El pecado de ser gordo

Por: Carlos Cuauhtémoc Sánchez

Me desnudo para mirarme al espejo. Tengo lonjas y no puedo adelgazar. Mi vida es un infierno, porque ser gorda es como haber cometido un crimen. La discriminación está prohibida en cualquier ámbito, excepto en el de la obesidad. A los obesos se les maltrata. Y eso es socialmente aceptado. El sobrepeso es como una falta moral. Hacia donde volteo todo es light. La gente come ensaladas, toma agua natural y va a gimnasios. Cualquier persona alrededor está a dieta; la comida baja en grasas y el ejercicio son el tema central de las conversaciones. Se han inventado aretes, cremas, parches, aparatos, píldoras milagrosas y cientos de productos para reducir tallas.
Soy la más gorda de mis primas; y hasta mis tías que tienen veinte años más que yo, lucen un cuerpo mejor que el mío y se visten más a la moda.
¡Odio mi cuerpo, me odio a mí misma, odio esas prendas de vestir en tallas diminutas, odio a las modelos con cuerpos esqueléticos!
Mis compañeros suelen hacer chistes a costa mía. Cuando me aviento a la piscina siempre escucho las mismas bromas: “un tsunami”, “se va a salir toda el agua de la alberca”.
Busco en Internet “dietas de choque”. Encuentro muchas. Las imprimo. Necesito hacer algo pronto. Inicio regímenes exigentes. Voy a un mercado y compro hierbas para preparar tés. Duplico mi grado de exigencia. Después de dos semanas los resultados son milimétricos. ¿Por qué? Me desespero. Dejo de comer carbohidratos y grasas. Compro revistas, tomo diuréticos, pido consejos y hago cuanto me dicen. Pierdo conciencia de la realidad. Como mujer y persona ya no existo más. Me hago esclava de las dietas. Reviso las calorías de cada alimento; invierto de dos a tres horas diarias en el gimnasio; me peso varias veces al día; antes de dormir hago abdominales. Como no concilio el sueño, en la madrugada me levanto a hacer más abdominales. Tomo pastillas de fibra para ir al baño. No funcionan. Así que uso laxantes. Estoy desesperada. En mi cerebro sólo queda una terquedad incomprensible: ¡yo no soy fracasada!

El anterior es un testimonio real.
Escribí la dramática historia de Bibiana y su lucha contra la muerte silenciosa en mi libro LOS FANTASMAS DEL ESPEJO. Te recomiendo que lo leas. También te recomiendo que estés alerta: durante la adolescencia, una de cada cuatro jóvenes hace régimen, sin que casi ninguna tenga problemas de sobrepeso.
La aplastante mayoría de las adolescentes (15 años en edad promedio) han realizado dietas restrictivas: se han provocado vómito, han usado laxantes, han utilizado diuréticos y pastillas para bajar de peso.
La presencia de bulimia y anorexia en los países de occidente fluctúa entre 2% y 18% de la población. La tasa de mortalidad entre pacientes anoréxicos y bulímicos puede llegar al 20%.
El primer motivo de muerte en estos casos son fallas cardiacas. El segundo, los suicidios.
Es fácil caer en un trastorno de alimentación. Todo a nuestro alrededor está organizado para que eso suceda y seguramente, si pones atención, hallarás a alguien cercano que necesite tu ayuda. Alguien dominado, sin darse cuenta, por LOS FANTASMAS DEL ESPEJO.

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