En un instante

Primeros capítulos

1

 

“¡Una discusión más sobre listones rosas o dorados, y juro que me voy a volver loca! ¡A NADIE LE IMPORTA! ¡Simplemente huyan y cásense a escondidas! Acaben con esto. ¡¡¡ME VOY A MORIR!!!”.

El mensaje de texto de Mo es casi instantáneo:

“Entonces, ¿te estás divirtiendo?”.

Una extracción dental sería menos dolorosa. Llevo cinco meses soportando esta tortura. Desde la noticia del compromiso de mi hermana, los pormenores de sus nupcias han sido diseccionados y regurgitados ad nauseam, y todavía faltan tres meses para el gran día. Ad nauseam. Esa es una gran palabra que no se usa lo suficiente (¿o son dos palabras?), y es muy adecuada —esta salidita es más de lo que mi estómago puede soportar.

Es viernes, hace una hermosa tarde de cielo azul y es la oportunidad perfecta para estar en la playa, sobre una tabla acuática, surfeando o pasando el rato con mis amigos. Pero en vez de eso, heme aquí, sentada en el suelo del vestidor de una tienda de novias, con mi espalda apoyada en la pared para que mi hermana pueda modelar su vestido frente a mi mamá, mi tía y yo, su reacia dama de honor. Mi otra hermana, Chloe, no está aquí. Una semana después del compromiso, dijo algo como que la institución del matrimonio era una creación patriarcal anticuada que oprime a las mujeres, provocando que fuera inmediatamente despedida de toda la cuestión y dejando el paso libre para mi ascenso.

Me pregunto dónde estará ahora. Probablemente pasando el rato con Vance, los dos besándose o caminando por el centro tomados de la mano, disfrutando este increíble día. Casi lanzo un gruñido de envidia y admiración mientras me pregunto, por milésima vez, si el comentario fue hecho intencionalmente. Chloe es muy buena para este tipo de cosas. Sabe cómo hacer que las cosas sucedan, y trabajar junto a mamá durante ocho meses es definitivamente algo que hubiera querido evitar a toda costa.

Es tan ingenioso que me causa gracia: mi hermana se las arregló para liberarse de esto sin tener que renunciar personalmente y logró pasarme a mí la responsabilidad de ser la mano derecha de Aubrey. Puedo imaginar a Chloe sonriendo burlonamente mientras tramaba su plan, sabiendo lo mucho que odio este tipo de cosas y que ocho meses de hablar sobre el tema con una sonrisa alegre y solidaria arruinarían por completo mi temperamento normalmente radiante y extra positivo.

—¿Qué opinas, Finn? —pregunta Aubrey, haciéndome despegar la mirada de la pantalla de mi teléfono, que muestra una compilación de memes sobre los animales más divertidos del mundo. En la pantalla está un gato montado sobre un husky con la pata levantada y un texto que dice: “¡Sigue a ese ratón!”.

Parpadeo y mi sonrisa desaparece mientras un sorprendente nudo se aloja en mi garganta. A pesar de mi aversión por todas las cosas relacionadas con encajes, bodas y chicas, un torrente de emociones muy femeninas se agolpa en mi pecho. Durante dos semanas, Aubrey no ha parado de parlotear sobre su vestido, diciendo una y otra vez lo perfecto que es. La mayoría de las veces la he ignorado: satén esto, seda aquello, hileras de perlas, algo sobre canalé, algo más sobre un escote con gemas. Pero ahora está aquí, parada frente a mí —gigantesca en sus zapatos de tacón altísimos— nubes de satén color marfil, suaves como líquido, resbalan por su cintura increíblemente pequeña, con hileras de perlas diminutas girando y fluyendo desde lo que supongo debe ser un escote con gemas, parece una princesa de cuento de hadas, la reina más bella de toda la tierra, me sorprende lo bonita que es e incluso siento un poquito de celos.

Detrás de Aubrey, mamá junta sus manos frente a ella, y tía Karen la abraza tomándola de los hombros. Se inclinan una sobre la otra mientras admiran a mi hermana, con sus cabezas del mismo tono rubio cenizo casi tocándose.

—Está bien —digo, como si no fuera gran cosa, y vuelvo a mirar mi teléfono: Un perro negro con los ojos entrecerrados frente a una paleta helada amarilla goteando: “congelamiento cerebral”.

Sonrío y sigo desplazándome por las imágenes mientras mamá y tía Karen parlotean efusivamente y dan vueltas alrededor de Aubrey, observando el vestido desde todos los ángulos mientras ella se mueve de un lado a otro.

Tía Karen se detiene junto a mí.

—Toma una foto —grita—. Con Finn. Las dos juntas.

Me estremezco ante la idea de aparecer por todo el Facebook de tía Karen con una etiqueta ridícula como “Aubrey y Finn Miller, la futura novia y la futura novia fugitiva”.

—Nop —dice mi mamá, salvándome—. No hasta que sea el gran día. Es de mala suerte tomar una foto a la novia con su vestido antes de la boda.

Suspiro aliviada y me alejo un poco más de Aubrey, preocupada de que el simple hecho de estar junto a ella pueda ensuciarla. Aubrey me sonríe y mueve los labios diciéndome “Gracias”, luego se da la vuelta y regresa con las gallinas cacareadoras, quienes ya han salido de su admiración y ahora están parloteando y armando un alboroto por las modificaciones que tendrán que hacerse al vestido.

Siento cómo el calor se agolpa en mis mejillas, y me digo a mí misma que debo tranquilizarme. Aubrey ya me ha agradecido como mil millones de veces, y la verdad es que realmente no fue gran cosa. La plática que tuve con su futura suegra duró menos de cinco minutos, y la Sra. Kinsell se mostró supertranquila al respecto.

Ni siquiera habría hecho la llamada si no fuera porque Aubrey estaba tan molesta. A mí no me parecía una mala idea lo del vestido de novia de la Sra. Kinsell, y creía que era genial que Aubrey fuera la cuarta generación en usarlo: “Corte clásico, pedrería estilo vintage, cuello de encaje victoriano y botones de satén en la espalda”. Pero Aubrey prácticamente se puso a llorar mientras repetía estas palabras, y como soy pésima para todas las otras labores de una dama de honor, supuse que esto era lo único que podía hacer. Mo dice que tengo un don para lidiar con este tipo de situaciones, un estilo directo que de alguna forma mística parece nunca ofender a nadie. Yo creo que más bien se debe a que las demás personas complican demasiado las cosas. Si dices las cosas simplemente como son, no puedes equivocarte. Una vez que la Sra. Kinsell se recuperó de su sorpresa inicial, estuvo de acuerdo. Incluso me confesó que ella también había querido comprar su propio vestido para su boda.

Debe haber llamado a Aubrey en el instante en que colgamos, porque Aubrey me llamó media hora después agradeciéndome una y otra vez. Y ahora, aquí está, cinco meses después, girando, admirándose y sonriendo, y yo estoy muy contenta de haberme decidido a hacer esa llamada.

Frente a mí, tía Karen empuja hacia arriba con las manos sus inmensos senos tamaño doble D, y dice: “Va va voom”, para animar a Aubrey a mostrar más escote, mientras mamá niega con la cabeza y Aubrey asiente, diciendo que a Ben le gustaría, y es justo ahí cuando tomo la foto, aprovechando que el sonido de su risa disimula el discreto clic de mi teléfono.

Miro la pequeña pantalla, las tres riéndose con la expresión de sus caras borrosa por la alegría, el vestido reflejado en el espejo, la sonrisa de Aubrey de oreja a oreja, y mamá y tía Karen sonriendo resplandecientes junto a ella. Le envío la foto a Mo con el mensaje: “¡Se ve increíble!”, acompañado de muchos corazones y caritas sonrientes.

La pantalla se desplaza hacia arriba y aparece la respuesta de Mo: “Admítelo, eres una romántica de clóset. Por cierto, ¿ya te decidiste?”.

Muevo la boca de un lado a otro mientras miro fijamente la pregunta, tal vez esperando que los pixeles me ofrezcan una especie de esclarecimiento: la respuesta o el coraje que no he tenido desde que le confesé a Mo que estaba contemplando la idea de invitar a Charlie McCoy al baile. Es un baile donde las chicas invitan a los chicos, y el año pasado tuve que ir sola junto con otro grupo de chicas demasiado tímidas, orgullosas o feas para invitar a un chico. Usamos tenis Converse con nuestros vestidos; destrozamos la pista de baile con nuestros escandalosos pasos nunca antes vistos; y devoramos la mesa de chocolates mientras nos burlábamos de todas las chicas que se tambaleaban en sus incómodos zapatos de tacón, sonriendo torpemente a sus citas, y mirando anhelantes las calorías prohibidas expuestas como una mesa de tortura.

Estaba segura de que este año optaría por la misma maniobra, pero eso fue antes de que Charlie apareciera. Era como si lo hubiera conjurado de la nada. “Querido Dios, por favor, mándame un chico alto, hermoso, ligeramente bobo, que juegue futbol y que tenga ojos verdes”. Y ¡tarán!, apareció Charlie el primer día del año en mi clase de primera hora.

—Tierra llamando a Finn —dice Aubrey, lanzándome mi sudadera, y de pronto me doy cuenta de que ya se ha vuelto a vestir con su ropa normal y que estamos saliendo del vestidor.

Camino detrás de Aubrey hacia la tienda. Mamá y tía Karen se detienen en la caja registradora para hablar con la dueña, mientras Aubrey y yo salimos del lugar. Aubrey saca inmediatamente su teléfono para llamar a Ben, y entre risitas nerviosas y emocionadas le cuenta todo sobre su vestido y luego le pregunta qué debería ponerse para ver a sus papás. Este fin de semana, ella y Ben volarán a Ohio para que pueda convivir con sus futuros suegros.

—Te amo —dice, y cuelga.

Se lleva una de sus manos con manicura perfecta a la boca, y comienza a mordisquear una cutícula.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Nerviosa.

Le saco sus dedos de la boca antes de que empiece a salirle sangre.

—Sí, van a odiarte. Eres completamente intolerable —digo, poniendo los ojos en blanco, y Aubrey arruga la nariz.

—Al menos Ben y yo tenemos un pretexto para no participar en el experimento “reunión familiar” de papá.

—¿Quieres decir que tú y Ben no están completamente tristes por perderse la oportunidad de pasar tres días en una cabaña remota en medio del bosque sin televisión, radio ni internet, y con la encantadora compañía de tu familia como único entretenimiento?

—No puedo creer que realmente piense que es una buena idea —dice Aubrey.

—Ya conoces a papá; es un optimista —respondo.

—Está delirando. Eso no va a arreglar las cosas.

Me encojo de hombros y miro hacia otro lado, esperando que esté equivocada, y al mismo tiempo pienso que probablemente tiene razón. Las aguas turbulentas en casa están a punto de convertirse en una verdadera tormenta. Entre las constantes peleas de mis padres; los problemas cada vez más graves con mi hermano, Oz; los frecuentes actos de rebelión de Chloe que parecen tener como objetivo específico hacer enojar a mamá; y mis recientes meteduras de pata, creo que últimamente paso más tiempo en casa de Mo que en la mía. Igual que un volcán activo, cinco minutos juntos desatan inevitablemente una especie de erupción, y tres días juntos será como tentar al monte Vesubio a estallar.

—Bueno, al menos Mo estará allí —dice Aubrey. Mi hermana ama a Mo casi tanto como yo.

—Y Natalie —respondo.

—¿Qué? —dice Aubrey, mientras la expresión de su cara se transforma en lástima.

La represalia pasivo-agresiva de mamá al disparatado plan de papá fue invitar al viaje a la tía Karen, el tío Bob y a su insoportable hija, Natalie, lo que significa que Mo y yo tendremos que incluirla en todo lo que hagamos.

—Y Chloe traerá a Vance —comento, poniendo la cereza del pastel de este descabellado plan.

La única razón por la que Chloe aceptó venir con nosotros fue porque a Vance le encanta hacer snowboard, y no tiene ni un centavo. La habitación, comida y boletos gratis eran una oferta demasiado tentadora para dejarla pasar, incluso si eso significa tener que lidiar con mi familia durante el fin de semana. Casi ninguna otra cosa en el mundo hubiera podido convencer a Chloe de pasar un minuto con mamá, ya no digamos tres días, excepto su devoción a Vance —devoción que el resto de nosotros no compartimos. El tipo es un flojo de primera clase y encima arrogante, solo porque es bueno jugando al tenis y cree que se convertirá en un jugador profesional.

—Vaya, suena a que será un viaje alocado —dice Aubrey.

El fin de semana con su suegra parece cada vez mejor.

Tía Karen y mamá salen de la tienda, y mamá abre las puertas de su nuevo Mercedes, una camioneta blanca que se compró hace un mes para su cumpleaños.

—Deja que Finn conduzca —dice tía Karen “inocentemente”. Tía Karen es lo que papá llama una “agitadora”. Igual que a un duende, le encanta crear problemas: un pequeño diablillo travieso lleno de maldad, lo que la hace una persona muy divertida, excepto cuando tú eres el blanco de la diversión.

—Tienes tu permiso de conducir, ¿no, Finn? —dice, levantando sus delgadas cejas.

Observo cómo mamá se pone tensa, mientras su cuerpo se endurece ante la idea de que alguien más conduzca su hermoso auto nuevo.

—Me gustaría estar viva para mi boda —interviene Aubrey.

—Estoy segura de que Finn es una excelente conductora    —dice tía Karen, arrebatando el llavero de las manos de mamá.

—Tal vez en otra ocasión —dice mamá, estirándose para recuperarlo.

—Tonterías —insiste tía Karen, quitando el llavero de su alcance, al tiempo que me toma por el brazo y me lleva hacia el auto—. No hay mejor momento que el presente —asegura, lanzándome un guiño y una sonrisa conspiradoras.

Normalmente, esto me hubiera encantado. Una de las cosas que más disfruto en la vida es ver a mamá retorcerse, y mi audacia y destreza atléticas son mi mayor orgullo, por lo que la idea de ponerme detrás del volante y atravesar las calles al estilo Danica Patrick mientras aterrorizo a mamá y a Aubrey y divierto a tía Karen es justo lo mío.

Si no fuera por un pequeñísimo problema.

—Entra —dice tía Karen, abriendo la puerta del conductor.

Trago saliva. Mi instructor de manejo, un hombre calvo con halitosis severa y nervios de acero, llamó a mi impedimento “dislexia del pedal”, un problema ligeramente importante porque confundo el acelerador con el freno, y es algo que no he podido corregir a pesar de lo sencillo que parece.

—Realmente nunca he conducido un auto tan grande

—digo—. Tal vez sería mejor si…

—Tonterías —dice tía Karen, interrumpiéndome—. Es pan comido. Los Mercedes prácticamente se conducen solos. Vamos —dice, con una sonrisa digna del Gato de Cheshire, claramente decidida a divertirse.

Aubrey se sube al asiento trasero, y mamá empieza a abrocharse el cinturón de seguridad en el asiento del copiloto. Mamá no tiene la menor idea de mi problema. Siempre que mis papás me preguntan cómo van mis lecciones de manejo, respondo con un evasivo “Bien”.

—Recuerdo cuando hice esto contigo —dice mamá, girando la cabeza para ver a Aubrey—. Eras un manojo de nervios. Te tomó varias semanas incluso la sola idea de salir del vecindario.

—Estaba siendo precavida —dice Aubrey, enseñándole la lengua—. Y fue algo bueno, porque todavía tengo un historial perfecto: sin accidentes ni multas. Eso es más de lo que tú puedes decir.

Mamá es famosa debido a sus multas por exceso de velocidad; por lo menos dos al año, y eso sin contar aquellas de las que ha logrado zafarse.

—Chloe, por supuesto, lo hizo excelentemente —contesta mamá. Fue como si hubiera conducido toda su vida. Una sola lección, y estaba lista para conducir por todo el país.

Mi parte competitiva empieza a vibrar. Eso es lo que pasa cuando tienes dos hermanas mayores: ya han hecho todo antes que tú, y eso significa que siento que debo hacerlo mejor.

Bajo la mirada para ver los pedales. El de la derecha es angosto y vertical; el de la izquierda es ancho y horizontal. “Derecho acelera, izquierdo frena”. No es ninguna ciencia. Uno es para avanzar. El otro es para detener. Cualquiera puede hacerlo. O sea, la mitad de los chicos de mi salón ya tienen sus permisos de conducir, y la mayoría son un montón de idiotas.

—¿Finn? —dice tía Karen, inclinando la cabeza, desconcertada por mi renuencia.

Sonrío y me subo al auto, mientras tía Karen aplaude con alegría, cerrando la puerta detrás de mí.

—Hay mucho espacio aquí atrás —dice, y yo deslizo el asiento hacia atrás para acomodar mis largas piernas.

Jugueteo con los espejos y el volante, ajustándolos una y otra vez hasta que quedan perfectos, mientras mi mente da vueltas. “Derecho acelera, izquierdo frena. Derecho para avanzar. Izquierdo para detener. En serio, ya supéralo. Puedes hacerlo. Derecha. Izquierda. Avanzar. Alto”.

—Aunque creo que voy a morir de vejez esperando                  —comenta Aubrey.

Sonrío burlonamente por encima del hombro, y vuelvo a girarme. Coloco cuidadosamente mi pie sobre el freno, luego aprieto el botón de encendido, y el motor cobra vida. Reviso los espejos una vez más para asegurarme de no haya nada detrás de nosotros, y entonces, para estar cien por ciento segura, giro la cabeza en todas direcciones.

—¿Es en serio? —pregunta Aubrey—. Mi vuelo sale temprano en la mañana. ¿Crees que para esa hora ya hayas logrado avanzar?

Mamá se ríe.

—Lo estás haciendo bien, Finn —dice tía Karen para animarme, tal vez con un dejo de culpa en su voz. Aunque le encanta hacer travesuras, tía Karen también tiene un corazón bondadoso, de esos que hablan en balbuceos a los bebés y cuidan a las aves caídas hasta que están listas para volar de nuevo. No habría sugerido esto si hubiera pensado que me causaría una angustia real.

Después de cambiar a reversa, retrocedo vacilante del lugar de estacionamiento.

—Bien hecho —dice tía Karen.

—Y por fin los Miller y tía Karen pueden salir del estacionamiento —anuncia Aubrey.

Mamá vuelve a reírse.

Tomo la autopista Coast, y empiezo a recorrer el camino a casa, una cuadra, luego otra, nadie dice una palabra. Sé que, a pesar de mis esfuerzos por aparentar seguridad, pueden sentir mi estrés.

Aparece el primer semáforo, la luz roja, y con mucha precisión —“izquierdo, izquierdo, izquierdo”— muevo mi pie del acelerador al freno.

Nos detenemos suavemente, mientras exhalo por la nariz dándome una palmada invisible en la espalda.

La luz cambia a verde. Muevo mi pie al acelerador, y volvemos a avanzar.

Después de varias cuadras más y dos paradas sin incidentes, mis nudillos, blancos por la presión, empiezan a suavizarse, y comienzo a relajarme. Ya lo tengo dominado. Solo necesito concentrarme. Pensar y hacerlo, igual que en los deportes.

Ellas también se relajan. Aubrey se inclina hacia adelante para encender la radio, y mamá se gira en su asiento para comentar algún detalle olvidado que necesita comunicarle a la florista.

Y ahí es cuando sucede. Mamá está diciendo algo sobre los lirios y su falta de polen cuando el auto detrás de nosotras toca la bocina, un estruendo sobrecogedor envía una descarga directo a mi corazón que rebota en mi pie, provocando que salte hacia un lado y pise tan fuerte el freno que mamá tiene que sujetarse del tablero con la mano.

Voltea a verme rápidamente, y siento que mi piel se está incendiando. No me atrevo a mirarla, aunque la culpa irradia de mi pecoso rostro irlandés, y yo sé que ella sabe. Eso es lo que pasa con mamá: ella siempre sabe.

Aubrey y tía Karen no tienen la menor idea de lo que sucede. El conductor que tocó la bocina nos rebasa bruscamente, y Aubrey le hace una seña con el dedo mientras la tía Karen dice:

—Imbécil. Algunas personas tienen demasiada prisa. Lo estás haciendo bien, Finn. Muy bien.

Cuando avanzamos de nuevo, todo mi cuerpo empieza a temblar. Mi atención está centrada como un láser en recorrer el resto del camino a casa sin más incidentes ni recriminaciones. Mantengo la mirada fija en el camino mientras intento no pensar en mamá sentada junto a mí ni en sus juicios.

No ha pasado ni una semana desde que hice mi promesa, y su clemencia fue increíblemente generosa, especialmente tomando en cuenta que mi último incidente me llevó a la estación de policía. Todo por un reto que salió mal: la roca que lancé desde el sube y baja voló mucho más lejos de lo esperado, casi matando a uno de mis amigos y rompiendo el señalamiento del parque. Mamá hizo gala de sus excelentes habilidades de litigante para sacarme del problema en el que me había metido, riendo y bromeando con el policía que me arrestó hasta que este ya no lo consideró un crimen sino más bien el resultado de una mente joven y curiosa poniendo a prueba las leyes de la física. Y cuando llegamos a casa lo único que mamá dijo fue: “¿Sabes, Finn?, las disculpas solo tienen valor cuando son realmente sinceras”. Sus palabras me llegaron profundo. Últimamente me había estado disculpando mucho.

Le juré solemnemente que en verdad lo sentía, y que a partir de ese momento me aseguraría de mirar antes de saltar, lo que la hizo sonreír, teniendo en cuenta mi crimen del sube y baja saltarín.

No está sonriendo ahora. Inmóvil como una piedra, está sentada cual estatua mirando por el parabrisas, y me siento peor que terrible. Cinco días. Tan solo ese tiempo me tomó romper mi promesa y decepcionarla de nuevo.

Finalmente, aparece el último semáforo, y casi lanzo un grito de alegría. Una cuadra más, luego a la derecha, a la izquierda, y estaremos en casa. Cuando la luz cambia a amarillo, decidida a no causar otro sobresalto, piso el freno de la forma en que me enseñó el instructor para que la desaceleración sea suave.

Casi nos hemos detenido por completo, las llantas apenas se mueven y mi mirada está fija en la defensa del auto frente a nosotras, cuando mi teléfono empieza a vibrar. Es un mensaje de texto. Dos vibraciones agudas que empiezan en mi bolsillo trasero y recorren mi pierna hasta llegar a mi pie, y el auto se tambalea inesperadamente hacia adelante.

—¡Frena! —grita mamá.

Sus palabras se mezclan con el espantoso crujido del metal mientras nos estrellamos contra el auto que está frente a nosotras.

—¡Frena! —dice nuevamente.

Eso es lo que intento hacer desesperadamente, pero por alguna razón inexplicable seguimos avanzando, aplastando al pequeño auto contra el camión que está frente a él.

—El otro pedal —dice mamá, y en ese instante mi pie salta hacia el otro lado.

Mamá sale del auto antes de que pueda ponerlo en neutral.

—¡Mierda! —indica Aubrey detrás de mí.

—Ups —dice tía Karen.

Salgo tambaleándome desde el asiento del conductor, y siento que todo mi cuerpo está en llamas.

Mamá ya está hablando con la conductora del auto que golpeamos, con su cuerpo inclinado hacia la ventana abierta. Dentro del auto solo hay una mujer de cabello oscuro hasta los hombros, y un suéter rojo. Una cruz con cuentas cuelga de su espejo retrovisor. La mujer asiente mientras mamá habla con ella; luego gira la cabeza hacia el otro lado, y no puedo asegurarlo, pero por la forma en que sus hombros se mueven creo que está llorando.

Avanzo hacia ellas, y luego retrocedo. Mis músculos se tensan y se aflojan sin que yo sepa qué hacer.

El conductor del camión se une a ellas. Es un hombre mayor vestido con una camisa a cuadros y pantalones de mezclilla holgados. Parece un contratista o un comerciante. El hombre pregunta si todos estamos bien, mira hacia donde yo estoy, y, una vez que se asegura de que nadie está herido, rechaza la oferta del seguro de mamá, vuelve a subir a su camión, y se marcha.

Examino su defensa mientras se aleja. Está abollado y golpeado, pero se mantiene firme en su lugar, y es difícil saber si el daño fue hecho hace unos minutos o hace algunas décadas.

El auto de la mujer no tuvo tanta suerte. Es un Honda viejo, que parece como si hubiera sido doblado en dos. El cofre y la cajuela están plegados uno hacia el otro y la parte media está hundida. La mujer tiene su teléfono en la mano, y mamá igual. Yo estoy de pie mirando la escena.

—Finn, cariño, ¿por qué no regresas al auto? —dice tía Karen desde su ventana abierta.

Estiro el brazo para abrir la puerta.

—Tal vez sea mejor si tu mamá conduce el resto del camino.

Rodeo el auto y subo al asiento del pasajero.

Veinte minutos después llega una grúa. Mamá se queda con la mujer haciéndole compañía mientras enganchan su auto a la parte trasera del vehículo. Ya se ha tranquilizado, y yo estoy increíblemente agradecida. Mamá es brillante para este tipo de cosas. Por eso es una excelente abogada: es capaz de manejar cualquier situación con total calma y de caerle bien a todo el mundo haciéndole creer que es su amiga. Cuando la mujer se sube a la grúa, se detiene para darle las gracias a mamá, como si le hubiéramos hecho un favor al haber chocado su auto.

Un instante después, mamá regresa a nuestro auto y conduce las dos cuadras restantes hasta nuestra casa.

 

2

 

Nos detenemos frente a la casa, y salgo a hurtadillas del asiento del pasajero. Miro a mamá mientras atraviesa la puerta hecha una furia, sin decir una palabra y apenas mirando a papá o a mi hermano Oz, quienes están en la cochera lavando el Auto Miller, una casa rodante que papá compró cuando tenía diecinueve años y que lo ha acompañado en todas sus aventuras, desde la persecución de tornados en el Medio Oeste, hasta sus múltiples excursiones de surf, pesca y montaña.

Bingo, nuestro labrador dorado, se acerca pesadamente hacia ella meneando la cola, y luego se aleja rápido al ver que mamá lo ignora, cerrando la puerta y dejándolo afuera junto con el resto de nosotros. Esta es la prueba máxima de lo enojada que está. El único miembro de nuestra familia con el que mamá está en paz estos días, además de Aubrey, es Bingo, y a menudo los encuentro juntos: ella sentada en el césped con una copa de vino en la mano y la otra enterrada en el pelaje de Bingo.

Tía Karen aprieta mi hombro y besa mi cabeza.

—No te rindas, pequeña. Los accidentes son parte de la vida —dice.

Apenas logro asentir con desgano, mientras ella se aleja caminando hacia su propia casa, dos puertas más allá de la nuestra. Aubrey mira la parte delantera abollada del Mercedes, y dirige su mirada hacia mí, sacudiendo la cabeza como si yo fuera una idiota. Luego se acerca a papá para deleitarlo con la historia de mi torpeza monolítica.

Tal vez los accidentes sean parte de la vida de la mayoría de las personas, pero no de la de mamá. Hasta donde sé, ella nunca ha estado en un accidente, y ahora, gracias a mí, su perfecto auto, que compró finalmente después de tantos años de hablar sobre ello, está arruinado.

A unos cuantos metros de Aubrey y papá, Oz rocía el Auto Miller con la manguera, salpicando agua por todas partes. Está empapado de la cabeza a los pies, y a pesar de lo horrible del momento, sonrío, como siempre lo hago, cuando veo a mi hermano disfrutando de las pequeñas y simples cosas de la vida, inmune a las preocupaciones sobre los logros o las apariencias que parecen atormentarnos constantemente al resto de nosotros. Aunque tiene trece años, sus capacidades intelectuales son como de alguien de la mitad de su edad, y sus emociones son todavía más simples: sencillas y directas como las de un niño pequeño.

Papá empieza a reír a carcajadas cuando Aubrey le dice que tengo talento para fabricar instrumentos, pues el Accord que destrocé ahora “es un acordeón”. Mientras Aubrey dice esto, junta y separa sus manos como si estuviera tocando el instrumento y empieza a imitar el sonido del metal crujiendo. A diferencia de mamá, papá es el tipo de persona que fluye con la corriente, y según su forma de ver la vida, una abolladura o golpe no es asunto serio. Su camioneta es la prueba viviente: es más vieja que yo, y tiene por lo menos cien cicatrices.

—Papá —dice Oz—, ven a lavar el A&M.

Pero papá no lo escucha. Está disfrutando demasiado la historia de Aubrey. Su sonrisa se hace cada vez más grande mientras Aubrey imita el sonido del rechinido “Whrrr”, y sus manos siguen tocando el acordeón.

—Y mamá empezó a gritar: “frena”, pero eso solo hizo que Finn volviera a pisar el acelerador, “whrrr”…

Quiero irme, pero no sé a dónde. Entrar a la casa con mamá está fuera de discusión, y Mo no está en casa porque salió a comprar ropa de esquí para nuestro viaje. Así que me quedo allí muriéndome de la vergüenza y furiosa, deseando que Aubrey termine de una vez su historia y se vaya.

Oz se siente igual que yo. Quiere que papá regrese y lo ayude a lavar la casa rodante. Su frente empieza a fruncirse sobre sus ojos mientras la manguera rocía un charco en el césped.

Observo cómo va creciendo su impaciencia. Su mano se aprieta alrededor de la boquilla y su rostro se enrojece.

Y yo podría detenerlo.

—Whrrr —imita Aubrey nuevamente. Pero no la detengo—. Y mamá grita: “¡El otro pedal!…” —continúa.

El agua golpea primero el cabello de Aubrey, y luego desciende rápidamente por su blusa de seda sin mangas y sus pantalones de mezclilla de diseñador antes de llegar hasta sus botas de piel nuevas. Rápido como una víbora de cascabel, papá gira para interponerse entre ella y el agua, pero ya es demasiado tarde: mi hermana está empapada de la cabeza a los pies, el cabello perfectamente planchado está sobre su cara y su blusa pegada a la piel. Gruñe y se sacude el agua de los brazos igual que un perro, y luego, sin decir una palabra, gira y se marcha furiosa hasta su auto estacionado en la calle.

—Oz, detente —dice papá, con las manos extendidas frente a él para bloquear el agua y su cabeza estirada sobre el hombro para mirar a Aubrey mientras esta se aleja conduciendo.

—¡Por Dios! —dice papá, furioso—. Maldita sea. Cinco minutos con mi hija, ¿es mucho pedir?

Papá mira a través de la avalancha de agua hacia la puerta cerrada de la casa, por donde mamá escapó unos minutos antes.

—¡Oz! ¡Suficiente! —dice, gruñendo.

Entonces la sonrisa desaparece de mi rostro, y la sangre se me congela. A medida que papá enfurece más y más, el rostro de Oz se va oscureciendo hasta llegar a un tono peligroso que termina con la diversión inmediatamente y me eriza los cabellos del cuello. En el último año, mi hermano ha crecido casi a la altura de papá, un poco menos de 1.85 m, y pesa por lo menos quince kilogramos más que él. A diferencia de papá, que tiene una complexión atlética, Oz parece gordo, aunque más bien es fuerte. Si combinas todo eso con una severa falta de control de impulsos y el temperamento de un gorila de lomo plateado, el resultado es una bomba altamente combustible con un gatillo sensible que necesita manejarse con sumo cuidado.

Papá también se percata del cambio, y se esfuerza por ocultar la ira de su rostro diciendo en un tono más ligero:

—Está bien, grandote. Lavemos a este bebé.

La expresión de Oz se suaviza, y papá y yo volvemos a respirar.

La manguera sigue apuntando a papá, el agua va y viene a través de su camiseta, pero papá reacciona igual que siempre hace con Oz, como si el agua helada que lo golpea en el pecho empapándolo completamente no lo molestara en lo más mínimo.

—Pelea de agua —dice Oz, sonriendo.

—No. No más peleas de agua —responde papá, con un dejo de cansancio en su voz.

Me deslizo lentamente hacia adelante, evitando cuidadosamente a Oz mientras intento llegar al Auto Miller.

—¡Pelea de agua! —exige Oz.

—No, ya me cansé de esta pelea de agua —dice papá, aunque es evidente que está cansado de mucho más que eso.

Tomo la esponja que está en la cubeta junto a la casa rodante, y comienzo a frotar el símbolo de la paz pintado con aerosol sobre la llanta, tallando con fuerza para crear una capa de espuma. Mientras hago esto, empiezo a silbar, y la melodía llama la atención de Oz, y tanto él como la manguera se alejan de papá. Cuando logro generar una buena cantidad de espuma, la junto con la esponja y soplo las burbujas en el aire haciendo que Bingo empiece a saltar desde el césped para morderlas, moviendo la cola alocadamente mientras intenta atrapar las nubes flotantes; un juego que hemos practicado desde que era un cachorro.

Oz deja caer la manguera y corre para unirse a la diversión. Arrebatándome la esponja, toma otro montón de burbujas y las sopla en el aire, igual que yo lo hice, para que Bingo las persiga.

Gracias —dice papá, sólo moviendo la boca.

Me encojo de hombros y me doy la vuelta para marcharme.

—Oye, Finn —me llama, deteniéndome—. Cuando regresemos de las montañas, te llevaré a conducir. Vamos a resolverlo.

Sonrío débilmente. La intención está ahí, pero es algo que nunca va a pasar. Con Oz de por medio no hay tiempo para lecciones de manejo ni cosas así. Quizás Aubrey o Chloe me lleven.

 

3

 

La tarde es tan lúgubre como el estado de ánimo de la mitad de nosotros, y las espesas nubes oscurecen el sol. La otra mitad, a quienes me refiero como los Tontos del Vaso Medio Lleno, incluye a tía Karen, tío Bob, Oz, Mo y papá.

Ni siquiera Bingo está muy convencido de esta idea de viajar los diez juntos. Su cola se mueve a media asta, mientras camina de una persona a otra como para confirmar si debería sentir entusiasmo o terror.

Anoche papá y mamá pelearon como hienas, gruñendo y ladrándose uno a otro por todo, desde la marca de pretzels que papá compró hasta la típica pelea por el poco tiempo que mamá pasa con Oz. Chloe ignoró todo el asunto, con sus audífonos pegados a las orejas y una revista sobre sus rodillas. De vez en cuando levantaba la mirada y hacía una cara divertida para intentar distraerme. Si hay alguien en este mundo que comprende lo mal que se siente ser enemiga de mamá, esa es Chloe.

En cierto momento, incluso me lanzó el último pedazo de su Toblerone, un regalo que le dio Vance cuando regresó de un torneo de tenis en Washington hace una semana. No funcionó. No había nada que pudiera distraerme, y no podía ignorar lo que estaba sucediendo. Yo era la culpable: yo y mi pie disléxico. Las cosas ya estaban de por sí frágiles, y yo había dado el golpe final. Lo último que mamá gritó antes de subir las escaleras hecha una furia fue: “Aguantaré hasta la boda, Jack, por Aubrey, pero luego se acabó. ¡Tú y yo terminamos!”.

No era la primera vez que surgía el tema del divorcio, pero esta vez sí lo creí.

Mamá está de pie en el césped junto a tía Karen, con los brazos cruzados, mientras observa a papá y a tío Bob guardar nuestro equipo de esquí en el Auto Miller. No me ha dicho una sola palabra desde el accidente. Ni siquiera me mira.

Me siento tan mal que me duele hasta respirar. No comprendo. No soy estúpida. Mis calificaciones son buenas. Pero es como si hubiera una gran desconexión cuando se trata de usar el sentido común. Sabía que no debería haber conducido su auto, o al menos debería haberlo sabido, pero lo hice de todas formas. Miro nuevamente la parte delantera destrozada del Mercedes: la defensa rota, la pintura dañada, el faro estrellado.

Sacudo la cabeza, mientras exhalo un pesado suspiro y vuelvo a observar los preparativos. Oz está ayudando. Bueno, más o menos. Papá lleva nuestras cosas a la casa rodante, y Oz las coloca donde cree que deberían ir: en los asientos, en el pasillo, en el volante. Antes de irnos, cuando Oz esté distraído, lo arreglaremos.

Mo está a mi lado, tan entusiasmada que casi salta de alegría. Nunca ha esquiado. El concepto de aventura de su papá es rentar un yate con una tripulación para navegar con su familia por distintos puertos de Grecia, visitar ruinas antiguas en Bangladesh con un profesor privado, o degustar vino en las bodegas subterráneas de Burdeos.

Su entusiasmo y atuendo me hacen sonreír. Lleva puesto un hermoso traje para montaña completamente nuevo: mallas negras, botas forradas de piel, un suéter de cachemir azul cielo, y una bufanda infinita que parece haber sido tejida a mano en Marruecos, lo cual es altamente probable, porque su papá viaja todo el tiempo y siempre le trae regalos exóticos. La temperatura es de unos 15 °C —fría para el condado de Orange, pero demasiado cálida para su atuendo— y una capa de sudor se ha formado sobre su labio superior y su frente.

La mamá de Mo espera junto con nosotros. Su mirada se desliza rápidamente por la escena, y me preguntó qué opina de nuestro extraño clan. Chloe y Vance (Chlance, como los llamamos con Mo, ya que sus cuerpos siempre están unidos, creando un solo ente mutado imposible de distinguir como dos personas separadas) están acurrucados en el porche, susurrándose cosas y besándose, sin duda están tramando un plan para poder escaparse en algún momento e ir a drogarse. Mis papás no tienen la menor idea de esto. Como tampoco se imaginan que mi hermana está teniendo sexo o que bebe alcohol de forma muy frecuente.

Miro a mi hermana mientras susurra algo en el oído de Vance; él le sonríe, y luego la besa suavemente, mientras sus idénticos cabellos negros se tocan. Ambos cumplieron dieciocho años el mes pasado, sus cumpleaños solo tienen una semana de diferencia, y para celebrarlos decidieron hacerse cortes de cabello combinados. Chloe se cortó sus largos mechones cobrizos, y Vance se rapó el dorado cabello a un largo de solo dos centímetros. Luego, tiñeron lo que quedaba de un tono negro índigo. A pesar del autosabotaje, los dos son bien parecidos. Él es alto. Ella es menuda. Y ambos tienen una piel perfecta y dientes blancos como perlas.

A unos metros de distancia, mamá se ríe de algo que dice tía Karen, y yo volteo hacia ellas. Tía Karen no es realmente mi tía, pero ha sido “tía Karen” desde que Natalie y yo éramos bebés. Con el paso de los años, mamá y ella han formado una amistad casi mítica, tan estrecha que han empezado a parecerse físicamente. Mamá es un par de centímetros más alta y diez kilogramos más delgada, y tía Karen tiene los labios más anchos y una nariz más angosta, pero parecen hermanas, aunque definitivamente mamá sería la mayor, a pesar de que ambas tienen la misma edad.

Tía Karen vuelve a decir algo gracioso, y tío Bob grita desde la cochera:

—Oigan, ¿qué está pasando allí? Sepárense ustedes dos.

Tía Karen le enseña la lengua, provocando que tío Bob meta la mano en la bolsa de comida que lleva cargando y saque un empaque de malvaviscos para lanzárselo. Tía Karen se agacha para evitar el ataque, mientras mamá salta hacia la bolsa, atrapándola en el aire como un misil esponjoso.

A veces olvido que mamá era una gran atleta. Es fácil olvidarlo, porque luce exactamente igual a una madre promedio. Aunque es cierto que ya no tiene la misma condición que cuando corría para la usc, sus reflejos siguen siendo rápidos como un rayo.

Tío Bob le guiña el ojo a mamá, y ella se sonroja mientras tía Karen finge no darse cuenta. Siempre he pensado que debe ser un poco difícil para tía Karen saber lo bien que se llevan tío Bob y mamá. No es que pase nada raro entre ellos, pero tienen una relación particular. Siempre se están lanzando desafíos y compitiendo uno contra el otro, y tía Karen simplemente no puede hacer eso. Mamá se esfuerza mucho para mantener la situación bajo control. Por ejemplo, sé que en este momento su instinto es lanzarle los malvaviscos de vuelta, pero no lo hace, sino que los lleva hasta donde él está y los mete a la bolsa.

—No hubieras podido lanzar ese tiro —dice tío Bob, en tono de burla.

—Si no me equivoco, todavía me debes diecisiete chocolates Snickers desde la última vez que jugamos quemados —responde mamá, sintiendo centellear en su interior su lado competitivo, lo que hace sonreír a tío Bob mientras ella regresa con tía Karen.

Natalie se acerca a donde estamos Mo, la Sra. Kaminski y yo.

—Mamá dice que vas a tener que pagar por los daños en el auto de tu mamá —dice, con una sonrisa comprensiva, pero el tono de sus palabras está cargado de regodeo.

A pesar de que Natalie y yo crecimos juntas, la mayor parte de ese tiempo lo pasamos odiándonos. Peleamos durante los primeros cinco años. Nos ignoramos los siguientes cinco. Y durante los últimos seis años, nos hemos tolerado, pero a duras penas.

—¿Es cierto? —dice Mo, con una expresión de preocupación sincera.

Trago saliva. Mamá no me ha dicho nada al respecto, pero si eso le dijo tía Karen a Natalie, entonces probablemente es cierto. No tengo idea de cuánto costarán los daños del accidente, pero supongo que será más de lo que he ahorrado para comprar mi propio auto. Mi estómago se retuerce en un nudo al pensar que todas esas horas cuidando niños y paseando perros pueden desaparecer en un parpadeo, o en mi caso, por el zumbido de mi teléfono en mi bolsillo trasero.

—Vaya, eso es como megaintenso —dice Natalie—. ¿Sabes lo que me van a comprar mis papás en cuanto tenga mi permiso de conducir?

Ni Mo ni yo respondemos.

—Un mini Cooper. Estoy tratando de decidir el color, ¿amarillo o rojo? Hay uno rojo superlindo que he visto por toda la ciudad. Tiene el techo blanco con la bandera de Gran Bretaña pintada sobre él.

—No eres de Inglaterra —dice Mo.

—¿Y qué? —responde Natalie, claramente molesta porque no estamos celebrando con su elección.

Me gustaría decir que Natalie no es bonita, pero eso sería una mentira. Es muy bonita: cabello dorado, ojos grises, pechos grandes. Solo es fea cuando abre la boca.

Volvemos a quedarnos en silencio.

—Chloe, trae otro juego de sábanas —grita mamá, pero esta la ignora y continúa besuqueándose con Vance. La señal de que Chloe sí la escuchó es que se gira ligeramente dejando ver el pequeño tatuaje negro de golondrina en su hombro izquierdo que tanto hizo enojar a mamá.

—Yo iré por ellas —dice Oz, ofreciéndose como voluntario, dejando caer al suelo la bolsa de esquí que llevaba cargando y saltando hacia la casa, desesperado, como siempre, por ganarse la aprobación de mamá.

Sacudo la cabeza. Alguien va a terminar con un juego de sábanas de Bob Esponja o, conociendo a Oz, traerá cincuenta sábanas superiores y ni una sola funda de almohada.

—No, Oz —dice mamá, deteniéndolo, con un dejo de exasperación en su voz mientras desvía la mirada hacia Chloe      —. Olvida las sábanas; solo sigue ayudando a papá.

Lanzando un suspiro, mamá gira y empieza a caminar hacia nosotras. Tía Karen camina detrás de ella. Mamá le sonríe a la Sra. Kaminski, al tiempo que evita mirarme, y dice:

—Buenos días, Joyce.

—Buenos días, Ann, Karen. Gracias por invitar a Maureen. No ha hablado de otra cosa desde hace semanas.

—Sabes que nos encanta tenerla con nosotros. 

Hay una pausa un poco incómoda. La Sra. Kaminski desvía la mirada hacia el Auto Miller y luego mira al suelo. No dice nada, pero puedo sentir su preocupación. El Auto Miller parece un pedazo de lata sobre ruedas. Originalmente era una casa rodante para dormir con una pequeña cocineta y una cama, pero el artista al que papá se la compró le quitó todo eso transformándola en un estudio, dejando únicamente el pequeño comedor empotrado, es decir, una mesa con un sillón tipo gabinete. Cuando nosotros fuimos llegando a la familia, papá agregó algunos asientos adicionales: un par de asientos de autobús Greyhound y un asiento de cuero rojo que pertenecía a un Bentley desmontado, creando esta increíble y extraña combinación de terciopelo azul a rayas, lujoso cuero rojo y vinilo verde brillante.

—¿Tiene cinturones de seguridad? —pregunta la Sra. Kaminski, incapaz de contenerse.

El cuerpo de Mo se tensa. Durante el último año, la frustración de Mo por la sobreprotección de su mamá ha aumentado, y sé que últimamente han discutido al respecto.

Mamá asiente.

—¿Quieres echar un vistazo por dentro? —pregunta.

La Sra. Kaminski desvía la mirada hacia Mo, y niega con la cabeza.

—No. Está bien. Confío en ti —dice.

Esas últimas tres palabras contienen una especie de invitación, que mamá acepta.

—Cuidaré de ella —segura mamá.

Tía Karen interviene:

—Todos cuidaremos de ella. Mo es como una hija para nosotros. Está en buenas manos.

Sonriendo forzadamente y agradeciendo entre dientes, la Sra. Kaminski le da un beso en la mejilla a Mo mientras le dice que se divierta, y se marcha rápidamente para seguir preocupándose en privado.

A mi lado, Mo lanza un suspiro aliviado, y le doy un codazo en el hombro.

—No estuvo tan mal. Hace no mucho jamás te habría permitido hacer todo esto. ¿Prometiste llamarla cada hora?

—De hecho, le dije que no la llamaría ni una sola vez

—contesta—. Es mejor así. Cuando la llamo, se pone completamente frenética, y empieza a preguntarme todos los pormenores, para luego obsesionarse con lo que le dije y pensar en todo lo que podría salir mal. Mientras menos sepa, menos motivos tendrá para preocuparse. Solo son tres días. Puede sobrevivir tres días sin tener noticias mías. Además, le servirá de práctica. En dos años me iré a la universidad, y habrá ocasiones en las que apenas sabrá de mí.

Ya lo creo. Mo está ansiosa por extender sus alas, por levantar el vuelo lo más lejos posible del nido. Mientras que yo estoy pensando en ir a ucla o ucsd para poder regresar a casa los fines semana, Mo sueña con vivir al otro lado del país o incluso al otro lado del mundo. Quiere ir de excursión a la Patagonia, viajar a través del Sahara, escalar el Everest. Desde que era pequeña, se sentaba con los ojos muy abiertos mientras papá nos contaba sus aventuras de cuando era joven, y papá siempre ha dicho: “Esa Mo es una pirata de corazón”.

—Vamos —grita papá desde el asiento del conductor. Su rostro irradia tanto optimismo que casi me hace creer que esto no es una idea tan mala después de todo y que incluso podría ser divertido.

Mo aplaude y avanza de un salto hacia la casa rodante. Vance toma a Chloe sacándola del porche, y ambos se acercan arrastrando los pies. Mamá suspira y camina junto a tía Karen, con la barbilla hacia adelante como si avanzara valientemente por el corredor de la muerte hacia la silla eléctrica. Tío Bob finge boxear con Oz, llevándolo hacia la puerta, mientras desliza la mirada hacia mamá para ver si ella está mirándolo.

—Vamos, Finn —dice papá.

Avanzo trotando, y me choca los cinco a través de la ventana cuando paso junto a él.

—Ponte el cinturón de seguridad —dice mamá cuando subo a bordo, pero no está hablando conmigo, sino con Mo.

Mo gruñe y se abrocha el cinturón.

Me río dejándome caer a su lado, libre y sin cinturón.

Tío Bob se sienta junto a papá, y ambos inician inmediatamente una discusión sobre el Supertazón de este año. Normalmente los escucharía y participaría, porque me encanta el futbol americano y sé más sobre los jugadores que cualquiera de ellos dos, pero no dejaré sola a Mo con Natalie. Así que saco una baraja y reparto entre nosotras tres, Chloe y Vance para una sesión maratónica de perder el tiempo que, con suerte, durará las tres horas de camino hasta Big Bear. El ganador tendrá la ventaja de elegir el mejor lugar para dormir cuando lleguemos a la cabaña: un premio por el que vale la pena jugar, ya que dormir junto a Oz es algo que se debe evitar a toda costa.

Oz está sedado gracias a una buena dosis de Benadryl que papá mezcló en su jugo unos momentos antes, y ronca pesadamente apoyado contra la ventana, mientras Bingo está acurrucado en sus pies. En la parte trasera, sentada en el asiento del Bentley, mamá está trabajando, con su computadora portátil sobre los muslos. Tiene un juicio muy importante en algunas semanas que la tiene agobiada. Tía Karen lee una revista.

Estamos en camino.

 

4

 

Las nubes empezaron a cerrar filas cuando comenzamos nuestro ascenso por la montaña. El color y la luz desaparecieron hasta que el mundo se redujo a un gris mate sin sentido del tiempo o la profundidad. Apenas empieza a caer la tarde, pero está tan oscuro que parece el crepúsculo. Nuestro juego terminó porque atraparon a Natalie haciendo trampa y Chloe no quiso ceder cuando el resto dijimos que no era importante. Todas las apuestas se cancelaron, por lo que cuando lleguemos a la cabaña la elección de camas será una batalla campal.

Oz aún ronca, mamá continúa trabajando, y tía Karen pinta las uñas de los pies de Natalie mientras su hija hace un berrinche porque ninguno de nosotros está siendo amable con ella.

Mo y yo seguimos sentadas en la mesa, con nuestras cabezas juntas sobre la pantalla de mi teléfono.

—No puedo —digo, sintiendo que mis mejillas se calientan mientras miro las palabras que Mo escribió en mi teléfono: “Hola, Charlie. ¿Tienes planes para el baile? Si no, estaba pensando que podríamos ir juntos ¿? ¿? Finn.”

Tardamos más de veinte minutos en redactar el mensaje: sencillo y directo al grano. Mi dedo vacila sobre el botón de enviar, hasta que Mo, cansada de esperar, entra en acción y lo aprieta por mí, haciendo que mi corazón se acelere.

—Listo —dice, con una sonrisa de satisfacción en su rostro.

Mi estómago se retuerce nerviosamente mientras miro la pantalla en espera de una respuesta inmediata, rezando por ella y temiéndola en igual medida; y de pronto el tiempo se ralentiza, cada segundo tarda al menos el doble que antes de enviar el mensaje.

—¿Qué está listo? —pregunta Chloe, separándose de Vance y quitándose el auricular derecho de su oído. Desde la diminuta bocina se alcanza a escuchar el sonido de una música contaminante, el tipo de vibración que retumba y chillidos cacofónicos que te hacen pensar en gatos torturados, ventiladores industriales y cubos de basura.

—Nada —digo, sorprendida por la capacidad de Chloe para ignorarte cuando necesitas decirle algo y escucharte cuando no quieres que lo haga.

Chloe toma mi teléfono de la mesa antes de que yo pueda reaccionar.

—¿Quién es Charlie? —pregunta.

—Nadie —dice Mo, sonriendo burlonamente.

—Dime que no es ese chico que juega futbol americano con las enormes hebillas de cinturón y las botas —dice Chloe.

—Es de Texas —digo, para justificarlo.

—Yo creo que es lindo —dice Mo.

Chloe pone los ojos en blanco y lanza mi teléfono a la mesa.

—No puedo creer que seamos hermanas —dice.

Eso es algo que no puedo rebatir. De no ser por la habitación que hemos compartido toda la vida, nuestro amor por las palabras estupendas como estupendo, nuestro cabello cobrizo y nuestros ojos verdes, no tenemos nada en común. Chloe se vuelve a colocar el audífono al oído, con una sonrisa en el rostro, y sé que está feliz por mí. Desde hace tiempo me ha alentado a lanzarme al mundo del romance, diciéndome que soy bonita, aunque finja que no me importa. Ella es la única que lo dice, pero lo hace tan frecuentemente y con tanta sinceridad que a veces realmente le creo.

Cuando por fin llegamos a la cabaña, ya me he mordido todas las uñas y he revisado mi teléfono al menos doscientas veces. El Auto Miller se detiene, y todos aprovechamos para estirarnos y ponernos de pie. Ha empezado a nevar, y aunque todavía no son ni las cinco, el mundo está completamente oscuro.

Entrecierro los ojos para ver la “cabaña” a través del nebuloso velo, y una sensación de calidez me inunda el corazón. Algunos de los mejores recuerdos de mi infancia se originaron en este lugar. La cabaña, que es más bien un pequeño chalet de montaña, fue construida por el padre de mi madre cuando este se jubiló, aunque su sueño de vivir rodeado de pinos solo duró dos cortos años antes de que muriera. Pero su visión sigue en pie, una majestuosa cabaña con armazón en forma de A hecho de madera y vidrio a la que se accede por un camino privado, convirtiéndola en la única casa en kilómetros.

Salgo de la casa rodante y me olvido por un momento de Charlie y de mi teléfono. El frío me golpea mientras este invernal país de las maravillas me roba el aliento. La mayor parte del tiempo, debido a mis largas extremidades y a mi cabello brillante, suelo sentirme demasiado alta y visible, pero aquí, rodeada de una inmensidad tan impenetrable, de pronto soy pequeña y asombrosamente consciente de mi propia insignificancia.

Mo da vueltas a mi alrededor, atrapada también en la belleza del momento, y con la lengua de fuera para atrapar el rocío de nieve.

—Sí sabes que la nieve está sucia, ¿verdad? —dice Natalie.

Mo gira hacia Natalie con la lengua de fuera, y esta se marcha resoplando. Ambas nos reímos.

Papá está luchando con una hielera repleta de refrescos intentando empujarla por las escaleras de la casa rodante, y le pide a Oz que haga lo mismo con la otra hielera. Oz pone manos a la obra, cargándola sin el menor esfuerzo detrás de papá, mientras Bingo le pisa los talones.

—Gracias, amigo —dice papá por encima de su hombro, haciendo sonreír a Oz.

Yo llevo mi bolso de lona y dos bolsas con comestibles, y camino detrás de Vance, quien solo carga su propia bolsa. Avanza arrastrando los pies, con los hombros caídos y caminando de ese modo lento e irritante que lo hace parecer perezoso y arrogante al mismo tiempo.

Mi teléfono vibra en el bolsillo de mi chamarra, haciéndome saltar como si me hubieran picado con una puya para ganado.

Chloe, que camina detrás de mí, balancea la bolsa de comestibles que lleva cargando y la estrella contra mi trasero.

—¿Es tu novio? —pregunta.

Miro por encima de mi hombro para responder con una mueca, pero entonces veo su rostro emocionado, y me hace sonrojar.

Quiero mirar mi teléfono desesperadamente y revelar mi premio, pero Charlie tendrá que esperar, porque ya hemos cruzado el umbral de la cabaña y empieza la carrera de locos para ganar la mejor cama. Dejo la bolsa con comestibles sobre la barra y doy un salto para rebasar a Vance, quien obviamente no tiene idea de lo importante que es esto. Oz ya está en las escaleras que conducen al ático, subiendo pesadamente los escalones. Cuando Oz quiere algo, su determinación puede ser feroz, y sé que quiere la litera superior.

Esto es bueno, porque si él va a la izquierda, yo iré a la derecha. No importa cuál litera elija, yo ganaré la otra para Mo y para mí. Natalie está pisándome los talones, evidentemente decidida a sabotearnos. Sin importar la litera que yo elija, ella pedirá la otra cama para separarme de Mo.

Mi mente da vueltas tratando de elaborar una estrategia, y me decido a ir por los catres en la parte trasera. Elegiré el de en medio para quedar junto a Mo, independientemente de lo que Natalie haga.

Oz gira a la izquierda, y yo sigo corriendo hacia adelante, lanzando mi bolsa sobre el catre de en medio, luego, quitándome la chamarra, la arrojó sobre el catre de la izquierda.

Natalie cae en la trampa.

—Ese es mi catre —dice—. No se puede apartar para otra persona.

Tira mi chamarra al suelo y lanza su bolso sobre el catre menos deseable, el que está junto al calefactor y el más cercano a Oz.

Recojo mi chamarra y la lanzo sobre el catre de la derecha, el que yo realmente quería.

Vance y Chloe dormirán en el segundo juego de literas. Mis papás dormirán en el sofá cama de la sala. Tía Karen y tío Bob tendrán la habitación principal.

—Desempaquen, y luego iremos a cenar —grita papá.

Me desplomo sobre mi catre y saco mi teléfono del bolsillo. Mo se deja caer a mi lado y mira por encima de mi hombro.

“Suena bien. Me alegro de que me hayas invitado. Charlie”.

Brincamos con tanta fuerza que temo que el pequeño catre se rompa.

—¡Le da gusto que lo hayas invitado! —grita Mo.

Del otro lado de la habitación, una enorme sonrisa se dibuja en el rostro de Chloe, y levanta el pulgar.

—¿Crees que llevará puestas sus botas de vaquero? —pregunta Natalie burlonamente.

Ignoro su comentario. Lo último que escuché fue que iría al baile acompañada de su primo.

—Chicas, dense prisa —dice papá desde abajo—. Grizzly Manor nos espera.

—Jack, tal vez no deberíamos salir esta noche. Parece que ha empezado una fuerte nevada —grita mamá.

—¿Y perdernos los hot cakes con salchichas de Grizzly? ¡Ni de broma! —dice papá, con voz entusiasmada.

—¡Hot cakes de Grizzly para cenar! —grita Oz, emocionado.

Y con eso queda resuelta la cuestión. Si Oz no come sus hot cakes, no se estará quieto.

—Chicas, voy a terminar de vaciar la casa rodante. Tienen diez minutos —dice papá.

Sus palabras van dirigidas principalmente a Mo, Miss Fashionista, quien ya está buscando en su gigantesca maleta el conjunto perfecto para Grizzly Manor, una cafetería con manteles de plástico a cuadros y aserrín en el piso.

Natalie, que no se queda atrás, abre el cierre de su maleta también gigantesca y hace lo mismo. Yo me siento de piernas cruzadas sobre mi catre, vestida con mi traje deportivo y mis botas UGG mientras miro fijamente el mensaje de Charlie.

—¿Rojo o negro? —pregunta Mo, sosteniendo dos suéteres igualmente hermosos.

—Rojo —digo.

—¿Rasgados o sin rasgar? —dice, refiriéndose a sus pantalones de mezclilla.

—Está helando afuera —respondo.

—Pero los que están rasgados combinan mejor con el suéter rojo —dice, volviendo a guardar en la maleta sus pantalones sin agujeros, mientras yo pongo los ojos en blanco—. Solo necesito ir del auto al restaurante y de regreso.

Mo se marcha rápidamente al baño para cambiarse, y cuando sale, parece una modelo de pasarela de Nueva York a punto de ir a un restaurante de cinco estrellas, en lugar de una adolescente en Big Bear yendo a la cafetería local para comer el desayuno a la hora de la cena.

—¿Listas? —grita papá—. El autobús se va.

Tomo mi chamarra con capucha, y Mo se pone un hermoso blazer de tejido de espiga y un par de botas altas de piel. Cuando Natalie se percata de la elección de Mo, empieza a hurgar en su maleta y saca un par de botas muy parecidas y un abrigo de color crema que le llega a la rodilla.

—Me gusta tu abrigo —dice Mo.

—Lo compré en Italia. Costó más de setecientos dólares —responde Natalie.

Mo se las arregla muy bien para no reaccionar. Yo, en cambio, meneo la cabeza y digo:

—Pues yo compré mi abrigo en París, y me costó ochocientos dólares.

Natalie me lanza una mueca, baja las escaleras hecha una furia y azota la puerta.

Mo se vuelve hacia mí, y soltamos la carcajada, imitando el caminar altivo de Natalie.

—Chicas —dice mamá bruscamente, terminando con nuestro comportamiento grosero.

Salimos a la noche, y el frío nos roba el aliento.

 

5

 

El mundo se transformó mientras estábamos adentro de la cabaña. La nieve se entrelazó en un velo que cae interminablemente desde el cielo, el viento hace bailar y girar a los copos de nieve antes de que tomen su lugar en el manto blanco. Me estremezo dentro de mi chamarra. La temperatura también se ha transformado, haciendo que la calidez del día sea solo un vago recuerdo.

—Vamos —dice papá, abriendo la puerta del Auto Miller.

Mo, Natalie y yo avanzamos arrastrando los pies. Mo camina resbalándose y patinando en sus botas.

—Finn, tú siéntate junto a mí —dice papá—. Te enseñaré a conducir en la nieve.

Subo de un salto al asiento delantero.

—Mo, el cinturón de seguridad —dice mamá detrás de mí.

Yo también me abrocho el mío.

Conducimos lentamente, las cadenas crujen sólidamente mientras descendemos con cautela por la carretera cargada de nieve. Los limpiaparabrisas se mueven de un lado a otro, y las luces altas apenas nos permiten ver un metro adelante de nosotros, mientras la nieve cae densamente a través de su luz.

El camino está vacío. Además de nosotros, solo el departamento de bomberos y algún intruso ocasional que quiere cortar camino desde Cedar Lake hasta las laderas utilizan la carretera de acceso.

Papá no me enseña a conducir como prometió. Su atención está completamente centrada en la carretera, y yo me entretengo pensando en Charlie y en el baile.

—¿Qué es eso? —digo, señalando un destello de color frente a nosotros.

Papá reduce la velocidad a tal grado que apenas nos movemos, y nos acercamos hasta un pequeño auto rojo. Papá detiene la casa rodante y se baja. Está a medio camino del vehículo parado cuando se abre la puerta y aparece un chico no mucho mayor que yo. Intercambian algunas palabras, y ambos empiezan a caminar hacia nosotros.

—Él es Kyle —dice papá—. Vamos a darle un aventón.

Por mí no hay ningún problema. Podemos recoger a otro Kyle en cualquier momento. Un metro ochenta de alto, hombros anchos, cabello color miel y unos ojos verdes tan brillantes que se pueden ver claramente desde tres metros de distancia.

Kyle escanea rápidamente el interior del vehículo. Oz está junto a la puerta con el cinturón de seguridad abrochado, sosteniendo a Bingo. Mamá, tía Karen y tío Bob están en el asiento del Bentley en la parte trasera. Chloe y Vance están sentados en la pequeña mesa del comedor junto a la ventana, con los audífonos a todo volumen en los oídos, mientras que Natalie está a un lado de la mesa y Mo al otro. Kyle sonríe cuando Mo cruza la mirada con él y se sienta junto a ella, demostrando que además es inteligente.

Empezamos a avanzar de nuevo, rodeando cuidadosamente el auto de nuestro invitado.

Kyle tiene mucha suerte de que hayamos aparecido. Dudo mucho que otros autos tomen el atajo esta noche, y hubiera sido una larga y helada caminata hasta la ciudad.

Detrás de mí, Mo ya está poniendo manos a la obra, y aunque no alcanzo a escuchar la conversación, sé que Kyle está perdido. Mo ha dejado una serie de chicos con el corazón roto detrás de su cautivadora estela. Es el tipo de chica que primero los ama y luego los deja devastados y aturdidos.

Echo un vistazo hacia atrás para confirmarlo, y efectivamente, Kyle está sentado de lado en su asiento, completamente cautivado mientras Mo teje su telaraña, hipnotizándolo con su belleza y sus dulces preguntas que parecen genuinamente curiosas, y escuchando sus respuestas como si fuera el tipo más fascinante del mundo.

Frente a ellos, Natalie mira la escena fijamente, sin poder decir una palabra, y experimento un mínimo sentimiento de simpatía hacia ella, alegrándome por no ser la chica atrapada frente a esos dos, haciéndome sentir completamente invisible mientras Mo hace lo suyo.

Papá pisa el freno, y mi cabeza gira encontrándose con el parpadeo de los ojos asustados de un ciervo frente a nosotros. El vehículo se tambalea, y luego se desliza. Las llantas delanteras se sujetan mientras las traseras se patinan. Todo sucede muy lentamente. Apenas nos movemos. La parte trasera golpea contra algo sólido, y las llantas delanteras pierden el control. Parecen unos cuantos centímetros, pero deben haber sido varios metros porque la defensa delantera roza contra la barandilla haciendo chirriar el metal al doblarse, y entonces nos detenemos.

Vuelvo a respirar, sintiéndome aliviada de que alguien haya sido lo suficientemente inteligente para construir una barandilla en esta franja peligrosamente estrecha. Y después de esa pequeña exhalación todo comienza. Como puntadas que se rasgan, los postes que sostienen la cinta de acero se rompen desde la ladera de la montaña: pop, pop, pop.

Y caemos.

No hay tiempo para gritar. Nos desplomamos como un misil. Mi cinturón de seguridad me mantiene suspendida sobre el parabrisas, mientras la montaña, la nieve y los árboles pasan volando. La llanta del lado de papá rebota contra algo duro, y somos lanzados hacia adelante y luego hacia abajo nuevamente, aunque ya no de forma recta. Mi hombro está atrapado en la esquina entre el tablero y la puerta.

En el siguiente segundo, la casa rodante está de lado, y observo cómo continúa deslizándose, derrapando sobre las rocas y la nieve. Miro hacia arriba, sin poder creer cuánto hemos caído. El camino arriba de nosotros se ha convertido en una cordillera lejana que ya no alcanzo a ver.

Estoy afuera pero no tengo frío, confundida pero solo por un segundo.

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