casa…!

Entre nubes detecté el peligro de mis impulsos y me volví hacia el vitral que estaba detrás; lo empuje dando un alarido. El emplomado cedió y el cristal se hizo añicos. Sufrí algunas cortadas.

—Todas estas figurillas son basura —bufé—. La casa entera lo es. ¿Qué caso tiene haber invertido tanto en ella si tú estás planeando divorciarte? —caminé batiendo muebles, rompiendo floreros y estatuillas—. Nos divorciaremos —dije acercándome a ella—, pero tarde o temprano me quedaré con el niño. Me iré de tu vida y me llevaré a Daniel.

—¡Estás loco! —gritó—. Vales más muerto que vivo. ¡Desaparece! Eres un maldito psicópata que…

No la dejé terminar. Alcé la mano derecha e impacté el dorso sobre su cara. Rodó por el piso. Se arrastró hacia atrás, aterrada, al tiempo que rompía a llorar.

Todo era inútil ya; nuestro matrimonio se había ido por las cloacas. Miré mi rostro desencajado en el espejo: parecía una bestia sin control. Sentí lástima y rabia.

Me dirigí a la recámara. La escena recién vivida me parecía un sueño incongruente y despiadado… ¡Le había pegado a mi esposa! ¡Yo, que siempre argumenté en contra de la violencia familiar! ¿Por qué? ¿Cómo caí en esa trampa?

Mucho tiempo después, reflexioné en que los hombres solemos incurrir con mayor frecuencia en adulterio, alcoholismo, infidelidad, abandono de hogar o mal humor crónico, no porque la naturaleza masculina sea más proclive a la corrupción ni porque a los hombres nos guste el libertinaje egoísta, sino porque las emociones no habladas, los sentimientos acumulados sin desahogo, ocasionan una presión interna que, tarde o temprano, nos hace estallar en escapes inaceptables y extremos ridículos.

Escuché a mi mujer hablando por teléfono. ¿A quién podría estar llamando a las cuatro de la mañana? Observé la extensión en la mesita del pasillo y me acerqué al aparato color pistache para averiguarlo; estaba a punto de descolgar cuando descubrí sobre la mesa un papel amarillento que hacía años no veía. Había sido colocado de forma evidente para que lo descubriera…

Shaden lo puso ahí. Era una mujer demasiado lista o demasiado ingenua…

2

¿Capacidad técnica o buenas relaciones?

Cinco años atrás, Shaden y yo habíamos participado en un retiro conyugal en el que hicimos una renovación de nuestros votos matrimoniales y firmamos juntos ese papel pergamino… No supe si lo había dejado junto al teléfono para burlarse, para despedirse o para hacerme sentir más humillado por mi brutalidad.

Cuando la oí colgar, bajé la escalera. Estaba sentada en un sillón de la sala. Daniel había despertado y se acurrucaba medio adormilado en su regazo…

Pasé de largo sin verlos, sintiéndome como cucaracha.

Al regresar de tomar agua que no apetecía, nuestros ojos se cruzaron. El rostro de Shaden estaba enrojecido por el golpe. Intente decirle que había visto la hoja con la promesa matrimonial de aquel retiro… que estaba muy arrepentido por haberla abofeteado… Fue un momento crítico, un momento de silencio en el que quise caer frente a ella y suplicarle que me perdonara… De haber hablado… de haber dejado que las lágrimas salieran… quizá la trayectoria que me llevaba directo al mismísimo infierno habría dado un leve viraje. Pero seguí caminando impasible y erguido.

Regresé a mi cuarto.

A los pocos minutos oí el pestillo del portón exterior y el motor del automóvil de mi esposa. Me asomé por la ventana.

Alcancé a ver en el asiento del conductor a Shaden y, junto a ella, los cabellos negros de mi hijo Daniel.

“Perro que ladra no muerde” (por lo menos mientras está ladrando). Yo, que había hecho un teatro amenazando con irme, aún seguía ahí. Ella, que no abrió la boca, ya se iba.

Pensé en detenerla, pero me moví muy despacio, como se mueve la gente atrapada en un episodio de depresión aguda.

Cuando llegué al patio, era tarde. El pequeño automóvil azafranado había dejado el garaje y se alejaba rechinando las llantas por la calle solitaria.

Me quedé dormido en el sillón de la sala, donde había visto a Shaden por última vez. Desperté cerca de las diez de la mañana. Creí que todo había sido una grotesca pesadilla, pero al reconocer el lugar, al verme vestido y con zapatos, me di cuenta con tristeza de que el desastre era real.

Contra toda voluntad, repetía en mi mente un poema de Bécquer que aprendí muchos años atrás. Me sacudía para alejarlo, pero los versos regresaban al pensamiento como moscas a la miel:

Asomaba a sus ojos una lágrima

y a mi labio una frase de perdón;

habló el orgullo y enjugó su llanto

y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino, ella por otro;

pero al pensar en nuestro mutuo amor,

yo digo aún: “¿Por qué callé aquel día?”

y ella dirá: “¿Por qué no lloré yo?”.

Encendí el televisor y dejé que las horas transcurrieran, una tras otra, como hipnotizado por un maligno sortilegio. Llamé a la oficina e informé que no iría a trabajar. Me sentía enfermo. Ya de noche me levanté a comer algo. Al pasar junto al espejo del comedor vi mi silueta enjuta y mi cara ojerosa. Recordé que en esos días quizá recibiría un importante ascenso. ¡Qué ironía! Mi estabilidad emocional se había menoscabado justo en el momento en que me encontraba en la cima de mi carrera.

Apagué el televisor y me fui a la recámara. Entre tanta confusión mental tuve la suficiente lucidez de entender que no podía deprimirme al grado de seguir inmovilizado. Al día siguiente me presentaría en la empresa y si lograba ver materializado el sueño de mi ascenso, tal vez la amargura de mi trago familiar se mitigaría con la dulzura de mi éxito profesional…

Pasé la noche dando vueltas en la cama. A las siete de la mañana me levanté con un terrible vacío estomacal. Fui a la cocina y bebí un poco de leche. Me metí al baño y me di una ducha… ¡Cómo necesitaba hablar con Daniel! ¡Explicarle que nunca lo abandonaría, que podía contar conmigo aunque su madre y yo viviéramos separados!

Terminé de arreglarme.

Subí al automóvil, salí de casa, y me encaminé hacia la empresa.

Mi despacho, aunque pequeño, era bastante privado. Cerré puerta y persianas antes de acomodarme en mi sillón ejecutivo para revisar papeles.

Una semana antes, el gerente general de la compañía había renunciado y yo era el principal candidato a ocupar su puesto.

Busqué en mis cajones el bosquejo del discurso que había preparado por si tenía que tomar la palabra y agradecer al Consejo su decisión de elegirme, pero no bien comencé a estudiarlo caí en la cuenta de mi enfermiza arrogancia. Todavía no se llevaban a cabo las votaciones y ya estaba acariciando la idea de dar discursos…

Arrugué el papel y me froté los ojos con fuerza. Sin darme cuenta, permanecí en actitud abatida, hasta que un ruido cercano me sobresaltó.

Karen, la asistente ejecutiva de la hasta ahora vacante rectoría, me observaba de pie en la puerta.

—Discúlpame por no llamar antes de entrar… —me dijo con su habitual tono dulce.

—No hay cuidado —respondí frotándome la cara.

—Guillermo, dentro de dos horas se llevará a cabo la junta para elegir al nuevo gerente general. Debes asistir puntual.

La miré. Era una mujer delgada, de cabello lacio y cuello largo; sus rasgos faciales, un poco toscos, eran suavizados por su culta y elegante forma de hablar. Tenía voz sensual, movimientos delicados, mirada penetrante y comentarios agudos. No podía calificarse como hermosa; sin embargo, cuando estaba a su lado me invadía una sensación de magnetismo. Admiraba en ella la claridad de pensamiento que mi esposa no tenía.

—¿Qué te pasa? —me preguntó—. Te ves muy preocupado.

—No es nada…

Entró al despacho. Cerró la puerta con lentitud y puso seguro por dentro. Quedamos en absoluta intimidad. Se sentó frente a mí con gesto de genuina preocupación.

—Cuéntame… ¿Tienes problemas en tu casa de nuevo?

—Sí… Esta vez son graves… Quizá definitivos…

Permaneció contemplándome muy interesada. Diríase que mi dolor le dolía. Karen era una compañera especial: divorciada y sin hijos. Desde que nos conocimos, cerca de un año atrás, se había dado entre nosotros, sin que ninguno lo provocara, una amistad singular.

—Ojalá mi esposa fuese como tú… —le dije.

Sus ojos brillaron con bondad. Tomó el papel arrugado que contenía el bosquejo de mi discurso y comenzó a alisarlo.

—Pase lo que pase —dijo casi en secreto—, cuentas conmigo.

¡Cómo apreciaba a esa dulce e inteligente mujer! ¿Por qué la conocí ya casado? Me puse de pie. Ella también lo hizo. Me refugié en sus brazos y me estrechó con ternura. No había mala intención de ninguna de las partes, pero el acercamiento se dio. Fue maravilloso sentir su calor, su preocupación por mí.

Le hablé al oído, titubeando, como un adolescente que se declara:

—Gracias, Karen… Eres una gran mujer. Yo siempre te he admirado. He luchado contra eso porque existen normas, pero ya no me importan —dejé de abrazarla para tomarla de las manos. Me observó, callada. Continué—: ¿Sabes?, jamás lo había aceptado abiertamente, pero te quiero mucho…

No se asustó ni se incomodó. Esa mañana la atracción nos envolvió como una llovizna imperceptible y, cuando nos dimos cuenta, ya estábamos empapados. Nuestras miradas cruzaron mensajes tácitos de una química ostensible.

—Yo también te quiero, Guillermo —aventuró con los ojos muy abiertos y el rostro encendido.

Bajé la cabeza y me tapé la frente con el puño de la mano izquierda. Un paso más y nada podría detener la reacción en cadena del episodio sensual.

Apartó el puño de mi rostro con un movimiento suave.

La observé en silencio. Es increíble la forma en que la mente puede analizar posibilidades y evaluar circunstancias provocando en el cuerpo una enorme respuesta sin que haya ocurrido nada aún. Nos abrazamos otra vez y, casi sin permitir lugar al raciocinio, nuestros labios se unieron en un beso largo. Hacia años que no besaba así a mi esposa, y me excité como en los remotos días de la juventud en los que acercarse a las chicas era todo un reto…

Nos separamos. Me tomó la mano derecha y la colocó sobre su cuello para que la acariciara. Lo hice muy despacio; no había ninguna prisa. Cerró los ojos y movió la cabeza en círculos. Al tocarla susurré que me sentía muy solo. Lo curioso era que en la antevíspera no pude decirle lo mismo a Shaden. Deslicé despacio la mano derecha hasta sus senos y seguí la trayectoria a la cintura con la levedad del artista que dibuja el cuerpo de su modelo.

Escuchamos sonidos que provenían del exterior. Me aparté de inmediato.

—La puerta está bien cerrada —murmuró.

La miré sin moverme. Para mí la sesión había terminado. Cuando el hombre sólo experimenta atracción sexual, puede escapar a tiempo, porque sus sentimientos están intactos, pero cuando la pasión se combina con sentimientos de afecto, se trata de algo más peligroso. Lo entendí y quise alejarme para reflexionar, pero Karen me tomó la mano y me atrajo para que recargara mi cuerpo en el de ella. Sus ojos profundos se clavaron en mi rostro. Con la voz más dulce que he escuchado jamás y la mirada más intensa, llena de deseo, que he visto, me dijo:

—Guillermo… hazme el amor…

No era una petición. No era un deseo. Era una orden.

Asentí en señal de promesa. Otro día. En otro lugar.

Unos minutos más tarde me encontraba en la sala de reuniones. La enorme mesa rectangular para juntas brillaba como si hubiese sido barnizada la noche anterior. Se llevaría a cabo la votación del Consejo administrativo para elegir al próximo gerente general. Había un ambiente tenso. Los nominados al puesto éramos un rígido ingeniero, un torpe licenciado en finanzas, una contadora inexperta y yo. Desde mi punto de vista, los dos primeros eran rivales interesantes, pero la tercera estaba descalificada de antemano; nadie se explicaba cómo había llegado tan alto.

Además de los cuatro postulantes, alrededor de la mesa se hallaban el presidente de la compañía, los seis miembros del Consejo Directivo y Karen, la secretaria que transcribiría los acuerdos.

El doctor Vallés, presidente de la compañía, hizo las presentaciones protocolarias, después aclaró las razones por las que el anterior gerente renunció a su cargo y agregó en tono de familiaridad:

—Quiero recordarles que los cuatro candidatos son técnicamente aptos para ocupar el puesto vacante. Cualquiera podría desempeñar con eficacia la función operativa, por eso, para hacer la elección, procuraremos observar el aspecto humano. Nuestra empresa necesita un verdadero líder.

Estos comentarios me pusieron nervioso.

—Estamos viviendo tiempos de cambio —continuó—. Ahora se sabe que los empleados mejores y más productivos no son quienes se entregan al trabajo con amargura para olvidar la pena de tener su vida personal deshecha. La verdadera calidad y rendimiento sólo se da en gente realizada, plena y feliz. Nadie puede gobernar con cordura y equilibrio su trabajo si no ha logrado gobernar su vida. Es del dominio mundial en las altas esferas de mando que en esta era ya no ganan los tramposos, evasores y desleales. ¡En el siglo veintiuno sólo sobrevivirán las empresas éticas, cuya calidad comienza con su gente! 

Hizo una larga pausa. Las manos me sudaban. Karen levantó la vista para mirarme. La ignoré. ¿Es que acaso el decano había tenido noticias de mi “vida personal deshecha”? ¿Se trataba de un plan estructurado para eliminarme? Era una gran mentira declarar que cualquiera de los candidatos desempeñaría bien la función operativa. ¡Todos en esa mesa sabían que yo era la única persona con la preparación y experiencia idóneas para el puesto! No podían eliminarme a menos que se basaran en cuestiones subjetivas. 

El director del Consejo agregó:

—Nuestro procedimiento de elección será sencillo. Cada uno de los cuatro candidatos llenará esta forma para evaluar a sus tres compañeros y a sí mismo. Concluirán diciendo, también por escrito, a quién elegirían para el puesto y por qué. Luego saldrán de la sala para que podamos deliberar.

¡Eso era una cuestión subjetiva! ¿De qué me había servido ser siempre tan exacto en mis cálculos, tan audaz en mis proyectos financieros, si al momento decisivo para subir el escalón clave iban a elegir al más simpático?

Se repitió en mi mente una pregunta que en otras ocasiones me había planteado: ¿Qué vale más en la vida?, ¿el trabajo o las influencias?, ¿el profesionalismo o las buenas relaciones? Siempre navegué con la bandera de que lo principal son los hechos y no los conocidos. En ese momento me pareció una conclusión precaria.

Para tratar de dominar la aprensión que me invadía, miré alrededor. Observé un cuadro del Apolo 11 al momento de su lanzamiento en Cabo Kennedy y mi vista se perdió en la antigua fotografía. Había algo en ella que me hipnotizaba.

Un cohete no puede ponerse en órbita sin la ayuda de un lanzador: otro pequeño artefacto que explota para después desprenderse. ¡Ahí estaba la respuesta! Yo tenía la inteligencia, la capacidad, la energía para desempeñar el puesto, pero necesitaba un lanzador que me pusiera en órbita; ese lanzador era la gente.

Miré a los tres compañeros que me evaluarían. Es importante la capacidad técnica, pero la fuerza propulsora inicial es dada por nuestras buenas relaciones humanas. Las personas y no los conocimientos son, en principio, quienes nos abren las puertas, nos promueven, apoyan e impulsan.

Nos hicieron llegar sendas carpetas con las hojas impresas que debíamos llenar. Revisé las preguntas preestablecidas para valorar a nuestros rivales. Me molestó leer el encabezado que decía “Apreciación de calidad”.

Eso era demasiado. Me puse de pie y dejé caer la carpeta sobre la mesa con energía.

—¿“Apreciación de calidad”? —protesté—. No me gusta este ejercicio. Me da la impresión de que se nos trata de tasar como productos de consumo.

Hubo un silencio cortante. Mi comentario hacía parecer ridículo al presidente corporativo. Todos lo miraron. El hombre se encaró conmigo y explicó despacio:

—Supongo que habrá leído el artículo “Calidad humana” que se publicó en la gaceta del viernes, ¿verdad?

—No, doctor… No lo leí.

—Pues nuestra empresa tiene una nueva filosofía y pretende lograr un estilo gerencial de esa clase.

—¿De qué clase? Le repito que no leí el artículo.

Los presentes me analizaron con descarada recriminación. No me dejé intimidar. Les devolví la mirada.

3

Calidad humana

—Bien —dijo el hombre—. Tome asiento. El primer punto que revela la calidad de una persona, tal como se especifica en el cuadro impreso que repartimos, es su trato sencillo y noble —se detuvo unos instantes para que no hubiese duda en el concepto. 

”¿Alguna vez ha hablado con alguien que mientras lo oye hace otras cosas? ¿Ha negociado con funcionarios a los que les gusta ser adulados y tratados como faraones? ¿Ha visto gente que, por tener un poco de poder, actúa como si fueran los elegidos de Dios? ¿Conoce personas que nos miran de arriba abajo con toda la intención de hacernos sentir inferiores? En realidad son seres de escasa categoría que ocupan puestos de primer nivel. Entiendan esto: cuanto más valioso es un individuo, más sencillamente se comporta, no importa la posición que ocupe o el dinero que posea. Quien da un trato adecuado jamás pasa de largo con hueca altivez; sabe comer en la mesa de los más humildes y de los más opulentos sin cambiar de actitud; disfruta al jugar con los niños, conversar con los ancianos, compartir sus conocimientos. Logra que los demás se sientan cómodos a su lado, como cuando se está con un amigo. ¿Viven ustedes de esa forma? ¡No hay nadie mejor que sus compañeros de trabajo y sus familiares para decirlo!”.

Bajé la cara. Los sufragios se complicaban y el anhelado puesto de gerente general se me iba de las manos. Sin querer recordé cuando mi esposa tuvo su segundo embarazo fallido. Insistió mucho en cambiar de ginecólogo; aseguraba que el nuevo doctor era más competente; yo sólo sabía que cobraba el doble. Al acompañarla a consulta me di cuenta de en qué consistía la “competencia” del nuevo médico: el hombre suspendía cualquier actividad para escuchar a Shaden con la paciencia y atención de quien dispone de todo el tiempo del mundo; contestaba sus preguntas, la hacía sentir en absoluta confianza. El doctor anterior, en cambio, era parco, de pocas palabras, frío, apresurado y en ocasiones sarcástico; se burlaba un poco de nuestra ignorancia y nos trataba como a inferiores. Huelga aclarar cuál de ellos tenía una cartera de pacientes más grande. Poca gente está preparada para medir la calidad profesional de los especialistas, pero cualquier persona puede evaluar la calidad humana, y es evidente que muchos preferimos pagar más con tal de recibir mejor trato.

—¿Quién de los cuatro candidatos cumple con este primer requisito? —preguntó el presidente.

La pregunta flotó en el aire. Yo, definitivamente, no…

—El segundo punto por evaluar es la confiabilidad. Reflexionen, por favor. ¿Qué distingue a las personas en quienes podemos confiar? Muy simple: son incapaces de traicionarnos, sabemos que no dirán nuestros secretos ni hablarán mal de nosotros; la gente confiable es honesta y gusta de decir las cosas cara a cara. Suena fácil, pero personas así no abundan. Con los años aprendemos esto muy bien: muchos amigos parecen confiables, incluso nos dan un trato sencillo y noble pero, al estar lejos, hablan mal de nosotros y nos difaman. ¿Cómo saber si una persona es confiable? Muy sencillo: evita decir cosas negativas de otros y no accede, ni por excepción, a contarnos los secretos de los demás. Quien aprovecha cada oportunidad para difundir los errores y tropiezos de sus conocidos, se queja de todo, o propone acciones que pueden perjudicar a alguien más, es una persona poco confiable. Se fingirá tu amigo mientras le sirvas para algo, pero hablará mal de ti a tus espaldas. El nuevo director de esta empresa debe aquilatar entre sus virtudes principales la confiabilidad. Él mismo debe preferir tener un equipo menos competente, pero más confiable; menos experto, pero con la camiseta puesta. El líder de esta empresa debe ser una persona discreta que no venderá un secreto al mejor postor. ¿Quién de los cuatro candidatos cumple este requisito?

Me sentía flotando en el limbo por la aprensión. En esa sala, varias personas me habían oído hablar de la “bola de brutos” que teníamos en el departamento de ventas. Me volví a ver a Karen como tratando de evadirme. Estaba cruzada de piernas junto al presidente. Mi pensamiento fantaseó con el deseo de estar con ella y hacer lo que me pidió. Dejarme llevar en esos momentos por la enajenación de mis instintos poco confiables me proporcionó un íntimo consuelo al comprender que estaba a punto de fracasar en mi más grande aspiración profesional.

—El tercer punto para determinar la calidad humana de una persona es su positivismo —declaró el presidente corporativo—. Las personas que más valen son positivas. Aunque les vaya mal y el ambiente sea hostil, permanecen optimistas, con deseos de seguir luchando. Las personas positivas no claudican, se caen y se levantan una y otra vez hasta lograr sus anhelos. Todos poseemos dos cristales a través de los cuales podemos mirar hacia el exterior: uno transparente y otro opaco. Quien está acostumbrado a ver por el cristal opaco es una persona negativa, todo le desagrada, no brinda ayuda gratuita ni tolera que le llamen la atención por su conducta. Se concentra en los defectos y acaba detestando a toda la gente con quien convive —Vallés se detuvo mirando a su reducido auditorio y concluyó—: Un vendedor profesional muy destacado decía: “Mi secreto consiste en concentrarme en las cualidades de la persona que voy a visitar; estando en su oficina, ignoro los detalles que me desagradan, y procuro hacerme una buena idea de mi cliente; me esfuerzo por admirarlo, apreciarlo, comprenderlo y hasta quererlo; todo es cuestión de concentrarme en lo bueno. El cliente percibe mi agrado sincero y deja de estar a la defensiva”. Esta cualidad funciona hasta con las cosas. Piensen en todos los defectos del coche que tienen y acabarán aborreciéndolo, y avergonzándose de él; en cambio, concéntrense en lo bueno del automóvil, en el servicio que les da, en lo útil que es, y aprenderán a quererlo, lo cuidarán y se sentirán a gusto conduciéndolo. Ser positivo es buscar lo bueno, es no dejar que las opiniones corrosivas influyan en nosotros. ¿Cuántas veces nos han hablado mal de una persona ausente y nosotros, dejándonos llevar por las habladurías, tomamos partido de inmediato? Este fenómeno es muy común, divide empresas, comunidades y familias.

Hizo una pausa para tomar agua y concluir:

—En este orden de ideas, anotarán en su hoja a cuál de los cuatro candidatos consideran más positivo.

La recepcionista, que se hallaba en el umbral de la puerta, aprovechó la pausa para hacerme llegar una pequeña nota. La leí de inmediato.

“Contador, dos hombres lo esperan afuera. Dicen que es un asunto urgente”.

Tardé en reaccionar. Era inusual que la recepcionista se permitiera interrumpir una junta de Consejo. ¿Qué asunto podía ser tan urgente y por qué no lo mencionaba en la tarjeta?

Me fue imposible abandonar la sala, pues el doctor Vallés continuó explicando el último de los puntos por evaluar y tuve que esperar hasta el final de su disertación para ponerme de pie.

—Las personas con mayor calidad humana —concluyó el anciano— también son generosas; ayudan a otros y hallan el equilibrio entre dar y tener. Piensen en aquel familiar, tío, madre, abuela, amigo, que siempre brinda ayuda, todos tienen algo que agradecerle. Alrededor de la gente buena, giran familias enteras; cuando ellos fallecen, muchas vidas se afectan porque eran la fuente de amor y bondad de la que otros se nutrían. Observen los negocios que prosperan: dan un poco más que los demás por el mismo costo. Siempre tienen algo adicional, un extra, una ganancia para el cliente. Proporcionar servicio real, trabajar más de lo que estipula el contrato, en ocasiones puede parecer injusto, pero quien lo hace resulta doblemente beneficiado. Queremos un gerente de ese corte ideológico: un poco altruista, un poco soñador, convencido de que va a cambiar la empresa para bien, que la calidad abarcará a todos los niveles jerárquicos y llegará al cliente. Queremos a alguien que no mida todos sus actos en dinero, que tenga la calidad humana de dar… ¿Quién de los cuatro candidatos es el más generoso?

Las miradas estaban fijas en el presidente. Su explicación había sido tan detallada que no dio lugar a preguntas.

Mientras los demás compañeros llenaban sus fichas de evaluación, me puse de pie suspirando. No cabía duda de que mi candidatura estaba perdida… Ante tan peculiares cortapisas no tenía nada que hacer ahí.

—Permiso —me disculpé—, ahora vuelvo.

En la recepción había dos hombres jóvenes vestidos con trajes oscuros.

—¿Quién me busca? —pregunté a la recepcionista para obligarla a presentarme a los aludidos.

—Los licenciados Ramírez y Pérez. Dicen ser abogados de su esposa.

Enfado y miedo convergieron en mi mente como un chispazo de neón.

—¿En qué puedo servirles, señores?

—Venimos a entregarle un convenio de divorcio que debe analizar y firmar para abreviar los trámites. El citatorio del juez le llegará muy pronto.

Si una mirada matara, ambos sujetos hubiesen caído fulminados al momento.

—Tanta rapidez significa que la muy… —me mordí el labio—. Ella ya tenía arreglado todo desde hacía tiempo…

—Por favor, revise los términos del acuerdo y firme las actas aquí y aquí. Mañana vendremos a recoger el expediente.

Los tipos me entregaron una carpeta que tomé trabado por la ira y la humillación. No di las gracias ni me despedí de los abogados.

Entré a la sala otra vez. Mi palidez debió ser manifiesta porque el presidente preguntó si todo estaba bien.

—No —contesté—. Cualquiera de mis tres compañeros resultará más sencillo, confiable, positivo y generoso. Yo sólo soy un buen contador. De todos modos agradezco que me hayan tomado en cuenta.

No esperé una respuesta. Recogí mis cosas y me retiré con una vehemencia que dejó a todos absortos.

Subí al automóvil dispuesto a emprender el largo camino hacia la casa de mis suegros. ¿En dónde más podía haberse refugiado Shaden? Si ella desde hacía tiempo estaba planeando nuestra separación, había llegado el momento de demostrarle que yo también sabía jugar sucio.

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