Contraveneno

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Contraveneno-Capitulos

1

EL GATO MUERTO

La carta misteriosa estuvo sobre la mesa de la cocina durante varios días. Al principio no podíamos evitar mirarla con desconfianza, pero después se fue perdiendo entre el resto de la correspondencia.

Una noche, mi esposo volvió a abrirla y me dijo:

—Tenemos que devolverla.

—Sí —respondí—. Estoy de acuerdo—, pero me da un poco de miedo.

—¿Por qué?

—Detesto las notas anónimas y más cuando vienen acompañadas de un cheque. Me hacen sentir como si estuviera tratando con la mafia.

César asintió.

—Por eso mismo debemos devolverla. Cuanto antes.

—¿Y si lo hacemos por correo? 

—Puede ser. Aunque te confieso que he pensado mucho en la posibilidad de que esas personas necesiten ayuda de verdad.

—Sí —reconocí—, yo también he tenido esa inquietud.

Tomé la nota y volví a leerla. 

Alguien estaba solicitando de forma urgente mis servicios como terapeuta familiar. El anónimo estaba engrapado a un cuantioso cheque en el que se me pagaba por adelantado el monto de una terapia que podía durar varios meses.

—Qué extraño —comenté—. El cheque es de una empresa. Además no es usual hacer un trabajo de consejería por
encargo. Son los interesados quienes deben buscar la ayuda y pagar por ella.

Patricia, la hija de mi esposo, se había mantenido en silencio mientras comía su yogurt con granola. Era una mujer de veinticuatro años que se esforzaba sobremanera en lucir delgada. 

—¿Puedo dar una opinión? —preguntó.

—Claro.

—El otro día vi el sobre y me llamó la atención. Leí la nota y me pareció curioso…

Se detuvo.

—¿Qué, hija? —preguntó César.

—La dirección que dan en esa nota y el nombre de las personas que necesitan ayuda.

—¿Las conoces?

—Puede ser…

—¿Quiénes son? —inquirí.

—No estoy segura, pero creo que él es un cantante. Al menos se llama igual, y varios datos coinciden. Según sé, acaba de divorciarse.

—¿Un cantante? ¿Y cómo sabes que acaba de..?

—Soy su admiradora.

César se puso de pie y tomó las llaves del coche.

—Enfrentemos el asunto y acabemos con esto de una vez. 

Mi esposo condujo el automóvil sin decir palabra. Se veía preocupado. Llegamos al domicilio y nos estacionamos frente a la casa. Abrí la guantera del coche para guardar el sobre con el cheque. La cajuelita estaba llena. 

—No me gusta que traigas esta enorme lata de gas lacrimógeno aquí —protesté—. Puede causar un accidente.

—Es un arma inofensiva —se defendió mi esposo—, y muy útil en estos tiempos. 

Moví la cabeza. No tenía caso discutir sobre eso otra vez. Bajamos del auto y nos acercamos a la entrada con cautela. A juzgar por la basura acumulada y la escasa luz, parecía una mansión abandonada.

Cuando íbamos a tocar, nos dimos cuenta que la puerta estaba abierta. Mi esposo la empujó. De inmediato percibimos un tufo maloliente. Casi por instinto nos llevamos una mano a la nariz, pero no fue esa la única ni la mayor impresión de repulsa que recibimos. Fue la total oscuridad quebrantada sólo por el haz luminoso de una linterna que se movía detrás de la puerta.

—¿Quienes son ustedes? —preguntó alguien con voz débil.

La luz se detuvo en nuestras caras. Interpuse una mano para evitar ser deslumbrada. Distinguí dos cuerpos menudos como los de un par de niños escondiéndose.

—Soy la doctora Blanca Bermúdez.

—¿Vienes a dejarnos dinero?

—No… ¿Están sus papás?

—Váyanse de aquí.

—Queremos ayudarlos. Somos amigos.

En ese instante las dos personitas discreparon. Una insistió en expulsarnos de su territorio y la otra intentó confraternar.

—Ya oíste lo que dijeron: Son amigos.

—Quítate, tonta… hay que cerrar la puerta.

—Vienen a ayudarnos…

—Nadie puede…

En su forcejeo, la linterna cayó al suelo y se apagó; César la tomó. El silencio acompasado con la oscuridad se volvió amenazante.

Mi esposo encendió la linterna de nuevo. Pudimos descubrir a dos niñas de parecido casi gemelar, con enormes ojos claros y gesto atemorizado.

—¿Por qué no hay luz? —cuestioné.

—Se fue desde ayer.

—¿Y por qué huele tan mal? ¿Están sus papás? Queremos hablar con ellos.

Los papeles se habían invertido. La linterna daba a su poseedor una clara jerarquía.

—Mi mamá está adentro… dormida.

—¿Desde cuándo?

—Desde la mañana. Duerme todo el día.

—¿Toma medicinas?

—Sí.

—Queremos hablar con ella, ¿puedes despertarla?

—No…

—¿Por qué?

La niña desconfiada impidió a su hermana seguir informando. Arrebató la linterna a mi esposo, la apagó y jaló a su melliza. No se atrevieron a cerrar la puerta, sólo corrieron hacia la oscuridad sin separarse una de la otra, como si lo único confiable que tuvieran para refugiarse fuera su mutua cercanía.

—¿Qué hacemos? —preguntó César—. Este lugar apesta.

—¿Por qué no buscas la caja de fusibles y revisas si puedes restablecer la luz?

Procedió de inmediato sin contestar.

Cuando volví la cabeza hacia el interior de la casa, descubrí el cuerpo erguido de un adulto a escasos metros frente a mí. Me sobresalté. Era una mujer de cabello largo, alumbrada paupérrimamente por la luz mortecina de una vela.

—¿Señora Fuentes? —pregunté.

—¿Quién es usted?

—Una divorciada —declaré.

—¿Perdón?

—Hace diez años me separé de mi primer marido —dije levantando la voz—. La ruptura me hizo mucho daño. También nuestros hijos sufrieron enormemente. Pero todos rehicimos nuestras vidas.

Olga Fuentes tardó en contestar. Se talló los ojos con una mano, sosteniendo la vela con la otra como si mirara a un espectro parado en el umbral de su puerta.

—¿Por qué vino aquí?

Era del todo impropio sacar el cheque de mi bolsa para devolvérselo. Obviamente, Olga no lo había enviado. Opté por argumentar lo más simple, con el riesgo de no sonar muy creíble.

—Patricia, la hija de mi segundo esposo me lo pidió. Ella sabe que ustedes necesitan apoyo.

—¿Su hijastra se lo pidió? —repitió como tratando de comprender y dando al sustantivo un énfasis de desprecio.

—Sí. Es admiradora de… ustedes.

—¡Aaah! —dijo enfureciéndose—. ¡Ya veo! Haga el favor de salir de aquí.

—Señora Fuentes, su exmarido es una figura pública. Hay quienes lo idolatran… y tratan de ayudar. No lo tome a mal. 

—Todas las admiradoras de Fausto son unas prostitutas. ¡Lárguese!

—Espere…

La mujer desapareció en la penumbra. Al fondo de la estancia, las niñas agazapadas contemplaban la escena prendiendo y apagando la linterna.

Dudé unos segundos. Caminé hacia atrás, ¿valía la pena seguir arriesgándome?

—Señora Fuentes. Yo trabajo con personas divorciadas. Si sigue ciertos pasos, es posible reconquistar la dignidad y ser feliz otra vez. ¿Quiere intentarlo?

—¡Quiero que se vaya de esta casa! —me gritó—. Tengo un florero de cristal en la mano. Si no se va, voy a rompérselo en la cabeza.

Me convenció.

Cuando estaba dispuesta a dar media vuelta, César logró arreglar el fusible y las luces de la casa se encendieron. Ante mí se presentó el cuadro más contradictorio que jamás había visto: por un lado, muebles perfectos, piso de mármol recién pulido, vitrinas relucientes, cortinas prolijamente acomodadas y, por otro, dos niñas sucias, en la esquina de la estancia, varios metros atrás de una señora despeinada, cubierta con una camiseta mugrienta de algodón, sin sostén y sujetando un florero para arrojármelo.

Tardé en asimilar la escena. ¿Acaso, en su loca desesperación, se dedicaba a abrillantar la casa hasta dejarla como el suntuoso escenario de una sala de ópera, sin verse ella misma al espejo ni brindarles una mirada de piedad a sus aterradas hijas?

Hice un último intento:

—Olga… yo la comprendo… Historias de personas como usted y como yo, son contrarias a lo que debería de suceder, pero ocurren con demasiada frecuencia… Por desgracia hay pocas familias estables. Muchas personas hemos sufrido rupturas drásticas y pasamos por episodios de desconfianza, depresión e ira.

César llegó corriendo hasta mi lado. En unos segundos analizó la situación. Igual que yo, notó la discordancia entre el esplendor del mobiliario y el descuido de las personas; entre la asepsia extrema y el extraño hedor.

—Le presento a mi marido.

—Buenas noches, señora —dijo él con su habitual voz tranquila—. Por lo que veo, usted está desconcertada por nuestra presencia, pero entienda que no tenemos necesidad de estar aquí. Nuestra única intención es ayudar.

Olga Fuentes bajó la guardia despacio.

—¿Son consejeros matrimoniales?

—César es empresario —contesté—. Tiene restaurantes. Yo me dedico a dar orientación familiar. Aquí tiene mi tarjeta de presentación —se la di—, puede visitarme en mi consultorio.

—Mamá —nos interrumpió una de las niñas—. Están saliendo muchos animales por debajo de la estufa. 

Olga dejó la pieza de cristal sobre la mesa y caminó hacia la cocina. Fuimos tras ella. El mal olor se incrementaba al entrar ahí. En efecto, unos insectos rastreros, pequeños como gusarapos y acorazados como escarabajos, entraban y salían del espacio que había entre el piso y el faldón de la cocina.

César se puso en cuclillas y echó un vistazo.

—Hay miles… Sería bueno jalar la estufa para ver de dónde vienen.

Olga Fuentes asintió. Mi esposo hizo la maniobra con dificultad. El cuadro que descubrió fue repugnante. Las niñas gritaron. Olga se tapó la boca conteniéndose para no vomitar. Un gato tieso, de pelo mojado y herrumbroso estaba siendo devorado por una plaga de coleópteros necrófilos y moscas.

—¿Qué es esto? —cuestioné, sabiendo bien lo que era.

—Yo lo sacaré —se comidió César—, sólo dígame dónde hay una escoba y un bote de basura.

Olga Nidia señaló la puerta del rincón.

—¿Es su mascota?

—No. Tal vez de algún vecino. De seguro Fausto golpeó a este animal y el pobre se metió a la casa por una ventana.

Me pareció una conclusión precaria. 

Cesar le dio la vuelta con el palo de la escoba.

—Tiene un golpe en la oreja.

—¿Lo ven hijas? ¿Ven por qué les dije que no podemos confiar en su padre? Uno de estos días nos puede matar a alguna de nosotras.

—No diga eso, Olga —sugerí—. Son conjeturas muy peligrosas.

—Señora —comentó mi esposo—, ese gato tiene al menos una semana de muerto ¿usted no se dio cuenta? Toda la casa huele mal.

—¿Qué día es hoy?

—Domingo.

—Domingo… —repitió como haciendo cuentas—, hace ocho días que no salimos.

¿De modo que el cuerpo del animal se descompuso gradualmente mientras ellas se acostumbraban al mal olor en su largo enclaustramiento?

—Cuando me siento bien, limpio los pisos y alimento a mis hijas… luego me duermo un rato. Últimamente he dormido mucho.

Moví la cabeza sin acabar de creer. La pestilencia de ese lugar iba más allá de los parámetros materiales…

2

EL CANTANTE

César comenzó la desagradable tarea de sacar el cuerpo fétido. Las niñas miraban aterradas.

Recordé a una de mis pacientes que fue abandonada por su novio seis días antes de la boda. Ella se llenó de amargura cuando su prometido huyó. La conocí varios años después. Le pregunté por qué nunca había vuelto a enamorarse de otro hombre y me contestó con una frase muy gráfica: “porque me estoy pudriendo por dentro”. Eso mismo le estaba pasando a esa casa y a quienes vivían en ella.

—¿Usted necesita ayuda —le dije a Olga Nidia.

—¿Para qué?

—El divorciado pierde su familia, su historia y su identidad. A la carga emocional se suma la social. Usted puede salir sola del escollo, pero es mucho más fácil si cuenta con asesoría profesional.

La mujer me miró fijamente. Agachó la cabeza y reparó en su pésima indumentaria, quizá por primera vez en ocho días. César continuaba haciéndose cargo de los restos del animal, seguido de las mellizas que habían trocado su horror en asqueada curiosidad.

Todos saltamos al escuchar la voz de un hombre situado a nuestras espaldas.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Hay fiesta?

—¡Papá! —gritó una de las niñas—. Encontramos un gato muerto. Mira, ven. ¡Mamá dijo que tú lo mataste!

El hombre se quedó estupefacto. Estábamos, al fin, frente al famoso artista que cantaba canciones de amor y hacía soñar a mujeres como Patricia.

Abrió las ventanas de par en par y después caminó a grandes pasos hacia su exesposa para tomarla de un brazo.

—¡Acabo de enterarme! —le dijo a gritos—. Vengo de la disquera. ¡Ya me dijeron tu chistecito! ¿Crees que vas a poder destruirme? Antes te mato ¿me oyes?

—¡Es verdad! —gritó una de las niñas—. ¡Tú mataste a este gato! Mamá nos lo dijo. Y tiene razón. Nos quieres matar a nosotras   también.

El hombre jaloneó a la mujer.

—¿Les dijiste eso a las niñas? ¿Y por qué no les dices lo que me has hecho a mí? ¿Por qué no les hablas de todas tus porquerías? —zarandeó un disco de video frente a la nariz de su exesposa —. ¿Ya les platicaste de esto? 

—Tú me obligaste a hacerlo —gritó Olga con voz aguda—. Te llevaste a Román.

—Sabes bien dónde está el niño. No me lo llevé. ¿Por qué no has ido a verlo? ¿No tienes tiempo para eso, pero sí para esto? —agregó untándole una vez más el disco de video en el rostro.

Olga tomó al sujeto por los cabellos. Forcejearon unos segundos arrastrando la mesa y volcando el bote de basura. El gato muerto salió del contenedor. Olga lo abofeteó y él la derribó cayendo sobre ella. Ya en el piso, la levantó para azotarle la cabeza contra el cemento. Ni César ni yo pudimos hacer nada. El golpe en el cráneo se oyó fuerte y seco.

Un doloroso gemido precedió al desvanecimiento de la mujer. Los insectos necrófilos circularon de nuevo, esta vez ocultándose bajo su cuerpo inerte.

Fausto contempló a Olga Nidia, asustado.

Hubo unos segundos de silencio.

El cantante se incorporó llevándose las manos a la cara y murmuró frases de autorrecriminación:

—¿Qué hice? Esto es una locura. ¿Cómo llegué hasta aquí?

Las gemelas, llorando, abrazaron a su madre, desmayada.

César, sin pedir permiso, tomó el teléfono de la cocina y llamó a la Cruz Roja.

Antes de que llegara la ambulancia, el cantante ya se había esfumado.

Los paramédicos no perdieron tiempo. Subieron a Olga Nidia a una camilla y se la llevaron.

Paradójicamente, mi esposo y yo nos quedamos como únicos custodios de las dos niñas. Les preguntamos si tenían algún pariente cercano y la más avispada se controló para hacer una llamada.

Cerca de treinta minutos después, llegó por ellas un lujoso automóvil europeo. Le explicamos al chofer cuanto había sucedido en esa casa y el hombre se limitó a decirnos que informaría todo a la tía de las gemelas. Cuando se fue con ellas, César y yo permanecimos de pie, a media calle, incrédulos y ofuscados.

Después de unos minutos regresamos a cerrar la casa lo mejor que pudimos.

Durante varias noches no dormí bien. Las grotescas escenas de la riña me persiguieron como una película de terror.

Cierta mañana, cuando estaba dando terapia emocional a un joven con problemas alimentarios, mi asistente me interrumpió.

—Está aquí la señora Olga Nidia Fuentes. Dice que necesita hablar con usted urgentemente.

—Vea si puede esperarme quince minutos.

—De acuerdo.

El chico bulímico se mostró turbado.

—Yo puedo salirme, si quiere.

—No hijo —le dije—, terminaremos nuestra sesión.

Eran cada vez más frecuentes los casos de anorexia o bulimia en hombres. Las formas esqueléticas tan promovidas por televisión como los únicos parámetros de belleza aceptables en nuestros días, estaban causando estragos sociales inmensurables.

Cuando el chico salió de mi despacho llamé a la secretaria.

—Dígale a la señora Fuentes que pase.

—Sí, doctora. Pero le recuerdo que ya llegó también su próximo paciente.

—¿Tengo algún horario disponible para atender a la señora mañana con calma?

—No. Lo siento. La agenda está llena. 

Olga Nidia Fuentes apareció frente a mí con paso trémulo.

Las circunstancias habían cambiado desde la última vez que nos vimos. Ahora estaba en mis terrenos. Había un diagrama enorme del cerebro humano detrás de mí y ella ya no contaba con el florero de cristal para usarlo como proyectil.

—Tome asiento —le dije—. ¿Cómo está?

—Mal. Muy mal.

—¿Por el traumatismo craneal que sufrió?

—No. De eso me repuse. Fausto sabe lastimarme sin que me queden huellas físicas.

—¿Cómo?

—Me ha golpeado.

—Continúe.

—En el hospital me dijeron que necesitaba terapia emocional.

—De acuerdo.

—Usted es terapeuta. ¿Puedo preguntarle algo? ¿Por qué fue a mi casa la otra noche? ¿Quién la mandó?

Estuve tentada a buscar el sobre misterioso y mostrárselo, pero me contuve. Si ella sospechaba que alguien más la consideraba necesitada de recibir auxilio, quizá pondría barreras de inmediato.

—Ya se lo dije —respondí—. Su exesposo es una figura pública y algunas personas deseamos ayudarlos…

—¿Y por qué no lo ayudan a él? Yo no estoy loca. Sólo deprimida.

—Para salir de la depresión, a los hombres les beneficia mucho oír testimonios de otras personas que han superado sus crisis, mientras que a las mujeres les es más útil hablar y desahogarse.

—¿Y puedo desahogarme con usted? De eso se trata ¿no?

—Si. Aunque el proceso puede ser largo.

—¿Eso me ayudará?

—Sí. La psicología no tiene soluciones mágicas ni inmediatas. Si usted quiere podríamos comenzar en unas dos semanas.

—¿Cómo? ¡Imposible! Yo no puedo esperar dos semanas para iniciar un tratamiento que tal vez dure dos años. Necesito algo más fuerte. Más práctico. Más determinante. Usted es la doctora Blanca Bermúdez ¿no? —asentí—. Estaba viendo en la recepción una propaganda en la que se anuncian seminarios impartidos por usted. ¿Acaso les pide a los asistentes de esas conferencias que le cuenten su vida para poder ayudarlos? No ¿verdad? ¡Lo que hace es enfocarse en una problemática y explicar las soluciones de forma general! Eso es lo que yo necesito.

—A ver si entiendo. ¿Usted quiere que yo le dé una charla privada para sugerirle respuestas a preguntas que desconozco?

—Más o menos.

—La recepcionista le puede informar sobre los seminarios generales. Inscríbase en uno de ellos y asista cuando lo desee.

—No —declaró—; estoy sola y desesperada. Si no me ayuda voy a cometer una tontería…

—Lo que usted decida hacer, será su responsabilidad. No de Fausto ni de sus hijos y por supuesto no mía.

—Por favor…

Se veía físicamente repuesta y con la moral abatida.

Recordé la fetidez de su reluciente mansión e imaginé que la analogía era perfecta para calificarla a ella.

—Sus hijas me dijeron que usted toma medicamentos.

—Pastillas para el insomnio… Sólo las uso cuando no puedo dormir bien.

—A ver —le dije—. Mañana mi última cita es a las ocho de la noche. Termino como a las nueve. Venga a esa hora y charlaremos. Necesito saber su historia. Para poder evaluar las posibilidades de tratamiento, usted deberá hablar primero. ¡Ah!, y otra cosa. Necesito que se deshaga de todas sus pastillas para dormir y no compre más.

Asintió.

3

chat y pornografía en casa

Al día siguiente, Olga Nidia llegó puntual.

Yo estaba muy cansada, pero la recibí en mi despacho y la invité a sentarse.

Comenzó un inútil ejercicio de hablar cosas nimias. Le tomó más de treinta minutos concentrarse. Cuando pensé que jamás lo lograría, cerró los ojos y susurró sus primeras frases de verdadera catarsis.

Después, las ideas se le vinieron a la mente con asombrosa fluidez.

Fausto, pasaba el día frente a la computadora, con una guitarra a su lado derecho, una taza de café al izquierdo y un cigarrillo en su boca. Yo trabajaba en una empresa de publicidad. Llegaba a casa como a las seis, preparaba algo de comer y solía llevarle un plato a él. A veces, ni me saludaba. Comía sin apartar la vista del monitor. Aunque se creía un erudito, le gustaba ver pornografía por Internet. También traía películas a la casa.

Una tarde, en cuanto me oyó llegar, salió a recibirme. Me tomó de la mano y me jaló a su estudio. Tenía dos sillas preparadas.

—Ven —dijo invitándome a sentarme—, mira esto. Es un juego.

Observé con curiosidad. En la pantalla de la computadora había frases escritas por un misterioso interlocutor. Cuando los mensajes aparecían letra por letra, Fausto los leía entusiasmado y escribía la respuesta de inmediato.

—Es una charla privada —me informó—. Primero la conocí a ella en un chat público, después invitó a su esposo, y creamos nuestra propia sala para que nadie se entrometiera. A veces habla él y a veces ella. Es interesante. Juegan fuerte.

—¿Juegan… fuerte? ¿A qué juegan?

—Al sexo virtual. Faltabas tú para completar las parejas. ¿Qué puede pasar? Ellos no saben quienes somos ni dónde estamos. Tampoco pueden averiguarlo. De la misma forma, es imposible para nosotros saber quienes son ellos. Así que todo lo que digamos en la pantalla, se quedará ahí. Ven. Escríbeles algo. Ponte un seudónimo.

—Déjame ver primero.

Fausto escribió y su sobrenombre apareció.

> ERÓTICO: ¿Qué creen? Acaba de llegar mi esposa. Está un poco cohibida, pero quiere participar. ¿Por qué no se presentan?

> VOLUPTUOSA: Qué bueno que llegaste. Nos hacías falta. Esta es una charla de parejas. Bienvenida.

> CARNAL: Hola. ¿Cómo te llamas?

—¡Vaya nombrecitos! —comenté.

—No protestes. Contesta rápido. ¿Cómo te quieres llamar?

Fausto estaba de verdad excitado. Le propuse un sobrenombre. Me dio de alta en su “sala” y armándome de valor escribí:

> ATREVIDA: Mi nombre verdadero es un secreto, pero quienes me conocen me llaman atrevida.

> CARNAL: ¿Y lo eres?

> ATREVIDA: No te imaginas cuánto.

> CARNAL: ¿Te atreverías a quitarte el sostén, ahora?

> ATREVIDA: ¿Para qué?

> CARNAL: Te voy a acariciar (en forma imaginaria, claro ja ja ja.)

—¿Y esto?

—¡Nada! Es un juego. Contéstale.

> ATREVIDA: ¿y por qué no acaricias a tu esposa?

> CARNAL: porque eso es aburrido… Aunque ERÓTICO me dijo, hace un rato, que a él le gustaría hacerlo.

> VOLUPTUOSA: No seas mojigata, ATREVIDA. Mira, yo ya me quité el sostén. No lo aguantaba más. Los elásticos me dejaron una marca. Mis senos son muy grandes. Déjame estar un rato a solas con tu marido. Después te dejaré con el mío.

—No me gusta este juego —comenté sin poder evitar que las manos me temblaran. Fausto me arrebató el tablero y comenzó a escribir con las pupilas dilatadas.

> ERÓTICO: Aquí estoy. Descríbeme cómo eres y qué estás haciendo.

> VOLUPTUOSA: soy una mujer alta y delgada, tengo caderas prominentes y pechos suaves. Uso ropa interior muy sensual, pero a estas horas ya no la soporto. Espérame un momento ……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….acabo de desnudarme por completo. Estoy sentada en posición de “flor de loto” y respiro relajadamente. ¿Tú como te sientes?

> ERÓTICO: ¡Bien! Puedo imaginarme tal y como eres… yo también voy a quitarme la ropa para ponerme en la misma posición.

Observé, asombrada, el desarrollo de la conversación entre mi esposo y la desconocida. Aunque las frases sexuales fueron cada vez más explícitas y Fausto aseguraba a su ciberinterlocutora estar efectuando algunas maniobras lúbricas, en realidad no hizo más que aporrear el teclado y soltar esporádicas risitas de emoción. Al fin llegó mi turno. El hombre del otro lado de la línea me pidió que apareciera. Estuve tentada a desertar, pero a esas alturas me hallaba atrapada en la magia de poder conversar con otras personas sin tapujos, sin protocolos, sin rostros visibles ni palabras audibles. Era como si la computadora se convirtiera en un puente que ayudara a los individuos a ligar sus sentimientos y perversiones, saltándose todos los filtros sociales.

> CARNAL: tu marido ha dejado a mi esposa muy cansada.

> ATREVIDA: Nunca creí que se pudiera algo así con la computadora…

> CARNAL: ¿verdad que es increíble? Pero deja de filosofar. ¿Estás vestida?

> ATREVIDA: sí.

> CARNAL: pues voy a ayudarte a desvestirte. Imagina que estoy detrás de ti, que te toco suavemente el cuello y te beso despacio. Imagina como mis manos bajan despacio, voy a quitarte la blusa…

El juego continuó por casi una hora. Yo enviaba frases y el hombre me contestaba. Ella escribía, y mi esposo tomaba el teclado. Los cuatro participamos en un intercambio virtual de parejas. Al terminar la sesión, estaba ardiendo por dentro. Me sentía excitada como pocas veces. Fausto y yo hicimos el amor casi eufóricamente. Fue una experiencia explosiva para ambos, pero con un ligero atenuante: yo no pensaba en él sino en el hombre mitad imaginario, mitad real, a quien me había entregado minutos atrás. Fausto, por supuesto, tampoco pensaba en mí.

Varias noches repetimos el juego. Comencé a sentir que algo se descomponía en mi interior. Un día se lo dije a él:

—¿Sabes? No vale la pena que sigamos haciendo este tipo de cosas con la computadora, ni que veamos tanta pornografía.

—¿Por qué? ¿No lo disfrutas?

—Sí. Por eso… porque cada vez lo disfruto más.

—¡Pues de eso se trata! Son sólo fantasías.

—Pero esas fantasías me persiguen y me hacen serte infiel con la mente…

—¿Cómo?

—Sí, sí. Dicen que los hombres pueden tener orgasmos sin involucrar su parte afectiva mientras que las mujeres necesitamos un proceso de seducción y relajamiento psicológico para tener uno. Eso dicen y es verdad, pero hay algo que también lo es: Conforme pasan los años, las mujeres nos hacemos más como los hombres…  Una señora con quince años de matrimonio, a un ritmo promedio de dos relaciones íntimas por semana, haz la cuenta, ha hecho el amor más de mil cuatrocientos veces. Conoce a la perfección el cuerpo de un hombre y puede sentir curiosidad por conocer el de otros. Yo jamás había mirado hacia los pantalones de los hombres que pasan cerca de mí. Ahora lo estoy haciendo. Y es lógico. Con más de un millar de encuentros, las mujeres maduras sabemos muy bien lo que es el sexo, también nos excitamos con la pornografía y podemos imaginar desnudos a los varones y agradarnos en ello.

Se enojó por lo que le dije. Creo que uno de mis mayores defectos ha sido siempre hablar de más. Mi esposo dejó de ver películas pornográficas conmigo, pero las veía a escondidas. Seguía usando el Internet. Solo. Cada vez componía menos música y “chateaba” más… También comenzó a salir por las noches aunque no tuviera conciertos. Imagino que se iba a un table dance porque a veces llegaba muy excitado en la madrugada y, sin importar que yo estuviera dormida, disponía de mi cuerpo. Nada me hacía sentir más denigrada. Iba al baño para limpiarme sus exudaciones y cuando regresaba, trataba de platicar un poco, saludarlo al menos, pero él ya se había dormido…

Como mi jefe era experto en computadoras, un día le pregunté como podía saber cuando una persona se comunicaba con otra por Internet.

—¿El sistema guarda algún tipo de registro? —pregunté.

—Sí, por supuesto. Tanto en los correos electrónicos como en las páginas visitadas. El historial puede ser borrado por el usuario, pero si tu esposo no es cuidadoso, seguramente conserva respaldos automáticos.

Me dio los pasos para averiguarlo.

Aquella noche esperé a que Fausto se fuera, encendí su PC y busqué en los índices. Hallé su correspondencia privada con una mujer apodada “Dulcinea”. Ambos hablaban de cuestiones muy íntimas. Eran prácticamente amantes con un largo historial de e-mails. Me dolió mucho leer cuanto se escribían. Sobre todo porque descubrí la enorme capacidad que tenía Fausto de hablar tiernamente y expresar sus sentimientos. Una capacidad que jamás manifestó conmigo.

Se lo compartí a mi jefe al día siguiente.

—Lo peligroso de estas relaciones —me dijo—, es que las personas llegan a intimar tanto que en poco tiempo terminan dándose sus números telefónicos. Así, de las conversaciones por computadora, pasan a las charlas directas y eso siempre desemboca en una cita.

—Ya me imagino lo que pasa en esa cita.

Mi jefe asintió. Lo miré y sentí ganas de llorar. Era un hombre bueno, de alta moral, casado, con dos hijos, de cuarenta años y una vida equilibrada. Le encantaba su familia y su profesión… No podía dejar de tenerle cierta envidia a su esposa.

—Siento mucho coraje, Marcelo —le dije—. ¿Todos los hombres son iguales?

Negó con la cabeza y me dio un pañuelo de papel.

A partir de ese día comencé a pasar más tiempo en la oficina; mi convivencia con Marcelo se hizo cercana. Aunque pasó por mi mente la idea de pagarle a Fausto con la misma moneda, la deseché casi de inmediato. Mi jefe era todo un caballero. En cierta ocasión, tuvo que ausentarse por varios días y yo sentí que me hacía falta. En realidad, la oficina no era igual cuando él viajaba… llamó de larga distancia por teléfono, le informé sobre los pormenores del trabajo y al despedirse, le dije que lo extrañaba mucho. Él tosió y dijo algo así como “tú también me haces falta”. 

Cuando regresó, nuestra relación cambió. En medio de mucha gente cualquiera de los dos podía interpretar lo que el otro pensaba con tan solo una mirada. Esa afinidad era sana y bella, por eso yo le ayudaba cada vez más de cerca. Las semanas siguientes charlamos de temas íntimos. Le compartí cómo mis hijos estaban creciendo solos, pues su padre no se interesaba en ellos; también le confié las extrañas costumbres sexuales de Fausto.

Marcelo me escuchó con atención y me ofreció modificar mi horario de trabajo para que pudiera salir más temprano.

—Así convivirás con tu familia —me dijo.

—Gracias —contesté sorprendida por su calidad humana—, pero no. Voy a controlar las cosas en mi casa sin descuidar el trabajo.

—¿No deberías formular la frase al revés? —insistió—, ¿controlar los asuntos del trabajo sin descuidar a tu familia?

Le tomé la mano en un gesto de profunda gratitud.

—De acuerdo. Aceptaré tu oferta en cuanto terminemos el proyecto internacional que acaba de llegar. 

—Trato hecho.