Juventud en éxtasis

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Primera parte

Sexo por placer

1

Las motivaciones sexuales

Hechizado por las bellas y voluptuosas formas de Joana, la miraba de hito en hito conversar con sus amigas a unos metros de distancia.

Ocasionalmente giraba la cabeza para asegurarme de que su corpulento galán no llegara. Tal vez había terminado con él y ahora estaba disponible… Apreté la mandíbula: no debía hacerme ilusiones. El hecho de que la mujer más bella de la escuela estuviera sola en la fiesta de fin de curso y que, por coincidencia, tampoco yo fuera acompañado, no significaba que el destino quisiera nuestra unión. De cualquier forma, la ansiedad me invadió, como ocurría siempre que vislumbraba la posibilidad de una aventura sexual.

Cursaba el cuarto año de la carrera de odontología y me consideraba experto en placeres corporales. Había aprendido (después de varios insultos y bofetones) a seducir mujeres con sobrada destreza. Era capaz de oler las posibilidades de un encuentro íntimo y, cuando echaba el ojo a una joven, casi siempre lograba conducir un romance con ella hasta las últimas consecuencias.

José Luis, el único profesor (joven y libertino) que se prestó a acompañarnos a la fiesta de despedida, se aproximó a mi mesa.

—¿Qué te pasa? —preguntó dándome un efusivo golpe en la espalda—. ¿Te libraste al fin de Jessica, la “Virginia-casta”?

Reí con reserva. En el ambiente universitario los chismes corrían rápidamente y no era de extrañarse que José Luis estuviera enterado de mis conquistas más importantes. Además, era un profesor amigable a quien alguna vez me acerqué para pedirle consejos.

—Sí —le contesté—. Terminamos hace un par de días. Tú sabes: Jessica es de esas chicas que te complacen sólo con la condición de casarse al día siguiente.

—Lo suponía. Y ten cuidado. En esta época hay varios millones más de mujeres buscando matrimonio que hombres, así que…

Asentí sin palabras.

Observé que Joana se ponía de pie dirigiéndose al tocador. Quise incorporarme para ir tras ella, pero la presencia de mi profesor de anatomía me lo impidió. Contemplé el extraordinario cuerpo de mi compañera alejándose. Llevaba un vestido de algodón extremadamente ceñido, como los que usan las bailarinas de ballet, con un amplio escote en la espalda y un atrevido agujero al frente que ventilaba, a la vista de todos, su ombligo y su vientre plano.

—Esta noche no se salva —susurré para mí.

—¿Decías algo?

—No, profesor… es simplemente que… —me detuve valorando lo que significaba conversar a solas con José Luis en un ambiente de igualdad. Podía preguntarle cualquier duda que en clase hubiera sido impropio mencionar… Y mi maestro era un joven sexualmente experto, que además de tener instrucción académica comprobada, había vivido en unión libre tres veces.

—Hay asuntos que no comprendo —retomé—. ¿Por qué las mujeres son tan impredecibles? De pronto se te ofrecen envueltas en una nube de romanticismo y al rato están agobiadas por la culpa y la tristeza; a una hora alegres, y a la siguiente iracundas. Visten y se exhiben para excitar al hombre y luego exigen distancia… No las entiendo… ¿Sienten el mismo deseo sexual que nosotros? Si es así, ¿por qué se hacen tanto del rogar? Y, sobre todo, ¿cuál es la razón por la que después de entregarse parecen tan desilusionadas?

Alzó las cejas asombrado por mi cuestionamiento múltiple.

—Esa respuesta te costará por lo menos una copa.

Llamé al mesero con la mano, dejando que José Luis ordenara en cuanto llegó.

—¿Y bien?

—Si deseas entender a las chicas debes saber que ellas suelen manejar la sexualidad de modo diferente a los varones. Se excitan más lentamente y en el proceso brindan mayor peso a los aspectos psicológicos, como el buen trato, las palabras amables, la sinceridad, la caballerosidad, el liderazgo… Es muy difícil que una mujer joven llegue al orgasmo a menos que se sienta realmente comprendida, valorada; fuera de peligro, protegida y no forzada por su compañero. Las condiciones mentales son difíciles de lograr, por eso muchas chicas experimentan excitación, pero sin llegar a la resolución, sintiéndose después usadas y denigradas.

—Entonces, ¿por qué cada vez las mujeres son más provocativas y liberales? —pregunté—. Hoy en día la mayoría mantiene relaciones sexuales fuera del matrimonio.

En ese momento se acercaron a la mesa Ricardo y Alfredo, dos buenos amigos. Nos saludaron de mano y tomaron asiento. José Luis respondió con furor a mi pregunta sin inhibirse en absoluto, o quizá motivado aún más, por la presencia de los arrimadizos.

—Te lo voy a volver a explicar, de otro modo. En una relación íntima, interviene tanto el cuerpo como la mente. El hombre tiene un orgasmo de origen físico; puede sentir el mismo placer haciendo el amor con una jovencita, con una mujer madura, con una amiga, con una desconocida o tocándose mientras hojea sus revistas; la única diferencia entre uno y otro evento estribará en que algunos le producirán mayor excitación, pero al momento de llegar al clímax se convulsionará de placer en todos los casos. En cambio, la mujer es más idealista y sentimental. Su orgasmo tiene un origen fundamentalmente psicológico. A ellas les gusta sentirse admiradas, amadas, deseadas; les agrada que perdamos los estribos por su causa, las conquistemos y les demostremos cuánto estamos dispuestos a hacer por tenerlas. Ésa es su retribución. Como ves, también satisfacen un deseo. El placer femenino está conectado directamente a su psique…

—Y el masculino a su…

Reímos por la seña obscena de Ricardo.

Busqué con la vista a Joana. Aún no salía del tocador. Estaba dispuesto a abordarla. Era una decisión motivada por esa energía física que, para ser bien aceptada por ella, tendría que disfrazarse de fuerza psicológica. Parecía complicado, pero dejaba de serlo en cuanto te acostumbrabas a ello. Lo haría a como diera lugar. Imaginarme su piel desnuda me alteraba de forma ingente. Ella tenía el tipo especial de cuerpo que yo jamás había tocado (muslos largos, senos grandes y firmes, caderas prominentes, piel blanca), además de poseer otros elementos eróticos muy discretos: tono de voz intimista, timbre sensual, mirada displicente, seriedad altiva…

El mesero de la asociación estudiantil nos hizo llegar la charola de botanas y una garrafa mediana de licor.

—Y tú, ¿lograste acostarte con Jessica? —me preguntó Alfredo mientras descorchaba la botella—. Todo el mundo se pregunta si habrás vencido a la puritana.

—Sí… —confesé titubeante—, fue una experiencia muy triste. Puso demasiadas condiciones. Me da un poco de pena… creo que en verdad me amaba. ¿Saben lo que me dijo después de entregarse? Que a todas las muchachas se les presiona intensamente para que tengan sexo; que si tratan de ser decentes, sus compañeras se burlan y los muchachos las ignoran; que, por eso, la mayoría, al sentir el rechazo, acceden a la vida sensual tan apreciada en el medio juvenil. Sentí lástima por ella y decidí dejarla. Las mujeres no se dan cuenta de que a esta edad los hombres no buscamos relaciones fijas; buscamos placer, diversión, aprendizaje; cuando sentemos cabeza pensando en una relación formal, desecharemos de inmediato a todas aquellas con las que nos divertimos, para buscar a esa muchacha seria, ignorada en el ayer, que supo darse a respetar.

—¡Cierto! —aprobó José Luis—. Una cosa es tener novia para divertirte y otra muy diferente es elegir a la madre de tus hijos… En ese caso siempre querrás a una joven diferente, difícil de conseguir, no como la piedra pateada por decenas de hombres, sino como el diamante intacto que sólo a ti te fue posible alcanzar.

—¡Eso es definitivo! —contribuyó Alfredo con entusiasmo—, pero no se lo digas nunca a una mujer o a un moralista porque te tildarán de “macho”. Obviamente, si se desea aprender a manejar un auto, son preferibles los usados… pero cuando se trata de escoger el automóvil definitivo, para toda la vida, hasta el más idiota preferiría uno nuevo.

—Aunque hay algunos usados muy bonitos…

Volvimos a reír. Lo que comenzó como una pregunta de consulta, se había convertido en una polémica en la que todos parecíamos expertos.

—El sexo es algo muy emocionante —dijo José Luis mientras se servía más licor—. Lo malo es que no es gratis, siempre hay que pagar por él: a veces con dinero y a veces con halagos o palabras cariñosas.

—Pagar por él… —repitió Alfredo reflexionando—. Qué gran verdad. ¡Ahora lo entiendo! Las sexoservidoras son groseras, desconsideradas y cobran en efectivo; en cambio, una compañera de la escuela se arregla con su mejor ropa, se lava, se maquilla, se perfuma y se va a la cama contigo si a cambio le prometes entrega eterna y amor total. Ése es el pago que debes hacer. Hay que ser muy hábil para manejar bien el asunto sin ser descubiertos, pero dominando la técnica se obtiene lo mejor al precio más barato. ¿No es así?

Así era.

Los crujidos estruendosos del aparato de sonido nos impidieron seguir hablando. Mi vista se perdió en ese mundo de ideas. Resultaba interesante analizar las motivaciones sexuales en la etapa juvenil, contemplar el hilo negro y apreciarlo en toda su longitud. ¿Cómo era posible que las chicas vivieran ignorando algo tan obvio?

Comenzó una melodía conocida. Varias parejas caminaron hacia la pista tomadas de la mano.

Joana salió del baño, arreglada y seria. Se paseó entre las mesas con galanura. De inmediato me puse de pie.

—Ustedes perdonarán —dije bebiéndome de un sorbo el contenido de mi copa—, pero tengo asuntos urgentes que atender…

Mis amigos y José Luis hicieron una bulla.

Caminé directo a la muchacha interponiéndome en su camino.

Fingí no verla hasta que estuvimos muy cerca.

—¡Hola, qué sorpresa! —le dije—. Te ves muy hermosa esta noche —hice una ligera reverencia—. ¿Me concederías esta pieza?

Joana me miró y asintió.

—Claro.

—¿Vienes sola? —pregunté mientras nos dirigíamos a la pista.

—Sí.

—¿Y Joaquín? ¿Por qué no te acompañó?

Sonrió tristemente:

—Terminamos hace una semana.

El corazón me dio un vuelco. Quise decir lo siento, pero en cambio, el rostro se me iluminó con una alegría nerviosa. Era demasiado bueno para ser verdad. Esa chica siempre se paseó por sitios públicos ostentando un novio mal encarado, ¡y ahora se hallaba sin compromisos, bailando conmigo!

Por unos minutos no pude decir nada. Mis estrategias de conquista se habían vuelto más suspicaces por la reciente plática. Analicé la situación mientras me movía al ritmo de la música: Joana había tenido un noviazgo largo. En la escuela, todos la vimos más de una vez besándose con pasión, exhibiendo su enamoramiento y mermando con ello su prestigio. Si a eso se atrevió a la vista de los demás, era fácil suponer cuánto hizo con su ardoroso galán en la intimidad. Pobre chica. Si Joaquín la hubiera querido de verdad no la habría exhibido, y si ella hubiera sido más inteligente no lo habría permitido. Entre estudiantes, las mujeres que se muestran en exceso cariñosas con sus novios quedan como marcadas. Resultaba evidente que había experimentado en buena medida con el sexo y no cargaría con los complejos de mi exnovia Jessica. Además, seguramente se hallaba en una etapa de depresión, ansiosa por sentirse querida, admirada, deseada… Eran circunstancias inmejorables. Me sentí tenso pero lleno de euforia, como un atleta a punto de arrancar en la carrera para la que se ha preparado durante muchos meses.

—¿Te invito una copa? —pregunté interrumpiendo el baile.

—¿Por qué no?

Nos dirigimos a la barra, pasando por en medio de la pista. Al caminar puse mi mano derecha sobre su espalda.

—Ahora que estás libre debes tener muchos pretendientes.

Se encogió de hombros.

—No sé. Ni me importa.

Llegamos frente al cantinero y ordenamos sendas bebidas.

—¿Sabes? —le dije—, a mí tampoco me ha ido bien en cuestión de amor. Estoy muy decepcionado. ¿No te ha pasado que cuando más te interesa una persona y le das lo mejor de ti es cuando más te desprecia…? No hay nada más doloroso que entregarte a alguien que no te valora.

Levantó la vista y me escrutó con sus dulces ojos melancólicos.

—¿Ya no sales con Jessica?

Moví la cabeza para decirle que no y sonreí atribulado.

—Me da gusto poder platicar contigo, Joana… porque me siento más solo que nunca.

Las luces menguaron y se escucharon los compases de una melodía lenta. La mayoría de los bailarines impetuosos se retiraron y sólo algunas parejas abrazadas permanecieron en la pista balanceándose con la cadencia de la música romántica. El corazón quiso salírseme de su sitio ante esa oportunidad. Sin embargo, para mi sorpresa, Joana se me adelantó.

—¿Quieres bailar?

—Claro.

Me tomó de la mano y caminamos juntos.

Nos colocamos en la oscuridad. La abracé por la cintura y ella acomodó sus manos alrededor de mi cuello. Con la excusa de hacer algunos comentarios, me acerqué a su rostro hasta que la distancia que nos separaba se redujo al mínimo. Nuestros pies se movían con lentitud y el halo magnético del uno se había fusionado con el del otro, produciendo una reacción excitante. No se necesitaba hablar mucho; nuestros cuerpos exhalaban una química poderosa que nos hacía sentir entre nubes.

—¿Sabes, Joana? —susurré en su oído—, yo siempre te he querido… en secreto.

No contestó, pero después de ese comentario nos abrazamos. Calibré la delgadez de su cintura con mis manos; sentir el contacto directo de nuestras partes íntimas me dejó sin aliento. La música terminó y nos quedamos enlazados unos segundos mirándonos a la cara. En su rostro había un matiz carmín que la agraciaba aún más, y en el mío la mirada de un hombre que ha perdido los estribos por la emoción de esa rápida aventura y el enorme deseo de llevarla hasta el final.

—¿Qué te parece si vamos a un sitio confortable donde podamos platicar? —le propuse en voz baja—. Me gustaría mucho conocerte mejor.

No me contestó que sí, pero apenas salimos de la pista nos despedimos de nuestros compañeros con excusas insulsas.

Cuando subimos al auto tomé su mano izquierda, la acaricié con ternura y me la llevé a la boca muy despacio para darle un beso.

—¿Adónde vamos? —le pregunté poniendo en marcha el motor.

Ella se encogió de hombros sin apartar su penetrante vista de mi rostro:

—Adonde tú quieras…

2

Sexoadicción

Salí de la avenida conduciendo muy despacio. Aunque en mi mente se repetía la provocativa frase de Joana, “adonde tú quieras”, no podía tomar la iniciativa de llevarla a un hotel sin ratificarlo. Dentro de los preceptos ineludibles de la seducción, estaba el de nunca mostrarse demasiado ansioso, dispuesto a conversar indefinidamente como un bien intencionado amigo.

Vislumbré la entrada a un centro comercial. Disminuí la velocidad y viré con cuidado para subir por la rampa del estacionamiento. Detuve el automóvil y apagué el motor. Nos invadió un tenso pero fraternal silencio.

—¿Qué vas a comprar?

—Nada… —titubeé como un adolescente desmañado; y ella sonrió para darme confianza.

—Joana… —recomencé—: lo que te dije mientras bailábamos… es verdad. Desde hace tiempo sueño con estar contigo. Nunca tuve el valor de confesártelo, pero he sido tu admirador anónimo durante meses…

Se me apagó la voz. No quería cometer ningún error.

—Gracias por sacarme de esa fiesta —murmuró—. Necesitaba platicar con alguien que me apreciara…

Mis manos jugueteaban pasando las llaves de un lado a otro. Ésta era la parte más difícil de la conquista. También la más emocionante. Debía besarla, pero ¿cómo franquear ese metro de asiento que nos separaba?

—Vamos a comprar una botella —le dije—. Me gustaría brindar por nuestra amistad.

Asintió.

Salí del auto con rapidez. Sólo necesitaba estar cerca de ella… Le di la vuelta al coche y abrí su portezuela; me tendió la mano, se puso de pie y quedó frente a mí. No retrocedí ni un centímetro.

—¿Vamos? —sugirió.

—No tienes idea de cómo me gustas, Joana.

Estábamos en la posición perfecta, pero no quiso levantar la cara.

—Vamos —repitió.

“¡Maldición, vamos!”, pensé. Cerré el coche y caminé a su lado. La abracé por la espalda sin conseguir que cooperara. Entramos a la tienda. Tomé vasos desechables, botanas, refrescos de cola y una botella mediana de brandi. Al entregarle el dinero a la cajera vi los preservativos al lado de mi amiga. Hubiera sido imposible tomar uno sin que se diera cuenta. Chasqueé la boca. Hacer el amor sin protección era apostar el todo por muy poco, y ya me estaba cansando de esos paroxismos. Moví la cabeza y me consolé: “Los juegos más arriesgados son los más emocionantes”.

De regreso hacia el coche la abracé de nuevo y sentí cómo esta vez aceptaba la caricia refugiándose en mi cuerpo.

Antes de introducir la llave en la chapa volví a intentarlo.

—Me gustaría tener aquí mi carpeta de apuntes para mostrarte unos dibujos que he hecho… de tu perfil. ¿Nunca notaste que en algunas clases me sentaba cerca de ti para contemplarte? —bajé la vista—. No atendía al profesor, sólo te dibujaba…

Cuando volví a levantar los ojos, ella me miraba con la boca entreabierta en un gesto de ternura. Me acerqué despacio y rocé con mis labios los suyos. Dejé caer las bolsas del mercado a nuestros pies; la botella hizo un ruido seco al chocar con el piso. No me inmuté. Apreté mi boca contra la de ella para hallar la humedad de su lengua. Fue un beso impetuoso, cargado de verdadera pasión. La abracé fuerte y acaricié su cabello y espalda. Sentí el deseo crecer como un ente incontrolable; cerré los ojos para entregarme por completo al movimiento sensual.

Cuando nos separamos, Joana, encendida de un leve rubor, respiraba con rapidez. Abrí la puerta para que entrara al coche, tomé la bolsa del suelo y rodeé el vehículo lo más lento que pude, tratando de recuperar el aplomo. Apenas estuvimos juntos, nos volvimos a entregar en un vigoroso y ardiente beso. Después de unos minutos comencé a recorrer mi boca por la comisura de sus labios, sus mejillas, su cuello, sus oídos. Al besar y mordisquear su oreja izquierda le susurraba que estaba loco por ella, que me fascinaba, que la idolatraba, que daría cualquier cosa por una noche a su lado… Joana, mientras tanto, me acariciaba los muslos. Subía su mano casi hasta mi entrepierna y volvía a bajarla en una cadencia acompasada.

Me costó trabajo desprenderme de esa miel enajenante, pero haciendo un gran esfuerzo, puse en marcha el automóvil con intenciones de ir directo a un lugar adecuado. Conocía varios por ahí. El más cercano estaba a sólo diez minutos de distancia.

Hice el recorrido en menos de cinco.

Cada habitación tenía su garaje propio con puerta corrediza, de modo que el coche quedaba escondido y la chica no era vista por nadie en su trayecto hacia la habitación.

Estacioné el vehículo hasta el fondo. Salí a pagar al encargado y cerré la mampara exterior con la soltura de alguien que se mueve en sus terrenos. Sin embargo, al volver al coche, Joana me esperaba fuera de él con un gesto de franca perturbación.

—¿Adónde me has traído?

—No te ofendas, amor. Éste es un lugar excelente para escuchar música, brindar y conversar lejos de la gente. Por favor, tranquilízate y confía en mí… Te prometo que sólo haremos lo que tú quieras.

Y al decir esto último le acaricié la barbilla con el índice y el pulgar…

—Estoy tan confundida y triste…

—Vamos, no pienses en nada. Sólo vive el presente y relájate.

La abracé de nuevo. Recargué mi cuerpo contra el suyo para hacerle percibir mi masculinidad; esta vez paseé mi lengua por su cuello y la introduje suavemente en su oído. Se estremeció.

Miré el nacimiento de sus pechos sobre su generoso escote y quise agacharme a besarlos, pero no me atreví. La deseaba demasiado para darme el lujo de mostrarme impaciente.

Joana volvió a buscar mi boca. Respiraba de forma agitada y parecía haberse decidido a olvidar precauciones y temores. Al besarme comenzó a desprender uno a uno los botones de mi camisa. Cuando llegó al pantalón jaló hacia arriba la tela para que ésta quedara totalmente suelta. Luego me frotó el tórax y deslizó la prenda hacia atrás, dejándome semidesnudo. Yo no podía dar crédito a lo que había hecho. El corazón me latía a mil por hora; la cabeza me daba vueltas y mis pies flotaban. Le enmarañé el cabello y busqué la cremallera del vestido en su dorso: En cuanto la tuve entre mis dedos inicié un movimiento lento para bajarla sin lograr evitar el temblor de mis dedos y la sudoración de mis palmas. Cuando el cierre no pudo descender más, sobé su espalda con ardiente furor y atraje el vestido hacia adelante mientras le acariciaba sus hombros desnudos. Entonces se descubrieron totalmente sus formas femeninas resguardadas aún por la suave tela del sostén. Me separé un poco y rocé apenas con las yemas de los dedos las marcadas puntas. Luego seguí la línea del sujetador hasta dar con el seguro; lo destrabé sin ningún problema y ella, mirándome fijamente, hizo un ágil movimiento con los brazos para liberarse del incómodo ceñidor. A tal grado me asombró la belleza de esos senos blancos, turgentes, cálidos, que en vez de tocarlos me limité a contemplarlos. Luego atraje a la chica hacia mí y sentí una extraordinaria calidez al momento en que sus pechos desnudos se aplastaban en mi cuerpo. Llevé lentamente las manos hacia su cintura y comencé a buscar la forma de bajar por completo el vestido de algodón.

—¿Vamos al cuarto? —sugirió.

—Por supuesto.

Solo, en mi habitación, después de haber dejado a Joana en su casa, cerca de la una de la mañana, me hallé cara a cara con el monstruo de los excesos y sentí un viso de temor… Caí en la cuenta de que el sexo se estaba convirtiendo para mí en un vicio, en algo básico, prioritario, central… en una necesidad creciente. ¡Y mientras más la saciaba, más se incrementaba! ¿No les ocurría lo mismo a los drogadictos o a los alcohólicos? Pero, ¿cómo controlar ese descomunal deseo? ¿Era yo el único que lo sentía? Entre compañeros apreciábamos a la mujer según sus atributos eróticos. Nos atraían principalmente las cualidades sexuales y solíamos mentir, dañar o negociar con tal de experimentar el embriagador placer de poseerlas. ¿Acaso los varones debíamos tener con el sexo precauciones similares a las que se tienen con los productos que causan dependencia?

Comencé a pasearme por mi habitación. Mi madre dormía en la alcoba contigua y yo no debía hacer ruido. Me senté pensativo en el sillón de descanso. La aventura de hacía unos minutos había sido hermosa, pero algo no estaba bien. Había comenzado a sentir un terrible escozor en el área genital. Fui en busca de un espejo para revisarme de cerca. Hallé una reducida zona ulcerada con infinidad de pequeñas llagas. Me sentía, a la vez, afiebrado y débil.

¡Maldición! ¿Joana me habría contagiado un hongo o algo por el estilo? Y si lo hizo, ¿se manifestaría de manera tan inmediata? ¿Entonces Luisa? O Adriana…

A mis veintitrés años había compartido el lecho con… ¿cuántas mujeres? No logré definir el número. Cualquiera pudo haberme contaminado. Pero, ¿de qué?

Insomne, traté de concentrarme en el recuerdo de cuanto había vivido esa noche, buscando algún indicio de enfermedad en el cuerpo de Joana. Me eché en la cama y cerré los ojos para revivir cuidadosa, casi morbosamente, los detalles de esa experiencia inusual.

Después del magreo en el que ella quitó mi ropa superior y yo quité la de ella, subimos la escalera sin decir palabra.

La habitación estaba alfombrada de color durazno. Nos descalzamos para estar más cómodos.

Joana se soltó de mi brazo y anduvo de un lado a otro como una niña admirando los lujos del lugar. Apenas dio los primeros pasos se deshizo por completo del vestido, dejándolo en el suelo.

—Qué calor hace, ¿verdad? —acto seguido, se agachó un poco para quitarse las mallas transparentes.

Recargado en la pared, con la boca seca y los ojos muy abiertos, contemplé su casi total desnudez. Sólo portaba unas pequeñas bragas rojas y se paseaba por el cuarto tocando la cama, encendiendo el televisor, revisando el contenido del refrigerador.

Entonces me sentí orgulloso de poder llevar a mis chicas a ese tipo de sitios. Yo era un joven mimado por la vida. Todo se me dio siempre fácil. Incluso las mujeres llegaban a mí sin que hiciera demasiados esfuerzos por encontrarlas. Fui el hijo único de una mujer viuda. Cuando mi madre perdió a su esposo y a su hija mayor, tuvo que hacer mil maniobras para mantenerme. Trabajó de mesera en un pequeño poblado de la frontera, practicando en la computadora por las noches, hasta que logró colocarse como asistente ejecutiva. Entre tanto, me dejó crecer en total libertad. Cuidaba, eso sí, que no me faltara buena comida, ropa fina y colegios particulares. Pero ella nunca estaba en casa, lo que me permitió practicar el deporte del sexo libre desde muy chico.

Joana entró al baño y exclamó con tono de inocencia y espontaneidad:

—¡Hay tina de hidromasaje! Hace tiempo que no me meto a una… —se me acercó con la mirada encendida—. El doctor me la recomendó…

—¿Quieres bañarte? —le pregunté.

—Quiero que me bañes tú…

Se despojó de su última prenda. Comenzó a tararear una canción infantil sentándose al borde de la bañera y abriendo las llaves de agua. Se sabía admirada por mí y fingió no verme mientras calculaba la temperatura y agregaba burbujas artificiales.

¡Ah!, qué satisfacción me causaba poder darme y darles a mis compañeras esos privilegios. Ahora tenía auto, llevaba en la cartera dinero y tarjeta de crédito. Mamá decidió, después de verme vagar durante varios años por las calles probando diferentes trabajos y escuelas, mudarse conmigo a la gran urbe para obligarme a inscribirme en una buena universidad, sin saber que con ello su fortuna económica daría un extraordinario giro. Trabajando como secretaria en aquel poblado fronterizo aprendió con soltura el idioma extranjero y llegando a la capital comenzó a ganar fuertes sumas como traductora de libros técnicos. Lo primero que hizo ante el cambio de suerte fue comprarme un automóvil compacto deportivo. Así sufrí tanto severas torceduras por tratar de acoplarme con mis primeras parejas capitalinas al reducido espacio del asiento trasero, como la extorsión de patrulleros corruptos que aparecían de la nada empuñando sus linternas para husmear a través de los cristales. No me quedó otra opción que aprender a usar el coche para transportarme y pagar hoteles caros para lo demás… Después de todo, mi madre sufragaba de buen modo el costo de mis “estudios profesionales”. Sacudí la cabeza tratando de borrarme esas ideas y arranqué en tres segundos de mi cuerpo el resto de la ropa que lo cubría.

Me introduje al agua junto a Joana. Recorrí sus formas con una esponja mientras ella recorría las mías con el jabón. El juego duró varios minutos y me llevó a un éxtasis enloquecedor. De pronto mi compañera de tina se puso de pie argumentando estar muy acalorada; enredó una toalla en su cabeza y caminó hacia la cama; salí tras ella envolviéndome, a mi vez, con otra; la vi juguetear en el colchón como un niño que mide la elasticidad de un trampolín. Al fin dejó de moverse y se acostó boca arriba.

—Me ha entrado un sueño enorme —dijo.

Cerró los ojos sin cubrir su voluptuosa desnudez. Me acerqué, parándome a un costado tragué saliva y retiré con las yemas de mis dedos algunas de las perlas de agua que la cubrían. La luz estaba encendida y a ella parecía gustarle que la admirara. Se dejó acariciar, examinar, besar… Y yo lo hice extasiado, con la efervescencia y fanatismo de un brujo que toca la estatuilla de su dios.

El prurito me estaba matando. Hice una pausa en mis cavilaciones. Ahí, en ese punto preciso, debía centrarme para tratar de recordar alguna anomalía. Si Joana tenía la manifestación cutánea de alguna infección venérea, yo lo habría descubierto en aquellos momentos de contemplación. Aunque, claro, de haber percibido algo extraño cuando mis facultades mentales se hallaban subordinadas al deseo enloquecedor, seguramente lo hubiese ignorado… No lograba acordarme de nada raro. Por el contrario, todo cuanto venía a mi mente era motivo de nueva excitación.

Esa noche medité que, en definitiva, el sexo puede convertirse en un vicio incontrolable, pues el hombre, atrapado en tal proceso creciente de adicción, se recrea con imágenes mentales llegando a creer que la mujer existe sólo para satisfacerlo. Y esto no me ocurría sólo a mí, sino a muchos. A casi todos mis conocidos. ¡No a los maniáticos o degenerados, sino a estudiantes de universidades, profesores, comerciantes, médicos, licenciados, poetas, artistas y a miles de varones más, “normales y decentes”!

Resultaba curioso comprender que los hombres éramos proclives a la sexoadicción, y alarmante, aquilatar que yo era ya un esclavo de ella. Abrí los ojos tratando de razonar mejor. Había otro detalle negativo que me causaba una preocupación ingente: no satisfice a mi compañera; no logré esperar lo suficiente. Volví a eyacular demasiado rápido y de inmediato, exhausto, me eché a su lado a descansar. Joana se quedó muda, con los ojos cristalizados de decepción, y permaneció quieta al ver que yo declaraba terminado el episodio.

—¿Todos los hombres son igual de egoístas? —inquirió.

Entonces hice un esfuerzo y me incorporé a medias para acariciarla. No se me ocurrió preguntarle si mis torpes manoseos le gustaban. Después de un rato me increpó con una chispa de rencor:

—¿Tú te masturbas demasiado?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Sólo pensaba…

—¿Adónde quieres llegar?

—¿Crees que la masturbación sea buena?

—Claro que sí. Es sencilla, rápida, gratis, exenta de largos cortejos hipócritas y de peligros como el embarazo o los matrimonios forzados.

—De largos cortejos hipócritas —repitió enfatizando la
última palabra—. Eso es cierto, pero ¿sabías que si los hombres la practican
de modo abusivo, en forma rápida y constante, les produce el reflejo de la eyaculación prematura?

Me quedé estático. ¿Era reproche o información?

Sacudí la cabeza tratando de alejar esa nueva idea de tormento, pero no pude. Solo, en mi recámara, recordando a mi frustrada compañera, comprendí que el verdadero frustrado y fracasado era yo. Con tan intensa actividad, estaba perdiendo el control de mis instintos y quizá, en vez de adquirir destreza para satisfacer algún día a mi pareja definitiva, estaba acumulando disfunciones.

Después de un rato Joana comentó:

—Es inútil… Creo que no voy a tenerlo.

En ese momento recordé la plática con José Luis: Es muy difícil que una mujer joven llegue al orgasmo a menos que se sienta realmente comprendida, valorada; fuera de peligro, protegida y no forzada por su compañero. Las condiciones mentales son difíciles de lograr, por eso muchas chicas experimentan excitación, pero sin llegar a la resolución, sintiéndose después usadas y denigradas..

¿Alguna vez lo has tenido?

—Tal vez sí… aunque no estoy segura. Lo único que sé, es que cada vez que hago esto me siento más miserable.

Me invadió una gran tristeza por ella y una importante identificación. También me sentía solo y miserable. La diferencia estribaba en que, al menos, yo sí había tenido un momento de placer.

—Eres muy hermosa —susurré—. Si me permites una confidencia, te diré que no he conocido jamás una muchacha más bella y sensual. Sé que estuve nefasto, pero tenía las mejores intenciones. Me crees, ¿verdad, Joana?

Mi comentario suavizó un poco sus facciones molestas. Otra vez recordé la plática con José Luis: A ellas les gusta sentirse admiradas, amadas, deseadas; les agrada que perdamos los estribos por su causa, las conquistemos y les demostremos cuánto estamos dispuestos a hacer por tenerlas.

Vamos a vestirnos sugirió como si lo que había pasado no tuviese importancia.