Descalabrados, primeros capítulos

1

CAMBIO

Era de noche. La luz medrosa de una lámpara ambarina dibujaba vagamente la sombra de los muebles. Al fondo había un piano de media cola; detrás de él, sollozaba una mujer agachada con el cabello largo cubriéndole la cara.

     Se escuchó el sonido de un acorde; do menor, largo, sostenido. Después, escalas de una melodía triste.

     Las composiciones de Farah, complejas y penetrantes, lograron ser famosas años atrás. Sin embargo, cuando su familia estalló en mil pedazos, ella dejó de hacer presentaciones públicas, y abandonó su carrera de celebridad para enfocarse en la carrera ancestral de supervivencia.

     Siguió tocando. Se limpió las lágrimas que, de tan profusas e insistentes, le habían marcado las mejillas como un leve tatuaje de amargura.

Yo no puedo apostarle más a este amor gastado y vacío; ya no tengo motivos de buscar en tus ojos alguna luz; es ridículo fingir que está todo bien si a mi voz no tienes oídos.

     Interpretó la canción dejándose llevar por una combinación de pena (al saberse protagonista) y gozo (por haberse dado el tiempo de estar frente al piano otra vez). Aunque la vida la había obligado a alejarse de la música, siempre luchaba por regresar a ella como el pez confinado que busca desesperadamente nadar en aguas frescas.

     Se agachó de nuevo sobre el teclado; pensó:

     “Es increíble cómo puede cambiar la vida, las cosas son de una forma y de pronto son de otra. Los familiares mueren, la gente viaja, los exitosos caen, los famosos son olvidados, los amores se van. Hay estudiantes que se embarazan y todo cambia. Hay maridos que son infieles o cometen fraudes y todo cambia. Alguien sano sufre un accidente y todo cambia. ¡Pobre de aquel que se aferra! El cambio es lo único constante. Pero el cambio angustia. Nos hace coleccionar hubieras. Si hubiera hecho; si hubiera dicho, si no hubiera confiado, si hubiera llegado a tiempo, si no hubiera estado ahí, si hubiera sabido. Los hubieras nos anclan a un pasado que ya no existe, nos paralizan mentalmente perpetuando lo que quisiéramos haber hecho o dejado de hacer antes del cambio para que no sucediera ese cambio”…

Absurda soledad. Maldita soledad; que me ha tenido aquí, más de lo que debía soportar. Farsante soledad. Perversa soledad. Miente al decirme que necesito de ti.

     En esa casa había cambiado todo. Y los hubieras perseguían a Farah como un porfiado y feroz enjambre de avispas. 

     Levantó la cabeza tratando de aguzar el oído.

     ¿Había ruidos en la calle? ¿Alguien estaba entrando a la casa? ¿Sería Marco Polo, al fin?

     Miró el reloj. Se asomó por la ventana; apretó los dedos; volvió a sentarse.

     Eran las tres de la mañana y su hijo no había llegado todavía.

2

EL ANTRO

Marco Polo terminó de repartir las últimas dosis de la jornada. Fue una buena noche. Vendió veintidós empanaditas con pasta soñadora.

     Se acercó al encargado del bar y le pagó la cuota acordada. Lo hizo, como siempre, poniendo sobre la barra un estuche de gafas con el dinero adentro.

     —Aquí te dejo tus lentes. Para que veas. Los clientes están felices. 

     —Gracias. Hoy nos fue bien. —El cantinero tomó el estuche de anteojos y lo guardó en su cajón—. No como otras veces que nos llenamos de niños o señores ochenteros que no gastan nada.

     —Sí. —La alegría colectiva entre música y luces era inmejorable—. Creo que también les fue bien al Cuervo y al Raro. ¿Ya te entregaron cuentas?

     —Seguro no tardan. Ellos sí mueven billetes. ¿Y tú, Marco, por qué no vendes cosas más fuertecitas?

     —Cada quien se especializa en algo —contestó amigable y sonriente como siempre—. Yo prefiero lo menos peligroso. Me da suficiente. Lo que necesito.

Aprovechando su amabilidad, el cantinero preguntó:

—¿Y cómo le haces para que tu mota no huela y no te descubran? No sé si me quieras ayudar… Yo siempre he querido tener otros ingresos.

     Marco volteó para todos lados como dispuesto a decir en susurro su secreto. Aunque tenía poco tiempo en ese negocio, había encontrado una veta de ingresos muy creativa:

     —La primera regla es que si vendes droga no debes consumirla. La segunda es que debes escoger bien tu mercancía. Recuerda que somos comerciantes. Hay cosas muy adictivas que matan a tus clientes y te ponen en mucho riesgo. Se necesita ser suicida para vender lo que venden el Cuervo y el Raro. Yo renuncié a eso. Escogí lo más inofensivo; Mary Jane es hasta legal en muchos sitios. La clave para que no te agarren es no meterse en temas de humos y vapores apestosos; yo compro la hierba en crudo, la descarboxilo y hago una pasta concentrada que meto a las miniempanadas; vendo de queso, carne, rajas y mermelada; son pequeñas pero están bien cargadas. Una sola equivale a cinco porros. —Se acercó al cantinero y le convidó su máximo secreto—. También hago (bajo pedido) empanadas especiales a las que les muelo setas deshidratadas.

     —Eres un cabrón, Marco Polo.

     —Me sobraron tres —puso una bolsa de plástico sobre la barra—. Te las dejo.

     El cantinero la recogió de un zarpazo.

     De pronto se escucharon gritos. Personas discutiendo; gente tirando mesas y sillas. Aunque la música acallaba el alboroto, Marco supo que estaba sucediendo algo peligroso. Echó un vistazo a la entrada. La policía había detenido a varios de los clientes y volteaban alrededor como buscando entre la multitud alguien más a quién acusar.

     Marco caminó rumbo a la salida de emergencia. Encontró al Cuervo y al Raro, sus proveedores, agazapados en un recoveco del pasillo.

     —Nos cayó la tira pesada —dijo el Cuervo.

     —Pues vámonos por la puerta de atrás —sugirió Marco.

     —No se puede —aclaró el Raro—. Ya me asomé. También hay policías. Parece que van a hacer un cateo. ¿Te sobró mercancía?

—No. La vendí toda.

     El Cuervo era jefe de todos los narcomenudistas; fungía como intermediario entre la mafia alta y los soldados rasos. Su apodo hacía referencia a su astucia y mala cara. Metió la mano a una mochila que llevaba colgada al hombro.

     —Tú eres nuevo. La policía no te conoce ―le dio un paquete del tamaño de una naranja―. Guárdanos esto.

     Marco miró el contenido. Su vendedor de hierba y hongos era también distribuidor de cocaína, heroína, LSD, éxtasis, poppers y otras cosas. Marco se puso pálido. En el paquete había de todo.

     ―Yo no cargo droga mala. Ya lo sabes.

     —Cállate, y obedece.

     —Si me agarran con esto, me va a llevar la fregada.

     —Te va a llevar de todas formas ―el Cuervo le puso una pistola en el cuello―, si no nos obedeces.

     Se quedó quieto, incrédulo, aterrorizado. Comenzó a temblar; toda su valentía fingida se había esfumado. Tomó la bolsa tiritando y se le cayó al suelo. Salieron rodando algunas rocas y pastillas. Se agachó a recogerlas. El Cuervo lo encañonó en la nuca.

     —Si pierdes una maldita tacha te la vamos a cobrar con tus ojos. ¿Oíste?

     Marco era un joven alto; en los últimos años, el sedentarismo le había hecho ganar peso. Tenía el cabello largo y una barba rala desaliñada. Parecía luchador callejero de judo. Pero ahí en el suelo, a gatas, recogiendo droga, se veía pequeño, como niño regañado. Recuperó todo y se puso de pie despacio. En un acto desesperado de defensa, protestó:

     —Deja de apuntarme con la pistola, Cuervo. Yo soy amigo.

     —Vamos a calmarnos —el Raro adoptó un tono más condescendiente—. Disimula, Marco. Si te calmas no va a pasar nada. Nosotros somos los que estamos quemados aquí. Tienen nuestras fotos. Nos andan buscando. Sepárate. Fíjate en lo que vamos a hacer. Cuando se arme la bola de gente te metes en medio y salimos con todos.

     —¿Cuál bola de gente? —Se pasaba el paquete con droga de una mano a otra como si le abrasara las palmas—. ¡Están revisando a uno por uno en la puerta! ―En su nerviosismo, volvió a dejar caer la bolsa.

     —¡Imbécil! —El Cuervo le dio un golpe en la cabeza con la cacha de la pistola.

     Se desmayó.

3

LA SALA

Llegó a casa.

     Le costó trabajo abrir la puerta.

     Para su sorpresa, encontró la luz encendida.

     Al fin a salvo.

     Fue directo a la sala. Revisó debajo del sillón principal entre la borra y los resortes para cerciorarse de que todo estaba en su lugar. Había guardado ahí una bolsa de marihuana. Se sentó encima. Cerró los ojos un instante y acarició la vieja tela aterciopelada. Mal que bien era su casa.

     —Ya pasó todo. —Se consoló a sí mismo—. ¡Estuvo cerca!

     Miró alrededor. La sala era un recinto escueto, con pocos muebles; dos sillones de tela carcomidos por años de uso metódico, una mesita circular de encino, dos lámparas largas que perdieron su verticalidad, y un librero color chocolate, cacarizo, entre cuyos hoyuelos se podía entrever su horrendo color amarillo original. Al fondo estaba el piano de su madre; sobre el piano había una pequeña escultura de plata en forma de un salmón saltando; junto al piano, una mesa de trabajo para la computadora de su padre.

     La familia entera solía reunirse por las noches en esa sala. Eran bohemios por naturaleza. Antes, su madre tocaba el piano y componía; Marco tocaba la guitarra y hacía pequeños arreglos musicales; su hermana pintaba caricaturas sobre la mesa circular, y su padre, usando audífonos, trabajaba obsesivamente programando sistemas de seguridad cibernética en la computadora. Pero ahora todo había cambiado. Su padre ya no vivía con ellos, su hermana ya no pintaba caricaturas y su madre cada vez tocaba menos el piano.

     Casi como si fuera una broma macabra, se escuchó el golpe del teclado y las notas de una melodía triste. Marco Polo sintió un escalofrío. Detrás del piano, entre las sombras, emergió la figura de una mujer con el pelo largo tapándole la cara. Tocaba con una furia contenida que había derivado en decepción, casi agotamiento. De pronto dio un golpe abrupto a las teclas como para indicar que el concierto había terminado antes de comenzar.

     —Me asustaste, mamá. ¿Qué haces despierta?

     —¿Por qué apagaste el celular?

     Escondió el teléfono en un movimiento instintivo.

     —No lo apagué. Se me acabó la batería.

     —A ver. Déjame verlo.

     Farah se levantó y fue hacia él. Se veía ojerosa y despeinada.

     —¿Qué haces, mamá? No me toques. El celular es personal.

     —¿Estás borracho?

     —Mucho. ―Hizo un ademán ridículo fingiéndose mareado―. ¡Claro que no!

     —Quedamos en que llegarías a la una de la mañana, máximo. Lo pactamos. Y fallaste. Mentiste. Desactivaste tu ubicación a las once, dejaste de contestar mis mensajes a las doce, apagaste tu celular a la una. Y, mira la hora, ¡llegaste a las cuatro y media!

     Sonrió con incredulidad mordaz.

     —¿Me vigilas minuto a minuto? ¿Por qué no te metes a trabajar de detective? Eres una anciana de cuarenta y cinco años. No puedes pasártela revisando la aplicación que marca dónde estoy.

     —Pues a las ancianas como yo nos gusta mucho más estar dormidas a esta hora.

     —¡Es lo que yo digo! ¡Vete a dormir!

     —Demuéstrame que tu celular no tiene batería…  o te voy a romper la cabeza.

     —¿Me vas a romper la cabeza?… —Se rio de ella—. Si haces eso acabarás en prisión. Y todos dirán que eres una loca que asesinó a su hijo tratando de quitarle el celular.

     Su sarcasmo parecío mitigar un poco la ira de su madre. Sin dejar de ser enérgica, amenazó tomando con las dos manos el centro de mesa: una densa piedra de mármol en forma de mango; la levantó siguiendo el juego de arrojársela a su hijo.

     Algo terrible les vino a la mente. Ambos se quedaron paralizados.

     Ella se disculpó.

     —Perdón. —Y devolvió el pesado adorno a su lugar.

     Pero un recuerdo nítido y doloroso acababa de pasmarlos como una viscosa niebla: no podían alejar la imagen del padre de Marco borracho, llorando en ese sillón de la sala, bañado en sangre por haberse golpeado él mismo con la pieza de mármol.

4

APLASTADOS

El desmayo de Marco duró apenas unos segundos; había caído sobre el paquete de droga.

     La música del antro continuaba a todo volumen. A pesar del operativo policiaco, los administradores del bar se esforzaban por mantener las apariencias.

     —Dame eso. —El Cuervo le arrancó la bolsa con mercancía y volvió a meterla a su mochila—. Vas a acabar perdiéndolo. O te van a agarrar. Eso me pasa por asociarme con pendejos. —Se giró para hablar con el Raro—. Vamos a echar el aparato ya. 

     Marco Polo se quedó en el suelo con la mano en la cabeza. Desde ahí pudo ver cómo el Raro tomaba la mochila mientras el Cuervo hurgaba en el interior como un mago que busca en su chistera al conejo que se le ha escondido. Entre los dos, al fin lograron armar una especie de granada. El Cuervo la extrajo cuidadosamente con ambas manos y la arrojó sobre la pista de baile.

     Hubo una explosión.

     El lugar se llenó de humo picante. La gente empezó a toser y a gritar. Cayeron al suelo mesas, sillas, vasos con bebidas, botellas. Hasta entonces los encargados ordenaron apagar la música.

     Marco Polo se puso de pie con una mano en la cabeza, corrió hacia la entrada y se apretujó con la multitud que pugnaba por salir.

     Había muy poca visibilidad.

     Los gritos continuaban. La gente se estaba aplastando. Si no desbloqueaban la puerta pronto, iba a haber muertos por asfixia.

     La policía, afectada también por el gas picante, al fin liberó la salida.

     Decenas de jóvenes salieron a empujones. Varios se tropezaron y fueron aplastados por la multitud.

     Marco vio cómo una chica se tropezaba y caía en frente de él. Quiso detenerse para ayudarla a levantarse, pero la turba lo empujó y pasó encima de ella. La oyó gritar mientras la trituraban a pisotones.

     Se escuchó la sirena de emergencia del edificio.

     Logró salir.

     En la calle todo era confusión. Estaban llegando patrullas y ambulancias.

     Había dejado estacionada su motocicleta del otro lado de la acera. Se montaría en ella y saldría a toda velocidad. Metió las manos al bolsillo buscando las llaves. Se detuvo en seco. Al pie de su moto había varias personas sentadas sobre la acera tratando de recuperarse de los empujones y el gas picante. Algunos paramédicos empezaban a asistirlos. Dudó. Quería escapar cuanto antes. Pero tendría que pedir permiso de paso a muchas personas. Además, en el maletero de su motocicleta había algunas empanadas con marihuana y la moto en sí era demasiado llamativa: BMW, doble propósito de mil doscientos centímetros cúbicos; regalo de unos tíos ricos.

     Un policía parado junto a la moto comenzó a revisarla y le tomó fotografías a la placa. Marco se llenó de temor. Acababa de registrarla con el domicilio exacto de su casa.

     Los gritos continuaban.      Algunos clientes y empleados del bar habían sido inmovilizados. Estaban con las manos arriba, pegados a la pared mientras la policía los inspeccionaba. Marco logró identificar entre los detenidos al cantinero del bar y al Raro.

     Una de las patrullas recién llegadas encendió la sirena; se escuchó la voz autoritaria de un agente en el megáfono:

     —Todas las personas que acaban de salir del edificio tienen prohibido retirarse. Se está llevando a cabo una inspección de narcóticos.

     El anuncio fue suficiente para que muchos de los que estaban afuera, tosiendo y quejándose, echaran a correr. Marco aprovechó que varios policías fueron detrás de los fugitivos para escabullirse también. Lo hizo caminando con disimulo. Pero apenas llegó a la esquina, corrió con todas sus fuerzas. A pesar de ser casi las cuatro de la mañana había autos circulando en la avenida principal. Buscó un taxi. Volteó alrededor. Era mala idea. Varios de los prófugos también andaban a la caza de un taxi. En cuanto apareciera el primero, le caerían encima como leprosos que quieren ser sanados.

     Encendió el celular. De inmediato le llegaron varios mensajes atrasados de su madre con notificaciones audibles superponiéndose entre sí como un tamborileo de reproches.

     Abrió la aplicación de Uber. Un autito apareció en el mapa a cinco minutos de distancia. Respiró tratando de calmarse. Fueron los cinco minutos más largos de su vida. En cuanto se subió al coche, volvió a apagar el teléfono. No quería arriesgarse a que a su mamá le sonara también algún aviso de que su hijo estaba de nuevo en línea.

     Llegó a su casa.

     Le costó trabajo abrir la puerta.

     Para su sorpresa, encontró la luz encendida.

     Al fin a salvo.

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