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Emerge o Muere

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1

Me pusieron esposas

 

Estoy detenido en un cuarto cerrado junto a las oficinas de ingreso al reclusorio. Pero sigo en las oficinas. Las paredes están hechas con paneles de yeso. No son herméticas. Escucho el ruido de personas hablando afuera. Mi cárcel temporal es de escasas dimensiones: cuatro metros cuadrados a lo sumo. Hay un escritorio viejo y una silla secretarial desvencijada.
El guardia abre mi puerta y ordena con sobriedad:
—Acompáñeme, doctor.
Voy tras él. Si yo fuese un prisionero peligroso, aprovecharía para atacarlo por la espalda. Pero no lo soy; y él lo sabe. Quizá hasta sienta lástima por mí.
Me hace pasar a una recepción cerrada a los costados y abierta al público a través de un mostrador. Si yo fuera un detenido proclive a la fuga, aprovecharía para saltar la repisa y salir corriendo hacia la calle. Pero no lo soy; y él lo sabe.
—Lo dejo unos minutos con su visita, doctor.
—Gracias, oficial.
Del otro lado del podio se encuentra Azul.
—Amiga —le digo—, gracias por estar siempre conmigo. En las buenas y en las malas.
Nota el enrojecimiento de mis muñecas.
—¿Te amarraron?
—Me pusieron esposas.
—¡Esto es injusto! ¡Increíble! ¿Quiénes se creen para tratarte así? Eres un médico cirujano importante. Tienes más educación que todos los que están en este edificio. Necesitas decir tu verdad.
—Para eso está mi abogado.
—De acuerdo, pero nadie puede abogar por ti mejor que tú mismo. Es uno de los principios que aprendimos —recita—: lo peor que puedes hacer cuando alguien te ataca, es esconderte. Ningún representante podrá defender mejor tu nombre que tú. El valor que te distingue se llama prestigio. Igual que el dinero, te lo pueden robar. Igual que el dinero, lo puedes recuperar.
Sus manos aprietan las mías con un fuerte temblor de azoramiento. Percibo en sus palabras exhortativas la frustración de alguien que no sabe cómo ayudar.
—¿Qué me sugieres, Azul?
—Explícale al mundo lo que sucedió, desde tu perspectiva. Yo testificaré a tu favor. Y mi palabra tiene peso. Pero no soy tan elocuente. Tú sabes expresarte desde el fondo de tu corazón sin perder la objetividad. Es un don peculiar —me acaricia el brazo—. Solo vine a eso. A pedirte, a suplicarte que escribas tu versión de los hechos; relata por lo que has sufrido los últimos meses. Incluso lo que has aprendido. Pronto se definirán las cosas, y te darán el derecho a declarar.
Observo a mi amiga. El reborde de sus párpados se ha colmado de lágrimas contenidas. La plataforma del mostrador me impide abrazarla, pero no me impide tomar sus manos para llevarlas a mi boca y besarlas.
—Está bien, Azul. Voy a hacerlo.
—Traje tu libreta de apuntes, y el libro con el resumen del programa. No sé si vas a estar aquí detenido dos días o cinco más, ¡pero aprovecha este tiempo, por favor! Estudia, escribe. Mientras tanto nosotros seguiremos trabajando con los abogados. Espero venir pronto a traerte buenas noticias.
—Gracias, amor. Aquí te espero.

 


 

2

Todo puede complicarse

Sentado en el sillón de mi oficina permanecí estático mirando el documento y tratando de recuperar al menos el reflejo natural de la respiración.
Me habían acusado de homicidio.
Estaba siendo procesado bajo caución, y ahora, el juez había ordenado que, de manera temporal, me fuera retirada la custodia de mi hija.
No podía asimilarlo. Ni aceptarlo. Volví a leer el penúltimo párrafo de la sentencia provisional tratando de encontrar algún resquicio de anacronismo.

Mediante pliego consignatorio en el que se ejercitó acción penal en contra de Benjamín José Benítez Calvo, por su probable responsabilidad en el delito de HOMICIDIO DOLOSO de su señora esposa, Julia Soberón Domínguez, y encontrándose en investigación su posible inestabilidad emocional, el presente Juzgado de Primera Instancia, dicta la orden de retirarle provisionalmente al procesado la custodia de su hija menor Mari Jose Benítez Soberón.

Una comisión de fuero familiar, acompañada por representantes de Derechos Humanos y policías, había ido a mi casa a recoger a la niña. Mi estrellita ahora estaría con su nana, en casa de mi suegra…
Sonó el teléfono de mi escritorio. Lo dejé repiquetear hasta que la llamada se extinguió. Seguía sin poder moverme. Poco después, alguien tocó a mi puerta. Tampoco contesté. Yésica se asomó, sigilosa.
—Lo busca el doctor Carlos Lisboa.
—Déjelo pasar.
Mi mejor (quizá único) amigo en el hospital entró a toda velocidad.
—Benjamín —me dijo—, te están esperando. La asamblea para dictaminar tu licencia de médico está por comenzar.
—Ya no me importa. Mira esto.
—¿Qué es?
—Me quitaron a mi niña.
—¿Cómo? ¿Por qué? —Lisboa razonó tratando de apaciguarme—. Cuando uno de los padres falta, el otro conserva la patria potestad de los hijos.
—No si el sobreviviente está acusado de homicidio y se considera emocionalmente inestable.
—Benjo. Buscaremos apelar. Siempre se puede hacer algo. Por lo pronto tienes que bajar al auditorio. Rápido. O todo se te puede complicar.
—¿Más?
—Sí. Más todavía.
Pero yo seguía anclado a mi silla y a mi dolor.
—¿Sabes a quién le asignaron la custodia de mi estrellita?, ¡a la mujer que me está demandando, y quiere meterme a la cárcel!
—Tu suegra cree que mataste a su hija.
Me puse de pie y encaré a mi amigo.
—No vuelvas a decir eso, ¿me oíste? Mi esposa murió en un accidente. ¡Y también el accidente fue por culpa de mi suegra!
—Benjo, tranquilízate. Tal vez tengas razón. Pero dentro de unos minutos te van a juzgar por algo completamente distinto. Algo de lo que solo tú eres responsable: nadie más que tú se equivocó en el quirófano.
Apreté los puños con rabia contenida. Algún día se sabría la verdad. Porque hasta mis errores en el trabajo médico provinieron de la distracción crónica que me produjo un matrimonio disfuncional.
—Vamos…

 


3

Eres idiota, pero no hagas idioteces

 

Conducía en carretera. En el asiento de atrás iba nuestra hija Mari Jose de nueve años, dormida. Le decíamos Ma-Jo o Majito. Una niña dulce, cariñosa, con una sed insaciable de amor. En el asiento de adelante iba mi esposa. Rubia, de ojos claros y cuerpo perfecto. Trabajaba como modelo de ropa, tenía una vida superficial y frecuentaba a amigos divos con los que yo no congeniaba. Aunque se llamaba Julia, le gustaba que le dijeran Barbie.
—Procuremos estar contentos, Barbie —le sugerí—; hicimos este viaje para darle oxígeno a nuestro matrimonio.
—¿Y entonces por qué diablos invitaste a la nana?
—Ya sabes. Para que cuide a Majito por las noches; así podríamos salir a cenar o a bailar.
—No me hagas reír, Benjamín. A ti no te gusta bailar. Y Majito quiere más a la maldita nana que a mí.
—¿Por qué crees? —eché leña a un fuego que convenía sofocar—. ¿No te has dado cuenta de que la nana cuida y protege a la nena desde que nació, mientras que tú solo la maltratas?
—No digas estupideces, Benjamín. Yo no la maltrato. La educo.
—Es una niña con discapacidad.
—¿Y qué? ¿Por esa razón vas a dejar que sea una malcriada? ¡También a los niños con discapacidad se les instruye! Pero su padre es un pelele que nunca le dice nada, y después de trabajar prefiere llegar a platicar con la nana.
—Cálmate, Julia.
—No me calmes, carajo. Y no me digas Julia. Tú eres amante de Ada. Por eso la traes a todos lados.
Esto sobrepasaba mi entendimiento. ¿Por qué una mujer con un físico tan bello (aunque no podía decirse lo mismo de su alma) podría estar celosa de una enfermera veinte años mayor?
—Ada es una buena mujer, que ama a nuestra hija.
—Dile que se regrese. ¡No la quiero en este viaje!
—¿En qué te afecta, mujer? Viene manejando su propio auto. Y va a dormir en una habitación separada. No te va a estorbar, pero en cambio, si se ofrece, te puede ayudar.
Mi esposa subió el volumen de la voz.
—¿Se supone que no tenemos dinero y le vas a pagar a la nana hotel, viáticos y sueldo?
—¡Sí! Es un seguro de tranquilidad. Y los seguros cuestan. Tengo miedo de que te exasperes con Majito.
—Otra vez la burra al trigo. La niña llora conmigo porque yo le exijo que se esfuerce más y se comporte bien.
—Tiene síndrome de Down.
—¿Y eso qué? Deja de justificarla. Mejor ayúdala a ser más funcional. ¿Cómo vamos a lograr avances, si siempre está, en medio, la nana consentidora?
Escuchamos un sollozo en el asiento de atrás. Majito se había despertado y había caído en la cuenta de que ella era el motivo de nuestra pelea.
—Duérmete, estrellita —le dije.
—¿Dónde ta Ada? —preguntó con su particular pronunciación dificultosa—. Me quiedo con Ada.
—¡Te lo dije, Benjamín! Deshazte de esa criada que viene siguiéndonos.
Disminuí la velocidad y detuve el auto.
—¿Por qué te paraste?
—Voy a hablar con ella. Es lo que quieres ¿o no?
—¡Pero busca un lugar seguro! Aquí es peligroso.
Ada detuvo su auto compacto detrás del nuestro y se apeó para preguntarnos si todo estaba bien.
Bajé la ventanilla y le dije:
—¿Puede llevarse a Majito en su coche? Mi esposa y yo estamos un poco alterados.
La niña comenzó a gritar el nombre de su nana, pidiéndole los brazos. Quité los seguros. Ada abrió la portezuela y comenzó a desabrochar el cinturón de Majito.
—No te atrevas a tocar a mi hija —le dijo Barbie—. Déjanos en paz. Estamos arreglando un asunto familiar.
Ada volteó a verme, apremiada por rescatar a la niña, pero sin saber a cuál de sus patrones obedecer.
—Déjenos un momento, por favor.
La nana asintió con un rostro ensombrecido por la angustia, cerró la puerta despacio y volvió a su auto. Majito gritó y berreó con todas sus fuerzas.
—¡Ya cállate, niña! ¡Y tú acelera, carajo! —Julia-Barbie me dio un golpe en la nuca con su mano abierta—. ¡Ándale! Estás en medio de la carretera rural ¡porque no te alcanzó para las casetas! Aquí pasan muchos camiones. Alguno se va estrellar con nosotros. ¿Se te acabó la gasolina o quieres que maneje yo?
Sí. Se me había acabado la gasolina. Y sí. Quería que manejara ella… O mejor dicho, que siguiera haciéndolo. Yo ya no tenía ganas de nada. Mi naturaleza introvertida había derivado en desmoralización enfermiza. Alcancé a protestar:
—Me quitaste las ganas de viajar.
A Julia-Barbie le gustaba reñir dando garrotazos. Yo solía recibir sus reclamos con la indiferencia de quien vive junto a las vías y escucha el ruido reincidente del tren. Pero esa vez sentí que mi sangre se calentaba.
Murmuré:
—Yo soy doctor y creo saber lo que tú tienes; se llama trastorno límite de la personalidad. Necesitas atenderte.
—No me estés diagnosticando, aquí no eres médico, eres mi marido.
—A ver —caí en su juego—. Te traigo de vacaciones. Busco tener tiempo libre para ti. Hago lo mejor que puedo por mi familia.
—¿Esto es lo mejor que puedes? ¿Vacaciones en un pueblo cerca de la ciudad para no gastar en avión?, ¿viajar en una carcacha vieja? ¿Tiempo libre porque te estás escondiendo de la policía? Benjamín, eres un cirujano fracasado. Cometiste negligencia médica. ¿En qué rayos pensabas? Te van a quitar la licencia. Te van a vetar. Ni siquiera tu papá te va a poder contratar. Y no vas a tener dinero ni para pagarle a la enfermera. Porque el dinero que teníamos lo perdiste en la bolsa de valores; no sabes invertir. Eres un pésimo administrador, un pésimo doctor. Un pésimo hombre.
El resumen de mi esposa era certero. Y cruel. También repetitivo. Podía componer el himno al marido fracasado. Siempre usaba los mismos versos. Pero esa vez me provocaron un efecto inverso al habitual. Mi sangre siguió subiendo de temperatura y comenzó a quemarme las arterias. Resoplé como un toro de lidia que está a punto de romper los maderos del redil.
Majito logró desabrocharse el cinturón, abrió la puerta, salió y echó a correr. Por fortuna no venía ningún auto en la carretera.
Julia saltó de su asiento y fue tras la pequeña. La tomó del cabello y la arrastró al coche de vuelta.
—Eres idiota —le dijo; no era una pregunta—. Pero no hagas idioteces. Te pueden atropellar.
—Me quiedo con Ada. Ya la vi. Está allá…
—Pues no te vas a ir con ella, niñita. Yo soy tu madre y te acostumbras a mí.
Majito volvió a tomar la manija y quiso salir. Esta vez un camión de volteo nos rebasaba justo al momento en el que iba a abrir la puerta. Julia alcanzó a detenerla y la zarandeó.

 


7
Vamos a morirnos de una vez

 

Mi esposa comenzó a golpear a nuestra hija en el auto, repitiendo:

—Te acabo de salvar la vida. Eres una desobediente. Me exasperé y le grité:
—Detente. ¡Por Dios! No le pegues a la niña. —Tiene que aprender a obedecer.

Majito quiso defenderse interponiendo los brazos y manoteando; en uno de esos movimientos desesperados le pegó a su madre. Barbie se enfureció aún más al sentir la ofensiva y le propinó un derechazo directo a la boca. La nena gritó cubriéndose la cara. Pero ya era tarde. Tenía el labio reventado. Lo más increíble fue que Barbie no se detuvo. Había perdido el control. Siguió golpeando. La así del brazo y ella viró su encono para arañarme. La niña gritó:

—Tengo sangue. ¡Me está saliendo sangue!

Yo solía escaparme de las embestidas de mi mujer como perro que huye con la cola entre las patas, pero esa vez la enfrenté. Mis venas hervían y la adrenalina del toro refrenado con métodos inhumanos había estallado en un arranque de violencia sin precedentes. La tomé con mucha fuerza y alcé la mano con intenciones de darle una bofetada. Me detuve a tiempo.

—¡Poco hombre! Vas a pegarle a una mujer. Atrévete y te voy a demandar.

Quise gritar. Pero tenía la garganta atenazada. Al fin logré pronunciar:

—¡Y tú le pegas a nuestra hija! ¡Desde que nació nunca la aceptaste, porque es especial!, ¡ni siquiera la entiendes!

—No digas babosadas. Al único que no entiendo y no acepto es a ti. Tu vida fue un error desde el primer momento. Si no hubieras nacido, tu mamá seguiría con vida.

—¡Cállate!

—Por eso tus hermanos nunca te quisieron, ¡y nunca te perdonaron!

Ella sabía lastimarme. La muerte de mi madre por preeclampsia era la fibra más sensible que podía tocar en mí. Levanté ambas manos como garras ofensivas. Esta vez sí las usaría. Por fortuna (o por desgracia) en ese momento Ada abrió la puerta de atrás y sacó a Majito del auto. Nuestra pequeña abrazó a su salvadora llenándola de besos. En cuanto la niña estuvo segura, arranqué el auto y aceleré, enceguecido.

—Vamos a morirnos de una vez. Los dos.

Lo dije para intimidarla pero, quizá, en el fondo lo deseaba. Derrapé en una curva y en la recta alcancé los ciento ochenta kilómetros por hora.

—¿Qué tal mi carcacha vieja?

—¡Frena! ¿Qué te pasa?

Solo yo llevaba cinturón de seguridad. Barbie se lo había quitado para pelear con nuestra hija.

Alcancé al camión de volteo que ronroneaba pesadamente sobre una loma. Lo rebasé sin importarme la falta de visibilidad que me imponía el altozano. En el carril contrario venía una miniván roja. Nos lo encontramos de frente. Es prodigiosa la forma en que el cerebro se espabila al momento de un accidente, haciendo que todo alrededor parezca en cámara lenta. Mi esposa gritó, las llantas de los vehículos rechinaron. El conductor de la miniván abrió los ojos al máximo. Los dos íbamos a exceso de velocidad. Él optó por pegarse al camión y restregar el costado de su camioneta contra el volteo provocando un estruendoso ruido de metales haciéndose añicos. Vi que la defensa de la miniván se incrustaba en la de mi auto y di un volantazo desesperado para evitar el choque frontal; lo logré. Pero nos volcamos; la velocidad extrema nos hizo girar una y otra vez. Debimos dar tres, cinco, tal vez siete vueltas. Los vidrios se hicieron añicos. Las llantas volaron. El auto se desbarató. La miniván roja también se volteó. Todo se puso negro. Perdí la conciencia. Cuando desperté estaba en la ambulancia.

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