1

¿El trabajo? ¿Cuál trabajo?

Voy caminando sobre el pavimento mojado cuando un automóvil rojo se detiene junto a mí.

—¡Hey, amigo! —el conductor abre la ventana—. ¿Sabes dónde se encuentra la Escuela Tecnológica?

—Claro —contesto—, de allá vengo. Regresa por esa calle y después…

—No, no —me interrumpe—. Necesito que me lleves personalmente. Como un favor especial.

Titubeo un poco, aunque sé lo que debo contestar.

—Discúlpeme, pero lo más que puedo hacer es indicarle dónde está.

La ventanilla de atrás se abre y aparece el rostro de un compañero de mi salón.

—¡Ratón de biblioteca! No tengas miedo, sube al coche… El señor es profesor de biología y vende algunos productos para jóvenes. Quiere que lo llevemos a la escuela. Anímate. Acompáñame.

—¿Qué productos?

—Sube, no seas cobarde. Ya te explicará…

—Pe… pero tengo algo de prisa. ¿De qué se trata exactamente?

—Es largo de contar —interviene el hombre—; te interesará. Además, al terminar la demostración te daré algo de dinero.

Por la promesa económica, pero sobre todo por la evidente decencia del profesor de biología, la belleza del automóvil y la mirada confiada de mi compañero de escuela, accedo a subir. Es impensable que un hombre tan pulcramente vestido y de tan fina expresión pueda tener malas intenciones. Cuando me percato de mi error de apreciación ya es demasiado tarde.

Un viento helado silba en la ranura de la ventanilla haciendo revolotear mi ropa. Intento accionar la manija de la ventana pero ésta no se mueve. Está bloqueada.

—¿Cómo vas en la escuela?

—Pues bien… muy bien.

—No me digas que te gusta estudiar.

Lo miro a la cara. Conduce demasiado rápido, como si conociese perfectamente la colonia.

—Sí me gusta; ¿por qué lo pregunta?

—Eres hombre… supongo. Aunque te guste estudiar, piensa. Quizá no te gusta tanto y el trabajo que te voy a proponer es mucho más satisfactorio. Algo que le agradaría a cualquier hombre.

¿El trabajo? ¿Cuál trabajo? ¿No es usted profesor? ¿No vende productos? Mire… la escuela es por allí.

—Ah, sí, sí, lo había olvidado, pero no te preocupes, conozco el camino.

Percibo un sudor frío. “¡Estúpido!”, me repito una y otra vez. He sido engañado fácilmente. Me doy la vuelta en el asiento para ver a Mario, pero éste parece encontrarse en otro mundo. Hojea lentamente unas revistas, con la boca abierta.

—No te asustes, quiero ser tu amigo —el hombre sonríe y me mira rápidamente; de lejos, el saco y la corbata le ayudan a aparentar seriedad, pero de cerca, hay algo anormal en su persona; su mirada esdesagradable, tiene el cabello largo y grasoso—. Confía en mí, no te pediré hacer nada que te desagrade.

—Regréseme a donde me recogió.

—Claro. Si no eres lo suficientemente maduro para el trabajo te regresaré, pero no creo que haya ningún problema; supongo que te gustan las mujeres, ¿o no?

El hombre acelera; parece no importarle conducir como loco en plena zona habitacional. Estoy paralizado. Si sufrimos un accidente tal vez pueda huir, pero si no… ¿Adónde vamos con tanta prisa?

—¿Alguna vez has visto desnuda a una muchacha? No creo, ¿verdad? Y nunca has acariciado un cuerpo, ni lo has besado, ni lo has… —el hombre suelta una carcajada, hace un gesto obsceno y agrega—: Mario, pásame una revista para que la vea tu amigo.

Mi compañero escolar obedece de inmediato.

—Deléitate un poco con ella. Es una ocupación muy, muy agradable… —la portada lo dice todo—. Vamos. Hojéala. No te va a pasar nada por mirarla.

Abro la publicación con mano temblorosa. He visto en otras ocasiones algunos desnudos, incluso revistas “para adultos” que mis compañeros escondían como grandes tesoros, pero jamás algo como esto… El sentimiento del hombre, degradado hasta el extremo, extiende sus límites en mis manos. Me siento confundido. Toco las fotografías con las yemas de los dedos; son auténticas; estas personas realmente fueron captadas por la cámara haciendo eso… Lo que estoy mirando va más allá de la exhibición de desnudos. Llega a la más grotesca perversidad.

—¿Ya se te puso duro? —pregunta el sujeto.

Separa la mano derecha del volante y la lleva hasta mi entrepierna. Estoy paralizado, sin alcanzar a comprender lo que intenta hacer. Con un ágil movimiento introduce su mano en el pantalón y palpa mis genitales como queriendo corroborar la madurez de su presa. La inspección es rápida y siento una gran repulsión. Retira la mano para sentenciar:

—Necesito fotografías de chicos y chicas de tu edad. El acto sexual, como ves, puede hacerse con una o con varias parejas simultáneamente. Es muy divertido. También realizamos filmaciones. ¿Nunca has pensado en ser actor?

El auto desciende por una hermosa unidad habitacional, rodeada de parques y juegos infantiles. Tardo unos segundos en reconocer el lugar.

—¿Qué te parece esa muchacha?

Miro al frente e identifico a una joven vestida con el uniforme de la escuela. No tengo tiempo de hablar, el auto llega hasta ella y se detiene. Una cara conocida se vuelve con alegría. Se trata, ni más ni menos, de la chica pecosa que hace un par de meses presentó públicamente a la nueva compañera en la ceremonia cívica.

“¡Dios mío! —me digo agachando la cabeza—. Esto no puede estar pasando”. Durante dos meses he vigilado casi a diario a la joven de recién ingreso, profundamente conmovido por su estilo y he aquí que, antes de que ella sepa de mi existencia, me encuentro con su mejor amiga en las peores circunstancias.

—Qué tal, linda —dice el tipo llevando ahora la mano derecha a su propia entrepierna para acariciarse por encima del pantalón mientras habla—. Necesitamos tu ayuda. Nos perdimos; no conocemos estos rumbos y queremos encontrar una escuela de jóvenes.

—Pues, mire, hay una muy cerca.

—No, no. Queremos que nos lleves. Vendemos ciertos productos y posiblemente tú conozcas a alguien que se interese. Si nos acompañas te daré una comisión.

“¿Si nos…?”. La chica pecosa se percata de que hay dos personas más en el automóvil.

—¿Por qué no lo llevan ellos?

Cierro rápidamente el ejemplar de la revista, sujeto el portafolios y muevo la manija para abrir la portezuela. Ésta produce un ruido seco, pero la puerta no se abre. El tipo se vuelve con la velocidad de una fiera, me mira y sonríe burlón.

—Está asegurada… Tranquilízate o te irá mal —susurra.

La manija ha sido arreglada para que no pueda accionarse desde el interior. Me siento atrapado. La ventanilla tampoco se abre.

—¿Cómo te llamas?

—Ariadne.

—Tú debes de conocer a varias muchachas y ellos no —comenta el tipo jadeando—. ¿Qué dices? Si nos deleitas con tu compañía unos minutos te regresaré hasta aquí y te daré algo de dinero.

—¿Qué productos venden?

El hombre me quita la revista y se la muestra a la chica, cerciorándose de que no hay nadie cerca.

Mario ha dejado su propio entretenimiento e inclinado hacia delante sonríe, atento a lo que sucede, pero la vergüenza y la sospecha de saberse cerca de su primera experiencia sexual lo hacen esconderse detrás de la cabeza del conductor.

Ella se ha quedado inmóvil con un gesto de asombro sin tomar la revista. El hombre la hojea frente a ella.

—¿Ya te calentaste, pequeña?

Ariadne permanece callada; parece muy asustada, pero paradójicamente no deja de observar las fotografías. El hombre saca una caja de debajo del asiento, vuelve a cerciorarse de que no hay nadie en las proximidades y se la muestra.

—Esto es para cuando estés sola… ¿Lo conocías? Funciona de maravilla. Como el verdadero. Vamos, no te avergüences. Tócalo. Siente su textura…

La chica mira de reojo el pene artificial y luego a mí.

—Ya te sentirás con más confianza —asegura el hombre al tiempo en que continúan sus acaloradas caricias sobre el pantalón—. Tenemos muchas otras cosas cautivantes que te relajarán. Ya lo verás.

En ese instante la joven parece captar el peligro, pero llevada por una idea incomprensible, se presta a seguir el juego. El hombre le hace preguntas sobre su constitución, sus sensaciones, sus problemas, y ella responde con monosílabos y movimientos de cabeza.

—Está bien —asiente al fin con un viso de suspicacia—, los acompañaré a la escuela, pero con la condición de que me regresen aquí después.

—¿Vives cerca?

—Sí. Por la esquina donde va cruzando aquella muchacha.

—¿Es tu compañera? ¿La conoces? ¡Trae el mismo uniforme que tú!

—Estudia en la misma escuela.

—Llámala. ¿Crees que querrá acompañarnos?

Me quedo literalmente helado. No puede ser verdad. ¿De qué se trata? Es demasiada desventura. La hermosa estudiante de nuevo ingreso…

2

¡Te voy a enseñar!

El conductor toca la bocina del automóvil y saca el brazo para hacerle señales a la muchacha, invitándola a aproximarse.

Me tapo la cara con ambas manos.

Recuerdo que hace dos meses, cuando la conocí, el cielo amenazaba tormenta; había rayos durante la ceremonia cívica. Ariadne anunció por micrófono que había llegado una nueva compañera cuyo padre era diplomático y acababa de mudarse a nuestra ciudad. Después comunicó que dicha estudiante pasaría al frente a declamar un poema. A muchos, el asunto nos tenía sin cuidado. Vigilábamos con recelo las traicioneras nubes negras, pero cuando la recién llegada comenzó a hablar nos impactó su presencia. Como estaba en la primera fila, no pude evitar dar un paso para observarla mejor. Algunos payasos me imitaron en una parodia de querer irse sobre ella. La hermosura de la chica era insólita, pero lo más impresionante era su seguridad, su aplomo, la fuerza de carácter que reflejaba en su voz… En ese momento el fulgor de un nuevo rayo nos iluminó y casi de inmediato se escuchó el estridente trueno. Comenzó a lloviznar, pero nadie se movió. Fue un fenómeno interesante. La concurrencia quedó atrapada con la enérgica declamación.

Durante los siguientes días no pude detener la avalancha de emociones contradictorias. Me sentí enamorado, feliz, temeroso, expectante. La espié. Le escribí poemas. Imaginé que cuando ella me conociera a mí, también debía de impresionarse. Acerté a ese respecto. Me conocería ahora, como ayudante del promotor pornográfico a medio camino de seducir a su amiga la pecosa…

El conductor insiste llamando a la chica.

—¡Ven! —la llama y luego comenta en voz baja—: Así se completan las dos parejas.

—Prefiero ir sola —interviene Ariadne—, no la conozco bien y tal vez lo arruine todo.

La miro atónito. Miente… ¡Por supuesto que la conoce bien! Es su mejor amiga.

—Como quieras —dice el hombre—; vamos, sube entonces. No nos tardaremos mucho —esconde la revista y sonríe con malicia—. Sube al asiento de atrás. Por la otra puerta. Sólo se abre desde fuera.

La pecosa rodea el auto. El hombre sonríe mirándonos a Mario y a mí alternadamente en señal de triunfo.

El movimiento de la mano de Ariadne es lento y nervioso. El pestillo de la cerradura trasera se destraba con un chasquido metálico. Después abre también la portezuela delantera y comienza a dar pasos hacia atrás, alejándose del vehículo.

—¿Qué haces? ¿Adónde vas? Me lo prometiste, no tardaremos, vamos, ¡sube ya! Los dos muchachos son buenas personas, verás como no te dolerá. Todo te gustará mucho. Vamos, ¡sube ya!

Ariadne echa a correr calle arriba. El hombre, furioso, comienza a tocar el claxon.

—¡Mario, ve por ella!

El chico obedece; aprovecho para saltar del auto, pero apenas he dado unos pasos reparo en que he dejado mi portafolios. Regreso, me inclino para alcanzarlo y el hombre me coge de la muñeca.

—Espera, cretino, tú vienes con nosotros.

Me sacudo pero es inútil. Llevo la mano libre hasta la de mi opresor y trato de arrancarla de mi antebrazo.

—¡Suélteme…! —murmuro mientras le entierro las uñas en la piel y le empujo la mano.

El tipo es mucho más fuerte de lo que jamás hubiera pensado o yo soy mucho más débil. Veo la enorme cara llena de hoyuelos y sus ojos que me miran sin mirarme.

¡Te voy a enseñar a que no seas un maldito cobarde! Te voy a enseñar.

—¡Suélteme!

—Te voy a enseñar… —y empieza a arrastrarme al interior del auto.

Desesperado, forcejeo y casi logro zafarme, pero el hombre me detiene con el otro brazo. Como último recurso, le escupo a la cara, entonces me suelta dando un alarido. Empuño mis útiles y echo a correr, pero mi cuerpo no se ha equilibrado con el peso del portafolios y éste se me enreda entre las piernas haciéndome trastabillar. Me voy al suelo de frente y meto las manos un instante antes de estrellar la cara contra el pavimento. Mi portafolios rueda; por fortuna no se abre. El auto rojo está a media calle. Veo cómo Mario regresa al vehículo sin haber alcanzado a su presa, me grita algo que no entiendo, vuelve a subirse al asiento trasero, cierra su portezuela mientras el conductor cierra la delantera; veo cómo se encienden los pequeños focos blancos de las luces traseras y escucho al mismo tiempo el ruido que produce el engranaje de la caja de velocidades cuando el tipo intenta embragar la reversa con prisa.

Me pongo de pie. Voy hasta el portafolios, lo levanto y, vislumbrando la entrada de un extenso campo lleno de árboles, inicio una nueva carrera, desesperado por alejarme. El automóvil viene en reversa hacia mí. Puedo sentirlo, puedo escucharlo. Está a punto de alcanzarme cuando llego a la banqueta y giro hacia la izquierda sin dejar de correr. Mi mente es un mar de ideas contradictorias, de imágenes excitantes y repugnantes a la vez.

Cuando me he alejado lo suficiente y veo que no me siguen, aminoro el paso y me tiro exhausto en el césped.

3

Mario tomó agua de mar

Al llegar a casa, voy a mi habitación, ofuscado, desorientado. La noche me sorprende antes de que pueda tener alguna conclusión clara. Cuando calculo que todos se han dormido ya, salgo de mi cuarto y voy al pasillo de los libros. Enciendo la luz y trato de encontrar algo que me ayude a razonar mejor. Alcanzo varios volúmenes, sin saber lo que busco y me pongo a hojearlos en el suelo. Hay obras de sexología, medicina, psicología. Trato de leer, pero no me concentro. Después de un rato me levanto y deambulo por la casa; al fin me detengo junto a la ventana de la sala.

No puedo apartar de mi mente las imágenes impresas que vi. Regresan una y otra vez. Pero van más allá de un recuerdo grato. Son más que un estímulo sexual; llegan a ser un nauseabundo sobreestímulo.

Con la vista perdida a través del vidrio, abandono la ingenuidad de una niñez que me impulsaba a confiar en todos.

De pronto me embarga la intensa sensación de estar siendo observado. Giro despacio y doy un salto al descubrir a mi madre sentada en el sillón de la sala…

—¿Pero qué haces aquí?

—Oí ruidos. Salí y te encontré meditando. No quise molestarte.

Agacho la cara sin acabar de comprender. ¿Qué significa eso? ¿Ha escuchado mis murmullos? ¿Ha detectado mi desesperación y tristeza? ¿Por qué penetró sin anunciarse en mi espacio de intimidad?

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunto.

—Como media hora.

—¿Sin hacer ruido? ¿Sin decir nada?

—Quise acompañarte… eso es todo.

No comprendo. Incluso me siento molesto.

—Vi que revisaste varios libros. ¿Buscabas algo en especial?

—No, mamá. Mejor dicho, sí… No sé si contarte…

—Me interesa todo lo que te pasa. Estás viviendo una etapa difícil.

—¿Por qué dices eso?

—En la adolescencia se descubren muchas cosas. Se aprende a vivir. Los sentimientos son muy intensos.

Me animo a mirarla. La molestia de haber sido importunado en mis elucubraciones se va tornando poco a poco en gratitud.

Me agrada sentirme amado, ser importante para alguien que está dispuesto a desvelarse sólo por hacerme compañía.

—No todas las personas de buen aspecto son decentes, ¿verdad?

Ella guarda silencio. Es una mujer preparada. Tiene estudios de pedagogía y psicología. Quiere escuchar más para darme una opinión.

—Fui convencido por un farsante que se hizo pasar por profesor de biología.

—¿Convencido de qué?

—Soy un estúpido.

—¿Qué te pasó?

—Un hombre… me invitó a subir a su coche. No te enojes, por favor, sé que hice mal, pero parecía un hombre digno de confianza.

Permanece callada esperando que aclarare las cosas.

—Ninguna editorial, marca o compañía distribuidora avalaba la impresión de esas revistas.

—¿Qué revistas?

Me da vergüenza describirle a mi madre lo que vi. Mujeres mostrando groseramente las partes más íntimas de su anatomía; aparatos extraños usados por ellas para profanarse; cópulas simultáneas de dos hombres con la misma mujer, de dos mujeres con el mismo hombre, coito de niñas y niños con adultos.

—¿El hombre que te invitó a su coche era promotor de material obsceno?

—Sí…

—¿Te hizo algo malo?

—No. Escapé. Pero Mario, un compañero de mi salón, se fue con él. Parecía muy entusiasmado con el trabajo.

—¿Qué trabajo?

—El de actor…

Mi madre tiene la boca abierta. Me observa asustada. Respira y asiente muy despacio.

—Tenemos que dar aviso a las autoridades.

—Sí, lo entiendo.

—La pornografía infantil es un negocio que cada vez crece más. Hay que ayudar a detener esto. ¡Dios mío! Nunca pensé que estuviera tan cerca de mi familia. Ve las noticias. Abundan adolescentes secuestrados que son objeto de abuso, jóvenes atrapados por bandas de drogadictos, falsas agencias de empleos que solicitan modelos jóvenes para embaucar a los chicos que llegan y enrolarlos en la prostitución…

—Sí. Ahora lo sé.

—¿Qué sucedió en el coche de ese hombre?

—Nada. Sólo me mostró algunas cosas. No puedo apartarlas de mi mente… Sé que son sucias pero me atraen. Me dan asco pero me gustaría ver más. No entiendo lo que me pasa.

Se pone de pie y camina en círculos; respira hondo como controlando un furor que quiere explotar. Luego viene hacia mí.

—Te voy a contar algo. En un naufragio, los sobrevivientes se enfrentan con la más terrible tentación: Beber agua de mar. Quienes lo hacen, lejos de mitigar su sed, la acrecientan y mueren muy rápido. Lo que ese hombre te ofreció es agua de mar… Los adolescentes son como náufragos con sed. Lo que has descubierto parece apetecible, pero es veneno. Amárrate al mástil de tu embarcación si es necesario, como lo describe Homero en la Odisea cuando habla de las letales sirenas que cantaban atrayendo a los marinos a una muerte segura.

Mario tomó agua de mar.

—Sí, pero eso no significa que tú estés a salvo. Volverás a recibir ofertas.

—Y cuando ocurra no voy a correr; no debo asustarme de todo lo que veo. Si existe una realidad que yo ignoraba debo enfrentarme a ella y aceptarla.

—Estás en un error. Tú sabes que existen serpientes. Eso no significa que debes convivir con ellas. Son traicioneras. Un domador de circo pasó trece años entrenando a una anaconda. Parecía tener el control del animal. Se ufanaba de ello. Preparó un acto que funcionó bien, pero una noche, frente al público en pleno espectáculo, la serpiente se enredó en el hombre y le hizo crujir todos los huesos hasta matarlo. Miles de muchachos mueren asfixiados por una anaconda que creyeron haber domesticado.

Hay un largo silencio. Recuerdo las publicaciones.

—Ahora entiendo por qué ese material no tenía el sello de ningún productor. Es un delito y los creadores se esconden en el anonimato.

—Sí, hijo; poco a poco los comerciantes están siendo cada vez más descarados. El negocio de la pornografía y de los “juguetes para adultos” reporta utilidades multimillonarias en todo el mundo. Es como la droga. Los empresarios que están detrás de esto son capaces de comprar a funcionarios y conseguir permisos para difundir sus productos. ¿Quién autorizó que hasta en los puestos de periódicos se venda parte de ese material? ¿Cuál es el límite de lo que pueden vender? Los promotores de promiscuidad se enriquecen chillando que tienen derecho a la libertad de expresión y que nadie puede probar que sus productos sean dañinos, pero es un hecho que millones de personas son afectadas directa o indirectamente por esa basura. Cuando la policía registra las pertenencias de los criminales, siempre se encuentra con que son aficionados a la más baja pornografía y a todo tipo de perversiones sexuales.

Me incorporo y camino hacia mi madre para abrazarla. Por un largo rato no hablamos. Es innecesario.

—En la maestría de pedagogía debes de haber leído muy buenos libros. ¿Podrías recomendarme alguno?

—Claro. Vamos.

Tomo como tesoro en mis manos los cuatro volúmenes que me sugiere cuando llegamos al pasillo del librero. Regreso a mi cama y los hojeo. No puedo leer. El alud de ideas contradictorias me impide concentrarme lo suficiente. A las tres de la mañana apago la luz y me quedo dormido, sin desvestirme, sobre la cama.

4

Vaya que vienes decidido

Miércoles 20 de marzo

Quisiera ser escritor. Como mi abuelo. Escribir es una forma de desahogo cuando la sed nos invita a beber agua de mar.

Por eso inicio este diario.

Tengo muchas cosas que escribir.

La primera, la más importante y con la que quiero fundamentar esta libreta, es una pequeña historia de amor que me contó mi abuelo y con la que me identifico:

—————————————————

Un hombre cayó prisionero del ejército enemigo. Lo metieron a una cárcel subterránea. Su nuevo mundo era oscuro, sucio, lleno de personas enfermas y desalentadas. Poco a poco se fue dejando vencer por el maltrato hasta que la hija del rey visitó la prisión. Era una princesa hermosa, única. Se llamaba Sheccid.

Fue tal el desencanto de la princesa Sheccid, que suplicó a su padre para que sacara a esos hombres de los calabozos y les diera una vida más digna. Pero el rey no lo hizo.

Sheccid lloró de tristeza.

El prisionero del ejército enemigo comenzó a soñar con Sheccid. La había visto claramente. La escuchó hablar, observó su mirada, contempló su llanto. Quedó cautivado y se preguntó qué tendría que hacer para alcanzarla y conquistarla. En primer lugar, salir de esa cárcel. Escapar. Después, emprender un intenso trabajo personal para ser mejor y llegar a pensar, actuar y vivir como un príncipe; alguien digno de ella.

Así fue como desplegó una compleja estrategia.

Se escapó de la cárcel y se entregó en cuerpo y alma a su propósito. Siempre motivado por el secreto amor hacia su princesa.

———————————–

Quiero pensar que este diario lo escribo para alguien muy especial.

Mi princesa:

He pensado tanto en ti durante estos días. He vuelto a soñar contigo de forma insistente y clara. Tengo miedo de que tu amiga Ariadne se me anticipe y lo eche todo a perder antes de que me conozcas. Por eso, la próxima vez que te vea me acercaré a decirte que, sin darte cuenta, me has motivado a escapar de mi prisión y ser mejor.

Me encuentro sentado en una banca del patio transcribiendo en mi libreta un poema, cuando la veo a lo lejos.

Algunas veces su rostro se oculta detrás de los transeúntes, otras se descubre en medio del círculo de amigas con todo su fulminante parecido al rostro que me atormenta en sueños. Las manos me sudan, los dedos me tiemblan. La boca se me ha secado casi por completo. Tengo que acercarme. Lo he prometido. Echo un último vistazo al poema que copié antes de cerrar mi libreta.

Yo no sé quién eres ni cómo te llamas;

no sé si eres buena, humana y piadosa,

o eres como todas, como tantas otras,

insensible y falsa. Te conozco apenas,

a través del velo de mis fantasías

y mis esperanzas. Ignoro tu vida,

tus glorias pasadas, y las ilusiones

que para el mañana hilvana tu mente.

Y hasta tu mirada me es desconocida,

porque no he tenido la suerte de verte

de cerca a la cara. Sé que puedo amarte,

porque me haces falta y estar a tu lado

cuando tú lo quieras, y para tu historia

¡ser todo o ser nada! No obstante que ignoro

quién eres, cómo eres… y cómo te llamas.

Martín Galas Jr.

Veo a la chica fijamente. Pienso que mientras esté rodeada de tantas personas me será imposible abordarla, pero de pronto el grupo de muchachas comienza a despedirse y en unos segundos la dejan totalmente so… ¿la? Me pongo de pie. Camino unos pasos dudando. No dispongo de mucho tiempo, pronto terminará el descanso y ella se esfumará nuevamente. Avanzo sin pensarlo más.

Me mira y al hacerlo percibo una mueca de desagrado como mostrando absoluta indisposición para atender a ningún conquistador. Me detengo a medio metro de la banca. Frente a ella compruebo que de cerca es más hermosa aún. Al ver que no digo nada, enfrenta mi mirada con intensidad en pleno gesto interrogativo.

—Hola —la voz sale de mi garganta insegura pero cargada de suplicante honestidad—. ¿Puedes ayudarme?

Ella frunce las cejas, como si hubiese esperado otras palabras y otro tono de voz.

—Sí. ¿De qué se trata?

—Se trata de… bueno, hace tiempo que deseaba hablarte… En realidad hace mucho tiempo —su postura trasluce una primera buena impresión, pero, ¿cuánto tiempo durará si no encuentro algo cuerdo que argumentar? Debo pensar bien y rápido. Comienzo a construir y descartar parlamentos en la mente a toda velocidad: Es difícil abordar a una joven como tú… No. Muevo la cabeza. Eso es vulgar; entonces: Si supieras de las horas en que he planeado cómo hablarte me creerías un tonto por estar haciéndolo tan torpemente… Sonrío y ella me devuelve la sonrisa. No puedo decir eso, sonaría teatral, preparado, pero tengo que decir algo ya.

—Te he visto declamar dos veces y me gustó mucho.

—¿Dos veces?

—La segunda lo hiciste para toda la escuela en medio de una tormenta.

—¿Cómo? ¿La segunda?

—La primera lo hiciste para mí… En sueños… —la frase no tiene intención de conquista, es verdadera; tal vez nota mi seriedad y por eso permanece a la expectativa—. Declamas increíblemente —completo—. Estoy escribiendo un diario para ti. Quiero ser tu amigo.

—¿Por qué no te sientas?

Lo hago y las palabras siguientes salen de mi boca sin haber pasado el registro de razonamiento habitual.

—Eres una muchacha muy especial y me gustaría conocerte.

Vaya que vienes decidido.

Muevo la cabeza. Eso fue un error. Tengo que ser más sutil y seguir un riguroso orden antes de exteriorizar mis pensamientos.

—¿Por qué no empezamos por presentarnos? —sugiere—. Mi nombre es…

—Sheccid —la interrumpo.

—Che… ¿qué?

—Mi abuelo es escritor. Lo admiro mucho. Cuando yo era niño me contaba cuentos. Él me platicó la historia de una princesa árabe extremadamente hermosa llamada Sheccid. Un prisionero se enamoró de ella y, motivado por la fuerza de ese amor, escapó de la cárcel y comenzó a superarse hasta que logró entrar a trabajar al palacio como consejero del rey; pero él nunca le declaró su amor y ella se casó con otro de sus pretendientes.

Me mira unos segundos con sus increíbles ojos azules.

—Y esa princesa se llamaba… She… ¿cómo?

—Sheccid.

—¿Así que vas a cambiarme de nombre?

—Sí. Pero no quiero que te cases con otro sin saber que yo existo.

Ríe y mueve la cabeza.

—¿Siempre eres tan imaginativo?

—Sólo cuando me enamoro.

Me doy cuenta de que he pasado nuevamente por alto el control de calidad de las palabras y me reprocho entre dientes:

Que sea la última vez que dices una tontería —pero a ella no le ha parecido así, porque sigue riendo.

De pronto se pone de pie con el brazo en alto para llamar a una chica que camina lentamente cuidando de no derramar el contenido de dos vasos de refresco que lleva en las manos.

—¡Ariadne, aquí estoy…! —baja la voz para dirigirse a mí—. Te presentaré a una amiga que fue a la cooperativa a traer algo de comer.

Al instante siento un agresivo choque de angustia y miedo. La pecosa llega hasta nosotros. Bajo la cabeza pero me reconoce.

—¡Hey! —grita histérica—. ¿Pero qué haces con este sujeto…?

—¿Qué te pasa, Ariadne? ¡Estás temblando! Vas a tirar los refrescos.

—¡Es que no comprendes! —me observa con ojos desorbitados—. ¡Dios mío! ¿No sabes quién es él?

—Acabo de conocerlo, ¿pero por qué…?

—Es el joven del automóvil rojo de quien te hablé.

—¿El de…?

—¡Por favor! ¿Ya se te olvidó? ¡El de las revistas pornográficas! A él y a otro de esta escuela les abrí la puerta creyendo que el tipo que manejaba los tenía atrapados, pero me equivoqué. Corrieron detrás de mí para obligarme a subir con ellos.

—¿Él…?

—Sí.

—¡Increíble…! —murmura—. ¿Conque me viste declamar en sueños y vas a ponerme el nombre de una princesa que inventó tu abuelo? —da dos pasos hacia atrás y se dirige a su amiga para concluir—: ¡Pero qué te parece el cinismo de este idiota!

No puedo hablar. Las miro estupefacto. No vuelven la cabeza. Simplemente se alejan.

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